miércoles, 26 de febrero de 2014

Sobre el absurdo


Si hay algo de lo que podemos estar seguros en la vida, es de la futilidad de la misma. Un claro destino nos aguarda a todos, y no es otro la que muerte: el cese de nuestra existencia.

Y no se trata de hacer poesía pésima o una pésima poesía, sino de aceptar la levedad existencial tal y como se nos aparece, de mirarla cara a cara como el hecho indiscutible que es. Acaso cien mil millones de personas hayan existido y desaparecido ya de la Tierra: de su paso por la existencia no tenemos el más mínimo rastro.

Pero nadie se da por aludido. A pesar de la evidencia, nadie cree en su próximo final; todos se afanan vehementemente a los problemas diarios que nos acechan: somos, como el condenado a la pena de muerte que espera la pena capital en su celda, preocupado por la fidelidad de su mujer.

En fin, que todos vivimos, y yo me incluyo, como si no tuviésemos la certeza de la muerte por venir; quizás porque no lo podamos evitar. Desde la neurociencia nos dicen que todos estamos "programados" para vivir en el optimismo: y no importa lo absurdo del asunto, hay que ser "positivos": parece ser un mandato biológico.

Sin embargo, este mandato biológico no puede anular por completo nuestro razonamiento absurdo. El absurdo está ahí, sólo que nos negamos a verlo: algo así como cuando miramos hacia otra parte al ver pasa un coche fúnebre por la carretera. Es necesario mirar hacia otra parte, porque es necesario mantener el optimismo; debemos ocultar el absurdo a nuestra conciencia tanto como sea posible.

Pero la percepción de una falta de sentido racional para el mundo se nos acaba presentando tarde o temprano a todos; fundamentalmente ante la irracionalidad observada en nuestro origen natural: queremos comprender por qué y para qué tanto dolor y sufrimiento, ¿hacia que extraña meta se dirige esa constante lucha diaria por mi supervivencia y la de mis seres queridos? Ante la búsqueda de esta razón, nos encontramos sin embargo con la sinrazón. Nuestro origen es natural, lo sabemos desde Darwin, pero la propia naturaleza es irracional: en otras palabras; el mundo es nuestro creador, pero es un creador irracional y ciego al sentido. Por lo tanto, las cosas son como son, y no hay más respuesta que esta.

Pero nadie se preocupa de esta situación absurda, salvo en esos raros momentos en que nos paramos a filosofar. Sólo en esos momentos somos verdaderamente conscientes de nuestra trágica realidad...y nos limitamos a mirar rápidamente hacia otro lado. Porque, además; ¿qué otra cosa se puede hacer ante la trágica angustia que surge en esos contados momentos?

El problema es la desesperanza: la idea de inutilidad práctica que aparece ante la falta de un sentido esencial ante todo lo que hacemos. Pero no hay que esconderse tras el optimismo; ni es necesario inventar falsos ídolos metafísicos, ni pretender otra vida menos absurda en un más allá de esta existencia nuestra: se puede afrontar la desesperanza, simplemente mediante el desprecio.

Albert Camus ya nos lo adelantó: “No hay destino que no se venza con el desprecio”. Y realmente hay que despreciar nuestra realidad absurda: si no podemos mirar hacia otro lado, y tampoco podemos dejarnos engañar con ilusorias fantasías redentoras, la única salida es quitar valor a la propia existencia: en otras palabras, comprender que nada importa realmente, y que todo está bien.

El reconocimiento de la futilidad y la insignificancia de nuestra existencia, y de todas nuestras acciones, nos libera del aprecio, y nos permite, al mismo tiempo, alcanzar la aceptación del absurdo.

Aceptar el nihilismo nos libera de la angustia; más quizás, que los dogmas de cualquier religión imaginable: nada nos parece ya importante, porque aceptamos que nada tiene sentido, que todo esta bien; se trata pues, de experimentar la existencia mientras la poseamos: y no importa la calidad de estas experiencias vividas; porque nada tiene valor, sino que lo importante es la cantidad.

Se trata simplemente de dejarse llevar: nada merece nuestro aprecio, porque nuestro destino es despreciable; pero eso no debe atormentarnos, sino que debe liberarnos: nada de lo que nos ocurre a diario tiene importancia, porque nuestro insoslayable y fatal destino se encargará, sin excepción, de anular todo su posible valor con el transcurrir del tiempo:

Dentro de cien años, nadie recordará nuestros problemas; ni nuestros logros o fracasos: ¿Qué importancia puede tener, pues, nada de lo que nos acontezca? ¿Qué importancia puede tener nuestras dificultades o contrariedades? ¿Hay lugar para la depresión o la desesperanza ante este destino? ¡Claro que NO!

¿Qué cosa podría tener el suficiente valor como para poder afectar nuestro humor ante esta fatal evidencia? ¡Nada! ¡Nada puede deprimirnos, porque nada merece nuestra estima! ¡Todo nuestro ser, y todas nuestras circunstancias son efímeras!

Se trata, por lo tanto; de existir simplemente; de aceptar todo lo que nos pueda suceder durante este leve viaje hacia ninguna parte, ¡y de aceptarlo con agrado! Hay que admitir el absurdo tal y como se nos aparece: sin reproches.


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