lunes, 2 de marzo de 2015

Del inconveniente de haber nacido (E. M. Cioran)


Del inconveniente  de haber nacido, de Emil Cioran (si queréis saber sobre el autor, entrar aquí).

A continuación voy a compartir algunos de los aforismos más interesantes de la obra: Del inconveniente de haber nacido. Podéis descargar la obra completa en formato PDF desde el siguiente enlace: (http://crimideia.com.br/blog/wp-content/uploads/2010/02/em-cioran-del-incoveniente-de-haber-nacido.pdf):




Hay un conocimiento que quita peso y alcance a lo que uno hace; para él todo, fuera de él mismo, carece de fundamento. Puro, hasta aborrecer incluso la idea de objeto, expresa aquel saber extremo según el cual es igual cometer o no cometer un acto, a la vez que implica una satisfacción también extrema: la de poder repetir, en cada encuentro, que nada de cuanto se haga merece la pena, que nada está realzado por rastro alguno de sustancia, que la «realidad» se inscribe en el campo de la insensatez. Tal conocimiento merecería ser llamado póstumo, ya que se presenta como si el que conoce estuviera vivo y no vivo, ser y reminiscencia de ser. «Es cosa pasada», dice de todo lo que realiza en el instante mismo del acto, el cual, de esa manera, queda para siempre desprovisto de presente.
No corremos hacia la muerte; huimos de la catástrofe del nacimiento. Nos debatimos como sobrevivientes que tratan de olvidarlo. El miedo a la muerte no es sino la proyección hacia el futuro de otro miedo que se remonta a nuestro primer momento.Nos repugna, es verdad, considerar al nacimiento una calamidad: ¿acaso no nos han inculcado que se trata del supremo bien y que lo peor se sitúa al final, y no al principio,de nuestra carrera? Sin embargo, el mal, el verdadero mal, está detrás, y no delante de nosotros. Lo que a Cristo se le escapó, Buda lo ha comprendido: «Si tres cosas no existieran en el mundo, oh discípulos, lo Perfecto no aparecería en el mundo…». Y antes que la vejez y que la muerte, sitúa el nacimiento, fuente de todas las desgracias y de todos los desastres.
Sé que mi nacimiento es una casualidad, un accidente risible,y, no obstante, apenas me descuido me comporto como si se tratara de un acontecimiento capital, indispensable para la marcha y el equilibrio del mundo.
 Me desligo de las apariencias y, no obstante, me enredo enellas; mejor dicho: estoy a medio camino entre esas aparienciasy eso que las invalida, eso que no tiene ni nombreni contenido, eso que no es nada y que es todo. Nunca daréel paso decisivo fuera de ellas. Mi naturaleza me obliga aflotar, a eternizarme en el equívoco, y si tratara de decidirme,fuera en un sentido o en otro, perecería por salvarme.
La única, la verdadera mala suerte: nacer. Se remonta a la agresividad, al principio de expansión y de rabia aposentado en los orígenes, en el impulso hacia lo peor.
Me atrae la filosofía hindú, cuyo propósito esencial es el de superar el yo; y todo lo que hago y todo lo que pienso no es más que yo y desgracias del yo. 
Después de siglos y siglos de morir, lo viviente se ha acostumbrado a estar vivo: de otra forma no se explicaría uno cómo un insecto o un roedor, el hombre inclusive, llegan, con algunos remilgos, a reventar tan dignamente. 
Algunos tienen desgracias; otros, obsesiones. ¿Quiénes son más dignos de lástima?
Hay en el hecho de nacer una ausencia tal de necesidad, que cuando se piensa en ello con un poco más de detenimiento, a falta de saber cómo reaccionar, uno se queda con la boca abierta.
Si, antaño, frente a un muerto me preguntaba: «¿De qué le sirvió nacer?», hoy me pregunto lo mismo ante cualquiera que esté vivo.
Durante bastante tiempo viví con la idea de ser el hombre más normal del mundo. Esta idea me proporcionaba la afición, o mejor, la pasión por la improductividad: ¿qué sentido tiene sobresalir en un mundo de locos, hundido en la estupidez o el delirio? ¿Para quién prodigarse y con qué fin? Queda por saber si me he liberado enteramente de esta certeza, salvadora en el absoluto, ruinosa en lo inmediato.
Un pulgón consciente tendría que desafiar exactamente las mismas dificultades, el mismo género de insolubles que el hombre. 
Vale más ser animal que hombre, insecto que animal, planta que insecto, y así sucesivamente. La fuerza explosiva de la menor mortificación. Todo deseo vencido da fuerza. 
Mientras más se aleja uno de este mundo sin adherirse a él, mejor se le domina. La renuncia confiere un poder infinito.
Este instante ha desaparecido para siempre, se ha perdido en la masa anónima de lo irrevocable. No volverá nunca. Sufro por ello, y no sufro. Todo es único —e insignificante.
Sin la facultad de olvidar, nuestro pasado tendría un peso tal sobre nuestro presente, que no soportaríamos abordar un solo instante más, y mucho menos entrar en él. La vida sola le resulta soportable a los caracteres triviales, a aquellos que, precisamente, no recuerdan.
Cuando ocurre que estoy ocupado, ni por un instante pienso en el «sentido» de nada, y, mucho menos, en el de lo que estoy haciendo. Prueba de que el secreto de todo reside en el acto y no en la abstención, causa funesta de la conciencia.
La conciencia es algo más que la espina, es el puñal en la carne.
Todo gira alrededor del dolor; lo demás es accesorio, inexistente, puesto que sólo recordamos lo que hace daño. Las sensaciones dolorosas son las únicas reales; es casi inútil experimentar otras.
Siento que soy libre, pero sé que no lo soy. 
Existir sería una empresa absolutamente impracticable si dejáramos de darle importancia a lo que no la tiene.
La desgracia de ser incapaz de alcanzar estados neutros no siendo mediante la reflexión y un gran esfuerzo. Lo que un idiota alcanza de entrada, a uno le cuesta luchar día y noche para conseguirlo, y aun así, por ráfagas.
Mi misión es sufrir por todos aquellos que sufren sin saberlo. Tengo que pagar por ellos, expiar su inconsciencia, la suerte de ignorar hasta qué punto son desgraciados.
El hombre acepta la muerte pero no la hora de su muerte. Morir cuando sea, salvo cuando haya que morir.
Lo único que debería enseñársele a los jóvenes es que no hay nada; o casi nada, que esperar de la vida. Pienso en un Cuadro de Desengaños colocado en las escuelas y en el que estarían representadas todas las decepciones reservadas a cada cual.
No es posible prescindir de la idea de progreso, y, sin embargo, no merece la pena. Es como el «sentido» de la vida. Es necesario que la vida tenga uno. ¿Acaso existe uno solo que, examinado, no se revele irrisorio?
Si a pesar de todo logramos durar, es porque nuestros padecimientos son tantos y tan contradictorios que se anulan mutuamente.
Nuestras miserias fisiológicas nos ayudan a enfrentar el futuro con confianza: nos dispensan de preocuparnos demasiado, hacen lo mejor para que ninguno de nuestros proyectos a largo plazo tenga el tiempo de gastar todas nuestras reservas de energía.
«Sólo al insensato le parece un bien la vida», decía hace veintitrés siglos Hegesías, filósofo cirenaico del que casi sólo queda esta frase... La suya es una obra que me gustaría reinventar.
Nada merece la pena ser deshecho, sin duda porque nada merecía la pena ser hecho. Así se desliga uno de todo, tanto de lo inicial como de lo póstumo, del advenimiento como del final de los tiempos.
Sólo se tiene posibilidad de entrever sobre qué locura se funda toda existencia, en la medida en que, a cada instante, se restriega uno contra la muerte.
No nacer es sin duda la mejor fórmula que hay. Desgraciadamente no está al alcance de nadie.
Nadie ha amado este mundo tanto como yo, y, no obstante, aunque me lo hubiesen ofrecido en una bandeja de plata, de niño incluso, hubiera exclamado: «Demasiado tarde, demasiado tarde.»
Nacimiento y cadena son sinónimos. Ver la luz: ver los grilletes... 
¿Qué le ocurre hombre, pero qué le ocurre? Nada, no me ocurre nada, es sólo que he dado un salto fuera de mi destino, y ahora ya no sé hacia dónde dirigirme, hacia qué correr...

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada