lunes, 9 de septiembre de 2019

Philipp Mainländer: "Filosofía de la Redención" (Segunda edición)

"En el ser humano la voluntad de morir, que es el impulso más íntimo de su ser, se manifiesta, de tarde en tarde, como un profundo anhelo de reposo" (Mainländer)
Entra en imprenta la segunda edición de la traducción del libro "Filosofía de la Redención" de Philipp Mainländer que con tanto cariño Carlos Javier González Serrano y Manuel Pérez Cornejo hicieron hace ya cinco años. Una magnífica obra que ha sido injustamente ignorada debido simplemente al estigma que supuso que su autor se quitase la vida precipitadamente.
Sin embargo, la cosmovisión de Mainländer (discípulo de Schopenhauer) es magnífica, y su tesis correlaciona bastante bien con el fenómeno descrito por la ciencia moderna. En concreto, su propuesta se basa principalmente en lo que la física moderna entiende como aumento de la entropía y sobre lo que los cosmólogos denominan por un lado Big Bang y por otro la "muerte" térmica del universo. En este sentido el autor comenta que:
"El mundo completo, el Universo, tiene una meta: el no-ser y logra ésta mediante el continuo debilitamiento de su suma de fuerzas." (Philipp Mainländer)
Me gustaría terminar este comentario resumiendo (para aquellos que no se vean con ánimos o que duden en leer el trabajo original), y en palabras de Antonio Priante, esta obra capital de la filosofía:
"En el principio era Dios, o sea, para decirlo con palabras de Spinoza, la sustancia divina originaria. Esa entidad absoluta, única, inmaterial, no estaba contenida ni en el tiempo ni en el espacio, si es que esto es pensable. Idéntica a sí misma, no siendo otra cosa que ser puro, eterno e indestructible, un buen día – y perdón por el uso, metafórico, del tiempo -, hastiada sin duda de su divina perfección, decidió echarlo todo a rodar y dejar de ser.
¿Pero cómo el Ser puede dejar de ser? ¿Cómo algo que no existe en el tiempo y el espacio, algo absolutamente inmaterial y trascendente puede morir? Y entonces inventó el mundo. Es decir, su sustancia divina segregó un mundo material con su tiempo, su espacio y su multiplicidad de seres inanimados y animados, que son – somos – partículas de aquella unidad originaria, llamadas todas a perecer. El fin del Universo es su muerte, su aniquilamiento, aunque sólo sea por cumplir con el segundo principio de la termodinámica (que Mainländer había aprendido de Clausius, quien la acababa de inventar) y su consiguiente entropía. Y es así cómo Dios cometió suicidio: convirtiéndose en un mundo destinado a morir.
Es decir, y a ver si queda claro, que el Universo no surgió de un deseo de creación sino de un deseo de autodestrucción. El Universo, la “creación” toda, es el largo proceso del suicidio de Dios, cuyo inicio fue una gran explosión que dio origen a la materia, al tiempo y el espacio."

viernes, 6 de septiembre de 2019

Voluntad de vida y pulsión de muerte

Hoy nos hemos levantado con esta noticia en los diarios: "Los superhongos, una nueva y misteriosa amenaza para la salud mundial". Los antibióticos cada vez hacen menos efecto, los antifúngicos lo mismo, los virus siguen sin tratamiento efectivo (más allá de la prevención con vacunas en el mejor caso); y no aparecen nuevos tratamientos alternativos por mucho que se invierta en ello. Para cuando nos demos cuenta, en unas pocas décadas más, la evolución se habrá encargado de generar bacterias y hongos inmunes a toda terapia (y virus para los cuales no exista posibilidad de vacuna: tipo sida, o la gripe), y entonces será el momento en que retrocederemos un par de siglos en cuanto a los cuidados médicos. Los niños volverán a morir con mucha más frecuencia y la esperanza de vida caerá estrepitosamente (lo cual llevará automáticamente a un aumento de embarazos).
Y es curioso que lo que la evolución quitará por un lado: enorme disminución en la esperanza de vida debido a la resistencia a los tratamientos de los microbios, lo dará por otro: aumento explosivo en la natalidad. Como siempre, vemos como la naturaleza lucha o compite contra "sí misma" de una manera que no deja de ser paradójica. Parece existir una voluntad esencial de vida pero también una contradictoria pulsión de muerte (como Freud señaló). La evolución, y la vida a la que ésta da lugar, parece que se mueve siempre de manera que maximiza la destrucción: impregna de voluntad de vida al fenómeno, pero sólo para asegurarse de que éste se esforzará con todas sus fuerzas por sobrevivir, lo cual supone indirectamente que aniquilará por el camino sin excepción el máximo posible de otras formas de vida.
De esta manera parece que la representación (el fenómeno) en el mundo se autorregula de tal forma que se maximiza siempre un ciclo natural por el que se automutila y se devora a sí misma de manera voraz y vehemente, pero también de manera ciega e irracional (esto es, sin un motivo racional y objetivo aparente). No es extraño que Schopenhauer viese (incluso antes de Darwin) que el mundo (el fenómeno) podría ser la representación directa (múltiple) de una (única) esencia trascendente: una Voluntad de ser. Una esencia que simplemente "buscaría" el ser por el ser y el ser de todas las maneras posibles.
Y sería este trascendental "deseo" o "necesidad" irracional (esto es, sin objetivo racional añadido al simple "deseo", podríamos decir "instintivo", por querer ser) lo que llevaría a que esta Voluntad esencial diese lugar (al objetivarse) a la representación de un mundo como el nuestro: donde las leyes físicas se organizan de modo que todo tienda al cambio constante: a un continuo movimiento y a la experiencia de juguetear continuamente con las piezas de lego (átomos) que constituyen las estructuras materiales. La Voluntad "juega" con su creación (es decir, consigo misma una vez objetivizada): crea y destruye continuamente, se devora y mutila al representarse en lo múltiple (en el fenómeno); pero siempre de manera ciega y vehemente: necesita destruir para crear, y necesita maximizar la destrucción para maximizar su creatividad: su "deseo" de ser de todas las formas posibles es un deseo impaciente y feroz. Sin duda, "quiere" agotar todas las posibilidades lo más pronto posible.
Pero claro, si hay algún perjudicado en todo este sinsentido cósmico es el propio fenómeno, el cual se ve obligado a luchar y sufrir como un mero medio (una marioneta) a las órdenes directa de esa irracional Voluntad por el ser y de ser de todos los modos posibles. Así pues, Schopenhauer concluye:
«Querer es esencialmente sufrir, y como vivir es querer, toda vida es por esencia dolor. Cuanto más elevado es el ser, más sufre... La vida del hombre no es más que una lucha por la existencia, con la certidumbre de resultar vencido. La vida es una cacería incesante, donde los seres, unas veces cazadores y otras, cazados, se disputan las piltrafas de una horrible presa. Es una historia natural del dolor, que se resume así: querer sin motivo, sufrir siempre, luchar de continuo, y después morir... Y así sucesivamente por los siglos, de los siglos hasta que nuestro planeta se haga trizas».