sábado, 30 de junio de 2012

El sentido de la vida (otra vez)


Hablando sobre el sentido de la vida:
 
¿Qué sentido puede tener algo surgido espontáneamente, por una fuerza ciega e irracional, por algo que sólo es y actúa por ímpetu? ¿Se te ocurriría afirmar qué un trozo cualquiera de materia navegando por el espacio siguiendo la ley de inercia sigue o tiene alguna finalidad? No, ¿verdad? Porque es obvio que la causa de dicho fenómeno es una ley de la naturaleza, y es evidente que una ley es simplemente una regularidad espontánea del Universo. Hay una regularidad en el Universo que "obliga" a los cuerpos a actuar de cierta manera, y aceptamos desde el inicio de la ciencia física que dichas regularidades no poseen conciencia ni racionalidad, simplemente son así.

La cuestión aquí, es que hace relativamente poco que la ciencia ha descubierto –gracias Darwin- algo sorprendente: ¡sorpresa!, finalmente la vida no es más que el producto de una ley natural. Una ley natural ni más ni menos ciega e irracional que el resto de leyes anteriormente conocidas. Esta nueva ley descubierta, ciega creadora de lo que entendemos por vida, es la famosa ley de la evolución. Ley que es consecuencia -y por lo tanto reducible- a leyes físicas más elementales.

Podemos entonces decir –porque se reduce a ellas- que la ley de la evolución, al igual que el resto de leyes, no sigue o persigue en esencia ninguna finalidad concreta, no tiene un sentido o dirección esencial, simplemente es como es: ni el meteoro moviéndose en el espacio vacío persigue un fin esencial por ser consecuencia de la ley de inercia, ni lo obtiene cuando la ley de la gravedad lo atrae hacia otro cuerpo más masivo, y; lo más importante, [b]un montoncito de materia reunida por efecto de la gravedad e inercia en un planeta, y organizadas espontáneamente por la ley de la evolución, tampoco va a tener o perseguir ningún sentido o finalidad esencial, más que el de ser consecuencia de dichas leyes. Simplemente ser.
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La cuestión es que, tras varios millones de años, dicha organización ciega y espontánea, ha dado lugar a un complejo grupo de moléculas, las cuales han tomado conciencia del mundo que les rodea. Pero, y ahí está la clave, la conciencia no es más que el producto de la ejecución de complejos algoritmos programados en una parte de su estructura –al que llamamos cerebro-.

Por lo tanto, todos nuestros actos y nuestras motivaciones -absolutamente todas; incluso las estéticas- están predeterminadas por la estructura cerebral que la regularidad evolutiva ha "creado" durante millones de años. Dichos actos, por tanto, jamás podrán tener en esencia una finalidad o sentido, puesto que la ley de las que son causa tampoco lo tiene.

La ilusión de un sentido para la vida que todos tenemos –en mayor o menor medida- viene determinado por cómo es nuestro cerebro. La evolución nos “obliga” mediante el sistema neuroendocrino, a actuar siempre de una manera muy determinada: nos da cierta libertad de acción –que históricamente sobrevaloramos como un libre albedrío- ¡pero en el fondo –sin que seamos normalmente conscientes- nos va conduciendo a que el fin de todos esos actos “libres” sea favorables a la supervivencia y durabilidad en el tiempo de las complejas estructuras moleculares que somos!
Mediante cambios en la concentración de diferentes compuestos químicos en el cerebro, la evolución se garantiza de que; salvo que ocurra alguna neuropatología, el organismo seguirá y perseguirá sus "intereses". [b]¡Y eso es todo lo que podemos hacer en nuestras vidas: utilizar nuestra relativa libertad de acción intentando maximizar en todo momento la concentración de endorfinas en nuestro cerebro![/b] ¿Hay posibilidad de elección? No, evidentemente. En otras palabras; podemos hacer lo que queramos, pero no decidir lo que queremos. Es todo una pantomima. No hay libertad de acción porque somos producto de una regularidad o ley natural. Y como las leyes naturales simplemente son como son, ya que no persiguen nada porque no son entes racionales y actúan por necesidad e ímpetu ciego, no hay lugar al sentido o finalidad esencial en ellas y por ende, tampoco en sus consecuencias, en este caso nosotros.

No hay diferencia entre una piedra movida por inercia en el espacio, o un conjunto de moléculas movidos en un planeta gracias a un algoritmo evolutivamente creado.

Al final fue cierto que el ser humano no se diferencia del más vil gusano…pero además este gusano no se diferencia en nada a la más vil bacteria, ni esta del más vil virus, ni este de los pocos miles de moléculas de ADN que lo forman, ni estas se diferencian en nada esencial de otras estructuras no "orgánicas" capaces de replicarse -como algunos cristales-, ni estos de otras moléculas sin capacidad de replicarse, ni dichas moléculas se diferencian en esencia de átomos "libres", y estos no son más que conjuntos de quarks con electrones girando alrededor, y por último, la mecánica cuántica nos dice que es posible que dichas partículas surjan y desaparezcan espontáneamente de la nada.

Llegamos así a la conclusión de que ni somos nada en esencia, ni nuestros actos persiguen un fin esencial, más allá de obedecer las leyes naturales; de la misma manera que la piedra obedece la ley de inercia en el espacio vacío.

Luego están las ilusiones irracionales religiosas, las metafísicas, y demás engañabobos. La realidad racional nos muestra claramente que lo arriba escrito es acertado: el nihilismo negativo es la respuesta que la humanidad lleva tanto buscando, y que ahora que ha encontrado se resiste a creer.