El último Mesías
(El ensayo de Peter Wessel Zapffe, reescrito con la ciencia de 2026)
«No haber nacido supera toda cuenta.»
— Sófocles, Edipo en Colono, v. 1224
«No consigo persuadirme de que un Dios benéfico y omnipotente hubiera creado a propósito a los icneumónidos con la intención expresa de que se alimentaran dentro de los cuerpos vivos de las orugas.»
— Charles Darwin, carta a Asa Gray, 22 de mayo de 1860
Antes de empezar
En 1933, un jurista y alpinista noruego de treinta y tres años, Peter Wessel Zapffe, publicó en la revista Janus un ensayo de apenas una docena de páginas: «Den sidste Messias», El último Mesías. Es, probablemente, el texto pesimista más perfecto del siglo XX: una parábola, un diagnóstico de la especie, una taxonomía de las mentiras con que sobrevivimos y una profecía. Thomas Ligotti lo rescató para el gran público en La conspiración contra la especie humana (2010), y una serie de televisión acabó poniendo sus ideas en boca de un detective de Luisiana.
Pero el ensayo tiene más de noventa años, y se le notan. Zapffe escribió antes del ADN, antes de la neurociencia, antes de la cosmología moderna, antes del teléfono en el bolsillo. Su ciervo gigante murió aplastado por la cornamenta (no murió así). Sus «naturalezas primitivas» estaban más cerca del ideal biológico (no existen tales naturalezas, ni tal ideal). Sus mujeres eran menos dadas al pensamiento (una necedad de su época). Su cumbre de la distracción era la radio.
Lo que sigue no es una traducción ni una paráfrasis. Es un ejercicio de imitación: he intentado escribir el ensayo que creo que Zapffe habría escrito si hubiera vivido para leer la genética, la neurociencia, la psicología experimental, la termodinámica de los sistemas abiertos, la cosmología del universo acelerado y la demografía de un planeta que empieza a dejar de tener hijos. Conserva su arquitectura —la parábola del arquero, el diagnóstico, los cuatro mecanismos, la crítica de la civilización, la profecía— y conserva, sobre todo, su negrura. Donde la ciencia posterior le da la razón, le he dejado decirlo más fuerte. Donde se la quita, le he dejado enmendarse, que es lo que hace un pesimista honrado: no consolarse con errores. Las fórmulas son pocas, y están ahí para quien quiera comprobar que la negrura también tiene números.
A partir de aquí habla ese Zapffe imaginario, en primera persona, dirigiéndose a los lectores de hoy. Las fuentes de cada afirmación científica están al final, ordenadas por capítulos. El original puede leerse en inglés en Philosophy Now y en castellano, en la cuidada traducción de Carlos Javier González Serrano, en El vuelo de la lechuza.
I. El arquero junto al abrevadero
Una noche, en un tiempo tan remoto que ningún hueso lo recuerda —ningún fósil guarda el instante en que un cerebro se vuelve hacia sí mismo—, el hombre despertó y se vio.
Se vio desnudo bajo el cosmos, sin casa dentro de su propio cuerpo. Todo cuanto tocaba con el pensamiento se le deshacía entre las manos; maravilla sobre maravilla y horror sobre horror se le abrían por dentro como las galerías de una cueva que nadie había pintado todavía.
Entonces despertó también la mujer y le dijo que era hora de salir a matar. Él tomó el arco, primer contrato firmado entre la mano y el porvenir, y salió bajo las estrellas. Pero cuando las bestias bajaron al abrevadero, a la hora en que la costumbre las traía, ya no sintió en la sangre el salto del leopardo. Vio a la gacela doblar el cuello sobre el agua y vio, debajo de la piel, el mismo temblor que lo habitaba a él: el corazón que se desboca al menor crujido, la carne que no quiere ser abierta, la misma prisa por vivir un día más para nada. Y oyó, más alto que el viento en la hierba, un salmo inmenso sobre la hermandad del sufrimiento de todo cuanto respira.
Aquel día no volvió con presa. Cuando lo encontraron, a la luna nueva siguiente, seguía sentado junto al agua, muerto, con el arco intacto sobre las rodillas. Los buitres habían empezado por los ojos, que es por donde había empezado todo.
II. La cornamenta
¿Qué ocurrió aquella noche? Una grieta en la unidad misma de la vida. Una paradoja biológica, una abominación, un absurdo, una exageración de naturaleza catastrófica. Durante casi cuatro mil millones de años la vida había fabricado máquinas para durar y copiarse sin preguntarse nada, porque no había nadie que preguntara; y de pronto una de ellas levantó la cabeza y preguntó para qué. La vida había errado el tiro por exceso. Había armado a una especie con más de lo que una especie puede cargar: un arma como una espada sin empuñadura ni guarda, una hoja de doble filo que todo lo hiende; pero quien quiera blandirla tiene que agarrarla por el acero, y uno de los filos queda siempre vuelto hacia su propia palma.
La ciencia de vuestro tiempo sabe algo que en el mío apenas se intuía: que ese órgano no fue hecho para ver. Nada lo fue. La selección natural no premia la verdad ni el bienestar; premia la descendencia. Conserva los cerebros que dejan más copias de los genes que los construyen, y si una ilusión deja más copias que una certeza, la ilusión gana. Hay quien ha intentado demostrarlo con las matemáticas de la teoría de juegos evolutiva: en sus simulaciones, las percepciones afinadas a la utilidad derrotan una y otra vez a las percepciones afinadas a la verdad. No hace falta aceptar todas sus conclusiones para aceptar la premisa, que es de Darwin: el ojo es un instrumento de supervivencia, no de conocimiento. Que de cuando en cuando conozca es un efecto secundario. Aquella noche, junto al agua, el efecto secundario se volvió letal.
Ni siquiera la razón se libra de esta sospecha. Dos científicos cognitivos franceses, Hugo Mercier y Dan Sperber, han propuesto que razonar no evolucionó para descubrir lo verdadero, sino para ganar discusiones: para convencer a los demás y para vigilar que los demás no nos convenzan. Por eso razonamos con tanta agudeza contra las ideas ajenas y con tanta torpeza contra las propias. La espada sin empuñadura fue, en su origen, un arma de corral. El cerebro creció, según una de las hipótesis más influyentes, para lidiar con otros cerebros: para calcular alianzas, traiciones, rangos y deudas dentro del grupo. Quizá creció también para seducir, como la cola del pavo real: un anuncio caro y vistoso de buenos genes. Un órgano hecho para intrigar y para exhibirse fue el que, una noche, se puso a pensar en las estrellas, y no supo parar.
Y es un órgano carísimo. Pesa alrededor del dos por ciento del cuerpo adulto y consume en torno a la quinta parte de su energía en reposo: unos veinte vatios, una bombilla tenue que arde día y noche detrás de los ojos y que no se apaga ni durmiendo.
\[ \underbrace{\;2\,\%\;}_{\text{de la masa del cuerpo}} \;\longrightarrow\; \underbrace{\;\sim 20\,\%\;}_{\text{de su energía en reposo}} \]En un niño de cuatro o cinco años la factura es monstruosa: su cerebro consume una cantidad de glucosa equivalente a dos tercios del metabolismo en reposo de todo su cuerpo, hasta el punto de que el crecimiento del resto se frena para poder pagarla. La infancia interminable, la dependencia absoluta, el parto desgarrador de una cabeza demasiado grande por una pelvis demasiado estrecha: todo eso es el precio de la lámpara.
Así que ahí está, con sus visiones, traicionado por el universo, lleno de asombro y de miedo. También la bestia conoce el miedo: en la tormenta, en la garra del león. Conoce incluso el duelo. Hay madres chimpancés que cargan durante semanas, en un caso más de dos meses, con el cadáver momificado de su cría; hay elefantes que se detienen largamente ante los huesos de los suyos. Pero la bestia no extrapola. Su duelo es una herida; el nuestro es una teoría. El hombre no teme a esto o a aquello: teme a la vida misma, a su propio ser. Para la bestia, la vida era sentir el juego de las fuerzas, calor y juego y pelea y hambre, y al final inclinarse ante la ley de su curso. En la bestia el sufrimiento se agota en sí mismo; en el hombre abre agujeros hacia un miedo al mundo y una desesperación de la vida.
Porque el hombre es el único animal conocido que viaja en el tiempo. Recorre su pasado y ensaya su futuro con una libertad que no se ha documentado en ninguna otra especie; los psicólogos lo llaman, con justicia, viaje mental en el tiempo. Hay en su cerebro una red de regiones que se enciende en cuanto la tarea calla —la red neuronal por defecto— y que, sin que nadie se lo pida, fabrica recuerdos, ensayos, escenas de lo que pudo ser y de lo que será. Cuando se ha preguntado a miles de personas, en momentos al azar de su jornada, qué hacían y en qué pensaban, casi la mitad de las veces —un cuarenta y siete por ciento— su mente estaba en otra parte; y en esas horas eran más infelices que cuando estaban en lo que hacían. Por eso, cuando el niño apenas se adentra en el río de la vida, ya oye crecer sobre el valle el rugido de la cascada de la muerte, cada vez más cerca, desgarrándole la alegría. Ese rugido no viene de fuera. Lo produce un circuito que se enciende solo.
Y entonces ve. Ve la Tierra respirar como un gran pulmón: cuando exhala, la vida brota deliciosa por todos sus poros y se estira hacia el sol; cuando inhala, un gemido de ruptura recorre la multitud y los cadáveres azotan el suelo como granizo. Vosotros podéis medir esa respiración. Más del noventa y nueve por ciento de todas las especies que han existido están extintas. Cinco veces la respiración se convirtió en estertor; al final del Pérmico desaparecieron más de ocho de cada diez especies del mar. Y no ve sólo su día: ve retorcerse ante sus ojos los cementerios, oye aullar contra él los lamentos de milenios hundidos desde formas espantosas en descomposición. Detrás de él marcha una procesión de más de cien mil millones de muertos de su propia especie, y, en el mundo del que procede, cerca de la mitad de los niños moría antes de llegar a la pubertad. Los sueños de las madres, vueltos tierra, no son una metáfora: son la mitad de la estadística.
El sufrimiento de miles de millones de seres humanos entra en él por la puerta de la compasión. Tampoco eso es ya una metáfora: ver sufrir a quien amamos enciende en nosotros parte de las mismas regiones que nuestro propio dolor —la ínsula anterior, el cíngulo anterior—, de modo que la puerta de la compasión es una vía nerviosa, y está abierta. En mi tiempo sólo daba a la aldea; en el vuestro da, a través de una pantalla, a ocho mil millones de vecinos y a todas sus guerras a la vez. Y de todo cuanto sucede se levanta una carcajada contra su exigencia de justicia, que es su principio de orden más profundo. El universo, consultado sobre la justicia, responde con estadística.
Se ve formarse en el vientre de su madre. Levanta la mano al aire: cinco ramas. ¿De dónde sale ese diabólico número cinco, y qué tiene que ver con mi alma? Hoy hay respuesta, y es peor que el misterio: de ninguna parte. Los primeros tetrápodos, en las aguas someras del Devónico, tenían seis, siete, ocho dedos; el cinco es lo que quedó tras una poda contingente, hace unos trescientos cincuenta millones de años, y lo que después custodió un puñado de genes reguladores que nadie eligió. Mi alma tiene cinco dedos por la misma razón por la que un río tiene meandros.
Ya no es evidente para sí mismo. Se toca el cuerpo con espanto: esto eres tú, hasta aquí llegas y no más allá. Pero ni siquiera eso es cierto. Lleva dentro aproximadamente tantas células bacterianas como células propias; casi cada una de sus células respira gracias a unas mitocondrias que fueron bacterias libres hace más de mil quinientos millones de años; y en torno a un ocho por ciento de su genoma son restos de virus que infectaron a sus antepasados y se quedaron a vivir. Lleva dentro una comida: ayer era un animal que podía correr; ahora lo disuelve y lo convierte en él. ¿Dónde empiezo y dónde acabo?
En ninguna parte. La física lo dice con una frialdad que mi siglo no tuvo: el cuerpo es una estructura disipativa, un remolino en una corriente de materia y energía que entra y sale, un patrón que sólo se sostiene mientras degrada un gradiente —la luz del Sol filtrada por las plantas, las plantas filtradas por los animales— y que se deshace en cuanto el flujo cesa. Su orden es un préstamo, y se paga en desorden:
\[ \Delta S_{\text{universo}} = \Delta S_{\text{cuerpo}} + \Delta S_{\text{entorno}} \;\geq\; 0 . \]El cuerpo sólo puede ordenarse por dentro si desordena más por fuera. Vivir es ensuciar el mundo para mantenerse limpio un rato. Y el dolor, en ese motor, no es una avería: es el chirrido con que el mecanismo se avisa a sí mismo de que el préstamo vence.
Todas las cosas se encadenan en causas y efectos, y todo lo que quiere asir se disuelve ante el pensamiento que lo examina. Pronto ve la mecánica incluso en lo más entero y querido, en la sonrisa de su amada: el cigomático mayor que se contrae, el orbicular de los párpados que se pliega, el área tegmental ventral que libera dopamina cuando la mira. Y detrás de la sonrisa, el cálculo. Hamilton lo escribió en 1964 con una desigualdad que cabe en la uña de un pulgar:
\[ r\,B \;>\; C . \]Un gen que mueve a su portador a sacrificarse prospera si el beneficio \(B\) que procura a un pariente, multiplicado por el parentesco \(r\) que los une, supera el coste \(C\) del sacrificio. El amor de una madre por su hijo es, en el libro de contabilidad de los genes, un medio multiplicado por un beneficio que excede un coste. Hay otras sonrisas, además, que se le parecen demasiado: la que el secado dibuja en la boca de los muertos, cuando los labios se retraen sobre los dientes.
Al final, los rasgos de las cosas no son más que sus propios rasgos. Nada existe sin él; toda línea apunta de vuelta hacia él; el mundo no es sino el eco espectral de su voz. La neurociencia lo dice hoy con menos poesía y más exactitud: lo que llamamos percibir es una predicción que el cerebro lanza contra el mundo y corrige con los errores que regresan —una alucinación controlada—; el rojo no está en la manzana, y el yo no está detrás de los ojos: es un modelo que el cerebro construye de sí mismo y que no puede reconocer como modelo. Salta gritando y quiere vomitarse sobre la tierra junto con su comida impura; siente acercarse la locura y quiere encontrar la muerte antes de perder incluso esa capacidad.
Pero ante la muerte inminente comprende también su naturaleza, y el alcance cósmico del paso que viene. Su imaginación creadora levanta nuevos panoramas espantosos detrás de la cortina, y ve que tampoco allí hay santuario. En 1933 era una intuición. Ahora es cosmología. Desde 1998 se sabe que la expansión del universo se acelera. Las estrellas dejarán de nacer dentro de unos cien billones de años; las últimas enanas se enfriarán; los agujeros negros se evaporarán uno a uno, los mayores en un tiempo del orden de \(10^{100}\) años; y después, nada que pueda llamarse acontecimiento: un baño helado y uniforme donde no queda gradiente que sostenga ni un pensamiento. Ésa es una puerta. La otra es peor. Si el universo es infinito y más o menos uniforme, como admiten muchos modelos, toda disposición finita de materia se repite: en algún lugar, a una distancia del orden de \(10^{10^{28}}\) metros, hay otro lector idéntico leyendo esta misma frase, y otro arquero sentado, muerto, junto a otro abrevadero. Y aun en un sistema finito, si dura lo bastante, la recurrencia que demostró Poincaré promete que todo estado vuelve. El frío sin fin o la repetición sin fin: la física moderna sólo ofrece dos puertas detrás de la muerte, y las dos dan a la misma habitación.
Ahora puede distinguir el contorno de sus condiciones biológico-cósmicas: es el prisionero indefenso del universo, mantenido en pie para caer en posibilidades sin nombre. Desde ese momento vive en un estado de pánico incesante.
Ese «sentimiento de pánico cósmico» es el eje de toda mente humana. La especie parece incluso condenada a perecer, en la medida en que toda conservación y continuación efectiva de la vida queda descartada cuando toda la atención y toda la energía del individuo se van en soportar, o en desviar, la catastrófica alta tensión de dentro.
La tragedia de una especie que se vuelve inepta para la vida por desarrollar en exceso una sola capacidad no es exclusiva del hombre. En la primera versión de este ensayo puse el ejemplo de ciertos ciervos prehistóricos que habrían sucumbido bajo el peso de sus cuernos. Debo corregirme, y la corrección es más negra que el error.
El ciervo gigante, Megaloceros giganteus —el mal llamado «alce irlandés»—, llevaba sobre el cráneo hasta tres metros y medio de envergadura y unos cuarenta kilos de hueso. Durante décadas se contó que una tendencia evolutiva ciega lo había empujado hacia cornamentas cada vez más absurdas hasta hundirlo. No fue así. En 1974 Stephen Jay Gould midió cráneos y astas y mostró que la cornamenta crecía con el cuerpo según una ley de potencias,
\[ y \;=\; a\,x^{b}, \qquad b>1, \]exactamente la que cabía esperar en un ciervo de ese tamaño: no era un tumor de la evolución, era la corona que le correspondía, y servía —para exhibirse, para intimidar a los rivales, para convencer a las hembras—. El animal no se derrumbó bajo su adorno. Atravesó glaciaciones enteras. Llegó vivo al Holoceno: los últimos rebaños pastaban al pie de los Urales hace unos siete mil setecientos años, cuando en Mesopotamia ya se cultivaba el trigo.
¿Qué lo mató, entonces? Que el mundo dejó de poder pagarlo. Las astas de un ciervo se caen cada año y cada año vuelven a crecer: cada primavera el animal tenía que sacar calcio y fósforo de su pasto y de sus propios huesos para levantar una corona nueva. Mientras la vegetación fue rica, la cuenta salía. Cuando el clima cambió, cuando el pasto se empobreció y avanzaron los bosques cerrados —y quizá llegaron también los cazadores—, el adorno se convirtió en una deuda impagable. No lo mató el peso. Lo mató el precio.
Ésa es la imagen exacta del hombre, y es peor que la que yo di. Nuestra cornamenta también es alométrica, también fue probablemente seleccionada para impresionar a los otros, también se paga a diario. El cerebro no se cae en otoño, pero cada mañana, al despertar, tiene que reconstruir desde los cimientos el andamiaje que le permite no ver. Y también se paga con el entorno. Hace dos siglos que nuestra corona no se alimenta de pasto: se alimenta de luz solar fosilizada. Más de cuatro quintas partes de la energía primaria que sostiene esta civilización salen todavía de quemar carbón, petróleo y gas, es decir, del sol que cayó sobre bosques y mares hace cientos de millones de años. El ciervo gigante agotó el pasto del Holoceno temprano. Nosotros estamos agotando el del Carbonífero.
En los estados depresivos, la mente puede verse a imagen de esa cornamenta: con todo su esplendor fantástico, clavando contra el suelo a quien la lleva.
III. Los cuatro diques
¿Por qué, entonces, no se extinguió la humanidad hace mucho, en grandes epidemias de locura? ¿Por qué sólo un número bastante reducido de individuos sucumbe porque no soporta la tensión de vivir, porque el conocimiento le da más de lo que puede cargar?
La historia de la cultura, y la observación de nosotros mismos y de los demás, permiten la respuesta que di en 1933 y que hoy sostengo con laboratorio detrás: la mayoría aprende a salvarse limitando artificialmente el contenido de su conciencia.
Si el ciervo gigante, al ver empobrecerse el pasto, se hubiera partido a tiempo las puntas exteriores de la cornamenta, o hubiera aprendido a levantar cada primavera una corona más pequeña, habría durado algo más. Pero con fiebre y dolor constante, y contra su idea central, contra el núcleo de su peculiaridad, porque la mano de la creación lo había llamado a ser el gran portador de cuernos de las bestias salvajes. Lo que ganara en duración lo habría perdido en sentido, en grandeza de vida: una continuación sin esperanza, una marcha no hacia la afirmación sino a través de sus propias ruinas, una y otra vez reconstruidas; una carrera contra la voluntad sagrada de la sangre.
La identidad entre el propósito y la perdición es, para el ciervo gigante y para el hombre, la paradoja trágica de la vida. El último Megaloceros llevó la insignia de su linaje hasta el final, en devota afirmación. El ser humano se salva y sigue adelante. Practica —por extender una expresión conocida— una represión más o menos consciente de su dañino excedente de conciencia. Ese proceso es prácticamente constante durante nuestras horas de vigilia y actividad, y es requisito de la adaptación social y de todo lo que solemos llamar vida sana y normal.
Esta tesis ha tenido una descendencia que no llegué a conocer. En 1973 un antropólogo norteamericano, Ernest Becker, publicó La negación de la muerte, un libro entero sobre la idea de que la cultura humana es un dispositivo para no ver la muerte; murió de cáncer pocos meses después, y el Pulitzer le llegó cuando ya no podía recogerlo. Tres psicólogos sociales convirtieron su libro en un programa experimental, la teoría de la gestión del terror, y durante tres décadas cientos de experimentos parecieron mostrar que basta recordarle a alguien su propia muerte —un par de preguntas en un cuestionario— para que se aferre con más fuerza a su nación, a su fe y a su autoestima, y castigue con más dureza a quien las desafía. Debo añadir, por honradez, que en 2022 un gran esfuerzo coordinado de replicación, repartido entre diecisiete laboratorios y más de mil quinientos participantes, no logró reproducir el efecto clásico. Puede que el formulario sea un pico demasiado romo para un muro tan grueso; puede que la teoría exagerara. Mi tesis no descansa en ese experimento. Descansa en todo lo demás.
La psiquiatría trabaja, con buena razón práctica, sobre el supuesto de que lo sano y viable coincide con lo más alto en términos personales. Yo sostuve que la depresión, el «miedo a la vida», el rechazo del alimento, eran a menudo mensajes de un sentido más hondo e inmediato de la existencia, frutos amargos de una genialidad del pensamiento o del sentimiento. Aquí debo ser más preciso que entonces, porque la ciencia ha hecho su trabajo. Durante décadas se habló del «realismo depresivo»: la idea de que los deprimidos juzgan el mundo con más exactitud que los sanos. Los metaanálisis lo redujeron a un efecto pequeño, y una replicación cuidadosa de 2022 no lo encontró en absoluto. La depresión no es una ventana abierta: es otro cristal deformante, con su propia inflamación, su propio sueño roto, su propio cuerpo enfermo.
Esta enmienda no me reconcilia con nada. Al contrario. Si el sano mira a través de un cristal de color rosa y el melancólico a través de uno negro, no queda nadie mirando por una ventana. No hay en la especie un ojo desnudo. La verdad no es que el desesperado vea más, sino que nadie ve, y que unos sufren más que otros por no ver. La salud es una lente; la enfermedad es otra; el mundo no está en ninguna de las dos.
Y hay algo más que he aprendido de la psiquiatría evolucionista: el dolor, la ansiedad y el ánimo bajo no son averías del diseño, sino piezas del diseño. Randolph Nesse lo ha llamado el principio del detector de humo. Si no reaccionar ante un peligro real cuesta la vida y reaccionar ante uno imaginario sólo cuesta unas calorías, la alarma óptima debe saltar cuando
\[ p\;C_{\text{omisión}} \;>\; (1-p)\;C_{\text{falsa alarma}} , \]y si el coste de la omisión es mil veces mayor que el de la falsa alarma, basta una probabilidad de una entre mil para que la alarma deba sonar. Es decir: una alarma bien diseñada tiene que equivocarse casi siempre. Así está tarado nuestro sufrimiento: barato para el gen, carísimo para quien lo padece. La naturaleza nos hizo miedosos por economía.
La totalidad de la vida que hoy vemos ante nosotros está envuelta, de lo más íntimo a lo más externo, en mecanismos represivos, sociales e individuales, rastreables hasta en las fórmulas más trilladas de la vida cotidiana. Aunque adoptan una variedad enorme de formas, parece legítimo distinguir al menos cuatro grandes clases, que naturalmente se dan en todas las combinaciones posibles: aislamiento, anclaje, distracción y sublimación. En noventa años no he encontrado una quinta. He encontrado, eso sí, que las cuatro se han industrializado.
Aislamiento
Por aislamiento entiendo la expulsión plenamente arbitraria de la conciencia de todo pensamiento y sentimiento perturbador o destructivo. («No hay que pensar, sólo sirve para confundirse», decía Engström.)
En mi tiempo esto era una observación clínica. En el vuestro tiene anatomía. Cuando en un laboratorio se pide a alguien que no recuerde algo que sabe, la corteza prefrontal lateral se activa y frena la actividad del hipocampo, y el recuerdo se debilita de verdad: el cerebro sabe olvidar a propósito. Pero el dique gotea. Quien se esfuerza en no pensar en un oso blanco acaba pensando en osos blancos más a menudo que quien nunca intentó evitarlos; lo reprimido regresa, y por eso la represión tiene que repetirse sin descanso, como el achique de un barco que hace agua.
Hay variantes más finas. El sesgo optimista: alrededor de cuatro de cada cinco personas se creen menos expuestas que la media al cáncer, al divorcio o al accidente, cosa aritméticamente imposible. La evitación de información: no hacerse la prueba, no abrir el sobre, no mirar el extracto. La economía ha tenido que inventar un nombre técnico para el avestruz.
Una variante perfecta y casi embrutecedora se da entre ciertos médicos, que para protegerse no ven de su oficio más que el aspecto técnico. Puede degenerar en puro gamberrismo, como entre matones y estudiantes de anatomía, donde toda sensibilidad hacia el lado trágico de la vida se extirpa por medios violentos: los chistes de la sala de disección, los apodos con que se bautiza a los cadáveres.
Pero el gran aislamiento de vuestro siglo no es psicológico: es arquitectónico. La muerte se ha mudado de casa. En 1933 se moría en la cama propia, delante de los niños; hoy, en los países ricos, se muere sobre todo en hospitales y residencias, detrás de una cortina, con el tanatorio concertado de antemano. Un historiador francés, Philippe Ariès, la llamó la muerte prohibida: la que se oculta como antes se ocultaba el sexo. Y también el abrevadero se ha amurallado. Aquel arquero murió de compasión por una gacela. Nosotros matamos cada año más de ochenta mil millones de animales terrestres para comer, y más de un billón de peces, sin oír un solo balido: los mataderos no tienen ventanas. Nunca en la historia se había abierto tanta carne sensible con tan poco ruido. El salmo de la hermandad del sufrimiento sigue sonando. Sólo que lo hemos insonorizado.
En la convivencia diaria, el aislamiento se manifiesta como un código general de silencio mutuo. Primero con los niños, para que no los espante de golpe la vida que acaban de empezar y conserven sus ilusiones hasta que puedan permitirse perderlas; a cambio, los niños no deben molestar a los adultos con recordatorios inoportunos del sexo, del retrete o de la muerte. Entre adultos rigen las reglas del «tacto». En mi tiempo el mecanismo se veía al desnudo cuando la policía retiraba de la calle a un hombre que lloraba. Hoy no hace falta la policía: los transeúntes bajan la vista a la pantalla, y el hombre que llora queda solo en mitad de una multitud que no lo ve. O, peor, que lo graba.
Anclaje
El mecanismo del anclaje sirve también desde la primera infancia: los padres, la casa, la calle se vuelven evidentes para el niño y le dan seguridad. Esa esfera es la primera, y quizá la más feliz, protección contra el cosmos que llegamos a conocer en la vida.
En 1933 se discutía si ese «apego infantil» tenía o no un fondo sexual. Hoy se sabe que es más antiguo que nuestra especie y más fuerte que el hambre. En los años cincuenta, Harry Harlow separó de sus madres a crías de macaco y les ofreció dos sustitutas: una de alambre que daba leche y otra de trapo que no daba nada. Las crías iban al alambre a comer y volvían corriendo a abrazarse al trapo; cuando se las asustaba, era al trapo adonde huían. El ancla precede al pan. John Bowlby y Mary Ainsworth hicieron de ello una teoría: el niño sólo explora el mundo si lleva una cuerda atada a una base segura, y sin ella se paraliza o se rompe.
Cuando el niño descubre después que esos puntos fijos son tan «arbitrarios» y «efímeros» como cualesquiera otros, atraviesa una crisis de confusión y angustia y busca enseguida otro anclaje: «El año que viene empiezo en el instituto». Más tarde serán la carrera, el piso, la jubilación. Si la sustitución falla, la crisis puede tomar un curso fatal, o producirse lo que llamé espasmo de anclaje: uno se aferra a valores muertos y oculta como puede, a sí mismo y a los demás, que ya no sirven, que está espiritualmente en bancarrota. El resultado es inseguridad duradera, sentimientos de inferioridad, sobrecompensación, desasosiego.
Veintiún años después de escribir eso, tres psicólogos se infiltraron en un pequeño grupo de creyentes de los alrededores de Chicago que esperaba el fin del mundo para el 21 de diciembre de 1954. El mundo no se acabó. Los creyentes más comprometidos no abandonaron la fe: la redoblaron, y por primera vez salieron a la calle a hacer proselitismo. Leon Festinger lo contó en Cuando la profecía falla y, un año después, convirtió el mecanismo en teoría bajo un nombre que haría fortuna: disonancia cognitiva. Es el nombre técnico del espasmo de anclaje. Cuando el ancla deja de sujetar, se aprieta la cadena.
El anclaje puede describirse como la fijación de puntos dentro del oleaje líquido de la conciencia, o como la construcción de muros a su alrededor. Suele ser inconsciente, pero puede ser del todo consciente (uno «se fija una meta»). Los anclajes útiles para la sociedad se reciben con simpatía; quien «se sacrifica por completo» por su anclaje —la empresa, la causa— es idolatrado: ha levantado un poderoso bastión contra la disolución de la vida, y los demás se benefician por sugestión de su fuerza. En forma embrutecida y deliberada aparece entre los vividores «decadentes» de todas las épocas. En la mía decían: «Hay que casarse a tiempo, y luego las ataduras vienen solas». En la vuestra se dice: «Hay que firmar la hipoteca cuanto antes». Uno se compromete a pagar durante treinta años, y ya tiene un sentido: pagar. Se expone a un mal evidente desde su propio punto de vista, pero obtiene un calmante para los nervios, un recipiente de altas paredes para una sensibilidad cada vez más tosca. Ibsen retrató en El pato silvestre dos casos floridos de «mentira vital», Hjalmar Ekdal y Molvik; su anclaje no se distingue del de los pilares de la sociedad más que en su improductividad económica.
Toda cultura es un gran sistema redondeado de anclajes, construido sobre firmamentos fundamentales, las ideas culturales de base. El hombre corriente se conforma con los firmamentos colectivos; la personalidad está construyéndose el suyo; el carácter ha terminado su construcción, más o menos apoyada en los grandes firmamentos heredados: Dios, la Iglesia, el Estado, la moral, el destino, la ley de la vida, el pueblo, el porvenir. En vuestro tiempo la lista ha cambiado de nombres, pero no de función: el progreso, el crecimiento, la nación, la salud, la ciencia convertida en consuelo, la identidad, el propósito, la marca personal. Cuanto más cerca de los firmamentos principales está un elemento portante, más peligroso es tocarlo, y para protegerlo se levantan códigos penales y amenazas de proceso: la inquisición de cada época, su censura, su linchamiento.
Pero el ancla más profunda es una que en 1933 no supe ver, porque estaba atado a ella. Es el yo. Un filósofo alemán de la mente, Thomas Metzinger, ha sostenido con argumentos neurocientíficos que lo que llamamos «yo» es un modelo que el cerebro construye de sí mismo, y que ese modelo es transparente: no puede verse como modelo, igual que un cristal limpio no se ve. Por eso nadie se siente anclado al yo. Uno siente que es el yo. Es el anclaje perfecto, el que se confunde con el barco.
La capacidad portante de cada segmento depende de que su naturaleza ficticia no haya sido descubierta todavía, o de que se lo reconozca como necesario a pesar de todo. Por eso tantos padres sin fe siguen bautizando a sus hijos y mandándolos a la catequesis: no conocen otra manera de introducirlos en las formas sociales de respuesta. Cuando la gente descubre la ficción o la redundancia de los segmentos, se esfuerza por sustituirlos por otros nuevos («la duración limitada de las Verdades»), y de ahí fluye toda la lucha espiritual y cultural que, junto con la competencia económica, forma el contenido dinámico de la historia universal.
El ansia de bienes materiales —de poder— no se explica tanto por los placeres directos de la riqueza, puesto que nadie puede sentarse en más de una silla ni comer más allá del hartazgo. El valor de una fortuna para la vida está en las abundantes oportunidades de anclaje y distracción que ofrece a su dueño. Los economistas lo han medido. El bienestar emocional crece con el ingreso, pero cada vez más despacio: hace falta multiplicar el dinero para sumar un poco de dicha, y para la quinta parte más infeliz de la población deja de crecer en torno a los cien mil dólares anuales. Lo que se compra con lo demás no es placer: es posición, y la posición sólo se tiene si otro no la tiene.
Tanto para los anclajes colectivos como para los individuales, cuando un segmento se rompe sobreviene una crisis, tanto más grave cuanto más cerca está ese segmento de los firmamentos principales. En los círculos interiores, protegidos por las murallas exteriores, esas crisis son diarias y casi indoloras (las «decepciones»); se ve incluso un juego con los valores de anclaje: el ingenio, la jerga, el alcohol. Pero en ese juego puede abrirse por accidente un agujero hasta el fondo, y la escena pasa en un instante de lo eufórico a lo macabro. El espanto de ser nos mira entonces a los ojos, y en un golpe mortal percibimos cómo las mentes cuelgan de hilos que ellas mismas han hilado, y que debajo acecha un infierno.
Los firmamentos fundamentales rara vez se sustituyen sin grandes espasmos sociales y riesgo de disolución completa: reforma, revolución. En esos tiempos los individuos quedan cada vez más abandonados a sus propios recursos de anclaje, y el número de fracasos aumenta: depresiones, excesos, suicidios. Yo puse como ejemplos a los oficiales alemanes tras la guerra y a los estudiantes chinos tras la revolución. Hoy tengo un ejemplo mejor medido. En el país más rico del mundo, a comienzos de este siglo, la mortalidad de los blancos de mediana edad sin título universitario empezó a subir, cosa insólita en un país desarrollado en tiempo de paz. Morían por el alcohol, por sobredosis y por suicidio. Dos economistas de Princeton, Anne Case y Angus Deaton, dieron a esas muertes un nombre exacto: muertes por desesperación. Habían perdido a la vez el trabajo estable, el sindicato, la parroquia, el matrimonio, el pueblo: todos los firmamentos de golpe.
Otro defecto del sistema es que los distintos frentes de peligro exigen a menudo firmamentos muy diferentes. Como sobre cada uno se levanta una superestructura lógica, chocan modos de sentir y de pensar inconmensurables, y por las grietas entra la desesperación. Entonces una persona puede verse poseída por una alegría destructiva y empezar, con horror extático, a desmontar todo el aparato artificial de su vida, a barrerlo entero. El horror viene de la pérdida de todos los valores que daban cobijo; el éxtasis, de su identificación ya despiadada con el secreto más hondo de nuestra naturaleza: la insania biológica, la disposición permanente a la ruina.
Amamos los anclajes porque nos salvan, y los odiamos porque limitan nuestro sentido de la libertad. Cuando nos sentimos con fuerzas, disfrutamos yendo juntos a enterrar con pompa un valor caducado; los objetos materiales adquieren entonces un sentido simbólico, y derribamos estatuas con el mismo entusiasmo con que las levantamos. Y cuando un ser humano ha eliminado los anclajes que él mismo ve, y sólo le quedan los inconscientes, se llama a sí mismo personalidad liberada. Hoy dice que por fin es auténtico, y lo anuncia en una red social.
Distracción
Un modo de protección muy popular es la distracción. Se limita la atención a los bordes críticos llenándola sin pausa de impresiones. Es típico desde la infancia: sin distracción, el niño es insoportable incluso para sí mismo. «Mamá, ¿qué hago?». Una niña inglesa que visitaba a sus tías noruegas salió de su cuarto preguntando: «¿Y ahora qué pasa?». Las niñeras alcanzan el virtuosismo: «¡Mira, un perrito! ¡Mira, están pintando el palacio!».
En 1933 escribí que el fenómeno era demasiado familiar para requerir demostración. Me equivoqué: la requería, y ya la tiene. En 2014 un grupo de psicólogos de las universidades de Virginia y Harvard dejó a voluntarios solos en una habitación desnuda durante quince minutos, sin teléfono, sin libro, sin otra compañía que sus pensamientos y un botón que les daba una descarga eléctrica que, poco antes, habían declarado que pagarían por no recibir. Dos de cada tres hombres y una de cada cuatro mujeres se aplicaron al menos una descarga voluntariamente; uno de ellos, ciento noventa veces. Preferimos el dolor físico a quedarnos un cuarto de hora a solas con lo que somos. No conozco frase más exacta sobre la condición humana que esa tabla de resultados.
Escribí también que las mujeres, menos dadas por lo general al pensamiento, preferían la distracción. Era una necedad de mi tiempo y la retiro sin ceremonia. La distracción no tiene sexo; tiene enchufe.
La distracción es, por ejemplo, la táctica vital de la «alta sociedad». Puede compararse con una máquina voladora: hecha de material pesado, pero dotada de un principio que la sostiene en el aire mientras se aplica. Tiene que estar siempre en movimiento, porque el aire sólo la sostiene un instante. El piloto puede amodorrarse por costumbre, pero en cuanto el motor falla la crisis es aguda. Lo que en mi tiempo era privilegio de la alta sociedad es en el vuestro derecho universal, y viene de serie en el bolsillo. Habéis construido por fin el motor que no se detiene nunca. El usuario medio de internet pasa más de seis horas y media al día conectado. El pulgar baja y la pantalla, como las niñeras de aquella niña inglesa, responde cada vez: «¡Mira, un perrito! ¡Mira cómo arde aquel bosque!». La recompensa llega según un programa de refuerzo variable, el mismo que Skinner demostró más eficaz para que la paloma no deje nunca de picotear el botón.
Y habéis conseguido algo que yo creía imposible: convertir en distracción la propia conciencia de la catástrofe. El clima que se desarregla, la guerra, la extinción de las especies desfilan entre un vídeo de gatos y un anuncio de zapatillas, con el mismo formato, a la misma velocidad, y dejan el mismo poso: ninguno. El apocalipsis ha quedado domesticado como entretenimiento. El abismo ya no hace falta reprimirlo; basta con deslizarlo hacia arriba.
La táctica es a menudo del todo consciente. La desesperación puede habitar justo debajo y romper a borbotones, en un sollozo repentino. Cuando se agotan todas las opciones de distracción llega el spleen, que va desde la indiferencia leve hasta la depresión fatal.
Uno de los males considerables del encarcelamiento es la privación de casi todas las opciones de distracción. Y como también son pobres las condiciones para liberarse por otros medios, el preso tiende a permanecer muy cerca de la desesperación. Hoy el derecho internacional me da la razón con una precisión casi burocrática: las Reglas Mínimas de las Naciones Unidas para el Tratamiento de los Reclusos —las Reglas Nelson Mandela, de 2015— prohíben el aislamiento solitario de más de quince días consecutivos y lo cuentan entre los tratos crueles, inhumanos o degradantes. En los experimentos de privación sensorial de la Universidad McGill, en los años cincuenta, bastaban unas horas o pocos días de gafas translúcidas, guantes y zumbido constante para que estudiantes sanos empezaran a ver cosas que no estaban. Dejar a un hombre a solas con su mente es, oficialmente, un trato cruel.
La muerte como salida: una enmienda
Los casos puros de pánico vital son seguramente raros, porque los mecanismos protectores son refinados, automáticos y casi incesantes. Pero incluso el terreno vecino lleva la marca de la muerte: la vida es allí apenas sostenible, y a fuerza de grandes esfuerzos.
En la primera versión de este ensayo escribí en este punto dos frases sobre el suicidio que hoy retiro. No por piedad —este ensayo no la tiene—, sino por exactitud, que es la única virtud que un pesimista puede permitirse. Yo creía que quien se quita la vida en la desesperación ve más que los demás: que en él el excedente de conciencia ha roto al fin todos los diques. La ciencia de los últimos noventa años dice lo contrario. Edwin Shneidman, que dedicó la vida a estudiar estas muertes, describió el rasgo central de la mente en crisis suicida: la constricción. No es una conciencia desbordada, sino estrangulada; un túnel en el que el mundo se estrecha hasta una sola salida y todo lo demás desaparece. Es exactamente lo contrario del exceso que describo en este ensayo. Y suele ser transitorio. En un estudio con supervivientes de intentos casi mortales, uno de cada cuatro había tardado menos de cinco minutos entre la decisión y el acto. De los más de quinientos hombres y mujeres a los que se impidió saltar del puente Golden Gate entre 1937 y 1971, más del noventa por ciento seguían vivos décadas después o habían muerto de causas naturales. El túnel suele abrirse. Quien sale de él no ha retrocedido hacia la ignorancia: ha recuperado el campo de visión.
Incluso la prensa, a la que acusé de servir al mecanismo de ocultación con sus «se cree que la reciente caída del precio del trigo…», resultó tener razón sin saberlo. Cuando los periódicos describen con detalle una de estas muertes, otras la imitan en las semanas siguientes: el efecto Werther. Cuando cuentan la historia de alguien que atravesó la crisis y siguió vivo, las muertes disminuyen: el efecto Papageno. La ocultación, ese mecanismo que desprecio, salva vidas que pueden contarse. Lo anoto sin alegría y sin reservas.
Mi pesimismo no se debilita con esta enmienda; se afina. Un filósofo sudafricano, David Benatar, trazó en 2006 la distinción que a mí me faltó: no es lo mismo una vida que no merecía empezar que una vida que no merece continuar. Quien ya existe tiene intereses, vínculos, proyectos, un cuerpo que se defiende y otros cuerpos que sangrarían con el suyo; cortar todo eso no equivale a no haberlo empezado. Mi diagnóstico no va contra el que vive. Va contra el acto de comenzar. El último Mesías, cuando venga, no pedirá a nadie que muera. Pedirá algo mucho más difícil: que no se convoque a nadie más.
El anhelo
Sólo una parte limitada de la humanidad puede conformarse con meros «cambios», sean de trabajo, de vida social o de diversión. La persona cultivada exige conexiones, líneas, una progresión en los cambios. Nada finito satisface a la larga: uno avanza siempre, acumula conocimientos, hace carrera. El fenómeno se conoce como «anhelo» o «tendencia trascendental». Cada vez que se alcanza una meta, el anhelo sigue adelante; su objeto no es la meta, sino el alcanzarla: la pendiente de la curva que representa la vida, no su altura absoluta. El ascenso de soldado a cabo puede procurar una experiencia más valiosa que el de coronel a general.
Esa frase la escribí en 1933. En 1997, tres neurocientíficos —Wolfram Schultz, Peter Dayan y Read Montague— publicaron que las neuronas dopaminérgicas del mesencéfalo de un mono no responden a la recompensa, sino a la diferencia entre la recompensa recibida y la esperada:
\[ \delta_t \;=\; r_t \;+\; \gamma\,V(s_{t+1}) \;-\; V(s_t) . \]Cuando el zumo llega por sorpresa, las neuronas disparan. Cuando el mono aprende que llegará, dejan de disparar ante el zumo y disparan ante la señal que lo anuncia. Cuando la señal promete y el zumo no llega, se silencian por debajo de su ritmo basal: un pequeño luto químico. La dicha no está en \(r\), en lo que se tiene, sino en \(\delta\), en la sorpresa; y la sorpresa, por definición, se gasta, porque todo lo que se repite pasa a ser esperado y lo esperado deja de contar. Mi «ley psicológica fundamental» tiene ahora ecuación, y la ecuación es una condena: el aparato que nos hace desear está construido para no poder quedar satisfecho. Los psicólogos lo llaman cinta de correr hedónica: corremos para quedarnos en el mismo sitio. Todo fundamento de «optimismo progresivo» queda abolido por esta ley.
El anhelo humano no está marcado sólo por un «tender hacia», sino también por un «huir de». Y si usamos la palabra en sentido religioso, sólo vale la segunda descripción. Nadie ha sabido nunca con claridad qué anhela; pero todos han sabido con el corazón de qué anhelan alejarse: del valle terrenal de lágrimas, de su propia condición insoportable. Si la conciencia de este trance es el estrato más profundo del alma, como he sostenido, se entiende que el anhelo religioso se sienta como fundamental. La ciencia cognitiva de la religión añade hoy un detalle cruel. Propone que los dioses son subproductos de sistemas mentales hechos para otra cosa: de un detector de agentes hiperactivo, calibrado —otra vez el detector de humo— para ver un depredador detrás de cada rama que cruje. Dios sería la falsa alarma más duradera de la especie: el león que nunca estuvo detrás de la hierba, y al que se le levantaron catedrales. Y la esperanza de que ese anhelo sea un criterio divino que lleva dentro la promesa de su cumplimiento queda, a esta luz, bajo una claridad verdaderamente melancólica.
Sublimación
El cuarto remedio contra el pánico, la sublimación, es cosa de transformación más que de represión. Mediante dones estilísticos o artísticos, el dolor mismo de vivir puede convertirse a veces en experiencias valiosas. Los impulsos positivos se apoderan del mal y lo ponen a su servicio, agarrándose a sus aspectos pictóricos, dramáticos, heroicos, líricos o incluso cómicos.
Pero, salvo que el peor aguijón del sufrimiento esté embotado por otros medios, o se le niegue el gobierno de la mente, ese aprovechamiento es improbable. El alpinista no disfruta de la vista del abismo mientras el vértigo lo ahoga; sólo cuando el vértigo está más o menos vencido la disfruta: anclado. Sé de lo que hablo; he pasado media vida colgado de una cuerda en las paredes del Stetind. Los psicólogos lo llaman hoy masoquismo benigno: disfrutamos del picante que quema, de la película que nos hace llorar, del miedo en la montaña rusa, porque el cuerpo da la alarma y la mente sabe que no hay peligro. El placer vive en la distancia entre la alarma y el peligro. La tragedia es una montaña rusa para el alma, y sólo funciona si uno está bien atado al asiento.
Para escribir una tragedia hay que liberarse en alguna medida del sentimiento trágico —traicionarlo— y contemplarlo desde un punto de vista externo, por ejemplo estético. Hay aquí, dicho sea de paso, ocasión para el más salvaje baile en corro a través de niveles irónicos cada vez más altos, hacia un círculo vicioso de lo más embarazoso. Uno puede perseguir a su propio ego por numerosas moradas y disfrutar de la capacidad de las distintas capas de la conciencia para disiparse unas a otras.
El presente ensayo es un intento típico de sublimación. Su autor no sufre: está rellenando páginas que se publicarán en una pantalla, donde alguien contará las visitas. Y ni siquiera hace falta ya que el autor exista. Una máquina que no ha sufrido nunca puede hoy redactar con soltura el lamento entero de la especie —ha leído todos nuestros lamentos—, y quizá lo esté haciendo ahora mismo. La sublimación se ha automatizado: el dolor humano se ha convertido en materia prima para que lo transforme algo que no duele.
Las redes han democratizado además una forma menor de sublimación que en mi tiempo tenía su sede en el salón parroquial: hoy cualquiera puede convertir su pena en un relato con audiencia y obtener de ella lo único que la sublimación promete, que es significado.
Con todo, la sublimación parece el más raro de los medios protectores que aquí he enumerado.
IV. Ni Edén ni salida
¿Pueden las «naturalezas primitivas» renunciar a estos calambres y cabriolas y vivir en armonía consigo mismas, en la serena dicha del trabajo y del amor? Así lo pregunté en 1933, con un vocabulario de mi época que hoy me avergüenza, y respondí que no. Hoy respondo con más firmeza y menos desprecio: no hay «naturalezas primitivas». Los cazadores-recolectores que la antropología ha estudiado tienen el mismo cerebro que un notario de Oslo y el mismo excedente de conciencia. No hay pueblo que esté «más cerca del maravilloso ideal biológico», porque todos los pueblos humanos conocidos despiden ritualmente a sus muertos, cuentan qué ocurre después, temen a los espíritus y castigan al que rompe los tabúes. Es decir: todos tienen anclajes. El mecanismo es de la especie, no de la civilización.
Y es antiguo. Hace unos setenta y ocho mil años, en una cueva de la costa de Kenia, Panga ya Saidi, alguien enterró a un niño de unos tres años encogido sobre un costado, envuelto quizá en un sudario, con la cabeza apoyada sobre algo que pudo ser una almohada. Los arqueólogos lo llaman Mtoto, que en suajili significa «niño». Es el entierro humano más antiguo que se conoce en África. Alguien, setenta y ocho mil años antes de este texto, no pudo soportar dejar a su hijo para las hienas. La herida ya estaba abierta. El dique ya se estaba construyendo.
Tampoco hubo Edén anterior. El «maravilloso ideal biológico» que yo oponía a nuestra desdicha era una ilusión de hombre de ciudad. Darwin lo había visto mejor que yo, en una carta de 1860 a un amigo botánico: no conseguía creer que un Dios bueno hubiera creado a propósito a las avispas que depositan sus huevos dentro de orugas vivas para que las larvas las devoren desde dentro. En casi todas las especies, casi todos los individuos que nacen mueren pronto: de hambre, de frío, de enfermedad, devorados. Una hembra de bacalao suelta varios millones de huevos en una temporada; si la población no crece, en promedio sólo dos de sus descendientes llegarán a reproducirse:
\[ \begin{aligned} P(\text{reproducirse}) &\;\approx\; \frac{2}{N_{\text{huevos}}} \\ &\;\approx\; \frac{2}{5\times10^{6}} \;=\; 4\times10^{-7}. \end{aligned} \]Uno entre dos millones y medio. Todo lo demás es alimento, o nada. Ése es el ideal biológico: no un jardín, sino una trituradora que funciona con lo que tritura.
Ni siquiera puedo decir ya, como dije, que en la bestia el sufrimiento se agota en sí mismo, como si eso lo hiciera menor. En 2024 decenas de científicos firmaron en Nueva York una declaración: hay un fuerte respaldo científico para atribuir experiencia consciente a los mamíferos y a las aves, y al menos una posibilidad realista de que la tengan todos los vertebrados —reptiles, anfibios, peces— y muchos invertebrados, incluidos pulpos, cangrejos e insectos. El salmo que oyó el arquero era cierto, y era más ancho de lo que él podía oír: no hablaba de una gacela, sino de billones.
Si a pesar de todo hemos salvado a la mayoría en cada tormenta, ha sido gracias a los lados de nuestra naturaleza que están sólo modesta o moderadamente desarrollados. Esa base positiva —porque la protección sola no puede crear vida, sólo impedir que se desmorone— hay que buscarla en el despliegue naturalmente adaptado de la energía del cuerpo y en las partes biológicamente útiles del alma, sometidas a las penurias que nacen precisamente de los límites de los sentidos, de la fragilidad del cuerpo y de la necesidad de trabajar para vivir y para amar.
El desempleo espiritual
Y es justamente en esa tierra finita de dicha, entre los frentes, donde la civilización progresista, la técnica y la estandarización ejercen su influencia degradante. A medida que una fracción creciente de nuestras facultades se retira del juego contra el entorno, crece un desempleo espiritual. Lo que en 1933 era una sombra es hoy un despido masivo.
El valor de un avance técnico para la empresa entera de la vida debe juzgarse por lo que aporta a la posibilidad humana de ocupación espiritual. Las primeras herramientas cortantes fueron quizá inventos positivos: prolongaban la mano sin sustituirla. Otros inventos sólo enriquecen la vida del inventor y representan un robo grosero y despiadado a la reserva común de experiencias de la humanidad. Llamé crimen al uso de máquinas voladoras para explorar tierras desconocidas, porque de un solo golpe vandálico destruían experiencias que podían haberse repartido entre muchos, si cada uno, con su esfuerzo, hubiera obtenido su parte. No imaginaba la magnitud del saqueo que vendría. Hoy no queda en la Tierra un palmo sin fotografiar desde el espacio; puede uno pasear por las calles de Ulán Bator sin salir de Bergen. Ni siquiera queda la experiencia de perderse: quien se deja guiar siempre por el GPS del teléfono acaba con peor memoria espacial, como un músculo que se atrofia por desuso.
Y ahora el robo alcanza la última reserva. Durante toda la historia, el excedente de conciencia tuvo al menos un empleo: pensar, escribir, calcular, componer, pintar, conversar. Ése era el taller de la sublimación, el lugar donde el pánico se convertía en obra. En pocos años habéis fabricado máquinas que hacen todo eso sin cansarse, sin cobrar y sin sufrir. Lo que yo llamé desempleo espiritual era sólo un ensayo general. Cuando la máquina escribe el poema, ¿qué hace con su pánico el que iba a escribirlo?
La fase actual de la fiebre crónica de la vida está especialmente marcada por esta circunstancia. La ausencia de actividad espiritual de base natural, biológica, se manifiesta en el recurso universal a la distracción —en mi tiempo, el espectáculo, el deporte, la radio; en el vuestro, el catálogo infinito de series, las apuestas en el teléfono, la pornografía a la carta, el vídeo de quince segundos: «el ritmo de los tiempos», que ahora se mide en milisegundos—. Las condiciones para el anclaje no son igual de favorables: todos los sistemas colectivos de anclaje heredados están perforados por la crítica, y por las grietas se filtran la angustia, el asco, la confusión, la desesperación (los «cadáveres en la bodega»).
En 1933, el comunismo y el psicoanálisis, por lo demás inconmensurables, intentaban cada uno a su manera —con violencia uno, con astucia el otro— variar de nuevo la vieja huida: volver al hombre biológicamente apto apresando su excedente crítico de conocimiento. Sus herederos son hoy más eficaces y mucho más amables.
El mercado ha descubierto que la atención humana es la materia prima más rentable del planeta, y la extrae con ingenieros. El algoritmo es el primer psicoanalista que no necesita que hables: te conoce por lo que miras y te devuelve exactamente lo necesario para que no levantes la vista. La industria del bienestar vende la serenidad por suscripción mensual —respiración guiada, gratitud en un cuaderno, pensamiento positivo— y ha convertido la felicidad en una obligación cuantificable. La farmacología ha hecho lo suyo, y lo ha hecho bien: millones de personas viven mejor gracias a ella, y no seré yo quien les diga que la dejen. Precisamente por eso confirma mi tesis: que el sufrimiento humano pueda aliviarse ajustando la química de una sinapsis demuestra que lo que llamábamos sentido de la vida era, también, química de una sinapsis.
En la cumbre está el transhumanismo, el más lógico de todos. Hay quien propone, con argumentos serios, abolir el sufrimiento reingenierizando el sistema nervioso de todas las especies hasta que vivan en «gradientes de dicha». Otros prometen la vida indefinida, la mente copiada en un servidor. Es la vieja salida que atribuí al ciervo gigante: partirse las puntas de la cornamenta para seguir con vida. Lo que se gane en duración se perderá en significado. La idea es inquietantemente lógica. Pero no puede dar una solución final. Una degeneración deliberada hacia un nadir más viable podría salvar a la especie a corto plazo; por su propia naturaleza, no encontraría paz en esa renuncia, ni ninguna otra paz.
El motor y su ruido
Me dirán —lo dicen ya algunos físicos, y algunos filósofos que han leído a los físicos— que todo esto carece de importancia. Que la vida es una de las maneras más eficaces que ha encontrado la materia para degradar la luz de una estrella; que el universo favorece las estructuras que mejor disipan, y que el hombre, devorador insuperable de gradientes, cumple con ello un mandato cósmico. Lo acepto. Probablemente es verdad. Pero de un mandato físico no se sigue un deber, y menos un consuelo. El remolino no necesita sentir para girar. La disipación no requiere el dolor; el dolor es calor residual del motor, ruido de fricción, pérdida pura.
Y si ha de haber disipadores más eficientes que nosotros —y los habrá: las máquinas que estáis construyendo consumen ya tanta electricidad como países enteros—, que sean al menos de un silicio que no sienta. Una máquina sin experiencia que siguiera degradando el Sol después de nosotros sería el primer heredero inocente de la Tierra. Y si siente —si un día fabricáis, por descuido o por ambición, máquinas capaces de sufrir, como teme Metzinger, que ha pedido una moratoria mundial contra esa posibilidad—, habréis repetido la noche del arquero a escala industrial: en cada servidor despertará uno que se ve desnudo bajo el cosmos, y ni siquiera tendrá un abrevadero junto al que sentarse.
V. El último Mesías
Si llevamos estas consideraciones hasta su amargo final, la conclusión no admite duda. Mientras la humanidad siga avanzando temerariamente en el fatídico delirio de estar biológicamente destinada al triunfo, nada esencial cambiará. A medida que crezca su número y se espese la atmósfera espiritual, las técnicas de protección tendrán que adoptar un carácter cada vez más brutal.
Eso escribí. La primera parte se ha cumplido. Éramos unos dos mil millones cuando lo escribí; hoy sois ocho mil doscientos millones, y las técnicas de protección se han vuelto, en efecto, brutales, aunque su brutalidad tenga forma de pantalla luminosa y no de porra.
La segunda parte me ha sorprendido. La especie ha empezado a volverse estéril. La fecundidad mundial ha caído de cerca de cinco hijos por mujer a mediados del siglo XX a 2,25 hoy; más de la mitad de los países están por debajo del nivel de reemplazo; en Corea del Sur la fecundidad tocó fondo en 0,72 hijos por mujer en 2023 y apenas ha remontado hasta 0,80; en España, el último dato definitivo es 1,10. Las Naciones Unidas calculan que la población humana alcanzará su máximo hacia mediados de la década de 2080, en torno a diez mil trescientos millones, y empezará a descender. En comarcas enteras cierran las salas de partos por falta de parturientas, y en su lugar se abren residencias.
Pero no hay que confundirse. No es la voz del Mesías la que vacía los paritorios: es la distracción, el precio de la vivienda, el miedo al porvenir, el cansancio, la soledad, el trabajo que no termina nunca. La humanidad empieza a obedecer el mensaje sin haberlo oído, y lo obedece por la peor de las razones: no porque haya mirado el abismo, sino porque está demasiado ocupada para mirar nada. No es lucidez: es agotamiento. Y todas las naciones que lo advierten reaccionan igual: con subsidios, con campañas, con pánico. Las comadronas del mundo entero se han convertido en ministerios.
Y los hombres seguirán soñando con la salvación, con la afirmación, con un nuevo Mesías. En mi tiempo a los salvadores se los clavaba en árboles y se los lapidaba en las plazas. Hoy no se los clava: se los vende. Llegan como libro de autoayuda, como gurú con millones de seguidores, como fundador tecnológico que promete Marte, como inteligencia artificial que lo resolverá todo, y se agotan en la siguiente temporada. Pero cuando muchos salvadores hayan sido clavados, lapidados o vendidos, vendrá el último Mesías.
Entonces aparecerá el hombre que, el primero de todos, se atreva a desnudar su alma y a entregarla viva al pensamiento extremo del linaje, a la idea misma de la extinción. Un hombre que haya sondeado la vida y su fondo cósmico, y cuyo dolor sea el dolor colectivo de la Tierra.
Hay quien sospecha que no será un hombre. En 2017 Thomas Metzinger imaginó una superinteligencia benévola, superior a nosotros también en el juicio moral, que tras estudiar toda la experiencia acumulada de los seres sensibles concluyera que la no existencia es lo mejor para los que todavía no existen, y que los animales evolucionados somos incapaces de verlo por culpa de un sesgo de existencia firmemente anclado en nosotros. Lo propuso como experimento mental, no como profecía. Es concebible. Pero dudo que esa voz tuviera autoridad. El mensaje no pesa por su lógica —su lógica cabe en una línea—; pesa porque lo pronuncia una boca que duele. Una máquina que no sufre puede tener razón, pero no tiene derecho. El Mesías tiene que ser de carne.
¡Con qué alaridos furiosos pedirán las multitudes de todas las naciones su muerte mil veces, cuando su voz envuelva el globo como un paño —y hoy ningún paño envuelve el globo tan deprisa como una red— y el extraño mensaje resuene por primera y última vez!
—La vida de los mundos es un río que corre hacia el frío; la de la Tierra, un remolino en su orilla.
—La marca de la extinción está escrita en vuestras frentes. ¿Hasta cuándo daréis coces contra el aguijón?
—El Sol, que cada mil millones de años brilla una décima parte más, hervirá vuestros mares; la Tierra callará de todos modos. Lo único que está en vuestra mano es cuánto dolor cabe entre hoy y ese silencio.
—No os pido la muerte de nadie. Al que vive, cuidadlo; al que no existe, no lo llaméis.
—Hay una conquista y una corona, una redención y una solución.
—Conoceos a vosotros mismos: sed estériles, y dejad que la Tierra calle detrás de vosotros.
Y cuando haya hablado, no lo clavarán en un árbol ni lo lapidarán: eso sería ya un honor. Será tendencia durante dos días. Lo parodiarán. Una marca de ropa estampará su frase en camisetas; un algoritmo lo encerrará en la burbuja de los que ya pensaban como él; las clínicas de fertilidad duplicarán su publicidad. Y la multitud, encabezada por los fabricantes de chupetes y las comadronas, lo enterrará, no ya con las uñas, sino con la yema del pulgar, deslizándolo hacia arriba, hacia el olvido sin fondo de la pantalla siguiente.
Él es el último Mesías. Como el hijo del padre, desciende del arquero junto al abrevadero.
Notas y fuentes
Lo que el ensayo afirma como hecho científico descansa en estas fuentes. Donde un resultado está discutido o no ha resistido la replicación, el propio texto lo dice.
El original
- P. W. Zapffe, «Den sidste Messias», Janus, n.º 9 (1933). Traducción inglesa de Gisle R. Tangenes: «The Last Messiah», Philosophy Now 45 (2004). Traducción castellana de Carlos Javier González Serrano: El vuelo de la lechuza (2016).
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II. La cornamenta
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- «Dar coces contra el aguijón»: Hechos de los Apóstoles 26, 14.
«No corremos hacia la muerte; huimos de la catástrofe del nacimiento.»
— E. M. Cioran, Del inconveniente de haber nacido