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martes, 20 de mayo de 2025

El olvido

Hace algo más de un mes que mi padre falleció y ya se va haciendo patente que el proceso de su borrado existencial está en marcha. Ya acabaron las condolencias y apenas se menciona su obra o su nombre. Ya nadie busca sus vídeos ni señala sus fotografías. Si fue bueno o malo, y los reproches que antaño le acompañaban también se fueron. Ya no importa que bebiera o que se emborrachara, ni que llevara una vida desordenada. Ya no importan sus rarezas ni su soledad. Ya no importa su rebeldía ni sus historias vividas que mil veces nos contó. Sus memorias junto con sus partícipes también se fueron. No queda apenas ya rastro de su vida y su sufrimiento, de su lucha continua. No queda nada ya de lo que un día fue. Ha sido borrado del mundo y de la historia. ¡Y sólo ha pasado un mes!

Y da igual lo que un día fue ahora ya no es nada, y nada será por el resto de la eternidad. La naturaleza es indiferente hacia el individuo; es indiferente hacia la raza, hacia el reino animal, hacia la vida en sí; el cosmos es simplemente una cruel maquinaría termodinámica. Sin razón ni sentido maś allá de ser del modo que es. También yo pasaré muy pronto al absoluto olvido universal. Mis acciones y decisiones serán borradas, mis aciertos y errores serán insignificantes. Caerá el velo de maya y se manifestará la maligna realidad: no somos nada, nunca lo hemos sido. El hecho de nacer no implica que seamos algo, eso es solo una ilusión cognitiva muy humana. La cruda verdad es que tan pronto como nacemos el olvido nos acecha en cada esquina y nos alcanza siempre. Miles de millones de personas ya fueron barridas del mundo, sin dejar rastro alguno. Otros tantos miles de millones correrán la misma suerte con el tiempo. Finalmente, de un modo u otro, nuestra especie desaparecerá y será reemplazada por otro fenómeno natural y caerá entonces sobre ella la completa aniquilación, y ya no sólo sobre todos nosotros como individuos sino también sobre toda nuestra obra como humanidad. La vida es tragedia, y la tragedia es perpetua lucha, sin victoria ni esperanza de ella; es contradicción. Sí, la vida es tragedia. Y es tragedia porque no sólo nuestro sacrificio como ser es en vano, sino porque además lo comprendemos; intuimos que nuestra vida es un sacrificio absurdo y a la vez inevitable, un sinsentido que no somos libres para no seguir. El olvido de mi padre me ha enseñado, quizás como última lección, que la conciencia no es nada más que un relámpago entre dos eternidades de tinieblas. Sinceramente os digo que no hay nada más execrable que la existencia.

Como escribió Miguel de Unamuno:

"Quitad la propia persistencia, y meditad lo que os dicen. ¡Sacrifícate por tus hijos! Y te sacrificarás por ellos, porque son tuyos, parte prolongación de ti, y ellos a su vez se sacrificarán por los suyos, y estos por los de ellos, y así irá, sin término, un sacrificio estéril del que nadie se aprovecha. Vine al mundo a hacer mi yo, y ¿qué será de nuestros yos todos? ¡Vive para la Verdad, el Bien, la Belleza! Ya veremos la suprema vanidad, y la suprema insinceridad de esta posición hipócrita."

De hecho, lo más cercano que podemos estar de pretender conocer algo dentro de este circo irracional que llamamos mundo, es lo que Leopardi magistralmente nos contó:

"Tiempo llegará en que este Universo y la Naturaleza misma se habrán extinguido. Y al modo de grandísimos reinos e imperios humanos y sus maravillosas acciones que fueron en otra edad famosísimas no queda hoy ni señal ni fama alguna, así igualmente del mundo entero y de las infinitas vicisitudes y calamidades de las cosas creadas no quedará ni un solo vestigio, sino un silencio desnudo y una quietud profundísima llenarán el espacio inmenso. Así este arcano admirable y espantoso de la existencia universal, antes de haberse declarado o dado a entender, se extinguirá y perderáse."

Esta es mi creencia; esta mi desesperación: la del insalvable sentimiento trágico de la vida.


Te echo de menos 😢



viernes, 7 de junio de 2024

La última conversación

"Pero estaba seguro de mí, seguro de todo, más seguro que él, seguro de mi vida y de esta muerte que iba a llegar. Sí, no tenía más que esto. Pero, por lo menos, poseía esta verdad, tanto como ella me poseía a mí. Yo había tenido razón, tenía todavía razón, tenía siempre razón. Había vivido de tal manera y habría podido vivir de tal otra. Había hecho esto y no había hecho aquello. No había hecho tal cosa en tanto que había hecho esta otra. ¿Y después? Era como si durante toda la vida hubiese esperado este minuto... y esta brevísima alba en la que quedaría justificado. Nada, nada tenía importancia, y yo sabía bien por qué. También él sabía por qué. Desde lo hondo de mi porvenir, durante toda esta vida absurda que había llevado, subía hacia mí un soplo oscuro a través de los años que aún no habían llegado, y este soplo igualaba a su paso todo lo que me proponían entonces, en los años no más reales que los que estaba viviendo. ¡Qué me importaban la muerte de los otros, el amor de una madre! ¡Qué me importaban su Dios, las vidas que uno elige, los destinos que uno escoge, desde que un único destino debía de escogerme a mí y conmigo a millares de privilegiados que, como él, se decían hermanos míos! ¿Comprendía, comprendía pues? Todo el mundo era privilegiado. No había más que privilegiados. También a los otros los condenarían un día. También a él lo condenarían. ¿Qué importaba si acusado de una muerte lo ejecutaban por no haber llorado en el entierro de su madre? El perro de Salamano valía tanto como su mujer. La mujercita autómata era tan culpable como la parisiense que se había casado con Masson, o como María, que había deseado casarse conmigo. ¿Qué importaba que Raimundo fuese compañero mío tanto como Celeste, que valía más que él? ¿Qué importaba que María diese hoy su boca a un nuevo Meursault? Comprendía, pues, este Condenado, que desde lo hondo de mi porvenir... Me ahogaba gritando todo esto. Pero ya me quitaban al capellán de entre las manos y los guardianes me amenazaban. Sin embargo, él los calmó y me miró en silencio. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Se volvió y desapareció."
(El extranjero, Albert Camus)



I

Mi padre murió hoy. O tal vez fue ayer, no lo sé. El hospital me llamó en la mañana, diciendo que su tiempo se agotaba y que debía ir a verlo. Caminé lentamente, sin prisa, como si el tiempo no importara. Los pasillos del hospital, blancos y silenciosos, estaban impregnados de un olor a desinfectante que anunciaba la muerte. Cada paso resonaba en mi cabeza como el eco de una sentencia, el murmullo lejano de una verdad ineludible que estaba por enfrentar.

La luz en la habitación era demasiado fuerte, el sol brillaba implacable a través de las ventanas. Mi padre yacía en la cama, apenas una sombra del hombre que una vez fue. El cáncer había esculpido su cuerpo con una precisión despiadada, dejando solo huesos y piel. Al verlo, sentí una punzada de desesperanza ante la absurda crueldad de la existencia. La imagen de su cuerpo demacrado era una grotesca escultura que la vida y la enfermedad habían cincelado sin piedad.

Sus ojos, apagados pero aún capaces de reconocerme, se encontraron con los míos. "Sami", susurró, su voz apenas un murmullo. Me acerqué y tomé su mano, fría y frágil. No había necesidad de palabras grandilocuentes; ambos sabíamos que esta sería nuestra última conversación. Me pregunté si sentía miedo, si encontraba algún consuelo en sus últimos momentos, pero no se lo pregunté. Algunas preguntas, sabía, eran innecesarias, tal vez incluso crueles.

"Qué vida esta", dijo después de un largo silencio, esbozando una sonrisa débil pero genuina. No pude evitar sonreír también, recordando los innumerables momentos en que habíamos compartido esa frase. Asentí, sin saber realmente qué decir. Las palabras me parecían inútiles en ese momento. Nos quedamos en silencio, escuchando el tic-tac del reloj en la pared, cada segundo marcando el paso hacia lo inevitable. Sentí una paz extraña, una aceptación del ciclo natural de las cosas.

La habitación estaba llena de una quietud que parecía eterna. Reflexioné sobre la futilidad de todo. Mi padre había vivido una vida llena de esfuerzos y luchas, solo para ser reducido a esto: una existencia frágil, a merced de una enfermedad implacable. Cada logro, cada sacrificio, todo parecía perder su significado ante la certeza de la muerte. La vida, en su esencia, se revelaba como una repetición interminable de actos sin sentido, destinados a ser olvidados.

En esos momentos de calma aparente, recordé las historias que solía contarme cuando era niño. Historias de valentía y sacrificio, de amor y pérdida. Historias que ahora parecían tan lejanas, tan irreales. En la penumbra de esa habitación, su voz resonaba en mi memoria, enseñándome las lecciones de la vida que solo ahora, en este último momento, empezaba a comprender verdaderamente.

El silencio fue roto solo por su respiración, cada vez más lenta, más pesada. Sabía que el final estaba cerca. Cerré los ojos, escuchando su último suspiro, y en ese momento, sentí una conexión profunda con todo lo que nos rodeaba. Al morir, algo dentro de mí también murió. Todo lo que había conocido y sentido se desmoronó en un instante. Con su último aliento, un lamento profundo y desgarrador surgió desde lo más hondo de mi ser, un lamento que parecía contener el sufrimiento acumulado de toda la humanidad. Era como si, en ese momento, todo el dolor y la angustia de la existencia humana se hubieran concentrado en mí, abrumándome con su intensidad.

La realidad de la muerte me golpeó con fuerza. Sentí un vacío abismal, una soledad infinita. Recordé los días de mi infancia, su risa resonando en el aire, sus palabras de aliento y los consejos que ahora parecían tan lejanos, tan inútiles. Mi mente volvió a nuestra última conversación, su voz débil diciendo "qué vida esta", y la realidad de la muerte se hizo más palpable. Comprendí entonces la indiferencia del universo, su frialdad y su silencio eterno.

Una explosión de dolor y rabia brotó de mi pecho, una erupción de emociones que llevaba años acumulándose. Sentí una certeza abrumadora sobre la vida y la muerte, una certeza que me llenaba por completo. Todo lo que había hecho, todo lo que no había hecho, cada elección y cada paso parecían irrelevantes ante la inminencia de la muerte. Había vivido de una manera y podría haber vivido de otra, pero al final, nada de eso importaba. Lo único que realmente tenía era este momento, esta verdad que me poseía tan completamente como yo la poseía a ella.

Me quedé en la habitación por un tiempo, observando su cuerpo inerte. Parecía que incluso en la muerte, el sufrimiento no lo había abandonado del todo. Su rostro, aunque tranquilo, mostraba las huellas de una batalla larga y dolorosa. Me pregunté si había sentido paz al final, si había encontrado algún consuelo en sus últimos pensamientos. Me aferré a la esperanza de que, en algún nivel, había logrado una especie de reconciliación con su destino.

II

Salí del hospital, cegado momentáneamente por la luz del sol. La vida seguía su curso, indiferente a nuestra tragedia personal. La gente caminaba por las calles, los niños jugaban, los autos pasaban, todo seguía igual, como siempre. En la indiferencia del mundo, vi reflejada la esencia misma de la existencia: carente de propósito, pero ineludiblemente real.

Caminé sin rumbo por un tiempo, perdido en mis pensamientos. La ciudad seguía viva a mi alrededor, ajena a mi dolor. El bullicio de la vida cotidiana contrastaba brutalmente con la quietud que sentía por dentro. Pensé en cómo cada persona que pasaba a mi lado tenía su propia historia, sus propias luchas y penas. Todos, en algún momento, enfrentaríamos el mismo destino, la misma nada al final del camino.

Regresé a casa, pero en lugar de entrar, me dirigí al jardín, donde estaba la vieja higuera. Allí, bajo su sombra, se encontraba la silla de mi padre. Era su lugar favorito, donde solía sentarse a leer y a contemplar el mundo. Me senté en la silla, aún impregnada de su presencia, y cerré los ojos.

En ese lugar, sentí una conexión profunda con él. Recordé los momentos que habíamos compartido bajo esa higuera, las conversaciones sobre la vida, sus enseñanzas llenas de sabiduría y simplicidad. Sentí una mezcla de tristeza y gratitud, una aceptación resignada del ciclo de la vida y la muerte.

Estaba seguro de mí, seguro de todo, más seguro que nunca antes. Sabía que mi vida y esta muerte eran parte de la misma verdad ineludible. Sí, no tenía más que esto, pero poseía esta certeza absoluta, una certeza que me daba una extraña paz. Lo único que importaba era este momento de claridad, esta breve revelación en la que todo quedaba justificado.

En su muerte, comprendí al fin un poco más sobre la vida y la cruel belleza de nuestra existencia efímera. La rutina diaria, la lucha constante, todo parecía perder su valor, y sin embargo, debía seguir adelante. Porque, al final, quizás lo único que podemos hacer es continuar empujando nuestra carga, día tras día, sin esperanza de redención, pero con la certeza de que, en la aceptación de esta lucha interminable, encontramos nuestra única verdad.


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Nota: por desgracia este relato es un hecho real que me está sucediendo actualmente. También es obvio que el estilo literario y la esencia del contenido es muy similar a la obra de Albert Camus. Es algo intencional.


martes, 26 de noviembre de 2019

Todo el mundo juzga, todo el tiempo

"Escucha, como carne sensible que somos, por muy ilusorias que sean nuestras identidades, elaboramos esas identidades haciendo juicios de valor. Todo el mundo juzga, todo el tiempo. Si tienes un problema con eso es que vives en un mundo equivocado." (Rust Cohle, Serie "True Detective")


Hace unos días terminé de ver la primera temporada de "True Detective", famosa serie de HBO. No sé cómo se me escapó, pero hasta ahora no descubrí semejante obra maestra. La temporada completa está repleta de demoledoras frases de uno de los protagonistas, Rust Cohle (interpretado magistralmente por Matthew McConaughey), pero me llamó especialmente la atención la cita con la que abro este artículo: es la puñetera argumentación que mejor define eso que entendemos como el "yo". Todo el mundo juzga, y lo hacemos todo el puto tiempo: desde el mismo momento en que abrimos los ojos a primera hora de la mañana. Una frase que me recordó además un artículo que escribí hace ya bastante tiempo y que me gustaría compartir con vosotros a continuación:

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Hoy he terminado de leer la novela "La caída", de Albert Camus. En mi opinión, y en pocas palabras, el libro es una maravilla. Es imposible que alguien lea este libro, y no sienta resquebrajar parte de las ideas preconcebidas que todos tenemos sobre el modo de nuestro estar en el mundo.

No voy a entrar en mucho detalle sobre todo lo que este magnífico libro nos puede enseñar sobre este mundo que todos creemos, erróneamente, conocer tan bien. Pero sí voy, sin embargo, a detallar un punto concreto -quizás el más importante- que me ha llamado mucho la atención. Un asunto que, aunque parece evidente cuando se menciona, pasa normalmente desapercibido en el transcurso de nuestras vidas diarias en sociedad:

En cierto punto del libro, Clamence (nombre del protagonista de la novela) describe el momento de su vida, en que se hace consciente del hecho de que todo gira en torno a un continuo juicio de valor sobre su persona: se da cuenta, de hecho, de que la vida no es más que un juicio perpetuo; comprueba que todos somos continuamente objetivo de innumerables valoraciones que sobre nosotros vierten otras personas. Clamence vivía ignorante de esta evidencia, era puro instinto. Pero algo tan trivial y simbólico como una carcajada burlona ("¡Pobre infeliz!"), dirigida hacia su persona, lo sacan de su ceguera. Ese desprecio sufrido delante de una muchedumbre lo corroe durante meses. Llega a tal punto que, de tanto rumiar este infortunio, se obsesiona; se vuelve consciente de cada atribución y de cada clasificación que hacen sobre él. Aunque lo peor, sin duda, es que a causa de esta súbita conciencia no puede evitar sufrir una crisis de personalidad: es decir; comienza también él, a juzgarse a sí mismo.

Y en nuestras vidas ocurre exactamente lo mismo. Eso nos quiere decir, Camus. Puede que no seamos conscientes, o que lo seamos muy de vez en cuando; pero la vida en sociedad es un juicio constante de todos contra todos: cada movimiento que realizamos a diario, cada pequeña decisión que tomamos, cada palabra que sale por nuestra garganta; TODO lo que hagamos o digamos, en definitiva, es automáticamente juzgado por toda aquella persona que lo perciba. 

Y la tensión es palpable. Aunque no lo sintamos en la conciencia, cada relación social que mantenemos es una lucha por mantener nuestra reputación. La cosa es así, lo llevamos en los genes. Una necesidad por conseguir estatus y respeto que es, sin lugar a dudas, causa de gran parte del sufrimiento humano.

Pero lo peor es el método elegido por la evolución para que podamos suplir con éxito esta necesidad de alcanzar un buen estatus social: ese método no es otro que la autoestima. Autoestima; que no es otra cosa que el juicio más implacable al que toda persona se enfrenta en su vida: su propio juicio. Un juicio que realizamos sobre nosotros mismos para estudiar, sin cesar, qué es lo que pensamos que los demás opinan de nosotros. Por cierto, y dicho sea de paso, no hay peor tortura que sufrir de una baja autoestima. Como nos enseña Camus, una simple risa burlona, en un mal momento personal, es todo lo que se necesita para hundir la vida de una persona. ¡Cuántos complejos no habrán nacido, fruto de un simple acto de desprecio recibido delante de otras personas!

Y claro, luego está el conocimiento simultáneo del absurdo del asunto. ¿Cuál es el fin de tanto juicio? ¿Para qué tanto empeño en juzgar y en ser bien juzgado? Pues para lo de siempre; para lo único: para nuestra supervivencia y reproducción. Tanto dolor, esencialmente para nada; tanta ansiedad y angustia, para trasmitir una cadena de moléculas de ADN a una nueva generación: ¡no  hay cosa más absurda!

Y además, es un sufrimiento inevitable; es inevitable preocuparse por nuestra reputación. Es tan inevitable, como no sentir aversión por la comida podrida, o no colocar las manos frente a la cara cuando vemos que nos vamos a golpear la cabeza. Esta necesidad de mantener el estatus es instintiva; y poco se puede hacer por controlar tan estúpido mandato biológico. Porque sin duda es estúpido que nos afecte la valoración que los demás puedan hacer de nuestros actos; pero no importa lo mucho que luchemos contra ello, finalmente todo nos afecta por mucho que lo neguemos; porque es que sencillamente no podemos parar de juzgar: nuestra "felicidad" depende de ello, porque nuestra "felicidad", por desgracia, depende de cuanto nos alaben y de cuantos nos adoren; depende de someter y de dominar el juicio ajeno...y cuanto más mejor.

lunes, 25 de noviembre de 2019

Frases de Rustin Spencer "Rust" Cohle (Serie: "True Detective")

Os dejo algunas frases del personaje Cohle de la primera temporada de la serie "True Detective". Una maravilla televisiva cuyo guión bien parece que haya sido escrito por Thomas Ligotti:
- Sobre el sentido de la vida
“He visto el final de miles de vidas. Jóvenes, viejos, cada uno tan seguro de su propia realidad, de que su experiencia sensorial constituye algo único e individual, algo con un propósito y un significado. Tan seguros de que son algo más que una marioneta biológica. Bueno, la verdad siempre sale a luz y todos la ven. Una vez que las cuerdas se cortan todos terminan derrumbándose”
- Sobre la conciencia humana
“Creo que la conciencia humana fue un trágico paso en falso de la evolución. Nos volvimos demasiado conscientes de nosotros mismos, la naturaleza creó un aspecto separado de ella, somos criaturas que no deberíamos existir de acuerdo a la ley natural. Somos cosas que funcionan bajo la ilusión de tener un ser propio, una acumulación de experiencias sensoriales y sentimientos, programada para asegurarnos que somos alguien, cuando en realidad nadie es nadie. Quizás lo más honorable que podríamos hacer como especie es negar esa programación, dejar de reproducirnos, caminar de la mano hacia nuestra propia extinción, una última noche, hermanos y hermanas, excluyéndonos voluntariamente de un contrato injusto”.
- Sobre la aceptación de la muerte
“14 horas mirando imágenes de cadáveres y esto es lo que comienzas a ver. Los miras a los ojos, incluso en una foto, y puedes leerlos. ¿Sabes lo que ves? Le dan la bienvenida. No al principio, pero justo ahí, en el último instante. Es indudablemente un alivio. Porque todos ellos tenían miedo y ahora ven, por primera vez, lo fácil que era simplemente dejarse ir. Después ven, en ese último nanosegundo, ven lo que eran. Tú, tú mismo, todo este gran drama, nunca fue más que un burdo engaño de la arrogancia y la estúpida voluntad, y puedes simplemente liberarte de todo eso, finalmente darte cuenta que no tienes que aferrarte tan fuerte. Darte cuenta de que toda tu vida, todo lo que amas, lo que odias, tus memorias, todo tu dolor, era parte de una misma cosa. Era todo un mismo sueño, un sueño que albergaste dentro de una habitación cerrada, un sueño acerca de ser una persona. Y como en muchos sueños, en el final hay un monstruo”.
- Sobre la religión
“Si lo único que hace que una persona sea decente es la esperanza de una recompensa divina, entonces, hermano, esa persona es un pedazo de mierda, y me gustaría que salieran a luz cuantas más de ellas mejor. ¿Tienes que juntarte con otros y contarte historias que violan cada ley del universo sólo para poder superar el maldito día? ¿Qué dice eso de tu realidad?”

The Long Bright Dark

Rust: Parece como si la gente de aquí no supieran que el mundo exterior existe. Podrían estar viviendo en la puta luna.

Marty: Hay muchas clases de guetos en el mundo.

Rust: Sólo hay un gueto, amigo. Es una gran cloaca en el espacio...

Marty: La escena de hoy... es la mayor locura que he visto jamás... Oye, una pregunta ¿eres cristiano, verdad?

Rust: No

Marty: ¿Y por qué tienes un crucifijo en tu apartamento?

Rust: Bah, es una forma de meditación

Marty: ¿Cómo dices?

Rust: Contemplo el momento del huerto, la idea de permitir tu propia crucifixión

Marty: Pero no eres cristiano, ¿en que crees?

Rust: Creo que no se debe hablar de esta mierda en el trabajo

Marty: Espera, espera, llevamos juntos tres meses... y no te he sacado nada... se amable, no pretendo convertirte.

Rust: Me considero un realista. Puesto en términos filosóficos soy lo que llaman un "pesimista".

Marty: ¿Ah, vale... Y qué significa eso?

Rust: Que soy malo en las fiestas.

Marty: Déjame decirte... tampoco eres bueno fuera de ellas.

Rust: Creo que la conciencia humana es un trágico error de la evolución. Nos volvimos demasiado conscientes de nosotros mismos. La naturaleza creó un aspecto separado de sí misma. Somos criaturas que no deberíamos existir según la ley natural.

Marty: Joder, eso suena horroroso, Rust.

Rust: Somos cosas que se obsesionan bajo la ilusión de tener un "yo". Una creación de experiencias y sentimientos sensoriales. Programados, con la seguridad de que todos somos alguien... cuando de hecho, nadie es nadie.

Marty: Oye, yo no escupiría esa mierda si fuera tú. Las personas por aquí no piensan de esa forma. Yo no pienso de esa forma.

Rust: Creo que lo único honorable que nuestra especie puede hacer es negar nuestra programación. Dejar de reproducirnos. Caminar de la mano hacia la extinción. Una última medianoche, hermanos y hermanas rechazando la injusticia.

Marty: Y, ¿qué te hace levantarte por las mañanas?

Rust: Me convenzo de que doy testimonio... pero la verdadera respuesta es que, obviamente, esa es mi programación. Y no tengo el coraje para suicidarme.

Marty: Veo que he tenido mucha suerte de conocerte mejor hoy... En tres meses no te he odio una palabra y...

Rust: Me has preguntado...

Marty: Si.. y ahora te suplico que cierres la puta boca.

Diálogo de la serie True Detective, 1ª temporada. Guión de Nic Pizzolatto

sábado, 11 de mayo de 2019

El fin de la infancia

"You see it in their faces
The sadness in their tears
The desperation and the anger
Madness and the fear"
(Iron Maiden, "Childhood's End")


Estos días veo claramente cómo a mis hijas se les acaba la época infantil. La inocencia pronto desaparecerá de sus felices mentes, y la dura realidad llegará por desgracia bajo la forma del (duro) periodo adolescente. Es imposible adelantar qué dificultades concretas tendrán que afrontar, pero es seguro que estos pesares aparecerán en sus hasta ahora despreocupadas vidas.

En el fondo siento lástima (y dolor) por ellas. En pocos años el horror de la madurez intelectual les mostrará  ya sin la protección del ingenuo pensamiento infantil un mundo que de repente se les aparecerá como cruel y codicioso. Un inesperado golpe en la cara al que todos nos hemos enfrentado. Tendrán que formar "alianzas" y "comunidades" en el instituto, encajar en el grupo que más se amolde a sus intereses, evitar en lo posible el instintivo bullying, empezar a "luchar" (contra sí mismas y contra el resto de chicas) por parecer lo más atractivas posibles a los chavales (pinturas y tacones en un cuerpo aún en formación); y todo mientras se ven "forzadas" a estudiar para así algún día poder conseguir un trabajo al que encadenarse de por vida para poder así con suerte sobrevivir y llegar a fin de mes; amén de conseguir crear finalmente su propio "nido" con el que traer al mundo una nueva generación de personitas dispuestas a continuar el ciclo vital. Esos serán mis nietos, y quizás con suerte (o por desgracia) también llegue a ver en ellos este fin de la infancia.

Y es que personalmente creo que el final de etapa infantil es el momento más duro en la vida de toda persona. El momento justo en que el conocimiento de lo que realmente va la vida hace su puesta en escena: abruptamente el niño es despojado de la ingenuidad, la honradez y la simpleza, y en su lugar aparecen la frustración, la tristeza y la desesperación. Su eterna sonrisa da paso a las lágrimas, y su adorable candidez da paso a la ira, la vergüenza, el  miedo y el dolor. La codicia evolutiva hace mella en sus pequeños cerebros aún en proceso de formación, y la máscara de la realidad cae al suelo: de repente comprenden que el mundo es lucha y sufrimiento, y que su deber es participar en este ciclo (por no decir, circo) de la vida como mandamiento natural.

En relación a todo estos pensamientos sin duda no hay mejor representación artística que la que el grupo Iron Maiden hizo magistralmente con su trabajo Childhood's End. Una maravilla de canción a nivel musical y de letra. Más quisiera cualquier grupo musical contemporáneo siquiera acercarse un poco a su calidad. Os dejo el vídeo a continuación junto con una traducción libre que os hago de la letra:


Album: "Fear Of The Dark"
Childhood's End:

I'd sail across the ocean
I'd walk a hundred miles
If I could make it to the end
Oh just to see a smile

You see it in their faces
The sadness in their tears
The desperation and the anger
Madness and the fear

No hope, no life, just pain and fear
No food, no love, just greed is here

Starvation and the hunger
The suffering and the pain
The agonies of all-out war
When will it come again?

The struggle for the power
A tyrant tries again
Just what the hell is going on?
When will it ever end?

No hope, no life, just pain and fear
No food, no love, just greed is here

You see the full moon float
You watch the red sun rise
We take these things for granted
But somewhere someone's dying

Contaminated waters
Pollution and decay
Just waiting for disease to strike
Oh will we learn someday?

No hope, no life, just pain and fear
No food, no love, no seed
childhood's end

Traducción libre:

Álbum: "Fear Of The Dark"
Letra de "Childhood's End" (El fin de la infancia):

Navegaría a través del vasto océano
Caminaría cientos de kilómetros
Tan solo con saber que si lograse llegar al final
Podría ver una sonrisa

Lo puedes ver en sus caras
En la tristeza que surcan sus lágrimas
En la desesperación y la ira
La locura y el miedo

No hay esperanza, no hay vida, solo dolor y miedo
No hay sustento, no hay amor, solo la codicia está aquí

El anhelo y la necesidad
El sufrimiento y el dolor
Las agonías de la guerra total
¿Cuándo vendrá de nuevo?

La lucha por el poder
Un tirano lo intenta de nuevo
¿Qué demonios está pasando?
¿Cuando se va a terminar?

No hay esperanza, no hay vida, solo dolor y miedo
No hay sustento, no hay amor, solo la codicia está aquí

Vemos la luna llena flotando
Vemos la salida del rojo sol
Tomamos estas cosas por sentado
Pero sabemos que en algún lugar ahora alguien está muriendo

Aguas corruptas
Contaminación y decadencia
Y la enfermedad a la espera para atacar
Oh, ¿aprenderemos algún día?

No hay esperanza, no hay vida, solo dolor y miedo.
Sin sustento, sin amor, sin motivo.
Es el fin de la infancia

lunes, 15 de abril de 2019

Sobre la imbecilidad de la consciencia cósmica

Tonterías del estilo de la hipótesis del Punto omega son necesarias para que la humanidad duerma tranquila pensando que hay algún modo de escapar ("salvarlse") del nihilismo inherente a la naturaleza del ser. Son propuestas sin fundamento alguno. Somos lo que somos y tarde o temprano todos nuestros "yoes" desaparecerán en la nada del frío cósmico. Ya sea de manera fortuita estilo meteorito, de manera adaptativa desapareciendo como tantos otros millones de especies ya lo hicieron antes de nosotros, o en el mejor (e improbable) de los casos cuando el Sol se convierta en una gigante roja o la expansión acelerada del Universo separe y enfríe el Universo hasta que el concepto de movimiento no tenga sentido ("muerte" termodinámica). El momento da igual, lo que importa es que nos pongamos como nos pongamos nuestro destino está sellado. Nuestro esfuerzo diario es inútil y nuestros ciclos vitales no van a construir nada que perdure para siempre. Llegarán y pasarán las generaciones hasta que el último ser consciente de su último aliento.Y luego, de nuevo la nada. Todo pasado será erosionado y erradicado. El olvido espera tras la esquina mientras nosotros nos peleamos cada día por mejorar algo condenado a la destrucción absoluta: da risa, por no decir lástima, la vehemencia con la que algunos luchan por cosas como la "República Catalana", el Brexit, y cosas por el estilo. Como si esos logros tuviesen alguna oportunidad de durar por siempre. Qué absurdo. La vida en general es un absurdo...que se convirtió en abominación cuando aparecieron evolutivamente por "error" fenómenos capaces de tomar "consciencia" de la propia "absurdidad" esencial (su maligna inutilidad).
Evidentemente, y visto lo visto, no nos queda más remedio que buscar una "salvación" racional para esta tragedia existencial que se abre ante nuestros ojos. Instintivamente obligados como marionetas a luchar por un mundo que la reflexión nos indica que no parece tener sentido objetivo y que, peor aún, "vuela" exponencialmente hacia su auto-aniquilación termodinámica. Así que imaginamos futuros de esperanza donde "algo" salva el fruto de nuestro dolor y sufrimiento. Queremos que la vida sea otra cosa más que vivir por vivir, y que el duro trabajo realizado durante cientos de generaciones de personas pasadas, presentes y futuras permanezcan de alguna manera.
Los menos imaginativos se dejan llevar por las promesas religiosas, mientras que los más exigentes deben buscar especulaciones pseudocientíficas del estilo de "conciencias" sobrehumanas con capacidades para doblegar las propias leyes naturales. Pero no es así como funciona la realidad. Simplemente no hay salvación. Hoy estamos aquí y mañana no quedará ni rastro de lo que somos, ni personalmente ni como especie. Adiós. Asumámoslo de una vez. Miremos por encima de ese velo de sesgo optimista que la evolución nos ha inscrito en el cerebro. Hace tiempo que los mejores pensadores ya nos lo adelantaron: "El destino del hombre no se distingue del destino del más vil gusano". Somos marionetas cuyos hilo mueve la esencia natural evolutiva del mundo: nuestro deber es consumir energía y degradar potenciales energéticos, o lo que es lo mismo: sobrevivir y reproducirnos lo máximo posible. Y así lo haremos probablemente durante varios milenios más. Y luego todo cambiará de un modo u otro hasta que el ser humano deje de ser humano. Y no hay nada más: el resto son cuentos.

sábado, 13 de abril de 2019

El argumento (Thomas Ligotti)

Imagínatelo: puedes ir conduciendo por una carretera resbaladiza cuando, sin previo aviso, tu coche empieza a dar bandazos e invade varios carriles del tráfico que viene en sentido contrario. Sabes que estas cosas ocurren. Puede incluso que te hayan ocurrido a ti en alguna ocasión. Sabes que le ocurren a otra gente todo el tiempo. Sin embargo, este accidente no estaba en tus planes, que es por lo que se le llama accidente. En principio, podría entenderse como el resultado de una confluencia de circunstancias de causa y efecto, aunque nunca serías capaz de rastrearlas hasta su fuente original, ni siquiera remontándote hasta el principio de los tiempos. Sin embargo, se te podría ocurrir que la responsabilidad de tu accidente inminente recae en un amigo o pariente que te llamó para pedirte que fueras a su casa para echarle una mano en algo que tenía que arreglar, porque sin esta inoportuna petición ni siquiera habrías salido de casa. Pero podrías considerar con razón que hay otros factores responsables: la calzada resbaladiza por la que ibas conduciendo, el tiempo que volvía resbaladiza la calzada, todas las cosas que habían determinado el tiempo, el rato que pasaste buscando en tu armario los zapatos que serían más adecuados para el arreglo en cuestión —ese intervalo de perfecta duración que determinó que estuvieras justo donde tenías que estar para no llegar demasiado pronto ni demasiado tarde a tu accidente de tráfico.
Pero al margen de cuáles hubieran podido ser las causas cercanas o remotas de tu accidente de tráfico, tenías una idea de cómo iban a ocurrir las cosas ese día, como la tienes cada día, e ir en tu coche haciendo trompos sin control mientras otros vehículos intentan evitar chocar contigo no estaba en tu programa. Hace un segundo tenías las cosas firmemente controladas, pero ahora derrapas rápidamente hacia quién sabe qué. No estás horrorizado, todavía no, mientras te deslizas por el asfalto escurridizo por la lluvia o la nieve que brilla a la luz de la luna, bajo el aullido del viento y las sombras huidizas. En ese momento todo es aún extrañeza. Has sido transportado a un lugar diferente del que estabas hace un momento. Y entonces empieza. Esto no puede estar ocurriendo, piensas —si es que puedes pensar algo, si eres algo más que un torbellino de pánico. Pero, en realidad, ahora puede ocurrir cualquier cosa. Éste es el mensaje susurrante que se desliza en tus pensamientos: nada es seguro y nada es imposible. De repente se ha puesto en movimiento algo que lo ha cambiado todo. Ha descendido sobre ti algo que llevaba planeando en círculos sobre tu vida desde el día en que naciste. Y por primera vez sientes lo que nunca habías sentido: la inminencia de tu muerte. Ahora ya no hay ninguna posibilidad de autoengaño. La paradoja que surgió con la consciencia se ha esfumado. Sólo queda el horror. Eso es lo que es real. Eso es lo único que siempre fue real, por muy irreal que pudiera parecer. Por supuesto, ocurren cosas malas, como todo el mundo sabe. Siempre han ocurrido y siempre ocurrirán. Forman parte del orden natural de las cosas. Pero no es así como lo entendemos. No es así como creemos que deberían ser las cosas para nosotros. Así es como creemos que las cosas no deberían ser.
¿Pero hubiéramos podido evitar este horror rechazando nuestra creencia en lo que debería ser y no debería ser, creyendo sólo en lo que es? No, no hubiéramos podido. Estábamos condenados a mantener esa creencia y a sufrir todo lo que nos amenaza fuera de ella. Lo que nos condenó (si se nos permite otra imperiosa repetición de este tema) fue la consciencia, madre de todos los horrores y autora de todo lo que creemos que debería ser y no debería ser. Aunque la consciencia nos sacó de nuestro coma en lo natural, todavía nos gusta pensar que, por muy alejados que estemos de las otras cosas vivientes, en esencia no estamos enteramente alienados de ellas. Intentamos encajar en el resto de la creación, viviendo y reproduciéndonos como cualquier otro animal o vegetal. No es culpa nuestra que nos hicieran como nos hicieron: experimentos de seres paralelos. No lo elegimos nosotros. No nos ofrecimos voluntarios para ser como somos. Podemos pensar que estar vivo está bien, sobre todo si se piensa en la alternativa, pero pensamos en ella lo menos posible, porque este simple pensamiento hace levantarse los espíritus de los muertos y todos los demás monstruos de la naturaleza.
Ninguna otra forma de vida sabe que está viva, ni sabe que morirá. Ésta es nuestra maldición exclusiva. Sin este maleficio sobre nuestras cabezas, nunca nos hubiéramos alejado de lo natural tanto como lo hemos hecho: tanto y durante tanto tiempo que es un alivio decir lo que hemos estado intentando con todas nuestras fuerzas no decir: hace mucho tiempo que no somos habitantes del mundo natural. Por todas partes nos rodean hábitats naturales, pero en nuestro interior anida el escalofrío de cosas alarmantes y horrendas. Para decirlo simplemente: no somos de aquí. Si desapareciéramos mañana, ningún organismo de este planeta nos echaría de menos. Nada en la naturaleza nos necesita. Somos como el Dios suicida de Mainländer. Nada le necesitaba tampoco a Él, y su inutilidad se transfirió a nosotros cuando reventó excluyéndose de la existencia. No tenemos nada que hacer en este mundo. Nos movemos entre cosas vivientes, todas esas marionetas naturales que no tienen nada en la cabeza. Pero nuestras cabezas están en otro lugar, un mundo aparte donde todas las marionetas existen no en medio de la vida sino fuera de ella. Somos esas marionetas, esas marionetas humanas. Las desviaciones de lo natural han girado a nuestro alrededor durante todos nuestros días. Las manteníamos a distancia, anormalidades que negábamos como elementos de nuestro ser. Pero fuera de nosotros no hay nada sobrenatural en el universo. Somos aberraciones: seres que nacen como muertos vivientes, ni una cosa ni la otra, o ambas cosas a la vez… cosas siniestras que no tienen nada que ver con el resto de la creación, horrores que envenenan el mundo sembrando nuestra locura por dondequiera que vamos, saturando la luz diurna y la oscuridad con obscenidades incorpóreas. Desde el otro lado de un abismo insondable, insuflamos lo sobrenatural en todo lo que es manifiesto. Flota como una bruma ligera a nuestro alrededor. Vivimos en compañía de fantasmas. Sus tumbas están marcadas en nuestras mentes, y nunca serán exhumados de los cementerios de nuestra memoria. Nuestros latidos están numerados, nuestros pasos contados. Mientras sobrevivimos y nos reproducimos sabemos que estamos muriendo en un rincón oscuro del infinito. Vayamos donde vayamos no sabemos lo que aguarda nuestra llegada, sino sólo que está ahí.
Con ojos que ven a través de un velo translúcido que reluce ante nosotros, miramos la vida desde el otro lado. Allí, algo nos acompaña a lo largo de nuestros días y noches como una segunda sombra que se proyecta en otro mundo y nos ata a él. Encadenados a lo sobrenatural, conocemos sus signos e intentamos amansarlos mediante la desensibilización y la ridiculización. Los estudiamos como símbolos, jugamos con ellos. Entonces los baña una luz extrañamente coloreada, y vuelven a ser reales: la calavera sonriente, la curva guadaña, la lápida mohosa, todas las criaturas oscuras de la tierra y el aire, todos los memento mori que hemos escondido en nuestro interior. Estos esqueletos nuestros, ¿cuándo saldrán y se mostrarán? Gimen cada vez más alto cada año que pasa. El tiempo pasa volando con prisa heladora. El niño que aparece en esa vieja foto, ¿es realmente una versión anterior de ti mismo, diciendo adiós con tu manita? La cara de ese niño no se parece nada a la cara que tienes ahora. Esa cara de niño se funde ahora en la negrura que hay detrás de ti, delante de ti, alrededor de ti. El niño agita la mano y sonríe y se desvanece mientras tu coche sigue derrapando hacia tu futuro bruscamente truncado. Adiós. Entonces aparece otra cara. Ha desplazado a la que estás acostumbrado a ver cuando tu retrovisor está torcido, como lo está ahora, y te encara. No puedes apartar la vista, porque la otra cara está iluminada como una luna llena, lo que te aterra y te fascina al mismo tiempo. Y nada en ella parece natural. Tiene un aire rígido, la cara de algo que asoma en una caja de juguetes. La cara sonríe, pero demasiado y durante demasiado tiempo para ser real. Y sus ojos no parpadean. La escena cambia a cada momento. Personas, lugares y cosas aparecen y desaparecen. Tú apareciste como esperaban otros pero no como elegiste tú. Y desaparecerás como si nunca hubieras existido, tras cumplir tu turno en este mundo. Siempre te dijiste que esta era la manera natural de las cosas y que podías acatarla porque pertenecías a la naturaleza… a la naturaleza MALIGNAMENTE INÚTIL, que te escupió como un pequeño gargajo de sus grandes pulmones.
Pero lo sobrenatural se adhirió a ti desde el principio, enquistando sus rarezas en tu vida mientras esperabas a que la muerte empezara a aporrear tu puerta. No ha venido a salvarte, sino a precipitarte en su horror. Quizá esperabas evitar este horror que presidía tu vida como una gárgola. Ahora descubres que no hay forma de evitarlo. Sólo te quedan segundos, cada uno de los cuales te estrangula un poco más. A tu alrededor se dicen ensalmos por todas partes. Han perdido su poder. Los vivos y los muertos farfullan dentro de ti. No les entiendes. Los sueños se vuelven más brillantes que los recuerdos. La oscuridad cae a paladas sobre los sueños.Esos ojos que no parpadean siguen brillando en el espejo, los ojos de esa cara que sonríe demasiado y durante demasiado tiempo. Y sientes que tu cara también sonríe, que tus ojos tampoco parpadean. El secreto que nunca quisiste saber se revela ahora en tu cabeza: que te hicieron como te hicieron y te manipularon para que te comportaras como te comportabas. Y a medida que el secreto se abre paso en tu cabeza, la sonrisa de esa cara del espejo se estira por las comisuras. Lo mismo hace la tuya, haciendo lo que le ordenan. Las dos caras sonríen a la vez con la misma sonrisa. Se ensancha hasta alcanzar proporciones demenciales. Al fin una voz largamente contenida grita: ¡Qué es esta vida! Pero sólo responde el silencio, burlándose de todas las esperanzas absurdas que alguna vez tuviste.
¿Y ahora qué? Ahora sólo queda esa sonrisa que se ensancha de modo antinatural: un gran abismo donde la negrura se funde con la negrura, nada. Luego la sensación de ser tragado. La historia ha terminado, el argumento está completo.
("La conspiración contra la especie humana", Thomas Ligotti)

miércoles, 10 de abril de 2019

Sobre la vida (Thomas Ligotti)

"¿Así que me pregunta si elegiría no haber nacido? Uno debe haber nacido para poder elegir, y la elección implica destrucción. Pero pregunte a mi hermano en esa silla de ahí. En realidad está vacía; mi hermano no llegó tan lejos. Aun así pregúntele, mientras viaja como el viento bajo el cielo, estrellándose contra la playa, olfateando la hierba, disfrutando de su fuerza mientras persigue su alimento vivo. [...] ¿Alguna vez le ha echado usted en falta? Mire a su alrededor una tarde en un tranvía atestado y pregúntese si permitiría que una lotería seleccionara a uno de los pasajeros agotados como el que usted traería a este mundo. Ellos no prestan atención cuando una persona se apea y dos suben. El tranvía sigue rodando" (Zapffe: “Fragmentos de una entrevista”, Aftenposten, 1959)

"La longevidad es sin duda un valor supremo en nuestras vidas, y encontrar un correctivo para la mortalidad es nuestro proyecto compulsivo. Todo vale con tal de alargar nuestra residencia terrenal. Y cómo se han visto recompensados nuestros esfuerzos. Ninguna necesidad de embutir nuestras vidas en dos o tres décadas ahora que podemos embutirlas en siete, ocho, nueve o más. La esperanza de vida de los mamíferos no domesticados no ha cambiado nunca, mientras que la nuestra ha aumentado a pasos agigantados. Qué golpe para la especie humana. Inconscientes de cuánto tiempo vivirán, otras formas de vida de sangre caliente son comparativamente unos haraganes. Es verdad que el tiempo se nos acabará como se les acaba a todas las criaturas, pero al menos podemos soñar que algún día podremos elegir nuestra fecha límite. Entonces quizá podremos todos morir de lo mismo: una hartura asesina de nuestra durabilidad en un mundo que es MALIGNAMENTE INÚTIL. [...]

La pregunta «¿Vale la pena vivir?» se ha formulado demasiadas veces. Este uso de «valer» suscita impresiones de un buen surtido de experiencias que son posiblemente deseables y valiosas dentro de unos límites y que pueden sucederse unas a otras de tal modo que sugiera que la vida no carece totalmente de valor. Con «inútil», los tenues espíritus de la deseabilidad y el valor no levantan la cabeza con la misma prontitud.

Naturalmente, la inutilidad todo lo que es o podría ser alguna vez está sujeta a los mismos repudios que la falta de valor de todo lo que es o podría ser alguna vez. Por esta razón se ha adjuntado a «inútil» el adverbio «malignamente» para darle un poco más de elasticidad semántica y una dosis de toxicidad. Pero para expresar de forma mínimamente adecuada el sentido de la inutilidad de todo haría falta una modalidad no lingüística, algún tipo de efusión surgida de un sueño que amalgamara toda la gradación de lo inútil y nos transmitiera sin palabras la inanidad de la existencia en cualquier circunstancia posible. Desprovistos como estamos de tales medios de comunicación, la inutilidad de todo lo que existe o podría posiblemente existir debe declararse con escasa potencia."

("La conspiracion contra la especie humana", Thomas Ligotti)

miércoles, 20 de febrero de 2019

Arcadi Espada y la antinatalidad

Enorme polémica en las redes por lo que escribió Arcadi Espada en un artículo ¡de 2013! acerca de traer al mundo niños con enfermedades graves. El artículo se titulaba “Un crimen contra la humanidad” y allí decía: “Si alguien deja nacer a alguien enfermo, pudiéndolo haber evitado, ese alguien deberá someterse a la posibilidad, no solo de que el enfermo lo denuncie por su crimen, sino de que sea la propia sociedad, que habrá de sufragar el coste de los tratamientos, la que lo haga”. La polémica ha resurgido porque en una entrevista con Risto Mejide en el programa “Chester” se le preparó a Arcadi Espada una encerrona con un padre de un niño con síndrome de Down y, ante una impertinencia de Mejide, Espada abandonó el plató.

Pero es que probablemente el crimen sea traer niños al mundo independientemente de su condición genética.  ¿Alguien ha leído el argumento de la asimetría que defiende David Benatar en su libro "Better Never To Have Been" (Mejor no haber existido nunca)? Dice más o menos así:

- El que no nace evidentemente no puede sufrir de ningún modo. No sufrirá mal o necesidad alguna ni tampoco sufrirá por ausencia de placer: no haber podido disfrutar de "una puesta de Sol" o alguna otra "migaja" emocional que nos haga obtener puntualmente dopamina y endorfinas. El que no nace no tiene cerebro y no puede sufrir en modo alguno: punto. 

- Por otra parte, el que nace ciertamente obtendrá "chutes" ocasionales de neurotransmisores que lo harán sentirse bien (placer), pero también necesariamente se verá constreñido a padecer en muchas ocasiones sufrimiento, necesidad y frustración debido al modo en que funciona nuestro (evolutivo) sistema neuroendocrino.

En resumen:

- El no nato no sufre males (lo que está bien) ni obtiene placeres (lo que no está ni bien ni mal, ya que un ser inexistente y sin cerebro no puede echar de menos ni lamentarse por no poder recibir dopamina). Por lo tanto, por un lado bien y por otro ni bien ni mal.

- El que nace, sin embargo, sufrirá de muchos males existenciales (lo que está mal) y de ocasionales sentimientos positivos (lo que está bien). Por lo tanto, por un lado bien y por otro mal.

Vemos que existe asimetría entre ambos casos, y en opinión de David Benatar el hecho de que el que no nazca no pueda sufrir mal alguno al contrario de lo que le ocurre al que nace convierte la natalidad en general en un acto inmoral en su conjunto. Traer hijos a la existencia (crear nuevos cerebros) supone traer dolor al mundo. Un dolor que sencillamente no existiría sin nuestro acto de procreación. 

Y no tener hijos (no crear cerebros) es el único modo de evitar cualquier tipo de mal, ya que no hay un "limbo" de fetos que vayan a lamentar con sus cerebritos ya formados no poder experimentar "puestas de Sol". La ausencia de placer no es un mal por mucho que lo queramos extrapolar de ese modo. En realidad es casi lo mismo que defiende Arcadi en su artículo sólo que llevado un paso más allá. No importa la cantidad de dolor que vaya a sufrir el que nazca (por enfermedad genética o lo que sea), sino el hecho de que nacer (sano o enfermo), SIEMPRE va acompañado de dolor sin importar la predisposición (genética). 

Porque además: ¿Cuánto dolor estadístico -previsible- es la cantidad moral aceptable para abortar? ¿Quién cuantifica el umbral de dolor por el que es o no moral tener hijos? ¿Y si el niño nace bien pero luego sufre un cáncer, o sufre depresiones, o muere en un accidente de coche? David Benatar piensa que la cantidad moral es cero...pero la única manera de lograr evitar el sufrimiento por completo es mediante la antinatalidad.

martes, 12 de febrero de 2019

Mejor no haber nacido y no tener hijos: la filosofía que defiende la extinción humana

Hoy nos hemos levantado con esta noticia en el diario El País: verne.elpais.com/verne/2019/02/11/articulo/1549898606_574493.html
En concreto se trata de un artículo de opinión donde se trata un movimiento filosófico bastante en boga últimamente: el antinatalismo. Ya el artículo señala que esta filosofía tiene una amplia trayectoria, pudiendo rastrearse su origen a grandes pensadores de la talla de Schopenhauer y Zapffe, aunque olvidan mencionar al que fuera discípulo de Schopenhauer: Philipp Mainländer, el cual fue realmente el primer antinatalista propiamente dicho. Por cierto que la obra de este gran autor tristemente ignorado se puede conseguir en castellano y merece mucho la pena su lectura (especialmente su cosmovisión metafísica de fondo).
Pero, ¿en qué consiste el antinatalismo?
Es siempre complicado pretender explicar en pocas palabras una corriente filosófica pero voy a intentar dar una somera aproximación utilizando parte de un reciente libro dedicado por entero a la defensa del antinatalismo: "Better Never To Have Been" (Mejor no haber existido nunca), del filósofo sudafricano David Benatar. En concreto, y siempre grosso modo (lo ideal, por supuesto es leer el libro completo), el autor resume y defiende lógicamente su propuesta mediante un argumento al que llama “la asimetría”:
"[...] la ausencia de dolor es un bien, pero la ausencia de placer no es ni un bien ni un mal. Es decir, alguien que nace puede que disfrute de placeres (bien), pero también sufrirá algún mal a lo largo de su vida (mal). En cambio, quien no nace ni sufrirá ningún mal (bien) ni disfrutará de ningún placer (ni bien, ni mal). El hecho de que la ausencia de placer no sea algo malo inclina la balanza en favor de no haber nacido".
En su opinión, si ahora todos nos pusieramos de acuerdo y de sopetón nadie decidiera traer nueva descendencia hasta que la humanidad se extinguiera por completo, no causaríamos con tal acto ningún mal a nadie, puesto que no se puede hacer daño a quien no existe (mucho menos arguyendo ausencia de placer). Por contra, el mero hecho de no tomar esta decisión social implica que nuevos seres vendrán al mundo, y que inevitablemente sufrirán de muchos males a lo largo de su leve y breve existencia. Esa es “la asimetría”. El que no nace evidentemente no puede sufrir por no haber nacido, ni por no haber podido disfrutar de una puesta de Sol, ni por ninguna otra "migaja" emocional que nos haga obtener dopamina. Mientras que el que nace necesariamente se verá constreñido a padecer sufrimiento, necesidad y frustración debido al modo en que funciona nuestro (evolutivo) sistema neuroendocrino.
¿Por qué tener hijos?
La pregunta del millón. El debate sobre esta cuestión podría llenar bibliotecas completas, pero hay una cosa incuestionable: quienes deciden ser padres solo siguen sus propios intereses (egoísmo). Y la decisión suele ser en la mayoría de los casos instintiva (es decir, no racional sino fruto de un deseo interno heredado sin duda de nuestro pasado evolutivo). Y es cierto que nadie puede preguntar a su descendencia si quiere nacer o no, pero sí es posible detenernos a pensar por qué tenemos hijos y si lo hacemos por ellos o por nosotros. Una profunda reflexión racional debería como poco hacer dudar a más apasionado pre-papa. Por tanto, antes de traer vida al mundo, qué menos que mantener un pequeño debate previo con nuestra pareja sobre: "¿por qué queremos tener hijos?". Si resulta que no encontramos más que inefables emociones y sentimientos irracionales (instintivos) quizás deberíamos replantearnos el asunto hasta tener algún argumento racional más sólido. Y peor aún si notamos que parte de nuestra vehemencia por ser padres esconde algún motivo claramente egoísta como por ejemplo que tengamos quien nos cuide cuando nos llegue la vejez o cosas por el estilo; entonces sí que deberíamos repensar muy mucho el tema.
Y tú, ¿por qué tienes o vas a tener hijos?

martes, 22 de enero de 2019

La incongruencia de ser padre

Cada vez que paso una mala noche cuidando a alguno de mis hijos me da por reflexionar en las horas muertas. Precisamente ayer fue noche de fiebres, y entre cabezada y cabezada no pude evitar preguntarme por el sentido de la paternidad. Es decir, que sí, todos queremos a nuestros hijos con toda el "alma" pero, ¿qué sentido tiene todo este sinvivir cuando sabemos que la guerra está perdida de antemano?
Quiera yo o no quiera, es un hecho que mis hijos, lo mismo que todos nosotros, vamos a morir tarde o temprano. Es como se suele decir, ley de vida. ¿Por qué entonces tanto afán y vehemencia por mantener a la prole lo más sana posible el máximo de tiempo posible? ¿Qué tendencia o impulso nos hace, como padres, luchar con tanta pasión en favor de una causa perdida?
Y espero que no se malinterprete la cuestión: es de perogrullo que todos queremos lo mejor para nuestros hijos; salud y vitalidad sin fin, y es evidente que esta necesidad es natural, perseverante e incluso deseable pero: ¿por qué nos vemos imbuidos instintivamente con tanto arrebato y entusiasmo en una tarea que racionalmente sabemos que es imposible lograr? Nada es para siempre y nuestros hijos en unas pocas décadas envejecerán y acabarán muriendo, repitiendo quizás el ciclo de la vida trayendo al mundo una nueva generación de personas.
Pues bien, objetivamente, desde la biología y la psicología evolucionista, la respuesta parece bastante clara: simplemente el instinto evolutivo es más fuerte y dominante que la reflexión racional. Por mucho que sepamos que criar niños es el equivalente a construir, esculpir, y mimar castillos de arena a la orilla de un mar mientras de reojo miramos el reloj sabiendo que la marea acabará por subir y arrasarlo todo...sencillamente no podemos actuar de otro modo. La razón es estéril en este sentido, y el amor hacia los nuestros sale a borbotones por nuestra piel no importa lo que diga el destino. Todo aquel que tenga hijos sabrá sin duda de lo que hablo.
Hace tiempo que en biología se habla sin tapujos del hecho de que todas las personas conformamos algo que se ha venido a denominar como "soma desechable". Nuestra genética (las instrucciones de ADN que indican el modo en que construir nuestro cuerpo o fenotipo) se transmite, mezcla y recombina en cada generación, pero el fenotipo en sí (el cuerpo material concreto que se ha formado con la recombinación de dos copias de este tipo de instrucciones), conforman un mero medio temporal con el que continuar retroactivamente el propio proceso de copia de instrucciones: en este sentido todos nosotros somos un soma (un vehículo material) encomendados evolutivamente con la "noble" (y simple) tarea de continuar con la réplica de estas moléculas de ADN...y luego nada más. Adiós, chao, abur...de vuelta a esa nada existencial de la que efímeramente salimos.
Así pues, a la vista de la propuesta del soma desechable, podemos afirmar sin miedo a equivocarnos que ese ímpetu y esa pasión que mueve y conmueve a cada padre a la hora de la crianza se debe explica desde el instinto evolutivo, y no desde la racionalidad. Porque la razón por supuesto entiende la incongruencia de atender con tanto cuidado a un cuerpo destinado desde el principio a la fatalidad de una pronta vejez y muerte (seis o siete décadas son apenas un pestañeo a escalas naturales); pero es que racionalmente no podemos hacer nada a favor o en contra de este hecho. Nuestra esencia evolutiva es la encargada de que todos nosotros sintamos sin remedio amor y devoción por nuestros retoños.
Como buenas máquinas de replicar genes que somos, es nuestro sino velar por esos castillos de arena (esos somas que literalmente han salido de nuestras entrañas). Y aunque todos sabemos que el tiempo se llevará irremediablemente por delante cada castillo hacia el olvido...el mandamiento instintivo que llevamos marcado a fuego en el cerebro nos expone claramente que eso no importa; que lo único importante es que el castillo aguante lo suficiente en pie como para que replique esas instrucciones que den a luz una nueva generación de constructores de castillos. Y así por los siglos de los siglos, mientras el planeta aguante.

martes, 15 de enero de 2019

El hombre visto como aparato reproductor


Muchos verán en esta noticia una representación de la voluntad (racional) humana por llevar la vida más allá de nuestro planeta, otros; quizás con mejor juicio, verán una clara muestra de cómo la propia vida se aprovecha de su actual mejor baza -el hombre-, para intentar colonizar otros mundos.
Nuestro antropocentrismo esencial nos hace tender a vernos al mando del timonel colonizador; pero en realidad, visto en perspectiva, bien parece que no somos mucho más que un mero medio con el cual la vida en sí misma trata de germinar más allá de la Tierra. La hipótesis de Gaia, que tan bien divulgó la bióloga Margulis, parece tomar fuerza: el hombre, en el fondo, y como parte del todo vital que es, culminará en ser una especie de aparato reproductor.
Y es que es muy probable que ningún ser humano como tal, dada nuestras enormes dependencias biológicas a un entorno terráqueo, colonice personalmente ningún planeta: posiblemente ni pisemos Marte; pero lo que sí lograremos, si la civilización aguanta en pie lo suficiente, es enviar al espacio con éxito pequeñas y resistentes "semillas" (quizás incluso un pequeño paquete de ADN sintético listo para "florecer" en cuanto caiga intencionadamente o por azar en algún planeta "habitable").
Por lo tanto sí, el Homo Sapiens Sapiens es posiblemente el mejor candidato que tiene Gaia para actuar a modo de mecanismo invasor de otros lugares del Universo. Podríamos ser candidatos a orgánulo encargado de desperdigar la vida por el espacio.

jueves, 27 de septiembre de 2018

Hormigas


-Buenos días, hormiga obrera: ¿qué hace usted hoy?

-Trabajar, por supuesto. Es necesario que todas las hormigas obreras trabajemos a diario para mantener y mejorar el estado social de nuestro hormiguero. Es importante, por ejemplo; que las hormigas soldado obtengan su sustento para que logren defendernos y mantener el orden interno, y también es necesario para que los servicios para con nuestra hormiga reina y toda su innumerable prole sea el mejor y más óptimo posible.

-Ya veo. ¿Y me podría explicar, señora hormiga, por qué exactamente cree que es tan importante que su hormiguero siga funcionando y que lo haga de manera óptima?

-Ummm...Bueno, es necesario que todo funcione con armonía y eficiencia para que nuestra prole logre crecer sana y pueda ayudar de este modo en el futuro sobre la continuidad de nuestra especie.

-No lo dudo, pero mi pregunta era más bien sobre cuál piensa usted que es la causa última que persiguen todas ustedes con esa vehemente lucha por la continuidad de la especie. Es indudable que todas sus hermanas comparten su mismo entusiasmo instintivo en deslomarse por el bien del conjunto del hormiguero pero no logro entender para qué cree que es útil vuestra propia existencia como tal.

-Me hace usted una extraña pregunta. Yo soy una hormiga obrera y mi deber es trabajar para que mi sudor sirva de apoyo al conjunto global de la complejidad social que me rodea. Sin embargo, es cierto que no conozco razón alguna que me haga comprender para qué puede servir esta encadenación de generaciones de hermanas hormigas. Yo sólo sé que siento la necesidad de actuar de este modo.

-¿Está entonces de acuerdo, querida obrera, en que su esfuerzo diario es algo que le surge instintivamente de su ser interno pero que no ve clara ninguna meta u objetivo concreto en que su hormiguero siga existiendo y funcionando? Es decir, ¿concuerda con la idea de que lucha con pasión por la mera existencia y supervivencia individual y comunal pero sin ver claro un fin objetivo útil en relación a vuestro propio ser como hormigas?

-Supongo que así es. A mí me gratifica trabajar y darme en lo posible al resto de mis hermanas, es un sentimiento que simplemente poseo y me sale de dentro. Necesito sentirme útil y saber que aporto al bien social común. Saber, en resumen, que ayudo dentro de mis posibilidades a que mis compatriotas puedan vivir del mejor modo posible. Pero también es cierto que no soy capaz de discernir un objetivo claro para nuestra propia existencia. Creo que en el fondo se trata de sobrevivir por sobrevivir, y punto.

-Le comprendo perfectamente, honesta hormiga. Afanarse por sobrevivir y punto, buena respuesta. Una última pregunta, por favor, no me gustaría interrumpirla mucho más de sus quehaceres diarios: si yo le dijese ahora mismo que por mucho que se esfuercen el destino de su hormiguero y el de su especie en general está condenado a desaparecer por motivos naturales insoslayables, ¿continuarían no obstante trabajando como lo hacen ahora mismo? ¿Les supone alguna diferencia conocer este fatal sino que asegura que el tiempo borrará del mundo todo rastro de vuestro esfuerzo pasado, presente y futuro?

-¡Claro que seguiremos trabajando y luchando! Somos hormigas y no importa lo que lleguemos a comprender sobre el mundo, el hecho es que nuestra satisfacción es actuar como lo que en esencia somos. Y no importa lo que nos depare el futuro ni nos importa que nuestra existencia no posea objetivamente un sentido en lo relativo a nuestro ser como hormigas: trabajaremos y trabajaremos hasta que la última de nuestras hermanas caiga rendida.

-Por supuesto, amiga. En cierto modo entiendo que son presas de su esencia natural: esclavas programadas evolutivamente por y para la supervivencia y la reproducción. Títeres dentro de un escenario natural indiferente a vuestro destino. Así que veo lógico que no puedan parar de trabajar, de procrear y de moverse en general, porque máquinas para realizar trabajo es en el fondo lo que son.

-Estoy de acuerdo. Pero no olvide que lo mismo se puede aplicar a su querida especie humana. En esencia ya sabe que material y mecánicamente no somos distintos en nada, y que incluso compartimos evolutivamente un lejano antepasado común.

-Lo sé, lo sé, no le quepa duda compañera. Lograr maximizar el trabajo neto y el flujo de movimiento es lo único que le importa al Universo, y para ello se vale de cualquier medio estructural. Nuestras especies son simplemente dos modelos naturales más de entre una infinidad de combinaciones posibles. El mundo en cierto sentido nos utiliza para este "fin" térmico, la única meta objetiva esencial con la que dirige y determina luego todo el fenómeno.

-Que así sea pues, humano. No hay nada que su especie o la mía puedan hacer al respecto a parte de acatar las órdenes que nos dicta nuestro ser. Dicho lo cual me marcho a continuar con mis labores. Me imagino que usted hará lo mismo.

-Claro que sí. Un abrazo, querida amiga.