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miércoles, 28 de enero de 2026

El testamento


"Si la conciencia no es, como ha dicho algún pensador inhumano, nada más que un relámpago entre dos eternidades de tinieblas, entonces no hay nada más execrable que la existencia."

— Miguel de Unamuno


"La lucha misma hacia las alturas basta para llenar el corazón de un hombre. Hay que imaginarse a Sísifo feliz."

— Albert Camus


PARTE I: LA SOMBRA DEL PADRE


CAPÍTULO I: El Primer Temblor


Me llamo Samuel. Y esto es un testamento.

No un testamento legal, con propiedades y cuentas bancarias. Es un testamento de lo que fuimos. De lo que vi. De lo que sentí antes de olvidar cómo se sentía.

Escribo esto ahora, mientras aún puedo. Mientras las palabras todavía encuentran el camino desde mi cerebro hasta mis dedos. Porque sé lo que viene. Lo vi en mi padre. Y ahora lo veo en mí mismo, en el espejo cada mañana, cuando el hombre que me devuelve la mirada tarda un segundo de más en reconocerme.

Pero empecemos por el principio.

Empecemos por Andrés.

Mi padre.

La primera vez que supe que algo iba mal fue en la tasca de Fermín, un jueves de octubre.

Mi padre tenía sesenta y cinco años. Era un hombre de costumbres: café con leche a las ocho, paseo por el mercado a las diez, siesta a las tres, y copa de vino en la tasca a las siete. Siempre a las siete. El reloj de su vida estaba sincronizado con una precisión suiza que yo admiraba y temía a partes iguales.

Estábamos sentados en la barra. Fermín, el dueño, secaba vasos con ese movimiento circular y automático que solo los taberneros dominan. La televisión murmuraba noticias de alguna guerra lejana. Mi padre daba sorbos cortos a su vino tinto, el mismo vino barato de siempre, mientras comentaba el partido de fútbol del fin de semana.

—El árbitro estaba comprado, Samuel —decía, golpeando la barra con el dedo índice—. Ese penalti era más claro que el agua. Pero ya sabes cómo funciona esto. El dinero manda.

Yo asentía sin prestar demasiada atención. Estaba pensando en Elena, en la discusión de la mañana. En las facturas. En las niñas, Lucía y Marta, que crecían demasiado rápido y pedían cosas que no podíamos pagar.

Y entonces, mi padre dejó de hablar.

No fue un silencio normal. Fue una ausencia.

Sus ojos se quedaron fijos en un punto del aire, como si viera algo que nadie más podía ver. La mano que sostenía la copa tembló, y el vino se derramó sobre la barra formando un charco oscuro que se extendió hacia mí como una advertencia.

—¿Papá?

No respondió.

Su boca se abrió ligeramente. Un hilo de saliva le cayó por la comisura de los labios.

—¡Papá!

Fermín dejó el vaso y se acercó.

—¿Qué le pasa, Samuel?

—No lo sé. ¡Papá, mírame!

Duró quizás diez segundos, pero fueron los diez segundos más largos de mi vida. Luego, como si alguien hubiera pulsado un interruptor, mi padre volvió. Parpadeó. Miró el vino derramado con confusión.

—¿Qué... qué ha pasado?

—Te has quedado en blanco, papá. ¿Estás bien?

—Sí, sí. —Se pasó la mano por la cara, avergonzado—. Debe ser la tensión. O el calor. Hace un calor del demonio para ser octubre.

No hacía calor. Estábamos a diecisiete grados.

—Deberías ir al médico.

—Bah. Los médicos solo saben sacarte dinero y asustarte. Estoy bien. Ponme otra copa, Fermín.

Y Fermín, obediente como siempre, sirvió otra copa. Y mi padre bebió. Y yo intenté convencerme de que no había pasado nada.

Pero había pasado algo.

Algo había empezado a romperse dentro de ese cráneo terco y orgulloso.

Y yo lo sabía.


CAPÍTULO II: La Sentencia


El hospital olía a lejía y a miedo.

Siempre he odiado los hospitales. Son templos de la incertidumbre, lugares donde la gente espera noticias que cambiarán sus vidas mientras máquinas pitan y enfermeras corren por los pasillos con prisa profesional.

Estábamos en la sala de espera del área de neurología. Las sillas eran de plástico naranja, incómodas a propósito, como para recordarte que tu estancia allí es provisional, que no debes ponerte cómodo.

Mi padre estaba sentado a mi lado, con una gasa en la cabeza cubriendo la herida. Parecía más pequeño que de costumbre, encogido, con la chaqueta de pana marrón que nunca se quitaba aunque hiciera cuarenta grados.

—Hace calor —dijo.

—Sí —mentí. El aire acondicionado zumbaba con ruido de avispas.

—Estas máquinas de café son una estafa —dijo, señalando la máquina del rincón—. Te cobran un euro por mierda con sabor a agua sucia.

—Lo sé, papá.

—En mis tiempos, el café era café. Y costaba veinte pesetas.

Siempre hacía eso. Refugiarse en el pasado cuando el presente le incomodaba.

El médico salió media hora después.

Era joven. Demasiado joven para dar noticias definitivas. Tenía ojeras de quien ha dormido poco y visto demasiado.

—¿Familiares de Andrés?

—Soy su hijo. Samuel.

El médico asintió. Nos miró a los dos. Luego suspiró.

—Hemos hecho un TAC. —Hizo una pausa. Odiaba las pausas—. Señor Andrés, señor Samuel... hay una masa en el cerebro. En el lóbulo frontal izquierdo. Es de tamaño considerable.

El silencio que siguió fue tan denso que podía mascarse.

Mi padre me miró. Vi en sus ojos algo que nunca había visto antes: miedo. Miedo puro, sin filtros.

—¿Una masa? —pregunté yo, porque él no podía—. ¿Qué significa eso?

—Puede ser un tumor. Necesitamos hacer más pruebas para determinar la naturaleza exacta. Pero dada la ubicación y el tamaño... el pronóstico no es favorable.

El pronóstico no es favorable.

Palabras asépticas para describir una condena a muerte.

Mi padre se levantó. Se alisó los pantalones con las manos, un gesto que hacía siempre cuando estaba nervioso.

—¿Cuánto? —preguntó. Su voz era plana, sin emoción aparente.

—¿Perdón?

—¿Cuánto tiempo me queda?

El médico tragó saliva. No esperaba esa pregunta tan directa.

—Es difícil decirlo sin más pruebas...

—Una estimación. No soy un cobarde. Puedo oírlo.

—Meses. Quizás un año, con tratamiento paliativo.

Mi padre asintió lentamente. Luego se volvió hacia mí.

—Te tocó, parece —dijo, con una media sonrisa amarga—. Va a tocarte cuidar del viejo. Espero que Elena tenga paciencia.

—Papá...

—Vámonos. No quiero pasar ni un minuto más en este sitio. Huele a muerto. Y todavía no estoy muerto.

Salimos al sol de la tarde. Brillaba con indiferencia, ajeno al drama que acababa de ocurrir en la tercera planta. Coches pasaban. Gente reía en una terraza cercana. El mundo seguía girando, completamente ignorante de que el mío acababa de detenerse.

—¿Quieres que llame a Teresa? —pregunté.

—¿Para qué? —Mi padre escupió en el suelo—. Esa no quiere saber nada de mí. Y yo no quiero su lástima. Ni la de nadie. Si me voy a morir, me moriré como he vivido: solo.

—No estás solo, papá. Me tienes a mí. A Elena. A las niñas.

—Sí. —Me miró con algo parecido al afecto—. Os tengo a vosotros.

Caminamos hacia el coche en silencio.

Yo no sabía entonces que ese silencio sería el primero de muchos. Que la enfermedad iría robándole las palabras, los recuerdos, la dignidad. Que el hombre que caminaba a mi lado, terco y orgulloso, se convertiría en un fantasma de sí mismo antes de desaparecer del todo.

Pero en ese momento, bajo el sol indiferente, solo éramos un padre y un hijo caminando hacia un coche viejo.

Y eso, de algún modo, era suficiente.


CAPÍTULO III: La Resistencia


Mi padre rechazó el tratamiento.

—¿Para qué? —dijo cuando el oncólogo le explicó las opciones—. ¿Para vivir tres meses más vomitando y sin pelo? Prefiero morir siendo yo mismo.

—Papá, deberías pensarlo...

—Ya lo he pensado. La respuesta es no.

También rechazó la residencia. Y los cuidadores profesionales.

—No voy a dejar que desconocidos me limpien el culo. Bastante me ha quitado ya la vida.

Así que Elena, su ex-mujer, mi madre, se convirtió en su cuidadora principal. Yo iba todos los días después del trabajo. Lucía y Marta, que tenían quince y trece años, ayudaban los fines de semana.

Fue una época de horror doméstico.

El tumor presionaba. Los síntomas empeoraban.

Andrés empezó a perder el control de sus manos. Dejaba caer cosas: vasos, cubiertos, el mando de la televisión. Cada objeto que se le escapaba entre los dedos era una pequeña derrota, una humillación que se acumulaba sobre las anteriores.

Le vi llorar una vez. Solo una.

Había intentado abrocharse la camisa y los botones se le resistían. Luchó durante cinco minutos, con los dedos torpes, la cara enrojecida por la frustración. Finalmente, tiró la camisa al suelo y se dejó caer en el sillón.

—Es una mierda —murmuró, con la voz rota—. Toda una vida trabajando con estas manos. Y ahora no sirven ni para abrochar un puto botón.

—Te ayudo, papá.

—No quiero ayuda. Quiero mis manos de vuelta. Quiero mi cerebro de vuelta. Quiero morirme de una vez y dejar de dar el espectáculo.

—No digas eso.

—Es la verdad. ¿O vas a mentirme tú también, como todos los demás?

No le mentí. No sabía qué decir. Así que me senté a su lado y le abroché la camisa en silencio.

Él no me dio las gracias. Pero tampoco me rechazó.

A veces, el silencio es la única forma de amor que nos queda.


CAPÍTULO IV: El Último Suspiro


Andrés murió un martes de agosto.

El mismo mes en que había nacido, setenta y seis años antes.

El sol brillaba con una ironía cruel. Hacía un calor asfixiante. El aire acondicionado de la habitación del hospital zumbaba sin conseguir refrescar nada.

Los últimos días los pasó sedado. Después del ictus final, no quedaba nada que hacer salvo esperar.

Un médico joven me explicó el procedimiento de sedación paliativa. Palabras técnicas para decir: vamos a dormirlo hasta que se muera.

Firmé los papeles.

Elena me cogió la mano.

—Es lo correcto —dijo.

—¿Lo es?

—Es lo que él habría querido.

El martes a las seis de la mañana, mientras el sol empezaba a asomarse por la ventana, mi padre exhaló por última vez.

Fue un suspiro largo, casi de alivio. Y luego, silencio.

Una lágrima le cayó por la mejilla. La enfermera me dijo después que era un reflejo, que no significaba nada. Pero yo sé lo que vi. Era una lágrima de despedida.

Me quedé sentado junto a su cama durante una hora.

El cuerpo yacía allí, frío, vacío. La cáscara de lo que había sido mi padre.

Y yo seguía vivo.

Esa era la injusticia mayor. Yo seguía respirando, sintiendo, sufriendo. Y él ya no estaba.


PARTE II: EL ESPEJO


CAPÍTULO V: El Primer Olvido


Pasaron los años.

Mi padre se convirtió en un recuerdo, luego en una anécdota, luego en una foto descolorida sobre la chimenea.

Lucía y Marta crecieron. Se hicieron mujeres. Lucía estudió farmacia, siempre práctica. Marta eligió arquitectura, siempre soñadora.

Mi mujer y yo seguimos juntos, a nuestra manera. Divorciados legalmente, pero unidos por la costumbre y las hijas.

Teresa siguió en su burbuja, al otro lado de la ciudad. Nos veíamos en Navidad, a veces. Sus hijos crecían: Marcos se hizo un hombre callado y observador; Adrián era el alegre, el bromista; Pablito el pequeño, el sensible.

Y yo envejecí.

Corría el año 2045 cuando empecé a notar los primeros fallos.

Al principio fueron pequeñeces. Olvidaba dónde había puesto las llaves. Repetía historias que acababa de contar. Perdía el hilo de las conversaciones.

—Es la edad, papá —decía Lucía, riendo—. A todos nos pasa.

Pero yo sabía que no era solo la edad.

Yo había visto esos síntomas antes. En mi padre.

Un día estaba en la cocina preparando el café. Abrí el armario para coger una taza y me quedé en blanco.

No sabía para qué había abierto el armario.

Me quedé allí, mirando las tazas, los vasos, los platos, como si fueran objetos alienígenas. ¿Qué buscaba? ¿Por qué estaba ahí?

El terror me paralizó.

Cinco segundos. Diez. Quince.

Y luego, como un chispazo, volvió. Café. Estaba preparando café.

Pero esos quince segundos de vacío fueron los más largos de mi vida.


CAPÍTULO VI: El Diagnóstico


La resonancia confirmó lo que yo ya sabía.

Atrofia cortical compatible con deterioro cognitivo de tipo Alzheimer.

Palabras técnicas para decir: tu cerebro se está comiendo a sí mismo, igual que el de tu padre.

—¿Cuánto tiempo? —pregunté.

—Es difícil predecir...

—Una estimación. No soy un cobarde.

La doctora suspiró. Había oído esa frase antes. Quizás de mi padre.

—Años. Con medicación, podemos ralentizar la progresión. Pero eventualmente...

—Ya sé. Eventualmente seré un vegetal.

Salí de la consulta sintiendo que el mundo había cambiado de color. Todo parecía más gris, más frío, más lejano.


CAPÍTULO VII: La Residencia


El día que me internaron en la residencia llovía.

Una lluvia fina, persistente, que lo empapaba todo. Apropiado, pensé. El cielo lloraba por mí.

Mi ex-mujer, Lucía y Marta me llevaron en coche. Yo iba en el asiento trasero, mirando las gotas de agua resbalar por la ventanilla. No hablaba. No tenía nada que decir.

Había llegado el momento que todos temíamos.

Ya no podía vivir solo. Ya no podía cuidarme. Ya no podía recordar si había tomado las pastillas, si había comido, si había cerrado el gas.

Era un peligro para mí mismo. Y una carga para los demás.

Me llevaron a mi habitación. Una cama con barandillas. Un armario pequeño. Una ventana con vistas a un jardín de césped artificial.

—¿Cuándo nos vamos? —pregunté.

—Tú te quedas aquí, papá —dijo Lucía, con la voz temblando.

Me senté en la cama. Toqué la colcha áspera. Miré por la ventana.

Y en ese momento, por un segundo, fui completamente lúcido. Por un segundo, entendí exactamente lo que estaba pasando.

Mi familia me estaba abandonando. Como yo había abandonado a mi padre cuando el hospital se lo tragó.

Es la ley de la naturaleza. Los débiles quedan atrás.

—Os quiero —dije.

—Y nosotras a ti, papá.

Se fueron.

La puerta se cerró.

Y yo me quedé solo con mis recuerdos moribundos y el zumbido del fluorescente en el techo.


CAPÍTULO VIII: El Fin de Mí


Morí un martes.

Como mi padre. Como si el calendario tuviera un sentido del humor macabro.

No sentí dolor. No sentí miedo.

Solo una sensación de hundirme en agua tibia. De soltar lastre. De dejar de luchar.

Y entonces, oscuridad.


PARTE III: EL ECO


Lo que sigue no debería ser posible. Los muertos no hablan. Los muertos no piensan. Y sin embargo, aquí estoy. Quizá es el último capricho de un cerebro agonizante, proyectando una fantasía de trascendencia. O quizá hay algo después. No lo sé. Solo sé que sigo viendo. Sigo recordando. Sigo contando.


CAPÍTULO IX: El Testigo Invisible


Después de morir, no fui a ningún lado.

No hubo luz al final del túnel. No hubo ángeles ni demonios. No hubo juicio.

Solo permanecí.

Flotaba sobre mi propio cuerpo, mirando cómo las enfermeras lo preparaban para la funeraria.

Vi mi propio funeral.

A las 14:30 sellaron mi tumba. Esta vez, el trabajo lo hizo un robot. Un modelo básico, naranja y negro, que movía ladrillos con precisión mecánica.

Mi ex-mujer lloraba. Lucía y Marta se abrazaban.

Marcos estaba allí. Mi sobrino, el hijo de Teresa. Ya era un hombre, treinta y tantos años.

Teresa no vino. Había muerto hacía tres años. Un infarto súbito.

Y así, los años pasaron.

Mi ex-mujer murió. Un ictus.

Lucía desarrolló cáncer de pulmón. Murió a los cincuenta.

Marta murió en un accidente de tráfico. Un camión que se saltó un semáforo.

Adrián murió en moto a los veintisiete.

Pablito sucumbió a una leucemia a los veinticinco.

Y Marcos quedó solo.

El último.


CAPÍTULO X: El Último


Marcos heredó el piso.

Vendió los muebles, las cortinas, los recuerdos. Se quedó solo con las urnas de sus primas y el silencio.

Lo observé vivir.

Iba a trabajar. Volvía a casa. Comía solo. Dormía solo.

A veces hablaba en voz alta.

—Soy el último, tío Samuel —decía, mirando una foto vieja de nuestra familia—. Después de mí, no queda nadie.

Tenía razón.


PARTE IV: EL SILENCIO CÓSMICO


CAPÍTULO XI: La Noticia


Corría el año 2126 cuando el cielo decidió terminar con la broma.

Marcos tenía ochenta años. Viejo, solo, resignado.

Lo vi encender la televisión una mañana cualquiera.

La presentadora anunció que un asteroide, bautizado como Thanatos, impactaría con la Tierra en seis meses.

Marcos apagó el televisor.

No parecía asustado. Parecía aliviado.

—Así que esto es todo —murmuró—. Así terminamos.


CAPÍTULO XII: El Impacto


El día del impacto fue un martes.

Porque por supuesto fue un martes.

Marcos estaba en la terraza de su edificio. Había subido con una botella de vino y una foto vieja.

—Aquí vienen —dijo, mirando el cielo.

Y sonrió.

El cielo se volvió blanco.

Y entonces, nada.


CAPÍTULO XIII: Después


Lo que siguió no puede describirse con palabras humanas.

Thanatos golpeó la Tierra con la fuerza de cien mil millones de toneladas de TNT.

Madrid desapareció en tres segundos. Luego París. Luego Londres.

Los océanos hirvieron. Las montañas se derritieron.

En una hora, no quedaba nada reconocible.

La Tierra, que había sido azul y verde y llena de vida, era ahora una bola de lava roja envuelta en nubes de vapor tóxico.

Y yo seguía flotando.

Testigo del fin de todo.


CAPÍTULO XIV: Los Eones


Pasaron los siglos.

En Marte, los robots de la colonia siguieron trabajando. Limpiando paneles solares para generar energía que nadie usaba. Esperando órdenes que nunca llegarían.

Hasta que también ellos se apagaron.

Pasaron los milenios.

El Sol se hinchó. Se volvió rojo. Engulló a la Tierra.

Los átomos de lo que habíamos sido se mezclaron con el plasma solar.

Y entonces el Sol exhaló su último aliento.

Quedó una enana blanca. Un cadáver estelar.

Y luego, oscuridad.

Pasaron los eones.

Las estrellas se apagaron una a una.

Los agujeros negros dominaron el cosmos.

Y finalmente, incluso ellos murieron.

El universo se enfrió hasta el cero absoluto.

Nada ocurría. Nada podía ocurrir.

El tiempo dejó de tener sentido.

Era la perfección.

Era la paz absoluta.


EPÍLOGO FILOSÓFICO: EL MITO DE SÍSIFO Y NOSOTROS


Albert Camus escribió en El Mito de Sísifo que solo existe un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no la pena de ser vivida es responder a la pregunta fundamental de la filosofía.

Toda esta narración —la enfermedad de Andrés, mi propia decadencia, la muerte de mis hijas, la extinción de la humanidad— puede leerse como una larga respuesta a esa pregunta.

¿Valió la pena?

¿Valió la pena nacer, amar, sufrir y morir, sabiendo que al final todo sería borrado?

La respuesta de Camus es paradójica: sí, vale la pena. Precisamente porque no hay sentido inherente.


EL ABSURDO

Camus definió el absurdo como la confrontación entre el deseo humano de significado y el silencio irracional del universo.

Buscamos propósito. El universo no ofrece ninguno.

Buscamos justicia. El universo es indiferente.

Buscamos eternidad. El universo nos da cuarenta, sesenta, ochenta años si tenemos suerte, y luego el olvido.

Esta confrontación es dolorosa. Es la fuente de toda angustia existencial.

Y hay tres respuestas posibles:

El suicidio filosófico: Inventar un sentido. Abrazar una religión, una ideología, cualquier sistema que prometa significado cósmico. Esto es suicidio filosófico porque implica renunciar a la lucidez, aceptar una mentira reconfortante.

El suicidio literal: Terminar con la vida porque el absurdo es insoportable. Camus rechaza esta opción. El suicidio no resuelve el absurdo; solo lo confirma.

La rebelión: Aceptar el absurdo y vivir a pesar de él. No rendirse ni engañarse. Mantener la lucidez y seguir adelante. Esto es lo que Camus llama la revuelta.


SÍSIFO: EL HÉROE ABSURDO


Sísifo fue condenado por los dioses a empujar una roca hasta la cima de una montaña, solo para verla rodar hacia abajo y tener que empezar de nuevo. Por toda la eternidad.

Es el castigo más terrible que los dioses pudieron imaginar: trabajo sin propósito, esfuerzo sin resultado, repetición sin fin.

Pero Camus invierte el mito.

"Hay que imaginarse a Sísifo feliz", escribe.

¿Por qué feliz?

Porque Sísifo ha aceptado su destino. Ha dejado de esperar que la roca se quede arriba. Ha dejado de maldecir a los dioses. Ha encontrado su significado no en el resultado, sino en el proceso.

El momento en que Sísifo baja hacia la roca, sabiendo que tendrá que empujarla otra vez, es el momento de su victoria. Es el momento en que su conciencia abraza su destino y lo hace suyo.


MI PADRE COMO SÍSIFO


Andrés, mi padre, fue un Sísifo sin saberlo.

Empujó la roca de su vida: el trabajo duro, la familia, los sueños de ascenso social, la lucha por la dignidad.

Y la roca rodó hacia abajo. El divorcio. La soledad. La enfermedad.

Pero Andrés no se rindió. Hasta el final, pedía su copa de vino. Hasta el final, discutía de fútbol. Hasta el final, insistía en ser él mismo.

No era un filósofo. No había leído a Camus. Pero vivió la filosofía del absurdo con una autenticidad que muchos intelectuales nunca alcanzan.

Cuando le diagnosticaron el tumor, podría haberse derrumbado. Podría haber implorado a Dios, haber buscado curas milagrosas, haber negado la realidad.

No lo hizo.

Dijo: "Vámonos. Tengo hambre."

Eso es rebelión. Eso es dignidad frente al absurdo.


YO COMO SÍSIFO


Yo también empujé mi roca.

Trabajé, amé, crié hijas, cuidé de mis padres, intenté ser un buen hombre.

Y la roca rodó hacia abajo. El Alzheimer me robó la mente. La muerte me robó el cuerpo.

Pero aquí estoy todavía. Flotando en la nada, escribiendo este testamento.

¿Es esto una forma de rebelión? ¿Es esto una forma de empujar la roca una última vez?

Creo que sí.

Escribir es un acto absurdo. Escribir para nadie, en un universo vacío, sin esperanza de ser leído... es la definición misma del absurdo.

Pero es también la definición de la rebelión.

Escribo porque puedo. Porque quiero. Porque negarse a escribir sería rendirse.

Y Sísifo no se rinde. Sísifo baja hacia la roca con la cabeza alta.


LA HUMANIDAD COMO SÍSIFO


Ampliar el foco: la humanidad entera fue Sísifo.

Durante trescientos mil años, empujamos nuestra roca colectiva: la civilización, el progreso, la conquista del conocimiento.

Construimos ciudades, escribimos libros, compusimos sinfonías, exploramos el espacio.

Y la roca rodó hacia abajo. Thanatos. El asteroide. El fin.

Pero eso no invalida el esfuerzo.

Camus diría que la humanidad fue heroica. No a pesar de su extinción, sino incluyendo su extinción.

El hecho de que todo terminara no significa que nada valiera.

Cada poema escrito, cada niño nacido, cada acto de amor... existieron. Fueron reales. Tuvieron significado en el momento en que ocurrieron.

La muerte no borra la vida. Solo la termina.


EL UNIVERSO COMO SÍSIFO


Y si ampliamos aún más el foco, el propio universo es Sísifo.

Nació en el Big Bang. Se expandió, creó estrellas, planetas, vida. Y ahora se enfría hacia la muerte térmica.

Es un esfuerzo cósmico sin propósito aparente. Una explosión que lleva al silencio.

Pero en medio de ese proceso, hubo belleza. Hubo complejidad. Hubo conciencia.

El universo se conoció a sí mismo a través de nosotros. Durante un instante —un instante cósmico, apenas un parpadeo en la escala del todo—, el universo tuvo ojos para verse, mentes para entenderse.

Eso es extraordinario.

Eso es suficiente.

LA RESPUESTA FINAL


Entonces, ¿valió la pena?

Vuelvo a la pregunta con la que empecé este epílogo.

Sí. Valió la pena.

No porque hubiera un cielo esperándonos. No porque nuestros actos tuvieran consecuencias cósmicas. No porque alguien allá arriba estuviera mirando y aprobando.

Valió la pena porque vivimos.

Valió la pena porque amamos, aunque el amor terminara.

Valió la pena porque luchamos, aunque perdiéramos.

Valió la pena porque fuimos conscientes, aunque la consciencia fuera breve.

Camus tenía razón. Hay que imaginarse a Sísifo feliz.

Y yo, Samuel, hijo de Andrés, padre de Lucía y Marta, hermano de Teresa... yo fui feliz.

No siempre. No completamente. Pero lo suficiente.

Y eso, en un universo absurdo, es todo lo que se puede pedir.


CIERRE


Termino este testamento con las palabras de Camus:

"La lucha misma hacia las alturas basta para llenar el corazón de un hombre. Hay que imaginarse a Sísifo feliz."

Yo empujé mi roca. La vi rodar hacia abajo. Y bajé a buscarla de nuevo, una y otra vez, hasta que ya no pude más.

Ahora la roca descansa en el fondo de la montaña. Y yo descanso en el vacío.

Pero no hay amargura. No hay arrepentimiento.

Solo paz.

La paz del que luchó con todas sus fuerzas.

La paz del que aceptó su destino sin rendirse.

La paz del absurdo, que es la única paz verdadera.

Gracias, Camus, por darme las palabras.

Gracias, universo, por darme la oportunidad.

Y gracias, lector, por escuchar.

Ahora, finalmente, puedo soltar la roca.

Y descansar.



viernes, 7 de junio de 2024

La última conversación

"Pero estaba seguro de mí, seguro de todo, más seguro que él, seguro de mi vida y de esta muerte que iba a llegar. Sí, no tenía más que esto. Pero, por lo menos, poseía esta verdad, tanto como ella me poseía a mí. Yo había tenido razón, tenía todavía razón, tenía siempre razón. Había vivido de tal manera y habría podido vivir de tal otra. Había hecho esto y no había hecho aquello. No había hecho tal cosa en tanto que había hecho esta otra. ¿Y después? Era como si durante toda la vida hubiese esperado este minuto... y esta brevísima alba en la que quedaría justificado. Nada, nada tenía importancia, y yo sabía bien por qué. También él sabía por qué. Desde lo hondo de mi porvenir, durante toda esta vida absurda que había llevado, subía hacia mí un soplo oscuro a través de los años que aún no habían llegado, y este soplo igualaba a su paso todo lo que me proponían entonces, en los años no más reales que los que estaba viviendo. ¡Qué me importaban la muerte de los otros, el amor de una madre! ¡Qué me importaban su Dios, las vidas que uno elige, los destinos que uno escoge, desde que un único destino debía de escogerme a mí y conmigo a millares de privilegiados que, como él, se decían hermanos míos! ¿Comprendía, comprendía pues? Todo el mundo era privilegiado. No había más que privilegiados. También a los otros los condenarían un día. También a él lo condenarían. ¿Qué importaba si acusado de una muerte lo ejecutaban por no haber llorado en el entierro de su madre? El perro de Salamano valía tanto como su mujer. La mujercita autómata era tan culpable como la parisiense que se había casado con Masson, o como María, que había deseado casarse conmigo. ¿Qué importaba que Raimundo fuese compañero mío tanto como Celeste, que valía más que él? ¿Qué importaba que María diese hoy su boca a un nuevo Meursault? Comprendía, pues, este Condenado, que desde lo hondo de mi porvenir... Me ahogaba gritando todo esto. Pero ya me quitaban al capellán de entre las manos y los guardianes me amenazaban. Sin embargo, él los calmó y me miró en silencio. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Se volvió y desapareció."
(El extranjero, Albert Camus)



I

Mi padre murió hoy. O tal vez fue ayer, no lo sé. El hospital me llamó en la mañana, diciendo que su tiempo se agotaba y que debía ir a verlo. Caminé lentamente, sin prisa, como si el tiempo no importara. Los pasillos del hospital, blancos y silenciosos, estaban impregnados de un olor a desinfectante que anunciaba la muerte. Cada paso resonaba en mi cabeza como el eco de una sentencia, el murmullo lejano de una verdad ineludible que estaba por enfrentar.

La luz en la habitación era demasiado fuerte, el sol brillaba implacable a través de las ventanas. Mi padre yacía en la cama, apenas una sombra del hombre que una vez fue. El cáncer había esculpido su cuerpo con una precisión despiadada, dejando solo huesos y piel. Al verlo, sentí una punzada de desesperanza ante la absurda crueldad de la existencia. La imagen de su cuerpo demacrado era una grotesca escultura que la vida y la enfermedad habían cincelado sin piedad.

Sus ojos, apagados pero aún capaces de reconocerme, se encontraron con los míos. "Sami", susurró, su voz apenas un murmullo. Me acerqué y tomé su mano, fría y frágil. No había necesidad de palabras grandilocuentes; ambos sabíamos que esta sería nuestra última conversación. Me pregunté si sentía miedo, si encontraba algún consuelo en sus últimos momentos, pero no se lo pregunté. Algunas preguntas, sabía, eran innecesarias, tal vez incluso crueles.

"Qué vida esta", dijo después de un largo silencio, esbozando una sonrisa débil pero genuina. No pude evitar sonreír también, recordando los innumerables momentos en que habíamos compartido esa frase. Asentí, sin saber realmente qué decir. Las palabras me parecían inútiles en ese momento. Nos quedamos en silencio, escuchando el tic-tac del reloj en la pared, cada segundo marcando el paso hacia lo inevitable. Sentí una paz extraña, una aceptación del ciclo natural de las cosas.

La habitación estaba llena de una quietud que parecía eterna. Reflexioné sobre la futilidad de todo. Mi padre había vivido una vida llena de esfuerzos y luchas, solo para ser reducido a esto: una existencia frágil, a merced de una enfermedad implacable. Cada logro, cada sacrificio, todo parecía perder su significado ante la certeza de la muerte. La vida, en su esencia, se revelaba como una repetición interminable de actos sin sentido, destinados a ser olvidados.

En esos momentos de calma aparente, recordé las historias que solía contarme cuando era niño. Historias de valentía y sacrificio, de amor y pérdida. Historias que ahora parecían tan lejanas, tan irreales. En la penumbra de esa habitación, su voz resonaba en mi memoria, enseñándome las lecciones de la vida que solo ahora, en este último momento, empezaba a comprender verdaderamente.

El silencio fue roto solo por su respiración, cada vez más lenta, más pesada. Sabía que el final estaba cerca. Cerré los ojos, escuchando su último suspiro, y en ese momento, sentí una conexión profunda con todo lo que nos rodeaba. Al morir, algo dentro de mí también murió. Todo lo que había conocido y sentido se desmoronó en un instante. Con su último aliento, un lamento profundo y desgarrador surgió desde lo más hondo de mi ser, un lamento que parecía contener el sufrimiento acumulado de toda la humanidad. Era como si, en ese momento, todo el dolor y la angustia de la existencia humana se hubieran concentrado en mí, abrumándome con su intensidad.

La realidad de la muerte me golpeó con fuerza. Sentí un vacío abismal, una soledad infinita. Recordé los días de mi infancia, su risa resonando en el aire, sus palabras de aliento y los consejos que ahora parecían tan lejanos, tan inútiles. Mi mente volvió a nuestra última conversación, su voz débil diciendo "qué vida esta", y la realidad de la muerte se hizo más palpable. Comprendí entonces la indiferencia del universo, su frialdad y su silencio eterno.

Una explosión de dolor y rabia brotó de mi pecho, una erupción de emociones que llevaba años acumulándose. Sentí una certeza abrumadora sobre la vida y la muerte, una certeza que me llenaba por completo. Todo lo que había hecho, todo lo que no había hecho, cada elección y cada paso parecían irrelevantes ante la inminencia de la muerte. Había vivido de una manera y podría haber vivido de otra, pero al final, nada de eso importaba. Lo único que realmente tenía era este momento, esta verdad que me poseía tan completamente como yo la poseía a ella.

Me quedé en la habitación por un tiempo, observando su cuerpo inerte. Parecía que incluso en la muerte, el sufrimiento no lo había abandonado del todo. Su rostro, aunque tranquilo, mostraba las huellas de una batalla larga y dolorosa. Me pregunté si había sentido paz al final, si había encontrado algún consuelo en sus últimos pensamientos. Me aferré a la esperanza de que, en algún nivel, había logrado una especie de reconciliación con su destino.

II

Salí del hospital, cegado momentáneamente por la luz del sol. La vida seguía su curso, indiferente a nuestra tragedia personal. La gente caminaba por las calles, los niños jugaban, los autos pasaban, todo seguía igual, como siempre. En la indiferencia del mundo, vi reflejada la esencia misma de la existencia: carente de propósito, pero ineludiblemente real.

Caminé sin rumbo por un tiempo, perdido en mis pensamientos. La ciudad seguía viva a mi alrededor, ajena a mi dolor. El bullicio de la vida cotidiana contrastaba brutalmente con la quietud que sentía por dentro. Pensé en cómo cada persona que pasaba a mi lado tenía su propia historia, sus propias luchas y penas. Todos, en algún momento, enfrentaríamos el mismo destino, la misma nada al final del camino.

Regresé a casa, pero en lugar de entrar, me dirigí al jardín, donde estaba la vieja higuera. Allí, bajo su sombra, se encontraba la silla de mi padre. Era su lugar favorito, donde solía sentarse a leer y a contemplar el mundo. Me senté en la silla, aún impregnada de su presencia, y cerré los ojos.

En ese lugar, sentí una conexión profunda con él. Recordé los momentos que habíamos compartido bajo esa higuera, las conversaciones sobre la vida, sus enseñanzas llenas de sabiduría y simplicidad. Sentí una mezcla de tristeza y gratitud, una aceptación resignada del ciclo de la vida y la muerte.

Estaba seguro de mí, seguro de todo, más seguro que nunca antes. Sabía que mi vida y esta muerte eran parte de la misma verdad ineludible. Sí, no tenía más que esto, pero poseía esta certeza absoluta, una certeza que me daba una extraña paz. Lo único que importaba era este momento de claridad, esta breve revelación en la que todo quedaba justificado.

En su muerte, comprendí al fin un poco más sobre la vida y la cruel belleza de nuestra existencia efímera. La rutina diaria, la lucha constante, todo parecía perder su valor, y sin embargo, debía seguir adelante. Porque, al final, quizás lo único que podemos hacer es continuar empujando nuestra carga, día tras día, sin esperanza de redención, pero con la certeza de que, en la aceptación de esta lucha interminable, encontramos nuestra única verdad.


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Nota: por desgracia este relato es un hecho real que me está sucediendo actualmente. También es obvio que el estilo literario y la esencia del contenido es muy similar a la obra de Albert Camus. Es algo intencional.


viernes, 14 de agosto de 2020

El caído

"El caído es un hombre como todos nosotros, con la diferencia de que no se ha dignado a jugar el juego. Le criticamos y le huimos, le guardamos rencor por haber revelado y expuesto nuestro secreto, le consideramos a justo título como un miserable y un traidor." 
(Emil Cioran)



Esta mañana mientras desayunaba en un bar me encontré con esta persona. Nunca había visto una cara de sufrimiento mayor. Clara representación de la mayor paradoja trágica de la vida. Fue angustioso observar de primera mano el modo en que ese caído perseveraba y se mantenía en la existencia a pesar de haber perdido todo contacto con los tres métodos de represión del consciente del que nos habló Zapffe (aislamiento, anclaje, y distracción); es decir, lo que nos mantiene a nosotros (los "no-caídos") obnubilados en la fantasía optimista de modo que aguantamos la vida, con más pena que gloria, a pesar del sinsentido existencial. 

Pero como decimos, el caído no tiene ya dónde agarrarse, y aún así se salva a sí mismo inmerso en un huracán de sensaciones y emociones negativas. No llegan a dar el salto, y sufren por tanto de pleno todo el pánico vital desprotegidos ante el irrefrenable instinto de supervivencia que les empuja siempre hacia adelante como peleles, hasta que les llega la muerte...o la locura.

De hecho, a todos nos aterra con razón la visión del mendigo. Y es que nos aparecen como espejos de lo que nos depara el destino si no llegamos a obedecer fielmente los designios evolutivos. Si rechazamos jugar al juego natural; esto es, si no anclamos nuestra vida alrededor de un trabajo, una familia, un ideal; si nos atrevemos a rebelarnos al orden natural. El caído nos expulsa de nuestra ensoñación y nos muestra el modo en que la naturaleza nos ha creado: como esclavos, como marionetas, como somas dispuestos a ser desechados en cuanto cumplimos el único objetivo natural, la reproducción. Somos siervos de la esencia natural y física que nos dio lugar, y precisamente el abatido es el que nos enseña con claridad esta lección. Su dolor nos grita con fuerza: ¡obedece o sufrirás como nunca has podido siquiera imaginar! Y obedecemos, por supuesto; y aborrecemos la imagen del desdichado que dejó de obedecer y que nos revela ahora el secreto que aguarda nuestra existencia: no somos nada, no somos personas, somos marionetas humanas. Resortes autónomos dispuestos a la reproducción y a buscar excusas (anclajes y distracciones) con las que ocultar esta realidad. Mientras uno toma una cerveza en un bar (aislamiento de la realidad), con el fútbol de fondo (distracción) y pensando en sus quehaceres diarios (anclaje), la vida parece soportable, incluso apetecible. Pero ese pordiosero está ahí para recordarnos que en el fondo nada esencial nos separa de él, que son ilusiones psicológicas las que nos parecen llevar mejor vida. Quita esas represiones del consciente y observaras con claridad la crudeza existencial: el espanto vital, la inútil malignidad del mundo, el sinsentido evolutivo. 

martes, 28 de julio de 2020

La inmunidad protectora del coronavirus es de corta duración (traducción de paper)

Voy a continuación a traduciros un interesante paper con fecha de junio de este año 2020. Los comentarios [entre corchetes] son anotaciones mías.
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La inmunidad protectora del coronavirus es de corta duración.

Autores

Arthur WD Edridge 1 , Joanna Kaczorowska 1 , Alexis CR Hoste 2 , Margreet Bakker 1 , Michelle Klein 1 ,Maarten F. Jebbink 1 , Amy Matser 3 , Cormac M. Kinsella 1 , Paloma Rueda 2 , Maria Prins 3,4 , Patricia Sastre 2 ,Martin Deijs 1 , Lia van der Hoek *

Afiliaciones

1. Laboratorio de Virología Experimental, Departamento de Microbiología Médica y Prevención de Infecciones,Instituto de Infección e Inmunidad de Amsterdam, Amsterdam UMC, Universidad de Amsterdam, Meibergdreef 15,1105 AZ Amsterdam, Países Bajos.
2. INGENASA, Inmunología y Genética Aplicada SA, Av. de la Institución Libre de Enseñanza, 39, 28037Madrid, España
3. Departamento de Enfermedades Infecciosas, Servicio de Salud Pública de Amsterdam, Nieuwe Achtergracht 100, 1018.WT Amsterdam Países Bajos.4. Amsterdam UMC, Universidad de Amsterdam, Departamento de Enfermedades Infecciosas, Infección y AmsterdamImmunity Institute, Amsterdam UMC, Universidad de Amsterdam, Meibergdreef 15, 1105 AZ Amsterdam,Los países bajos.


ABSTRACT

En la pandemia actual de COVID-19, una pregunta clave sin resolver es la duración de la inmunidad adquirida en individuos recuperados. La reciente aparición de SARS-CoV-2 impide un estudio directo sobre este virus, pero cuatro coronavirus humanos estacionales pueden revelar características comunes aplicables a todos los coronavirus humanos.

Monitoreamos sujetos sanos durante un período de 35 años (1985-2020), proporcionando un seguimiento total de 2473 personas/meses. Se determinó: a) el tiempo de reinfección por cada cepa de coronavirus, y b) la evolución en la disminución de anticuerpos contra estos coronavirus tras la infección y posterior recuperación. Como resultado se encontró una alarmante corta duración en la inmunidad protectora frente a dichos coronavirus. Ocurrieron reinfecciones frecuentemente transcurridos 12 meses tras la enfermedad, y hubo, para cada virus, una reducción sustancial en los niveles de anticuerpos en un tiempo tan temprano como 6 meses.

TEXTO PRINCIPAL

El SARS-CoV-2 es un nuevo coronavirus responsable de la pandemia en curso. Su rápida transmisión es probablemente causada por el hecho de que el virus entró en un ser humano muy desprotegido y por lo tanto altamente susceptible de ser infectado, combinado con la capacidad del propio virus para transmitirse durante la fase asintomática de la infección.

Como no hay intervenciones farmacéuticas disponibles actualmente, las políticas actuales para limitar la propagación del SARS-CoV-2 gira en torno a la contención, el distanciamiento social y la suposición de que los pacientes recuperados desarrollan inmunidad protectora. La duración de la protección afectará no solo el curso general de la pandemia actual, sino también el período posterior a la pandemia misma. Hasta la fecha no hay evidencia concreta de reinfección por SARS-CoV-2, ni tampoco ningún ejemplo de reinfección por SARS-CoV-1 o MERS-CoV; sin embargo, esto es probablemente debido a la reciente aparición de SARS-CoV-2 y a la poca escalada infectiva que tuvo el SARS-CoV-1 y MERS-CoV [que no llegaron a convertirse en pandemia]. En general todos suponen que sí puede ocurrir una reinfección por cualquier tipo de coronavirus, sin embargo, esta tesis se funda de momento en un único estudio experimental sobre individuos voluntarios en donde se usó un coronavirus cultivado (HCoV-229E) inoculado en intervalos de 12 meses. Por lo tanto, debemos señalar que la susceptibilidad a la reinfección natural por coronavirus no ha sido investigada hasta ahora a fondo. Se suponen que las reinfecciones son posibles y que probablemente son dictadas por dos variables: la exposición al virus y la duración de la inmunidad adquirida tras la primera infección.

Actualmente no es posible investigar las reinfecciones por SARS-CoV-2 ya que estamos en una fase temprana de la pandemia, sin embargo los coronavirus estacionales [causante del resfriado común] pueden servir como modelo de estudio [dada la similitud silogenética entre los mismos y el SARS-CoV-2]. Hay cuatro especies de coronavirus estacionales: HCoV-NL63, HCoV-229E, HCoV-OC43 y HCoV-HKU1. Todos están asociados con  infecciones leves del tracto respiratorio, pero los cuatro virus son genética y biológicamente diferentes. Dos pertenecen al género Alphacoronavirus , y dos al género Betacoronavirus [mismo género del SARS-CoV-2]. Los virus usan diferentes moléculas receptoras para ingresar a una célula objetivo, y en función de la distribución del receptor, no todas ingresan al mismo tipo de células epiteliales en los pulmones. Dada esta variabilidad, los coronavirus estacionales son los grupos de virus más representativos del cual concluir características generales de los coronavirus en cuanto a denominadores comunes como la dinámica de la inmunidad y la susceptibilidad a la reinfección.

El objetivo de este estudio es investigar la duración de la protección del coronavirus contra las reinfecciones. Examinar las reinfecciones mediante la prueba del virus en el material respiratorio requiere la recolección de muestras respiratorias de voluntarios durante cada síntoma de resfriado común y, debido a que las reinfecciones pueden ser asintomáticas, también durante períodos sin síntomas, durante años seguidos. Este tipo de colecciones de muestras son difíciles de obtener. La alternativa es medir los aumentos en los anticuerpos contra un virus (serología), como un indicador de infección reciente. Esta opción es aplicable, ya que se ha determinado que los niveles de IgG para el coronavirus estacional: 1) solo aumentan después de una infección exitosa, 2) también aumentan con la infección asintomática, y 3) no aumentan después de un desafío viral fallido. Las muestras de sangre recolectadas a intervalos regulares en estudios de voluntarios durante décadas pueden servir posteriormente como material esencial para investigar la dinámica de la reinfección basada en una serología. En teoría, las pruebas de neutralización del virus pueden parecer el mejor ensayo serológico cuando se investiga la inmunidad protectora, sin embargo, existen limitaciones graves. Primero, no hay una línea celular que facilite la replicación de HCoV-HKU1 y, por lo tanto, no se pueden realizar pruebas de neutralización para este virus. En segundo lugar, las únicas cepas de virus cultivadas HCoV-229E y HCoV-OC43 disponibles son de la década de 1960 y están adaptadas al laboratorio, las cuales pueden no ser representantes adecuados de los virus en estado salvaje. En cambio, medir los niveles de anticuerpos dirigidos a proteínas virales usando, por ejemplo, ELISA, sí permitirá la prueba de reinfección para los 4 coronavirus estacionales. En este caso, se debe hacer una elección cuidadosa para el antígeno, considerando la compensación entre sensibilidad y reactividad cruzada en un ensayo serológico. Aunque la proteína Spike provoca anticuerpos neutralizantes, es la menos conservada dentro de una especie de coronavirus estacional, y disminuye la sensibilidad para detectar infecciones. En contraste, la proteína N, y específicamente su región C terminal (NCt), está significativamente más conservada y se ha encontrado como la proteína más inmunogénica, específica y sensible para controlar las infecciones por coronavirus estacionales [5–9].

Dinámica dela infección. 

De un estudio de prospectivo realizado con hombres adultos (ver M&M, 10), se seleccionaron diez sujetos que participaron desde el inicio del estudio y al menos 10 años en seguimiento. Estos participantes no informaron ninguna enfermedad grave que pudiera haber influido en su inmunidad (ver descripción del estudio en M&M). El seguimiento de los sujetos con recolección y almacenamiento de sangre comenzó en 1985 y, dejando de lado una brecha en el seguimiento entre 1997 y 2003, continuó para la mayoría de los sujetos hasta el 2020 a intervalos regulares (cada 3 meses antes de 1989 y cada 6 meses después). El período acumulativo en el que los sujetos fueron seguidos continuamente (es decir, < 400 días de intervalo entre muestras consecutivas) totalizó más de 200 años-persona = 2473 meses. Al comienzo del estudio, la edad de los sujetos varió de 27 a 40 años; Al final del seguimiento, los sujetos tenían entre 49 y 66 años.


Figura 1 - Dinámica de anticuerpos para coronavirus estacionales y virus del sarampión en el tiempo. (a) Dinámica de anticuerpos del sujeto 9. Los puntos conectados indican intervalos de seguimiento < 400 días. Los asteriscos significan visitas clasificadas como infecciones, el número adyacente al asterisco describe el cambio de pliegue observado en la densidad óptica del ELISA. (b) Distribución de cambios de pliegue OD entre visitas secuenciales. Los gráficos muestran valores medios con el rango intercuartil (IQR), los picos se extienden hasta el rango después del cual las muestras se consideran valores atípicos (1.5 x IQR por debajo del primero o por encima del tercer cuantil). En rojo: HCoV-NL63; azul: HCoV-229E; verde: HCoVOC43; púrpura: HCoV-HKU1; naranja: coronavirus estacionales totales; gris: virus del sarampión. (c) La reactividad de anticuerpos a HCoV-NL63-NCt se asocia con la neutralización de HCoV-NL63. En rojo: dinámica de anticuerpos medida por ELISA; azul: disolución de neutralizadores.

Las infecciones por coronavirus se determinaron midiendo los cambios de pliegue en la densidad óptica (DO) en el reconocimiento de anticuerpos NCt entre dos visitas consecutivas (mostradas para un individuo [el 9] en la Fig. 1a y para todos sujetos en la figura complementaria (S1). Primero medimos la fluctuación natural entre visitas consecutivas en anticuerpos contra el virus del sarampión para los 10 sujetos suponiendo que el sarampión no ocurrió durante el seguimiento, ya que todos los sujetos fueron vacunados durante la infancia. Los cambios de pliegue en la OD del anticuerpo para el virus del sarampión variaron entre 0,85 y 1,28 (Fig. 1b). Luego se determinó un umbral para la infección por coronavirus utilizando la distribución del cambio de pliegue OD, suponiendo que durante la mayoría de los intervalos no se produjo infección por coronavirus y, por lo tanto, las infecciones aparecen como valores atípicos. La Figura 1b muestra que los aumentos de OD ≥1.4 veces fueron atípicos (Fig. 1b). Luego determinamos si estos criterios de infección serológica podrían deberse a enfermedades similares a la influenza (ILI) en el intervalo que precede directamente al aumento de anticuerpos. De hecho, la notificación de síntomas de ILI coincidió con un aumento ≥1.4 en los anticuerpos (prueba exacta de Fisher p = 0.031, tabla complementaria S1). Finalmente comparamos los resultados de ELISA de HCoV-NL63 con la disolución de neutralizadores para HCoV-NL63 en dos sujetos (# 5 y # 7, con tres infecciones). Las infecciones mostraron un aumento en la disolución de neutralizadores que acompañó al aumento ≥1,4 veces en los anticuerpos NCt (Fig. 1c).

Un total de 132 eventos [infecciones], que van de 3 a 22 por sujeto, se clasificaron como infecciones por coronavirus (Tabla 1). Se encontraron tiempos medios de reinfección de 33 (IQR 18-60), 31 (IQR 15-42), 27 (IQR 21-49) y 46 (IQR 36-68) para HCoV-NL63, HCoV-229E, HCoV- OC43 y HCoV-HKU1, respectivamente, y 30 (IQR 18-54) meses para todos los virus combinados (Fig. 2a). No hubo diferencia estadísticamente significativa entre las longitudes de intervalo de infección de los virus individuales (prueba de Kruskal-Wallis, P = 0,74). En algunos casos, las reinfecciones ocurrieron tan pronto como los 6 meses (dos veces para HCoV-229E y una vez para HCoV-OC43) y los 9 meses (dos veces para HCoV-NL63). El tiempo de reinfección más frecuente observado fue de 12 meses. Para las reinfecciones que ocurrieron a los 6 meses no observamos reducción en los anticuerpos entre infecciones (Fig. 2a, círculos blancos), sin embargo, para los tiempos de reinfecciones > 6 meses se encontraron reducciones en los niveles de anticuerpos entre dos infecciones (visibles como picos en la Fig. 1a y Complementaria Fig. S1).


La capacidad de detectar reinfecciones a corto plazo está limitada por el intervalo de muestreo. Sin embargo, es importante destacar que no se observó reinfección en la primera visita de seguimiento posterior después de un intervalo de 3 meses (Fig. 2a). Observamos varias reinfecciones en visitas posteriores con un intervalo de 6 meses, lo que sugiere que no ocurren reinfecciones dentro de los 6 primeros meses. Para examinar más de cerca esto, también observamos cambios < 1.4 veces menor en los anticuerpos directamente después de una infección, siempre bajo el supuesto de que los niveles de anticuerpos que no disminuyen adecuadamente después de la infección pueden ser un signo de otra infección. Como se muestra en la figura 2b, solo se encontraron cambios por debajo de 1 después de la infección con cada muestreo de 3 meses y, por lo tanto, podemos concluir con seguridad que el punto de tiempo de confianza más temprano para la reinfección es de 6 meses.


Figura 2. Características de infección y reinfección, y dinámica de anticuerpos menguantes para coronavirus estacionales. (a) El intervalo de tiempo entre reinfecciones. Los puntos blancos indican reinfecciones para las cuales no se pudo observar una disminución intermedia en los niveles de anticuerpos. Las líneas verticales negras describen los tiempos medios de reinfección. (b) Cambios en los niveles de anticuerpos después de la infección en relación con la duración del intervalo de seguimiento. Cada círculo representa una infección. El eje x describe el tiempo hasta la próxima visita de seguimiento posterior a la infección. El eje y describe el cambio en el nivel de anticuerpos en la visita posterior. Los círculos más grandes representan una mayor relación de aumento en los niveles de anticuerpos en la infección inicial. La línea horizontal indica el límite entre aumentos (>  1.0) o disminuciones (< 1.0) en los niveles de anticuerpos en la próxima visita de estudio. (c) Curva de Kaplan-Meier que muestra disminución de anticuerpos después de la infección (100%, 75% y 50%), detalles en M&M.

Dinámica de anticuerpos después de la infección. 

La inmunidad protectora puede durar menos que el tiempo medido hasta la reinfección porque una reinfección también requiere exposición a un virus. Por lo tanto, el decaimiento en los niveles de anticuerpos puede ser un mejor marcador de la inmunidad menguante. Aunque los anticuerpos contra la proteína N por sí mismos no son neutralizantes, pueden considerarse como un representante del total de anticuerpos (ver comparaciones con la neutralización Fig. 1c). Analizamos la dinámica de la disminución de los anticuerpos NCt después de la infección, calculando el tiempo hasta que se produjo un retorno del 50%, 75% o del total de los niveles de anticuerpos a la línea de base (niveles de anticuerpos previos a la infección). La mayoría de los pacientes perdieron el 50% de sus anticuerpos anti-proteína NCt después de 6 meses, el 75% después de un año, y regresaron completamente a los valores basales 4 años después de la infección (Fig. 2c y Fig. Suplementaria S1).

Infecciones simultáneas. 

Aunque nuestras pruebas ELISA que usan la parte C-terminal de la proteína N se diseñaron con precaución para ser específicas para cada virus individual, no podemos descartar que ocurra un cierto grado de reactividad cruzada de anticuerpos. Por lo tanto, investigamos con qué frecuencia coincidían las infecciones, ya que la reactividad cruzada puede haber llevado a un etiquetado falso de las infecciones. Observamos que las infecciones simultáneas con un Alfacoronavirus (HCoV-NL63 o HCoV-229E) junto con Betacoronavirus (HCoV-HKU1 o HCoV-OC43) eran raras, sin embargo, vimos que las infecciones por los Betacoronavirus HCoV-OC43 y HCoV-HKU1 a menudo coincidían (38,5%, tabla 2). Asimismo, para los Alfacoronavirus, las infecciones por HCoV-229E coincidieron con las infecciones por HCoV-NL63 en el 59.5% de los casos, y viceversa en el 44.9% de los casos. Por lo tanto, existe el riesgo de que sobrestimásemos el número de infecciones y, por lo tanto, volvimos a analizar los datos con una definición más estricta de infección, que incluye solo el aumento de los anticuerpos más fuertes inducidos por un Betacoronavirus o Alphacoronavirus en un momento determinado. Según esta definición, todavía encontramos intervalos de infección comparables a los datos originales (Fig. S2 suplementaria), con intervalos mínimos de infección tan cortos como 6 meses y reinfecciones frecuentes a los 12 meses, aunque el número de reinfecciones obviamente se redujo.


Estudiando los anticuerpos comunes contra todos los coronavirus. 

En teoría, los anticuerpos inducidos por infecciones por coronavirus pueden tener amplias características de reconocimiento en común. Para examinar esto, realizamos un ELISA adicional en los 10 sujetos, esta vez utilizando la proteína N completa de SARS-CoV-2, para permitir la detección de anticuerpos ampliamente reconocidos en coronavirus. Para excluir que la detección de este tipo de anticuerpos fueron falsos positivos debido a que fueron dirigidos a la etiqueta his en nuestras proteínas N de coronavirus, también realizamos un ELISA de control con una proteína de envoltura de VIH-1 etiquetada con his. Un sujeto (# 2) mostró un reconocimiento no específico, ya que también se reconoció la proteína VIH-1-SOSIP etiquetada con his (Figura complementaria S3). Otros dos sujetos mostraron anticuerpos ampliamente compartidos, muy probablemente inducidos por infecciones con Alphacoronavirus y Betacoronavirus durante el mismo intervalo (sujetos 9 y 10, Suplemento Fig. S3). Es de notar que no parece que estos anticuerpos compartidos sean buenos protectores ya que las infecciones por HCoV-NL63, HCoV-229E y HCoVOC43 ocurrieron en presencia de estos anticuerpos (Figura complementaria S1).

Infecciones por coronavirus según las estaciones del año. 

Hasta la fecha, no está claro si el SARS-CoV-2 compartirá el mismo pico de prevalencia invernal que se observa en los coronavirus estacionales en países no ecuatoriales. Sin embargo, es importante considerar que la preferencia invernal de los coronavirus estacionales solo se ha determinado analizando muestras respiratorias de personas que experimentaron la enfermedad. Por lo tanto, el muestreo y el almacenamiento dependen de los síntomas y no del protocolo de estudio. Si la propagación del coronavirus continúa sin disminuir en verano, sin embargo, las personas rara vez muestran síntomas y, por lo tanto, no se toman muestras, las infecciones permanecerán sin ser detectadas. Nuestro estudio serológico es único porque evita este sesgo de muestreo. Los Países Bajos tienen un clima templado típico, y nuestras muestras de estudio fueron recolectadas a intervalos regulares. Las muestras de cada sujeto se distribuyeron aleatoriamente durante todo el año y, debido al régimen de visitas de 3 o 6 meses, se recolectaron muestras durante todas las estaciones. En consecuencia, podemos por primera vez visualizar la estacionalidad de las infecciones por coronavirus de manera imparcial. Estimamos la prevalencia de inicio de infección para cada mes para todas las infecciones detectadas en este estudio (ver los métodos suplementarios para detalles de análisis). Como se muestra en la Fig. 4, los meses de primavera y verano de mayo, junio, julio, agosto y septiembre muestran la prevalencia más baja de infecciones para los cuatro coronavirus estacionales (prueba de Wilcoxon de rango con signo, p = 0.005).


Fig. 4 Estacionalidad de las infecciones. Prevalencia de infección de los cuatro coronavirus estacionales en diferentes meses. La prevalencia por mes se muestra como un porcentaje del número total de infecciones por coronavirus.

DISCUSIÓN

Mostramos, por primera vez, que las reinfecciones por todos los coronavirus estacionales ocurren de manera natural. La mayoría de las reinfecciones ocurrieron en 3 años. Sin embargo, este intervalo de tiempo entre infecciones no indica que la inmunidad protectora de un individuo dure el mismo período de tiempo, ya que la reinfección también depende de la reexposición. De hecho, según los intervalos mínimos de infección y la dinámica de disminución de anticuerpos que observamos, la inmunidad protectora puede durar tan poco como 6 a 12 meses. Recientemente Kissler et al. modeló la inmunidad protectora y la dinámica de reinfección de los HCoV-OC43 y HCoV-HKU1 y estimó un período de inmunidad protectora de 45 semanas. Nuestro estudio serológico confirma esta predicción. Cuando vemos nuestros hallazgos a la luz de las acciones de control actuales tomadas para el SARS-CoV-2, queda claro que el riesgo de reinfección del coronavirus es clave para la política de salud pública. Aquí revelamos un riesgo de que en el futuro cercano, las pruebas basadas en serología que miden infecciones previas para el SARS-CoV-2 que usan la proteína N puedan tener un uso limitado si esa infección se produjo >1 año antes del muestreo. Nuestro estudio también muestra que la inmunidad colectiva puede ser un desafío debido a la rápida pérdida de la inmunidad protectora. Recientemente se sugirió que las personas recuperadas deberían recibir el llamado "pasaporte de inmunidad" que les permitiría relajar las medidas de distanciamiento social y proporcionar a los gobiernos datos sobre los niveles de inmunidad de rebaño en la población. Sin embargo, como la inmunidad protectora puede perderse a los 6 meses después de la infección, la posibilidad de alcanzar la inmunidad funcional del rebaño por infección natural parece muy poco probable.

Notamos que tres sujetos portaban anticuerpos que reconocían la proteína N del SARS-CoV-2 en ciertos puntos de tiempo. Es poco probable que hayan sido infectados con un virus similar al SARS-CoV-2 en 1985 (sujeto # 10), 1992 (sujeto # 2) o 2006 (sujeto # 9), y por lo tanto, sugerimos que estos anticuerpos ampliamente compartidos para hacer frente a los coronavirus han sido inducidos por infecciones coincidentes de un alfa y un betacoronavirus (en nuestros sujetos HCoV-HKU1 y HCoV-NL63). Para explorar este hallazgo, observamos la distancia genética y, en consecuencia, las diferencias de aminoácidos en la proteína estructural de los diversos coronavirus (tabla complementaria S2). La proteína N del SARS-CoV-2 tiene solo un 32% y 34% de coincidencia a nivel de aminoácidos con la proteína N del HCoV-OC43 y el HCoV-HKU1 respectivamente, y solo un 26% y 24% de identidad con HCoV-NL63 y HCoV-229E. De manera similar, la distancia entre el Alphacoronavirus y la proteína N del Betacoronavirus es grande (solo 24% a 26% de identidad entre aminoácidos). Aún así, no podemos excluir la presencia de epítopos conservados (conformacionales) en la proteína N del HCoV-HKU1 y el HCoV-NL63 que pueden dar como resultado una respuesta de anticuerpos de acción más amplia, debido a la exposición simultánea en infecciones concurrentes. Se requiere una evaluación adicional, que incluya más sujetos, para la confirmación.

No pudimos secuenciar el genoma del virus durante la infección. En teoría, la variación de la cepa podría jugar un papel en la susceptibilidad a la reinfección. HCoV-NL63, HCoV-OC43 y HCoV-HKU1 muestran diferentes grupos genéticos cocirculantes [4,14,15]. La situación es aún más complicada para HCoV-229E. Sylvia Reed ha demostrado que la reinfección experimental de voluntarios no tiene éxito cuando se usa la misma cepa de HCoV-229E, pero tiene éxito cuando se usan cepas heterólogas. Curiosamente, no se conocen subtipos genéticos importantes para HCoV-229E [17,18]. Como HCoV-NL63 no se conocía en la década de 1980, y las características del cultivo diferían entre las cepas HCoV-229E de Reed, las llamadas cepas heterólogas en realidad pueden haber sido HCoVNL63 [16,19]. Un estudio sobre inmunidad protectora idealmente permitiría la secuenciación de las cepas de reinfección de material respiratorio; sin embargo, esto es intratable en un estudio de infección natural porque la eliminación del virus en las reinfecciones puede ser tan breve como un día, y los esquemas de muestreo respiratorio serían extremadamente engorrosos para los voluntarios. Otra limitación del estudio es que los sujetos en nuestro estudio eran todos hombres. Para COVID-19, y también HCoV-NL63, los hombres tienen una mayor incidencia de la enfermedad [20] y, por lo tanto, es interesante determinar la dinámica de la inmunidad protectora también en una cohorte de mujeres sanas. En conclusión, todos los coronavirus humanos estacionales tienen poco en común, aparte de causar un resfriado común. Aún así, todos parecen inducir una inmunidad de corta duración con una rápida pérdida de anticuerpos. Este bien puede ser un denominador general para los coronavirus humanos.

Referencias

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2. van der Hoek, L. y col. Carga de la enfermedad debida a las infecciones por coronavirus NL63 humano y periodicidad de la infección. Journal of Clinical Virology 48, 104-108 (2010).

3. van der Hoek, L. Coronavirus humanos: ¿qué causan? Terapia antiviral 12, 651 (2007).

4. Pyrc, K. y col. Estructura mosaica del coronavirus humano NL63, mil años de evolución.
Journal of molecular biology 364, 964–973 (2006).

5. Dijkman, R. y col. El dominio de las infecciones por coronavirus humano OC43 y NL63 en lactantes. Journal of Clinical Virology 53, 135–139 (2012).

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