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viernes, 22 de agosto de 2025

La piedra

Amanece sin promesa. La luz entra por las lamas como un agua que no limpia. Julián abre los ojos y lo primero que siente es el peso exacto de estar aquí, ahora, sin árbitro ni público. El techo no responde, las paredes no absuelven. La respiración de Lucía, a su lado, es un mar manso que no sabe nada de él. En la otra habitación, dos auriculares encendidos bajo dos mantas —Marina, diecisiete; Sara, dieciséis— marcan el compás de una edad que no admite preguntas.

El móvil vibra. No hay “hoy sí” ni “hoy no”: hay hoy. Julián apaga la alarma con un gesto de oficio, se sienta en la cama, pone los pies en el frío. En la cocina, la cafetera resopla como una bestia pequeña y obstinada. El vidrio de la ventana está sucio por dentro: la ciudad insiste aunque uno no la mire. Tostadas. El olor del pan oscuro asienta la mañana como si la clavara a la mesa.

Lucía aparece con el pelo recogido, la frente arrugada por una migraña que lleva dándole puntadas desde la noche. —Hoy no hables fuerte —dice. —Hoy no hace falta —contesta él.

Entra Marina con un cuaderno lleno de flechas que prometen ser un esquema; entra Sara, con prisa oficial, buscando un cargador que el mundo le debe. Se besan sin solemnidad. El ruido de los vasos, la leche derramada, un “¿quién cogió…?” y un “yo no fui” al mismo tiempo. Es la liturgia mínima de una casa sin santos. A Julián le alcanza. No le redime. Le alcanza.

Baja a la calle. El aire de la mañana tiene la temperatura de un metal trabajado. En la parada del autobús un hombre reza con los ojos abiertos; una joven lee la pantalla como si leyera su suerte. Cuando el vehículo llega, la gente sube sin voluntad de pelea, obedeciendo un orden aprendido a base de fricción. Julián se agarra a la barra. La ciudad fluye por la ventana como una película que no espera aplausos.

Trabaja en el padrón municipal. Papel, sellos, impresoras que, si se quedan sin tinta, no se quejan: se callan. Marca tarjeta. “Buenos días, Julián”, le dicen sin pedir a cambio que lo sean. Él asiente; no afirma nada.

A las nueve en punto, el mundo llega en fila. El primero, un hombre que necesita un certificado para casarse. Trae los papeles en una carpeta roja como si contuviera un corazón. El segundo, una mujer con un niño en un carro; el niño lo mira todo con esa seriedad que sólo los muy vivos conocen. Julián explica, apunta, subraya: “Aquí, el segundo apellido; aquí, su firma; aquí, la fecha”. La exactitud es su forma discreta de ternura.

Y entonces llega ella. Cuarenta y tantos. Un abrigo demasiado grande para su cuerpo, como si hubiera adelgazado dentro en pocos días. No saluda; no es descortesía, es que el saludo es una ceremonia para los vivos. —Vengo a por el certificado de defunción —dice, sin temblor—. De mi hijo. La palabra hijo no golpea: se posa. Pero pesa. Trae un sobre con informes, fotocopias, un DNI que ahora es una foto sin futuro. El nombre del muchacho queda en la mesa como un cuchillo apagado. Se llamaba Daniel. Años: ocho. Fecha: ayer.

Julián abre el programa, teclea, pide el libro. La pantalla responde con su sinceridad mecánica. Marca, corrige una tilde, retrocede, vuelve a escribir. Sabe —lo sabe en la piel— que aquí la compasión es ortografía. Si el acento cae donde no debe, el mundo añade una violencia inútil. A veces la decencia consiste en no añadir peso a lo que ya no respira.

La mujer aprieta el borde del mostrador con dos manos pequeñas. Cuenta, por decir algo, que todo fue rápido, que el pediatra dijo “complicación”, que hubo luces demasiado blancas y una máscara que olía a goma. No está llorando. La ausencia de lágrimas no alivia; ordena. El niño, dice, tenía miedo de las radiografías. Le prometieron un helado después. No hubo después.

La impresora arranca. El rodillo avanza con la indiferencia de una máquina anciana. El folio sale lentamente, como si dudara de su propia utilidad. Julián lo coge antes de que caiga, lo revisa con la precisión que se exige a los cirujanos y a los carniceros. Escribe, a mano, un acento que la base de datos se negó a entender. Sella. La palabra defunción estalla muda en el sello.

—Revise si está todo correcto —dice. La mujer lee como quien reza. Los apellidos están completos. La fecha, exacta. El nombre, entero. Asiente. “Gracias.” Sólo esa palabra, sin adjetivos. Pero en su garganta la palabra parece arrastrar una cadena.

No ofrece frases. Nadie las necesita. Le abre la puerta. La mujer se va. No hay música. El aire no cambia de color. A veces, piensa Julián, lo único que puede hacer un hombre es impedir que la mentira se cuele en las letras. Es poco. Es enorme.

Vuelve la cola. Vuelve el mundo. Un chico pide un volante de empadronamiento para un subsidio; una anciana pregunta si su nieto puede figurar con ellos sin vivir allí. Todo es pequeño y sin embargo suficiente para gastar una vida.

A media mañana, en el bar de la esquina, el café está demasiado caliente y le quema la lengua. En la tele repiten las imágenes de una evacuación en algún lugar del mapa donde la tierra también pesa. Nadie mira. Nadie aparta la vista. Es lo mismo. Julián piensa que el dolor ajeno no se mide por decibelios, sino por su presencia: seguir mirando sin curiosear, no apartar la mano del imán cuando ya duele. Termina el café. Vuelve.

Después de las doce, un rumor crece en la plaza. Desde la ventanilla se oyen voces. “Ya están”, dice alguien. “¿Quiénes?” “Los del juzgado.” Se asoma. Un oficial lee con voz de trámite; una mujer del tercero —la ha visto a veces en el ascensor, ojos claros, un niño de dinosaurios— sostiene una bolsa con ropa. El cerrajero apoya la caja de herramientas en el suelo como quien prepara un altar. El taladro rompe el silencio. Es un ruido que no dice “abre”; dice “entra el invierno”. Los vecinos miran desde los balcones como un jurado que no vota.

Julián baja. No porque pueda hacer algo —no puede—, sino para estar. Estar es su oficio secreto. La mujer del tercero no grita. El niño, con un T-Rex de plástico con la mandíbula rota, se pega a su pierna. Un hombre del banco habla de “procedimiento” sin mirar a nadie a los ojos, no por maldad, sino por economía. El oficial le ofrece a la mujer diez minutos; la mujer asiente como si los minutos fueran agua que no llega a la boca.

—¿Necesita que cargue algo? —pregunta Julián. —La cuna —dice ella, señalando una madera desmontada que fue sueño hace un año.

La cuna pesa menos que el papel sellado de la mañana. Sin embargo, a cada peldaño del portal, Julián siente que levanta una forma del mundo que no sabrá dónde descansar esta noche. El niño sube detrás, subiendo de dos en dos los escalones con una concentración feroz, como si eso fuera una responsabilidad. Arriba, en el rellano, la mujer aprieta el tirador de la cuna como si quisiera arrancarle una explicación. Nadie la tiene. Nadie la tiene y nadie la debe.

Cuando todo termina, la puerta queda abierta a un piso que ya no les pertenece. El eco tarda un segundo más en morir. Los vecinos cierran las ventanas. El oficial firma un papel con pluma. El cerrajero recoge la viruta metálica como si fueran migas. Julián se queda un poco más en el portal, mirando el hueco, guardando el silencio como se guarda un secreto: sin fe en que sirva, con la certeza de que traicionarlo sería peor.

Vuelve a la oficina. El reloj de pared no se conmueve. Pone sellos. Explica. Llega la una y media. Le llaman del instituto: Marina se ha peleado con una profesora por un trabajo no entregado. “Ha sido un malentendido”, dice la secretaria. Mal-entendido: eso que entre los vivos pesa más que muchos cadáveres. Julián va. El pasillo de baldosas bruñidas le recibe con ese olor a desinfectante que convierte todo en hospital. En el despacho, la profesora habla de plazos; Marina, del cansancio. Ninguna miente. Él escucha y reparte responsabilidades como quien reparte agua en una barca: poca, equitativa, sin prometer costa. Al salir, su hija le dice, con esa furia limpia de quien aún cree que el mundo atiende razones: —No me entienden. —Nos entendemos lo suficiente —responde. No intenta curar. Acompaña.

La tarde se derrama sin novedades. La vida, cuando cumple su amenaza de no sorprender, tiene un filo que corta bajo la ropa. Compra pan. En casa, Lucía cose un dobladillo como si cerrara una herida pequeña. Sara estudia con la frente fruncida; subraya en verde y luego en amarillo como si buscara la puerta en un bosque.

Cenan. El telediario trae cifras. Los números no sangran, y por eso engañan. Lucía los apaga. Se quedan con el ruido del cubierto en el plato. Julián levanta los ojos y ve, de golpe, una claridad urgente: este es el único reino donde puede mandar algo. Pasa el pan. Llena vasos. Se ríe de un chiste malo. No hay trascendencia aquí; hay trayecto.

Después, saca la basura. La noche, ese teatro sin decorado, le sale al paso sin actores. En la acera, un hombre joven llorando con una moto al lado le pide un mechero. No fuma. Lo siente como quien no lleva encima la medicina de otro. Le ofrece agua. El chico bebe. “No es nada”, dice, y ya sabemos —los dos— que eso nombra lo más pesado. Se dan la mano. Nadie queda salvado. Pero uno y otro salen menos solos de ese segundo.

A la vuelta, decide caminar un poco. El aire huele a pan viejo y a metal. En la avenida han montado un control de alcoholemia. Conos, chalecos reflectantes, una luz azul que hace de la noche un cuarto de hospital. Un agente le indica que orille. Todo en la escena replicaría al teatro de una culpa si no fuera porque aquí nadie pretende un sentido: sólo un resultado.

—Sople hasta que pite —le dice el guardia, amable por cansancio.

Julián toma el tubo, inhóspito como una boca de muerto. Sopla. Sopla. La respiración, ese gesto íntimo, se vuelve trámite. Mientras expulsa el aire, piensa con una claridad casi insultante que así podría ser el final de cualquiera: una luz blanca, una orden que nadie discute, un objeto frío entre los labios, la espera del pitido que no depende de uno. Sopla un poco más. En ese hueco —ese segundo antes del sonido— siente la indiferencia pura del mundo y, dentro de esa indiferencia, su decisión: no pedir clemencia, no fingir grandeza. Estar. Sostenerse.

El aparato pita. Cero. El guardia asiente. “Puede continuar.” No hay alivio: hay continuidad. Arranca. La calle repite sus farolas. Una mujer cruza con un perro que no quiere cruzar. Un hombre habla solo. El mundo, intacto, no le debe cuentas.

En casa, apaga todas las luces menos una. Las chicas siguen discutiendo por algo tan importante como cualquier cosa: un cable, un jersey. Lucía le enseña un vestido casi terminado. “Para octubre”, dice. Octubre está lejos y ya es ayer. Julián le toma la mano. La piel conoce mejor que las palabras la matemática de lo real.

Se acuestan. Él se queda un rato despierto, de cara al techo, como si asistiera a la proyección de un cielo que no muestra constelaciones, sino manchas de humedad. Repasa el día sin buscar hilo: el nombre del niño en tinta negra; la cuna bajada a pulso; el tubo de plástico entre los dientes; el “gracias” sin adjetivos; la risa rota en la esquina; la luz blanca de los conos haciendo de la calle una sala de espera interminable. Nada explica a lo otro. Todo pesa lo suyo.

Si alguna vez le pidieran una teoría, diría esto: no espera premio y no se resigna. No se engaña con el consuelo ni se casa con la desesperación. Su fidelidad no es a una idea, es a los cuerpos: a las manos que acercan un vaso de agua, a los dedos que corrigen una tilde, a los brazos que bajan una cuna, a la boca que sopla en un tubo sin pedir favores al cielo. Que nadie venga a prometerle sentido: el único “sí” que conoce se lo arranca al día que lo niega.

Se duerme así, sin oración ni contrato. Afuera una moto se aleja; arriba una lavadora centrifuga; en la habitación contigua dos adolescentes negocian la paz como diplomáticas tercas. Antes de rendirse al sueño, un pensamiento breve y nítido le cruza la cabeza como una cerilla: no hay más grandeza que esta lucidez que no huye, esta obstinación sin aplausos. Mañana volverá a levantar su piedra. No porque crea que llegará a la cima, sino porque en el gesto de empujar —exacto, consciente, sin coartadas— hay una forma de alegría seca que no le deben y que, sin embargo, existe. Y ese existir, desnudo, feroz y cotidiano, es todo su orgullo.


domingo, 13 de enero de 2019

Los últimos momentos

-"¡Joder, me estoy muriendo!", fueron los últimos pensamientos generados por la consciencia eléctrica del cerebro de Meursault. Fue un pensamiento vago y borroso, del estilo del que experimenta todo aquel que es anestesiado antes de someterse a una operación. Y lo curioso es que hacía apenas unos instantes su mente bullía con cientos de razonamientos, ideas, propósitos e intenciones. Se peleaba consigo mismo y con el mundo, buscando con vehemencia imaginativas soluciones a problemas y necesidades generadas de manera inmanente por su propia sesera evolutiva.
Sin embargo, fue en el pequeño lapso que transcurrió entre el alboroto cognitivo que había dominado toda su vida, y ese último juicio previo a su definitiva muerte, lo que le sobrecogió el alma. Todos hemos oído eso de que en nuestros últimos momentos vemos pasar rápidamente algo así como un resumen de toda nuestra vida. Y ciertamente así también le ocurrió a él, pero poco se podría haber imaginado este pobre desdichado, que también le daría tiempo a que un discernimiento final acudiera a su agónico intelecto: -"Valiente gilipollez de existencia".
Meursault nunca había sido una persona religiosa. De hecho, lo máximo que se permitía creer era que nuestro Universo formaba parte de un multiverso cuántico donde todo lo que podía ser era; pero donde únicamente en aquellos mundos cuyas condiciones físico-matemáticas eran adecuadas podían surgir seres conscientes maravillados por su casual dicha existencial. A parte de ésto, no tenía fe en mucho más: este multiverso era autoconsistente y autosostenido. No tenía causa en sí, siendo por tanto eterno. Y punto. Así pues, su ideología no le permitía creer en vidas futuras ni pasadas. Con la muerte, todo eso que de manera más bien inefable identificamos como nuestro "yo", desaparecía para siempre.
Esta manera de pensar le había beneficiado psicológicamente durante su vida tanto o más que a los religiosos todos sus dogmas y revelaciones. De hecho, su nihilismo científico le liberaba de preocuparse por la adoración o el sometimiento a trasnochados rituales místicos. Pudo así centrarse en su vida personal, y en lo que muchos denominan el "Bien social". Llevó una vida más o menos ordenada, estudió una carrera, se casó con una mujer a la que siempre sería fiel, tuvo con ella dos hijas...y luchó y trabajó con cada latido del corazón por sacar adelante a su prole al mismo tiempo que intentaba mejorar el mundo dentro de sus posibilidades, de modo que su descendencia, y la descendencia de todos los demás, pudieran vivir en el mundo más justo posible.
Y en esto mismo estaba inmerso justo antes de que todo sucediera. Su cabeza llena con reflexiones políticas, con preocupaciones económicas, trotando con pasión e ira de problema en problema. Como siempre, buscando soluciones a contratiempos generados por su propio entendimiento. No cabía duda de que su cerebro era una imparable máquina propuesta siempre a detectar y prever dificultades y necesidades en el mundo sensible, para disponerse luego a encontrarles satisfacción, salvo pena de sentir una frustración autoinfligida bioquímicamente.
Pero en el momento en que sintió que su final como individuo estaba tan cerca, Meursault reflexionó, apenas sin tiempo, sobre algo que quizás habría merecido algo más de atención durante su vida: -"¿Por qué y para qué mi cerebro me obligó a comportarme de esta vehemente manera durante tantos años?". Aquello de criar niños y luchar por el bien de la humanidad tiene sentido mientras uno se encuentra sano y fuerte; pero en circunstancias previas a la desaparición del soma desechable que todos constituimos, la cosa no está tan clara. Así que, frente a su aniquilación personal, Meursault se cuestionó aterrado por el sentido del ciclo vital en el que había participado.
Dada su formación académica, sabía que su conducta venía restringida por su sistema neuroendocrino, y que su sistema nervioso completo, de hecho, había sido desarrollado evolutivamente de manera gradual durante millones de años. Así pues, comprendía que cada uno de sus pensamientos, fruto de un cerebro de simio venido a más, debía responder a tal diseño evolutivo. Lo contrario no tenía sentido, puesto que cualquier conducta "contraria" al proceso evolutivo como tal habría sido erradicada casi inmediatamente. Por tanto, todo su comportamiento y sus hábitos obedecían a este imperativo evolutivo: si había contraído matrimonio, si había tenido hijos, si había luchado por ellos, si había combatido en favor de tal o cual ideología política o social, debía ser como acto reflejo de esa impregnación evolutiva. ¡Incluso todo aquello que como ocio le gratificaba estaba determinado!
¿Pero cuál era entonces esa esencia evolutiva que todo lo abarcaba? Es más, ¿busca algo en sí este proceso evolutivo cuyo devenir aquí en la Tierra arrastra ya cerca de 4.000 millones de años? ¿Para qué le sirve al mundo el propio ciclo de la vida? El nihilismo de Meursault, fruto de su confianza en las explicaciones científicas, no tenía más que una respuesta para estas preguntas: -"Ni el mundo busca objetivamente nada, ni el ciclo vital sirve para nada en lo relativo al ser humano como sujeto". La evolución, pensaba Meursault pese a su pronto tránsito hacia el no ser; es un proceso mecánico espontáneo, un hecho que no busca ni persigue nada, sino que emerge naturalmente conforme la materia se limita a obedecer las leyes físicas naturales: especialmente la segunda ley de la termodinámica aplicada a sistemas lejos del equilibrio térmico.
Así pues, la vida surgió hace casi 4.000 millones de años gracias al gradiente energético que conforman el Sol, la Tierra y el frío espacio interestelar; y conformó automáticamente un ciclo de lucha de replicantes donde aquellas instrucciones (ADN) capaces de generar la estructura material (fenotipo) más apta a la hora de acaparar y devorar la energía proveniente del Sol fue naturalmente seleccionada (simplemente gracias a poder permanecer más tiempo dado su intrínseco éxito acaparando los recursos energéticos disponibles). Esta selección natural la determina pues en última instancia la propia termodinámica y el comportamiento mecánico molecular del mundo. Todo es autónomo, no hay metas ni fines, sólo leyes y materia(energía) actuando bajo la acción de las mismas.
Finalmente, siguiendo este mismo e ininterrumpido ciclo natural de recursiva selección natural, hace aproximadamente dos millones de años aparece una especie homínida muy especial: el Homo Sapiens. Su característica principal era un enorme cerebro -que permitía una capacidad cognitiva superior-, manos prensiles, y la capacidad para andar erguido. Por lo demás no era en esencia distinta de cualquier otra especie animal. El hombre obedecía, y obedece, a la naturaleza como cualquier otro ser vivo, reduciéndose tal afirmación al hecho de que todos nosotros somos meras extensiones del comportamiento espontáneo cuya mecánica va determinada a maximizar el consumo de toda la energía de alta calidad disponible, y transformarla en calor (energía de baja calidad que escapa al espacio exterior).
Y de aquí provino el sentimiento de "gilipollez" que sintió, Meursault. Sus hijas, sus nietos, sus compatriotas, y la humanidad como un todo también desaparecerán en el tiempo irremediablemente. E incluso si nos las ingeniáramos para colonizar otros planetas, ¿qué? Todo seguiría siendo el mismo sonsonete de acaparar energía y desechar calor, y así por los siglos de los siglos hasta que no quedase en nuestro Universo en expansión exponencial nueva energía libre que acaparar (la entropía siempre aumenta, por lo cual la energía de calidad irremediablemente va en continuo descenso desde el mismísimo Big Bang). Así pues: ¿qué sinsentido es éste? ¿En qué clase de absurdo existencial nos vemos envueltos desde el nacimiento?
Meursault finalmente muere, no sin antes desear haber vivido de una manera menos apasionada. Y es que vivir tuvo que vivir, ya que así lo llevaba inscrito en su cerebro; no había elección en ese sentido. También estaba obligado a comportarse socialmente tal y como sus genes determinaban a priori justo tras la recombinación génica que lo convirtió en cigoto. Pero en ese instante final comprendió que a pesar de todo este designio genético, la razón otorga al hombre la oportunidad de obedecer los deberes evolutivos de una manera un tanto especial (rebelde). No se trata de ir en contra del interés natural, lo cual es imposible, sino de obedecerlo desde la indiferencia: utilizado el desprecio que el reconocimiento del absurdo existencial permite. De esta manera, el infortunio se resuelve con la risa, la ira con el humor, el agravio y la afrenta con la burla; y nuestro encadenamiento a la vida con la falta de aprecio hacia este destino absurdo que nos coacciona a actuar como marionetas dentro de un escenario objetivamente irracional.
Meursault, de volver a nacer, se habría propuesto tomarse las cosas menos en serio. Quizás después de todo su vida habría sido bastante similar a ésta que vivió, pero sin duda la sonrisa habría cautivado su cara ante cada momento de adversidad, desdicha o calamidad: -"¡Qué más da!", habría respondido siempre riendo para sí mismo: -"Al final todo está bien, puesto que todo es para nada".

martes, 8 de diciembre de 2015

Irracional

“Creo que los animales ven en el hombre un ser igual a ellos que ha perdido de forma extraordinariamente peligrosa el sano intelecto animal, es decir, que ven en él al animal irracional, al animal que ríe, al animal que llora, al animal infeliz.” (FRIEDRICH WILHELM NIETZSCHE)

Día duro el de hoy. Y no sólo porque hoy un familiar muy cercano ha sufrido un problema de salud, sino principalmente porque me siento abatido, literalmente, por mis instintos.

Sin embargo, a pesar de que hoy ha sido con diferencia el peor día, llevo ya en realidad una semana germinando esta pesadez. Una pesadumbre debida al insoslayable peso de la irracionalidad. A esos pensamientos aparecidos de la nada (aunque bien sabe la neurociencia que surgen de circuitos neurológicos inaccesibles a los de la razón), que me apremian y me empujan hacia objetivos que, una vez se racionalizan, se comprenden como absurdos, o al menos, como no tan importantes.

En concreto (y me avergüenza reconocerlo), se trata de una mezcla de celos hacia mi pareja, de una necesidad imperiosa de mantener más relaciones sexuales, y del paso por un periodo de baja autoestima. De uno en uno, estos son problemas que todos hemos padecido (o padecemos) de manera más o menos puntual, pero cuando se unen en el tiempo, a mi personalmente me dejan por los suelos...y peor me siento cuando comprendo la estupidez de dejarse llevar por semejante mamarrachada de problemas (siendo consciente de que hay millones de personas con problemas infinitamente peores que estos de los que os hablo).

Pero no hay nada que pueda hacer, porque ese sentimiento; ese instinto o pensamiento no racional, nacido en algún recóndito rincón evolutivo de mi cerebro, domina sobre mi voluntad racional. No quiero que me afecten semejantes tonterías, pero esas tonterías sobrepasan mi capacidad de decisión. Sé que mi mujer es fiel, pero no puedo evitar sentirme celoso simplemente porque la hayan incluido en un grupo de Whatsapp de antiguos compañeros de colegio; tengo más sexo que la mayoría de mis amigos y conocidos, pero no puedo evitar desear y necesitar aún más, y no puedo evitar tener la autoestima baja, a pesar de que sé que intelectualmente supero la media (aunque no sea Einstein)  y de que me consta que físicamente atraigo a las mujeres (aunque no sea Brad Pitt).

Y sufro. Lo paso mal, y comienzo a rumiar pensamientos estúpidos: que si buscarme una amante, que si obligar a mi mujer para que salga del grupo de chat, que si hacer más deporte y dieta para mejorar aún más la figura...en fin, pamplinas; pero pamplinas que no por serlo dejan de hacerme sentir mal.

Mañana (o pasado) me sentiré probablemente mejor, y veré lo ocurrido esta semana como una bobada temporal: un chiste de mal gusto. Pero eso no deja de hacerme ver lo evidente: que en el fondo no soy más que un animal; un animal que, como diría Nietzche, ríe, un animal que llora (como hago en estos momentos), un animal infeliz.

Pero no pasa nada. La vida es así: un sufrimiento absurdo tras otro, hasta que la nada borra nuestro paso por la existencia. Aunque esto es en el fondo liberador; porque es evidente que un conjunto de fenómenos absurdos no pueden merecen nuestro aprecio (¿qué aprecio puede tener nada de lo que haga o piense cuando sé que nadie lo recordará -ni me recordará, en general- dentro de pocos años?). Pretendo vivir la vida (como hago desde hace décadas), con una sonrisa en los labios, riendo de lo absurdo de mi temporal sufrimiento. Todo está bien...pese a lo irracional.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

No hay que temer a la muerte


"Cuando yo ya no esté, no habrá más rosas, cipreses,labios rojos ni vino perfumado. No habrá más albas ni crepúsculos,alegrías ni penas.El universo no existirá,pues su realidad depende de nuestro pensamiento."

"No siento ningún temor por la muerte: prefiero este trance doloroso al sino ineluctable que me fue impuesto el día de mi nacimiento. ¿Qué es la vida?. Un bien que me confiaron sin pedirlo, y que habré de devolver con indiferencia. "
Omar Khayyám (1048-1131 

La muerte es parte de la vida. Todo lo vivo termina por morir; es algo de lo que la segunda ley de la termodinámica se encarga: el orden es costoso de mantener, y más tarde que pronto, las estructuras complejas pierden la batalla frente al constante aumento de entropía que el universo determina.

Para el hombre, como para el resto de seres vivientes; la muerte es simplemente eso: ese momento en que se pierden las cualidades conseguidas momentáneamente por una alta complejidad estructural en la materia. Pero el hombre no es un animal más. Nuestra capacidad de raciocinio nos permite comprender y prever nuestra muerte segura. Y esa certeza, causa normalmente temor: temor a perder la vida, o; más concretamente, temor a dejar de ser y de sentir, terror a cesar de existir como un ser consciente.

Sin embargo no deberíamos sentir ese temor, porque, de hecho, "morimoscada noche. Cada noche vamos a la cama, y literalmente, dejamos de ser o existir. Cuando dormimos, pasamos por diversas fases del sueño. En la etapa 4ª (Sueño Delta), el cerebro casi se desconecta por completo: las ondas cerebrales son amplias y lentas, y no se sueña. Durante los 20 minutos aproximadamente que dura esta fase del sueño, nuestro mundo realmente deja de existir, y nosotros con él. Durante 20 minutos, experimentamos cada noche algo muy similar a lo que será nuestra muerte.

Y no es tan malo, ¿verdad? ¿Acaso alguien tiene alguna pega para esos 20 minutos donde no se experimenta sufrimiento, ni necesidad, ni deseo, ni nada? ¿No es incluso apetecible esa falta de ser, a la continua lucha consciente por satisfacer extrañas necesidades sinsentido (porque, no me negaréis que no es extraño que nos pasemos media vida buscando y luchando por conseguir otra persona(o personas) con un hueco -o protuberancia-, donde meter -o que nos metan- un trozo de carne, para luego escupir -o que nos escupan- dentro un jugo viscoso. Es estúpido y absurdo que tengamos que sufrir por conseguir semejante mamarrachada xDD)?

Y no debemos dejarnos engañar por el vehemente deseo de vivir que todos llevamos programado evolutivamente en nuestro cerebro. La muerte no es tan mala.

De todas formas, no nos llevemos las manos a la cabeza: no estoy defendiendo para nada el suicidio. Al contrario, estoy intentando hacer ver que la futura muerte que nos espera no es algo a lo que temer, sino algo que nos liberará del sufrimiento terrenal. Comprender que la muerte es cierta, pero que no es necesariamente mala o negativa, sino algo parecido a un justo descanso, que nos espera tras nuestro paso por este mundo, el cual que es realmente terrorífico.

De hecho, si hay que elegir entre el ser consciente, donde una parte muy considerable del tiempo estamos sufriendo por muy diversas causas (aunque casi siempre relacionadas con la propia supervivencia y la reproducción), y la no existencia, donde ni siquiera existe el mundo, porque como dice Omar Khayyám en la cita que colocado al principio de este artículo: "Cuando yo ya no esté, el universo no existirá,pues su realidad depende de nuestro pensamiento".

De hecho:
Durante 13500 millones de años el universo no existió, hasta que hace 35 años vine al mundo. Durante todo ese tiempo no hubo sufrimientos ni padecimientos; hasta que aparecí en la existencia. Y cuando yo me vaya, estoy seguro de que todo el dolor se irá conmigo. Y si alguien me dice que antes de mi existencia ya había dolor; yo le replico que quizás lo hubiese, pero que yo no lo percibía, por lo que a mí respecta, es como si no existiera: y lo mismo ocurrirá cuando muera. 

No hay que temer a la muerte, no; sino abrazarla como la liberadora que es. Tampoco hay que buscarla, porque ella llegará por sus propios medios y, además; qué importancia tiene aguantar 60 ó 70 años de este extraño devenir que es la vida. Como defendía Albert Camus: El conocimiento de este esperado destino final nos debe ayudar a disfrutar del sinsentido, aún mientras sufrimos. También viene a la palestra, como tantas veces, las acertadas citas del maestro de Danzig. Como Schopenhauer dijo: "Bien puede decirse que la vida es un episodio que viene a perturbar inútilmente la sagrada paz de la nada.(Schopenhauer; Parerga y paralipomena, 1851)".

Y es que, sin seres conscientes, quizás podría existir el dolor, pero no podría existir la conciencia del dolor. Y ese es, en mi opinión, el gran mal del universo: la posibilidad de la conciencia. De hecho, hemos visto que sin un pensamiento consciente, el universo ni siquiera podría existir tal y como un ser consciente lo percibe: y eso sería maravilloso

A modo de resumen:

No temáis el retorno a la nada que es el morir. Al contrario, hay que esperar a la muerte con ansias y; a poder ser, intentar que la transición sea rápida e indolora. 

Nada nos perdemos con nuestra muerte, puesto que con nosotros muere la existencia; pero sí que ganamos mucho, puesto que la no existencia (la verdadera nada existencial) impide cualquier tipo de sufrimiento, tedio o dolor. 

Porque de hecho, todas las noches "morimos" durante 20 minutos, y no creo que exista mejor momento en nuestros días que esos minutos de paz absoluta y descanso completo; ni necesidades ni padecimientos; ni deseos ni frustraciones: nada.

Algún día de nuestra vida, esos 20 minutos serán perfectos y durarán por toda la eternidad: ese es el verdadero paraíso que a todos nos espera.

Un abrazo.

viernes, 17 de octubre de 2014

El remedio contra la depresión de Albert Camus


Hoy he mantenido una larga conversación con un amigo. Lleva un tiempo pasando por un bache sentimental y laboral; y últimamente, cuando hablamos, se lamenta de continuo sobre lo mal que le va la vida.

Hay mucha gente como él. De hecho, la depresión viene a ser llamada la enfermedad del siglo XXI. Y, como los antidepresivos suelen ser poco eficaces, y la psicoterapia profesional es muy cara xD, voy a intentar poner mi granito de arena intentando ayudar a todos aquellos que pasen por un bajón en sus vidas, sea del tipo de que sea:

Mi receta es muy simple, y la propuso Albert Camus el siglo pasado: "no hay destino que no se venza con el desprecio".




La vida es un absurdo. Cuanto antes lo admitamos, mejor nos irán las cosas. Es una lucha continua por y para ninguna finalidad concreta. Simplemente sentimos que queremos, y luchamos por satisfacer eso que queremos. Y así, día tras día, subimos la pesada piedra de la necesidad. Una necesidad absurda (irracional), porque no sabemos por qué deseamos lo que deseamos, ni por qué estamos obligados a satisfacer ese deseo salvo pena de sufrimiento.

Y nuestro destino final es, si cabe, más absurdo aún: el olvido. Miles de millones de personas ya han pasado su vida subiendo la pesada carga de la necesidad, y de sus vidas no queda ni el más mínimo recuerdo. Con nosotros ocurrirá igual. Más pronto que tarde, todos moriremos, y con nuestra muerte llegará el olvido. En pocas décadas, no quedará ni rastro de nuestro paso por este mundo: Es, como no podría ser de otra forma, un final absurdo, para una vida absurda.

Pero, ¡ojo! no es algo malo que así sea. El absurdo no tiene que ser trágico. Cuando alguien te cuenta un chiste, te ríes del absurdo de la situación; del choque emocional entre lo que esperas que pase y lo que realmente pasa. Con la vida pasa lo mismo; esperamos sentido, y nos encontramos un sinsentido; pero esta situación hay que tomársela como lo que es, como una broma supina.

La filosofía de Camus se centra precisamente en esto que estamos hablando: ¿merece la pena vivir una vida tan absurda? Camus llega a la conclusión de que sí, que se puede sobrevivir al absurdo desde el mismo instante en que reconocemos el propio absurdo; porque es este reconocimiento el que nos hace libres de tener que apreciar cualquier cosa que en nuestro destino pueda acontecer.

No hay destino que no se venza con el desprecio. Y eso es lo que un mundo absurdo merece: desprecio por todo. Pero no hay que dar una connotación negativa a este desprecio, sino positiva. Con ese desprecio, sólo nos estamos riendo de este mundo absurdo; igual que cuando vemos un cómico actuando. Nos burlamos de nuestro destino, y nos regocijamos en él, felices y liberados de toda presión: "todo está bien", porque a la vista de nuestro destino final, nada puede valorarse lo suficiente como para que sea capaz de perturbar nuestro humor.


  • Como conclusión, y a modo de resumen:


Si alguno se ha perdido entre tanta metáfora, voy a intentar traducir la filosofía de Camus al nivel más simple que puedo conseguir:

Dentro de muy poco tiempo, todo nuestro ser habrá desaparecido: y eso incluye nuestras alegrías y nuestras penas, nuestros triunfos y fracasos, nuestros bienes o deberes, nuestra memoria, y todo lo que nos pasó en la vida, incluidas nuestras emociones sentidas ante ese acontecer.

No importa lo que hagamos o no hagamos, no importa lo que valoremos o no valoremos, ni lo que disfrutemos o lo que dejemos de disfrutar. No importa si te cuidas o no, si eres feliz o infeliz, o sales o entras. No importa si te sientes bien o mal, ni importa nada de lo que vayas a hacer hoy o mañana. Todo da igual, y nada tiene valor. Se trata simplemente de aceptar nuestro destino, de reírse de él: porque ese buen humor te liberará y te hará comprender que todo es pasajero; que nada merece afecto, y que sin afecto no hay tragedia ni dolor.

Todo es absurdo, y eso está bien. Sé feliz en la "desdicha", porque no existe eso que llaman dicha. Ríete de la vida, te venga ésta como te venga, porque nuestro destino está marcado, y porque no hay destino que no se venza con el desprecio.

Un abrazo a todos....y reíros de la vida ;)