martes, 9 de abril de 2013

La muerte

Evitar la muerte en lo posible es un objetivo natural de todo ser vivo (junto con el instinto de reproducción). Todos luchamos por mantenernos vivos, desde la bacteria unicelular hasta el ser humano. Parece ciertamente que hay una voluntad en el mundo que empuja vehementemente en este sentido.

Una visión moderna podría relacionar esa lucha por la vida, con una lucha contra las leyes termodinámicas del mundo, las cuales son, paradójicamente, en gran medida responsables de la aparición de la propia vida. No querer morir, es no querer que nuestra estructura corporal se desintegre; lo que supone una lucha continua contra las leyes naturales. Esta lucha es la base de todo el sufrimiento en el mundo.

Por otra parte, somos fruto de una ley natural evolutiva, la cual se puede reducir (y se debe) a leyes físicas más fundamentales: como la mecánica y la termodinámica. Esto nos debe hacer sospechar de que esa voluntad instintiva de la que todos somos partícipe, debe ser compartida por todo ente natural en el mundo. Y, es cierto que es eso lo observamos, por ejemplo, al estudiar la vehemencia con la que los cuerpos se mueven en el espacio, siguiendo rutas geodésicas, y presentando una lucha ciega ante cualquier cambio de trayectoria o estado. Acelerar un cuerpo inerte supone un trabajo; un esfuerzo, y eso es así porque el cuerpo se resiste naturalmente al cambio: es lo que se ha venido en llamar la ley de inercia.

Todo en la naturaleza parece obedecer a los designios de una ciega voluntad, de la cual nos tenemos que contentar con conocer sus diversas representaciones en el mundo.

En este punto, podemos tomar una actitud más o menos mística, y asociar esta voluntad con una entidad independiente del mundo: con una Voluntad, o podemos simplemente contentarnos con asociar esa voluntad simplemente con las propias leyes naturales. Sea como fuere, el resultado es muy similar, puesto que el conocimiento de facto en uno y otro caso es casi el mismo.

Este impulso irracional del que hablamos, lo vemos representado tanto en el movimiento de los átomos, como en la motivación humana, y además, dicho impulso es responsable no sólo de la aparición de la vida, sino del sufrimiento que hay en ella. Y esto es así debido a una lucha interna entre los diversos entes vivos (y no vivos) por seguir existiendo, acaparando el máximo de recursos posibles, los cuales son necesarios para mantener las complejas estructuras materiales, en contra de la 2ª ley de la termodinámica.

Esa voluntad o impulso natural es causa determinante en la aparición de todo fenómeno natural, y también es a la vez responsable de las calamidades en el mundo. La naturaleza lucha irracional y espontáneamente contra sí misma.

Y la muerte sí es indudablemente una solución al sufrimiento [b][i]individual[/i].[/b] Estar vivo requiere constituir y mantener un cuerpo complejo, el cual necesita de continuos recursos. Esto impone ya de base, y sin tener en cuenta otras necesidades del ser vivo como el deseo de reproducción, una lucha continua por mantener el organismo. Esa lucha, esa necesidad, nos garantiza un sufrimiento el cual sólo puede ser aliviado con la propia muerte.

Tampoco es plan de tirarse por un puente porque; primero de todo, la propia naturaleza nos ha grabado en la cabeza un miedo terrible a autolesionarnos, el cual es tan complicado o más de superar que la aversión al incesto, y segundo, porque no hay prisa: la naturaleza ya se encarga de matarnos a todos más o menos lentamente.

La vida es un sufrimiento pero es finita, por lo que no tiene mucho sentido aligerar lo que por otra parte es inevitable. Una vez que se comprende el sufrimiento, y se comprende el nihilismo y pesimismo del mundo, la vida se antoja más llevadera. El que nada espera no sufre decepciones, ni se agobia ante la adversidad. El pesimismo es la mejor herramienta para lograr una actitud estóica; actitud ciertamente necesaria para minimizar el sufrimiento en este  mundo.

Bueno, lo dejo aquí, con el fragmento de una obra que desde siempre me ha llamado la atención:

Jorge Manrique

 (1440-1479)


  Coplas por la muerte de su padre


  Recuerde el alma dormida,        
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte              5
tan callando,
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,             10
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

  Pues si vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
y acabado,                           15
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.
No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar             20
lo que espera,
más que duró lo que vio
porque todo ha de pasar
por tal manera.

  Nuestras vidas son los ríos        25
que van a dar en la mar,
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir;                          30
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos,
y llegados, son iguales
los que viven por sus manos          35
y los ricos.

Invocación:

  Dejo las invocaciones
de los famosos poetas
y oradores;
no curo de sus ficciones,            40
que traen yerbas secretas
sus sabores;
A aquél sólo me encomiendo,
aquél sólo invoco yo
de verdad,                           45
que en este mundo viviendo
el mundo no conoció
su deidad.

  Este mundo es el camino
para el otro, que es morada          50
sin pesar;
mas cumple tener buen tino
para andar esta jornada
sin errar.
Partimos cuando nacemos,             55
andamos mientras vivimos,
y llegamos
al tiempo que fenecemos;
así que cuando morimos
descansamos.


Desde siempre me ha parecido que no hay mayor consuelo ante la vida, que el saber que algún día moriremos.

Un saludo, amigos.