jueves, 27 de noviembre de 2014

Extractos de Silogismos de la amargura, de Emil Cioran


Silogismos de la amargura, de Emil Cioran (si queréis saber sobre el autor, entrar aquí).

A continuación voy a compartir algunas de las reflexiones más interesantes, en mi opinión, del libro Sologismos de la amargura. Si queréis leer el libro completo, lo podéis descargar en formato PDF desde: (http://www.thule-italia.net/Sitospagnolo/Cioran/Cioran,%20E.%20M.%20-%20Silogismos%20de%20la%20amargura%281%29.pdf):


Si creemos tan ingenuamente en las ideas es porque olvidamos que han sido concebidas por mamíferos. 
La planta padece ligeramente; el animal se las ingenia para enfermar; en el hombre se exaspera la anomalía de todo lo que respira. La Vida, combinación de química y estupor... ¿Acabaremos refugiándonos en el equilibrio del mineral? ¿Franquearemos retrocediendo el reino que de él nos separa para imitar a la piedra normal?
Objeción contra la ciencia: este mundo no merece la pena ser conocido.
No contento con los sufrimientos reales, el ansioso se imponeimaginarios; es un ser para quien la irrealidad existe, debe existir; sinello, ¿dónde encontraría la ración de tormentos que le exige su naturaleza?
Sufrimos: el mundo exterior comienza a existir...; sufrimos demasiado: desaparece. El dolor lo suscita únicamente para desenmascarar su irrealidad. 
Nos repugna llevar hasta sus últimas consecuencias un pensamiento deprimente, aunque sea inatacable; lo soportamos hasta el momento en que nos afecta las entrañas, en que comienza a ser malestar, verdad y desastre de la carne. —Nunca he leído un sermón de Buda o una página de Schopenhauer sin verlo todo de color rosa...
Se acerca el momento en que el escéptico, tras haberlo cuestionado todo, no tendrá ya de qué dudar; será entonces cuando realmente suprimirá su juicio. ¿Qué le quedará? Divertirse o dormitar —la frivolidad o la animalidad.
Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera: sin la idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado.
El deseo de morir fue mi única preocupación; renuncié a todo por él, incluso a la muerte.
Cualquier sumisión, aunque sea al deseo de morir, desenmascara nuestra fidelidad a la impostura del «yo».
Sólo se suicidan los optimistas, los optimistas que ya no logran serlo. Los demás, no teniendo ninguna razón para vivir, ¿por qué la tendrían para morir?
Quien vive sin memoria no ha salido aún del Paraíso: las plantas continúan deleitándose en él. Ellas no fueron condenadas al Pecado, a esa imposibilidad de olvidar.: pero nosotros, remordimientos ambulantes, etc., etc. (¡Echar de menos al Paraíso! —Imposible estar más pasado de moda, exagerar más la pasión por lo caduco o el provincialismo.)
El gran crimen del Dolor es haber organizado el Caos, haberlo convertido en universo.
En las fronteras del ser: «Nadie sabrá nunca todo lo que he sufrido y sufro, ni siquiera yo mismo».
En la búsqueda del tormento, en la obstinación de sufrir únicamente el celoso puede competir con el mártir. Sin embargo, se canoniza a uno y se ridiculiza al otro.
¿Quién abusaría de la sexualidad sin la esperanza de perder en ella la razón algo más de un segundo, para el resto de sus días?
En la voluptuosidad, lo mismo que en el pánico, regresamos a nuestros orígenes; el chimpancé, injustamente relegado, alcanza al fin la gloria —mientras dura un grito.
Dos víctimas atareadas, maravilladas de su suplicio, de su sudor sonoro. ¡A qué ceremonial nos obligan la gravedad de los sentidos y la seriedad del cuerpo!
Si los impotentes supieran lo maternal que ha sido con ellos la naturaleza, bendecirían el sueño de sus glándulas y se vanagloriarían de él por las calles.
El universo sonoro: onomatopeya de lo inefable, enigma desplegado, infinito percibido e inaccesible... Cuando se sufre su seducción, ya sólo se concibe el proyecto de hacerse embalsamar en un suspiro.
Si Noé hubiera poseído el don de adivinar el futuro, habría sin duda naufragado.
Para pasar de las cavernas a los salones, hemos necesitado un tiempo considerable; ¿necesitaremos otro tanto para recorrer el camino inverso o quemaremos las etapas? —Pregunta inútil para quienes no presienten la prehistoria...
Creo en la salvación de la humanidad, en el porvenir del cianuro.
Sin actuar, sentís la fiebre de las hazañas; sin enemigo, libráis un combate agotador... Es la tensión gratuita de la neurosis, que daría hasta a un tendero escalofríos de general derrotado.
¡Cuánta concentración, cuánto trabajo y tacto hacen falta para destruir nuestra razón de ser.!
En los sueños se manifiesta el loco que hay en cada uno de nosotros; tras haber regido nuestras noches, se duerme en las profundidades del ser, en el seno de la Especie; a veces, sin embargo, le oímos roncar en nuestros pensamientos.
Cada día es un Rubicón en el que anhelo ahogarme.
Una naturaleza religiosa se define menos por sus convicciones que por la necesidad de prolongar sus sufrimientos más allá de la muerte.
«Cuando me afeito», me decía un medio loco, «¿quién, si no Dios, impide que me corte la garganta?» —La fe no sería, a fin de cuentas, más que una artimaña del instinto de conservación. Biología por todas partes...
Es imposible saber si el hombre se servirá aún durante mucho tiempo de la palabra o si recobrará poco a poco el uso del aullido.
Un espermatozoide es un bandido en estado puro.
En pleno hastío, nos deslizamos hacia el punto más bajo del alma y del espacio, hacia las antípodas del éxtasis, hacia las raíces del Vacío.
Apenas adolescente, la perspectiva de la muerte me horrorizaba; para huir de ella corría al burdel o invocaba a los ángeles. Pero con la edad nos acostumbramos a nuestros propios terrores, no hacemos nada por quitárnoslos de encima, nos aburguesamos en el Abismo. —Y si hubo un tiempo en que envidiaba a esos monjes de Egipto que cavaban sus tumbas para llorar sobre ellas, si cavara ahora yo la mía, sería para no arrojar más que colillas.

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