domingo, 16 de febrero de 2014

Sobre el "suicidio filosófico"


Hace poco he estado debatiendo en un blog con un estupendo filósofo, que sin embargo, cae en la fe irracional cristiana. Al preguntarle sobre el hecho de cómo es posible que siendo tan buen filósofo como es, termine en la creencia irracional, me contestó lo siguiente:

Solo puedo decirle qué hizo “que mi alma se infectase de la creencia cristiana” hasta el punto de formar parte de manera explícita de la Iglesia católica en una de sus ordenes.
El motivo es que en el Dios cristiano “la relación causal” con que se “acercaba” a mí, era personal. No era de un “Dios-que”, sino un “Dios-quien”. El Dios cristiano, como infinidad de veces se ha dicho, se hace hombre, Dios es Padre, y es hijo, no es el hombre quien va a Dios, sino que es un Dios que va al hombre.
Ello formó en mí, una pura probatura ejercida desde una tímida fe de como realizar esa relación personal en mi vida. Yo no sentí ese enamoramiento que algunos místico nombran, lo mío fue tímido y de entrada poco favorable a una continuación religiosa. (Digo probatura: ¿Cómo sabes si ese pastel es bueno? Probándolo).
En esa probatura van incoados todos los momentos morales que no es necesario recordar aquí y que son muy propios del cristianismo. Fui haciendo de partes de mi vida, una relación tensional de entrega a Dios, de dudas y más dudas . Esta relación era personal, era con un Dios-Padre, no con un Dios Zeus, o Thor, o Alà. No era una relación causal (como la de las cosas de la ciencia), y como esos tres últimos dioses. Si de causalidad hay que hablar, hablaría de una causalidad personal. Personal.
El conocimiento personal de ese Dios, no es científico pues, ni lógico, ni argumentativo… es una acto de entrega de una persona a otra persona. De un hijo con su padre, que se confirma en la realización personal en la vida de cada dia.
Mi respuesta ante tales afirmaciones fue la siguiente:

Amigo mío, en resumen se puede decir que tienes fe en el Dios cristiano, porque es el tipo de Dios que te reconforta; porque contiene las características justas que necesitas para satisfacer tus necesidades personales. Tu necesidad de consuelo te hace llegar al cristianismo, porque es precisamente esta religión la que te ofrece el consuelo que necesitas.

Perdóname que te diga, amigo; que esta postura tan subjetiva me decepciona un poco. Pensé que basabas tu fe en algún tipo de "argumentación" que partía de las ideas filosóficas que has mostrado en tus comentarios previos.

Sin embargo, lo que veo es algo similar a lo que Albert Camus defendía como el salto a lo irracional que toman algunas personas al ser conscientes del absurdo del mundo. Yo creo (a partir de tus comentarios) que te ves incapaz de comprender el mundo, que tu escepticismo te hace pensar que el conocimiento verdadero es imposible, y que el uso de la razón no puede explicar el universo. Tu naturaleza (a los demás nos ocurre igual) te empuja a pretender entender lo absoluto y la unidad, pero chocas con un mundo imposible de conocer de este modo.

Eres el prototipo perfecto del "suicidio filosófico" propuesto por Camus: simplemente contradices ese sentimiento absurdo renegando de la razón y girando hacia un Dios-hombre que finalmente te "salvará".

Sin embargo, no te juzgo por ello. Ya me gustaría a mí poder consolarme de este modo; pero mi mente no me lo permite. Sólo consiente en mantenerme en el absurdo; en aceptarlo tal y como es. Pero tampoco es mala postura: No tengo vanas esperanzas ni espero un Padre que me consuele; pero tampoco lo preciso; la propia conciencia del absurdo me hace libre, no necesito de románticas esperanzas, y el propio acto de reconocer el absurdo es todo lo que necesito para salvarme.

Por lo tanto, en el fondo me alegro por ti; este salto de fe es lo que te ayuda a sobrellevar esta vida absurda; y aunque no comparta tal salto, no te lo reprocho: si acaso puedo reprochar a esos creyentes que pretenden convencer a los demás de que den el salto junto a ellos, cuando lo justo es dar libertad a cada cual para que afronte este destino absurdo a su modo.

Un saludo.