miércoles, 4 de noviembre de 2026

El último Mesías (El ensayo de Peter Wessel Zapffe, reescrito con la ciencia de 2026)

El último Mesías

(El ensayo de Peter Wessel Zapffe, reescrito con la ciencia de 2026)

«No haber nacido supera toda cuenta.»

— Sófocles, Edipo en Colono, v. 1224

«No consigo persuadirme de que un Dios benéfico y omnipotente hubiera creado a propósito a los icneumónidos con la intención expresa de que se alimentaran dentro de los cuerpos vivos de las orugas.»

— Charles Darwin, carta a Asa Gray, 22 de mayo de 1860

Antes de empezar

En 1933, un jurista y alpinista noruego de treinta y tres años, Peter Wessel Zapffe, publicó en la revista Janus un ensayo de apenas una docena de páginas: «Den sidste Messias», El último Mesías. Es, probablemente, el texto pesimista más perfecto del siglo XX: una parábola, un diagnóstico de la especie, una taxonomía de las mentiras con que sobrevivimos y una profecía. Thomas Ligotti lo rescató para el gran público en La conspiración contra la especie humana (2010), y una serie de televisión acabó poniendo sus ideas en boca de un detective de Luisiana.

Pero el ensayo tiene más de noventa años, y se le notan. Zapffe escribió antes del ADN, antes de la neurociencia, antes de la cosmología moderna, antes del teléfono en el bolsillo. Su ciervo gigante murió aplastado por la cornamenta (no murió así). Sus «naturalezas primitivas» estaban más cerca del ideal biológico (no existen tales naturalezas, ni tal ideal). Sus mujeres eran menos dadas al pensamiento (una necedad de su época). Su cumbre de la distracción era la radio.

Lo que sigue no es una traducción ni una paráfrasis. Es un ejercicio de imitación: he intentado escribir el ensayo que creo que Zapffe habría escrito si hubiera vivido para leer la genética, la neurociencia, la psicología experimental, la termodinámica de los sistemas abiertos, la cosmología del universo acelerado y la demografía de un planeta que empieza a dejar de tener hijos. Conserva su arquitectura —la parábola del arquero, el diagnóstico, los cuatro mecanismos, la crítica de la civilización, la profecía— y conserva, sobre todo, su negrura. Donde la ciencia posterior le da la razón, le he dejado decirlo más fuerte. Donde se la quita, le he dejado enmendarse, que es lo que hace un pesimista honrado: no consolarse con errores. Las fórmulas son pocas, y están ahí para quien quiera comprobar que la negrura también tiene números.

A partir de aquí habla ese Zapffe imaginario, en primera persona, dirigiéndose a los lectores de hoy. Las fuentes de cada afirmación científica están al final, ordenadas por capítulos. El original puede leerse en inglés en Philosophy Now y en castellano, en la cuidada traducción de Carlos Javier González Serrano, en El vuelo de la lechuza.


I. El arquero junto al abrevadero

Una noche, en un tiempo tan remoto que ningún hueso lo recuerda —ningún fósil guarda el instante en que un cerebro se vuelve hacia sí mismo—, el hombre despertó y se vio.

Se vio desnudo bajo el cosmos, sin casa dentro de su propio cuerpo. Todo cuanto tocaba con el pensamiento se le deshacía entre las manos; maravilla sobre maravilla y horror sobre horror se le abrían por dentro como las galerías de una cueva que nadie había pintado todavía.

Entonces despertó también la mujer y le dijo que era hora de salir a matar. Él tomó el arco, primer contrato firmado entre la mano y el porvenir, y salió bajo las estrellas. Pero cuando las bestias bajaron al abrevadero, a la hora en que la costumbre las traía, ya no sintió en la sangre el salto del leopardo. Vio a la gacela doblar el cuello sobre el agua y vio, debajo de la piel, el mismo temblor que lo habitaba a él: el corazón que se desboca al menor crujido, la carne que no quiere ser abierta, la misma prisa por vivir un día más para nada. Y oyó, más alto que el viento en la hierba, un salmo inmenso sobre la hermandad del sufrimiento de todo cuanto respira.

Aquel día no volvió con presa. Cuando lo encontraron, a la luna nueva siguiente, seguía sentado junto al agua, muerto, con el arco intacto sobre las rodillas. Los buitres habían empezado por los ojos, que es por donde había empezado todo.

II. La cornamenta

¿Qué ocurrió aquella noche? Una grieta en la unidad misma de la vida. Una paradoja biológica, una abominación, un absurdo, una exageración de naturaleza catastrófica. Durante casi cuatro mil millones de años la vida había fabricado máquinas para durar y copiarse sin preguntarse nada, porque no había nadie que preguntara; y de pronto una de ellas levantó la cabeza y preguntó para qué. La vida había errado el tiro por exceso. Había armado a una especie con más de lo que una especie puede cargar: un arma como una espada sin empuñadura ni guarda, una hoja de doble filo que todo lo hiende; pero quien quiera blandirla tiene que agarrarla por el acero, y uno de los filos queda siempre vuelto hacia su propia palma.

La ciencia de vuestro tiempo sabe algo que en el mío apenas se intuía: que ese órgano no fue hecho para ver. Nada lo fue. La selección natural no premia la verdad ni el bienestar; premia la descendencia. Conserva los cerebros que dejan más copias de los genes que los construyen, y si una ilusión deja más copias que una certeza, la ilusión gana. Hay quien ha intentado demostrarlo con las matemáticas de la teoría de juegos evolutiva: en sus simulaciones, las percepciones afinadas a la utilidad derrotan una y otra vez a las percepciones afinadas a la verdad. No hace falta aceptar todas sus conclusiones para aceptar la premisa, que es de Darwin: el ojo es un instrumento de supervivencia, no de conocimiento. Que de cuando en cuando conozca es un efecto secundario. Aquella noche, junto al agua, el efecto secundario se volvió letal.

Ni siquiera la razón se libra de esta sospecha. Dos científicos cognitivos franceses, Hugo Mercier y Dan Sperber, han propuesto que razonar no evolucionó para descubrir lo verdadero, sino para ganar discusiones: para convencer a los demás y para vigilar que los demás no nos convenzan. Por eso razonamos con tanta agudeza contra las ideas ajenas y con tanta torpeza contra las propias. La espada sin empuñadura fue, en su origen, un arma de corral. El cerebro creció, según una de las hipótesis más influyentes, para lidiar con otros cerebros: para calcular alianzas, traiciones, rangos y deudas dentro del grupo. Quizá creció también para seducir, como la cola del pavo real: un anuncio caro y vistoso de buenos genes. Un órgano hecho para intrigar y para exhibirse fue el que, una noche, se puso a pensar en las estrellas, y no supo parar.

Y es un órgano carísimo. Pesa alrededor del dos por ciento del cuerpo adulto y consume en torno a la quinta parte de su energía en reposo: unos veinte vatios, una bombilla tenue que arde día y noche detrás de los ojos y que no se apaga ni durmiendo.

\[ \underbrace{\;2\,\%\;}_{\text{de la masa del cuerpo}} \;\longrightarrow\; \underbrace{\;\sim 20\,\%\;}_{\text{de su energía en reposo}} \]

En un niño de cuatro o cinco años la factura es monstruosa: su cerebro consume una cantidad de glucosa equivalente a dos tercios del metabolismo en reposo de todo su cuerpo, hasta el punto de que el crecimiento del resto se frena para poder pagarla. La infancia interminable, la dependencia absoluta, el parto desgarrador de una cabeza demasiado grande por una pelvis demasiado estrecha: todo eso es el precio de la lámpara.

Así que ahí está, con sus visiones, traicionado por el universo, lleno de asombro y de miedo. También la bestia conoce el miedo: en la tormenta, en la garra del león. Conoce incluso el duelo. Hay madres chimpancés que cargan durante semanas, en un caso más de dos meses, con el cadáver momificado de su cría; hay elefantes que se detienen largamente ante los huesos de los suyos. Pero la bestia no extrapola. Su duelo es una herida; el nuestro es una teoría. El hombre no teme a esto o a aquello: teme a la vida misma, a su propio ser. Para la bestia, la vida era sentir el juego de las fuerzas, calor y juego y pelea y hambre, y al final inclinarse ante la ley de su curso. En la bestia el sufrimiento se agota en sí mismo; en el hombre abre agujeros hacia un miedo al mundo y una desesperación de la vida.

Porque el hombre es el único animal conocido que viaja en el tiempo. Recorre su pasado y ensaya su futuro con una libertad que no se ha documentado en ninguna otra especie; los psicólogos lo llaman, con justicia, viaje mental en el tiempo. Hay en su cerebro una red de regiones que se enciende en cuanto la tarea calla —la red neuronal por defecto— y que, sin que nadie se lo pida, fabrica recuerdos, ensayos, escenas de lo que pudo ser y de lo que será. Cuando se ha preguntado a miles de personas, en momentos al azar de su jornada, qué hacían y en qué pensaban, casi la mitad de las veces —un cuarenta y siete por ciento— su mente estaba en otra parte; y en esas horas eran más infelices que cuando estaban en lo que hacían. Por eso, cuando el niño apenas se adentra en el río de la vida, ya oye crecer sobre el valle el rugido de la cascada de la muerte, cada vez más cerca, desgarrándole la alegría. Ese rugido no viene de fuera. Lo produce un circuito que se enciende solo.

Y entonces ve. Ve la Tierra respirar como un gran pulmón: cuando exhala, la vida brota deliciosa por todos sus poros y se estira hacia el sol; cuando inhala, un gemido de ruptura recorre la multitud y los cadáveres azotan el suelo como granizo. Vosotros podéis medir esa respiración. Más del noventa y nueve por ciento de todas las especies que han existido están extintas. Cinco veces la respiración se convirtió en estertor; al final del Pérmico desaparecieron más de ocho de cada diez especies del mar. Y no ve sólo su día: ve retorcerse ante sus ojos los cementerios, oye aullar contra él los lamentos de milenios hundidos desde formas espantosas en descomposición. Detrás de él marcha una procesión de más de cien mil millones de muertos de su propia especie, y, en el mundo del que procede, cerca de la mitad de los niños moría antes de llegar a la pubertad. Los sueños de las madres, vueltos tierra, no son una metáfora: son la mitad de la estadística.

El sufrimiento de miles de millones de seres humanos entra en él por la puerta de la compasión. Tampoco eso es ya una metáfora: ver sufrir a quien amamos enciende en nosotros parte de las mismas regiones que nuestro propio dolor —la ínsula anterior, el cíngulo anterior—, de modo que la puerta de la compasión es una vía nerviosa, y está abierta. En mi tiempo sólo daba a la aldea; en el vuestro da, a través de una pantalla, a ocho mil millones de vecinos y a todas sus guerras a la vez. Y de todo cuanto sucede se levanta una carcajada contra su exigencia de justicia, que es su principio de orden más profundo. El universo, consultado sobre la justicia, responde con estadística.

Se ve formarse en el vientre de su madre. Levanta la mano al aire: cinco ramas. ¿De dónde sale ese diabólico número cinco, y qué tiene que ver con mi alma? Hoy hay respuesta, y es peor que el misterio: de ninguna parte. Los primeros tetrápodos, en las aguas someras del Devónico, tenían seis, siete, ocho dedos; el cinco es lo que quedó tras una poda contingente, hace unos trescientos cincuenta millones de años, y lo que después custodió un puñado de genes reguladores que nadie eligió. Mi alma tiene cinco dedos por la misma razón por la que un río tiene meandros.

Ya no es evidente para sí mismo. Se toca el cuerpo con espanto: esto eres tú, hasta aquí llegas y no más allá. Pero ni siquiera eso es cierto. Lleva dentro aproximadamente tantas células bacterianas como células propias; casi cada una de sus células respira gracias a unas mitocondrias que fueron bacterias libres hace más de mil quinientos millones de años; y en torno a un ocho por ciento de su genoma son restos de virus que infectaron a sus antepasados y se quedaron a vivir. Lleva dentro una comida: ayer era un animal que podía correr; ahora lo disuelve y lo convierte en él. ¿Dónde empiezo y dónde acabo?

En ninguna parte. La física lo dice con una frialdad que mi siglo no tuvo: el cuerpo es una estructura disipativa, un remolino en una corriente de materia y energía que entra y sale, un patrón que sólo se sostiene mientras degrada un gradiente —la luz del Sol filtrada por las plantas, las plantas filtradas por los animales— y que se deshace en cuanto el flujo cesa. Su orden es un préstamo, y se paga en desorden:

\[ \Delta S_{\text{universo}} = \Delta S_{\text{cuerpo}} + \Delta S_{\text{entorno}} \;\geq\; 0 . \]

El cuerpo sólo puede ordenarse por dentro si desordena más por fuera. Vivir es ensuciar el mundo para mantenerse limpio un rato. Y el dolor, en ese motor, no es una avería: es el chirrido con que el mecanismo se avisa a sí mismo de que el préstamo vence.

Todas las cosas se encadenan en causas y efectos, y todo lo que quiere asir se disuelve ante el pensamiento que lo examina. Pronto ve la mecánica incluso en lo más entero y querido, en la sonrisa de su amada: el cigomático mayor que se contrae, el orbicular de los párpados que se pliega, el área tegmental ventral que libera dopamina cuando la mira. Y detrás de la sonrisa, el cálculo. Hamilton lo escribió en 1964 con una desigualdad que cabe en la uña de un pulgar:

\[ r\,B \;>\; C . \]

Un gen que mueve a su portador a sacrificarse prospera si el beneficio \(B\) que procura a un pariente, multiplicado por el parentesco \(r\) que los une, supera el coste \(C\) del sacrificio. El amor de una madre por su hijo es, en el libro de contabilidad de los genes, un medio multiplicado por un beneficio que excede un coste. Hay otras sonrisas, además, que se le parecen demasiado: la que el secado dibuja en la boca de los muertos, cuando los labios se retraen sobre los dientes.

Al final, los rasgos de las cosas no son más que sus propios rasgos. Nada existe sin él; toda línea apunta de vuelta hacia él; el mundo no es sino el eco espectral de su voz. La neurociencia lo dice hoy con menos poesía y más exactitud: lo que llamamos percibir es una predicción que el cerebro lanza contra el mundo y corrige con los errores que regresan —una alucinación controlada—; el rojo no está en la manzana, y el yo no está detrás de los ojos: es un modelo que el cerebro construye de sí mismo y que no puede reconocer como modelo. Salta gritando y quiere vomitarse sobre la tierra junto con su comida impura; siente acercarse la locura y quiere encontrar la muerte antes de perder incluso esa capacidad.

Pero ante la muerte inminente comprende también su naturaleza, y el alcance cósmico del paso que viene. Su imaginación creadora levanta nuevos panoramas espantosos detrás de la cortina, y ve que tampoco allí hay santuario. En 1933 era una intuición. Ahora es cosmología. Desde 1998 se sabe que la expansión del universo se acelera. Las estrellas dejarán de nacer dentro de unos cien billones de años; las últimas enanas se enfriarán; los agujeros negros se evaporarán uno a uno, los mayores en un tiempo del orden de \(10^{100}\) años; y después, nada que pueda llamarse acontecimiento: un baño helado y uniforme donde no queda gradiente que sostenga ni un pensamiento. Ésa es una puerta. La otra es peor. Si el universo es infinito y más o menos uniforme, como admiten muchos modelos, toda disposición finita de materia se repite: en algún lugar, a una distancia del orden de \(10^{10^{28}}\) metros, hay otro lector idéntico leyendo esta misma frase, y otro arquero sentado, muerto, junto a otro abrevadero. Y aun en un sistema finito, si dura lo bastante, la recurrencia que demostró Poincaré promete que todo estado vuelve. El frío sin fin o la repetición sin fin: la física moderna sólo ofrece dos puertas detrás de la muerte, y las dos dan a la misma habitación.

Ahora puede distinguir el contorno de sus condiciones biológico-cósmicas: es el prisionero indefenso del universo, mantenido en pie para caer en posibilidades sin nombre. Desde ese momento vive en un estado de pánico incesante.

Ese «sentimiento de pánico cósmico» es el eje de toda mente humana. La especie parece incluso condenada a perecer, en la medida en que toda conservación y continuación efectiva de la vida queda descartada cuando toda la atención y toda la energía del individuo se van en soportar, o en desviar, la catastrófica alta tensión de dentro.

La tragedia de una especie que se vuelve inepta para la vida por desarrollar en exceso una sola capacidad no es exclusiva del hombre. En la primera versión de este ensayo puse el ejemplo de ciertos ciervos prehistóricos que habrían sucumbido bajo el peso de sus cuernos. Debo corregirme, y la corrección es más negra que el error.

El ciervo gigante, Megaloceros giganteus —el mal llamado «alce irlandés»—, llevaba sobre el cráneo hasta tres metros y medio de envergadura y unos cuarenta kilos de hueso. Durante décadas se contó que una tendencia evolutiva ciega lo había empujado hacia cornamentas cada vez más absurdas hasta hundirlo. No fue así. En 1974 Stephen Jay Gould midió cráneos y astas y mostró que la cornamenta crecía con el cuerpo según una ley de potencias,

\[ y \;=\; a\,x^{b}, \qquad b>1, \]

exactamente la que cabía esperar en un ciervo de ese tamaño: no era un tumor de la evolución, era la corona que le correspondía, y servía —para exhibirse, para intimidar a los rivales, para convencer a las hembras—. El animal no se derrumbó bajo su adorno. Atravesó glaciaciones enteras. Llegó vivo al Holoceno: los últimos rebaños pastaban al pie de los Urales hace unos siete mil setecientos años, cuando en Mesopotamia ya se cultivaba el trigo.

¿Qué lo mató, entonces? Que el mundo dejó de poder pagarlo. Las astas de un ciervo se caen cada año y cada año vuelven a crecer: cada primavera el animal tenía que sacar calcio y fósforo de su pasto y de sus propios huesos para levantar una corona nueva. Mientras la vegetación fue rica, la cuenta salía. Cuando el clima cambió, cuando el pasto se empobreció y avanzaron los bosques cerrados —y quizá llegaron también los cazadores—, el adorno se convirtió en una deuda impagable. No lo mató el peso. Lo mató el precio.

Ésa es la imagen exacta del hombre, y es peor que la que yo di. Nuestra cornamenta también es alométrica, también fue probablemente seleccionada para impresionar a los otros, también se paga a diario. El cerebro no se cae en otoño, pero cada mañana, al despertar, tiene que reconstruir desde los cimientos el andamiaje que le permite no ver. Y también se paga con el entorno. Hace dos siglos que nuestra corona no se alimenta de pasto: se alimenta de luz solar fosilizada. Más de cuatro quintas partes de la energía primaria que sostiene esta civilización salen todavía de quemar carbón, petróleo y gas, es decir, del sol que cayó sobre bosques y mares hace cientos de millones de años. El ciervo gigante agotó el pasto del Holoceno temprano. Nosotros estamos agotando el del Carbonífero.

En los estados depresivos, la mente puede verse a imagen de esa cornamenta: con todo su esplendor fantástico, clavando contra el suelo a quien la lleva.

III. Los cuatro diques

¿Por qué, entonces, no se extinguió la humanidad hace mucho, en grandes epidemias de locura? ¿Por qué sólo un número bastante reducido de individuos sucumbe porque no soporta la tensión de vivir, porque el conocimiento le da más de lo que puede cargar?

La historia de la cultura, y la observación de nosotros mismos y de los demás, permiten la respuesta que di en 1933 y que hoy sostengo con laboratorio detrás: la mayoría aprende a salvarse limitando artificialmente el contenido de su conciencia.

Si el ciervo gigante, al ver empobrecerse el pasto, se hubiera partido a tiempo las puntas exteriores de la cornamenta, o hubiera aprendido a levantar cada primavera una corona más pequeña, habría durado algo más. Pero con fiebre y dolor constante, y contra su idea central, contra el núcleo de su peculiaridad, porque la mano de la creación lo había llamado a ser el gran portador de cuernos de las bestias salvajes. Lo que ganara en duración lo habría perdido en sentido, en grandeza de vida: una continuación sin esperanza, una marcha no hacia la afirmación sino a través de sus propias ruinas, una y otra vez reconstruidas; una carrera contra la voluntad sagrada de la sangre.

La identidad entre el propósito y la perdición es, para el ciervo gigante y para el hombre, la paradoja trágica de la vida. El último Megaloceros llevó la insignia de su linaje hasta el final, en devota afirmación. El ser humano se salva y sigue adelante. Practica —por extender una expresión conocida— una represión más o menos consciente de su dañino excedente de conciencia. Ese proceso es prácticamente constante durante nuestras horas de vigilia y actividad, y es requisito de la adaptación social y de todo lo que solemos llamar vida sana y normal.

Esta tesis ha tenido una descendencia que no llegué a conocer. En 1973 un antropólogo norteamericano, Ernest Becker, publicó La negación de la muerte, un libro entero sobre la idea de que la cultura humana es un dispositivo para no ver la muerte; murió de cáncer pocos meses después, y el Pulitzer le llegó cuando ya no podía recogerlo. Tres psicólogos sociales convirtieron su libro en un programa experimental, la teoría de la gestión del terror, y durante tres décadas cientos de experimentos parecieron mostrar que basta recordarle a alguien su propia muerte —un par de preguntas en un cuestionario— para que se aferre con más fuerza a su nación, a su fe y a su autoestima, y castigue con más dureza a quien las desafía. Debo añadir, por honradez, que en 2022 un gran esfuerzo coordinado de replicación, repartido entre diecisiete laboratorios y más de mil quinientos participantes, no logró reproducir el efecto clásico. Puede que el formulario sea un pico demasiado romo para un muro tan grueso; puede que la teoría exagerara. Mi tesis no descansa en ese experimento. Descansa en todo lo demás.

La psiquiatría trabaja, con buena razón práctica, sobre el supuesto de que lo sano y viable coincide con lo más alto en términos personales. Yo sostuve que la depresión, el «miedo a la vida», el rechazo del alimento, eran a menudo mensajes de un sentido más hondo e inmediato de la existencia, frutos amargos de una genialidad del pensamiento o del sentimiento. Aquí debo ser más preciso que entonces, porque la ciencia ha hecho su trabajo. Durante décadas se habló del «realismo depresivo»: la idea de que los deprimidos juzgan el mundo con más exactitud que los sanos. Los metaanálisis lo redujeron a un efecto pequeño, y una replicación cuidadosa de 2022 no lo encontró en absoluto. La depresión no es una ventana abierta: es otro cristal deformante, con su propia inflamación, su propio sueño roto, su propio cuerpo enfermo.

Esta enmienda no me reconcilia con nada. Al contrario. Si el sano mira a través de un cristal de color rosa y el melancólico a través de uno negro, no queda nadie mirando por una ventana. No hay en la especie un ojo desnudo. La verdad no es que el desesperado vea más, sino que nadie ve, y que unos sufren más que otros por no ver. La salud es una lente; la enfermedad es otra; el mundo no está en ninguna de las dos.

Y hay algo más que he aprendido de la psiquiatría evolucionista: el dolor, la ansiedad y el ánimo bajo no son averías del diseño, sino piezas del diseño. Randolph Nesse lo ha llamado el principio del detector de humo. Si no reaccionar ante un peligro real cuesta la vida y reaccionar ante uno imaginario sólo cuesta unas calorías, la alarma óptima debe saltar cuando

\[ p\;C_{\text{omisión}} \;>\; (1-p)\;C_{\text{falsa alarma}} , \]

y si el coste de la omisión es mil veces mayor que el de la falsa alarma, basta una probabilidad de una entre mil para que la alarma deba sonar. Es decir: una alarma bien diseñada tiene que equivocarse casi siempre. Así está tarado nuestro sufrimiento: barato para el gen, carísimo para quien lo padece. La naturaleza nos hizo miedosos por economía.

La totalidad de la vida que hoy vemos ante nosotros está envuelta, de lo más íntimo a lo más externo, en mecanismos represivos, sociales e individuales, rastreables hasta en las fórmulas más trilladas de la vida cotidiana. Aunque adoptan una variedad enorme de formas, parece legítimo distinguir al menos cuatro grandes clases, que naturalmente se dan en todas las combinaciones posibles: aislamiento, anclaje, distracción y sublimación. En noventa años no he encontrado una quinta. He encontrado, eso sí, que las cuatro se han industrializado.

Aislamiento

Por aislamiento entiendo la expulsión plenamente arbitraria de la conciencia de todo pensamiento y sentimiento perturbador o destructivo. («No hay que pensar, sólo sirve para confundirse», decía Engström.)

En mi tiempo esto era una observación clínica. En el vuestro tiene anatomía. Cuando en un laboratorio se pide a alguien que no recuerde algo que sabe, la corteza prefrontal lateral se activa y frena la actividad del hipocampo, y el recuerdo se debilita de verdad: el cerebro sabe olvidar a propósito. Pero el dique gotea. Quien se esfuerza en no pensar en un oso blanco acaba pensando en osos blancos más a menudo que quien nunca intentó evitarlos; lo reprimido regresa, y por eso la represión tiene que repetirse sin descanso, como el achique de un barco que hace agua.

Hay variantes más finas. El sesgo optimista: alrededor de cuatro de cada cinco personas se creen menos expuestas que la media al cáncer, al divorcio o al accidente, cosa aritméticamente imposible. La evitación de información: no hacerse la prueba, no abrir el sobre, no mirar el extracto. La economía ha tenido que inventar un nombre técnico para el avestruz.

Una variante perfecta y casi embrutecedora se da entre ciertos médicos, que para protegerse no ven de su oficio más que el aspecto técnico. Puede degenerar en puro gamberrismo, como entre matones y estudiantes de anatomía, donde toda sensibilidad hacia el lado trágico de la vida se extirpa por medios violentos: los chistes de la sala de disección, los apodos con que se bautiza a los cadáveres.

Pero el gran aislamiento de vuestro siglo no es psicológico: es arquitectónico. La muerte se ha mudado de casa. En 1933 se moría en la cama propia, delante de los niños; hoy, en los países ricos, se muere sobre todo en hospitales y residencias, detrás de una cortina, con el tanatorio concertado de antemano. Un historiador francés, Philippe Ariès, la llamó la muerte prohibida: la que se oculta como antes se ocultaba el sexo. Y también el abrevadero se ha amurallado. Aquel arquero murió de compasión por una gacela. Nosotros matamos cada año más de ochenta mil millones de animales terrestres para comer, y más de un billón de peces, sin oír un solo balido: los mataderos no tienen ventanas. Nunca en la historia se había abierto tanta carne sensible con tan poco ruido. El salmo de la hermandad del sufrimiento sigue sonando. Sólo que lo hemos insonorizado.

En la convivencia diaria, el aislamiento se manifiesta como un código general de silencio mutuo. Primero con los niños, para que no los espante de golpe la vida que acaban de empezar y conserven sus ilusiones hasta que puedan permitirse perderlas; a cambio, los niños no deben molestar a los adultos con recordatorios inoportunos del sexo, del retrete o de la muerte. Entre adultos rigen las reglas del «tacto». En mi tiempo el mecanismo se veía al desnudo cuando la policía retiraba de la calle a un hombre que lloraba. Hoy no hace falta la policía: los transeúntes bajan la vista a la pantalla, y el hombre que llora queda solo en mitad de una multitud que no lo ve. O, peor, que lo graba.

Anclaje

El mecanismo del anclaje sirve también desde la primera infancia: los padres, la casa, la calle se vuelven evidentes para el niño y le dan seguridad. Esa esfera es la primera, y quizá la más feliz, protección contra el cosmos que llegamos a conocer en la vida.

En 1933 se discutía si ese «apego infantil» tenía o no un fondo sexual. Hoy se sabe que es más antiguo que nuestra especie y más fuerte que el hambre. En los años cincuenta, Harry Harlow separó de sus madres a crías de macaco y les ofreció dos sustitutas: una de alambre que daba leche y otra de trapo que no daba nada. Las crías iban al alambre a comer y volvían corriendo a abrazarse al trapo; cuando se las asustaba, era al trapo adonde huían. El ancla precede al pan. John Bowlby y Mary Ainsworth hicieron de ello una teoría: el niño sólo explora el mundo si lleva una cuerda atada a una base segura, y sin ella se paraliza o se rompe.

Cuando el niño descubre después que esos puntos fijos son tan «arbitrarios» y «efímeros» como cualesquiera otros, atraviesa una crisis de confusión y angustia y busca enseguida otro anclaje: «El año que viene empiezo en el instituto». Más tarde serán la carrera, el piso, la jubilación. Si la sustitución falla, la crisis puede tomar un curso fatal, o producirse lo que llamé espasmo de anclaje: uno se aferra a valores muertos y oculta como puede, a sí mismo y a los demás, que ya no sirven, que está espiritualmente en bancarrota. El resultado es inseguridad duradera, sentimientos de inferioridad, sobrecompensación, desasosiego.

Veintiún años después de escribir eso, tres psicólogos se infiltraron en un pequeño grupo de creyentes de los alrededores de Chicago que esperaba el fin del mundo para el 21 de diciembre de 1954. El mundo no se acabó. Los creyentes más comprometidos no abandonaron la fe: la redoblaron, y por primera vez salieron a la calle a hacer proselitismo. Leon Festinger lo contó en Cuando la profecía falla y, un año después, convirtió el mecanismo en teoría bajo un nombre que haría fortuna: disonancia cognitiva. Es el nombre técnico del espasmo de anclaje. Cuando el ancla deja de sujetar, se aprieta la cadena.

El anclaje puede describirse como la fijación de puntos dentro del oleaje líquido de la conciencia, o como la construcción de muros a su alrededor. Suele ser inconsciente, pero puede ser del todo consciente (uno «se fija una meta»). Los anclajes útiles para la sociedad se reciben con simpatía; quien «se sacrifica por completo» por su anclaje —la empresa, la causa— es idolatrado: ha levantado un poderoso bastión contra la disolución de la vida, y los demás se benefician por sugestión de su fuerza. En forma embrutecida y deliberada aparece entre los vividores «decadentes» de todas las épocas. En la mía decían: «Hay que casarse a tiempo, y luego las ataduras vienen solas». En la vuestra se dice: «Hay que firmar la hipoteca cuanto antes». Uno se compromete a pagar durante treinta años, y ya tiene un sentido: pagar. Se expone a un mal evidente desde su propio punto de vista, pero obtiene un calmante para los nervios, un recipiente de altas paredes para una sensibilidad cada vez más tosca. Ibsen retrató en El pato silvestre dos casos floridos de «mentira vital», Hjalmar Ekdal y Molvik; su anclaje no se distingue del de los pilares de la sociedad más que en su improductividad económica.

Toda cultura es un gran sistema redondeado de anclajes, construido sobre firmamentos fundamentales, las ideas culturales de base. El hombre corriente se conforma con los firmamentos colectivos; la personalidad está construyéndose el suyo; el carácter ha terminado su construcción, más o menos apoyada en los grandes firmamentos heredados: Dios, la Iglesia, el Estado, la moral, el destino, la ley de la vida, el pueblo, el porvenir. En vuestro tiempo la lista ha cambiado de nombres, pero no de función: el progreso, el crecimiento, la nación, la salud, la ciencia convertida en consuelo, la identidad, el propósito, la marca personal. Cuanto más cerca de los firmamentos principales está un elemento portante, más peligroso es tocarlo, y para protegerlo se levantan códigos penales y amenazas de proceso: la inquisición de cada época, su censura, su linchamiento.

Pero el ancla más profunda es una que en 1933 no supe ver, porque estaba atado a ella. Es el yo. Un filósofo alemán de la mente, Thomas Metzinger, ha sostenido con argumentos neurocientíficos que lo que llamamos «yo» es un modelo que el cerebro construye de sí mismo, y que ese modelo es transparente: no puede verse como modelo, igual que un cristal limpio no se ve. Por eso nadie se siente anclado al yo. Uno siente que es el yo. Es el anclaje perfecto, el que se confunde con el barco.

La capacidad portante de cada segmento depende de que su naturaleza ficticia no haya sido descubierta todavía, o de que se lo reconozca como necesario a pesar de todo. Por eso tantos padres sin fe siguen bautizando a sus hijos y mandándolos a la catequesis: no conocen otra manera de introducirlos en las formas sociales de respuesta. Cuando la gente descubre la ficción o la redundancia de los segmentos, se esfuerza por sustituirlos por otros nuevos («la duración limitada de las Verdades»), y de ahí fluye toda la lucha espiritual y cultural que, junto con la competencia económica, forma el contenido dinámico de la historia universal.

El ansia de bienes materiales —de poder— no se explica tanto por los placeres directos de la riqueza, puesto que nadie puede sentarse en más de una silla ni comer más allá del hartazgo. El valor de una fortuna para la vida está en las abundantes oportunidades de anclaje y distracción que ofrece a su dueño. Los economistas lo han medido. El bienestar emocional crece con el ingreso, pero cada vez más despacio: hace falta multiplicar el dinero para sumar un poco de dicha, y para la quinta parte más infeliz de la población deja de crecer en torno a los cien mil dólares anuales. Lo que se compra con lo demás no es placer: es posición, y la posición sólo se tiene si otro no la tiene.

Tanto para los anclajes colectivos como para los individuales, cuando un segmento se rompe sobreviene una crisis, tanto más grave cuanto más cerca está ese segmento de los firmamentos principales. En los círculos interiores, protegidos por las murallas exteriores, esas crisis son diarias y casi indoloras (las «decepciones»); se ve incluso un juego con los valores de anclaje: el ingenio, la jerga, el alcohol. Pero en ese juego puede abrirse por accidente un agujero hasta el fondo, y la escena pasa en un instante de lo eufórico a lo macabro. El espanto de ser nos mira entonces a los ojos, y en un golpe mortal percibimos cómo las mentes cuelgan de hilos que ellas mismas han hilado, y que debajo acecha un infierno.

Los firmamentos fundamentales rara vez se sustituyen sin grandes espasmos sociales y riesgo de disolución completa: reforma, revolución. En esos tiempos los individuos quedan cada vez más abandonados a sus propios recursos de anclaje, y el número de fracasos aumenta: depresiones, excesos, suicidios. Yo puse como ejemplos a los oficiales alemanes tras la guerra y a los estudiantes chinos tras la revolución. Hoy tengo un ejemplo mejor medido. En el país más rico del mundo, a comienzos de este siglo, la mortalidad de los blancos de mediana edad sin título universitario empezó a subir, cosa insólita en un país desarrollado en tiempo de paz. Morían por el alcohol, por sobredosis y por suicidio. Dos economistas de Princeton, Anne Case y Angus Deaton, dieron a esas muertes un nombre exacto: muertes por desesperación. Habían perdido a la vez el trabajo estable, el sindicato, la parroquia, el matrimonio, el pueblo: todos los firmamentos de golpe.

Otro defecto del sistema es que los distintos frentes de peligro exigen a menudo firmamentos muy diferentes. Como sobre cada uno se levanta una superestructura lógica, chocan modos de sentir y de pensar inconmensurables, y por las grietas entra la desesperación. Entonces una persona puede verse poseída por una alegría destructiva y empezar, con horror extático, a desmontar todo el aparato artificial de su vida, a barrerlo entero. El horror viene de la pérdida de todos los valores que daban cobijo; el éxtasis, de su identificación ya despiadada con el secreto más hondo de nuestra naturaleza: la insania biológica, la disposición permanente a la ruina.

Amamos los anclajes porque nos salvan, y los odiamos porque limitan nuestro sentido de la libertad. Cuando nos sentimos con fuerzas, disfrutamos yendo juntos a enterrar con pompa un valor caducado; los objetos materiales adquieren entonces un sentido simbólico, y derribamos estatuas con el mismo entusiasmo con que las levantamos. Y cuando un ser humano ha eliminado los anclajes que él mismo ve, y sólo le quedan los inconscientes, se llama a sí mismo personalidad liberada. Hoy dice que por fin es auténtico, y lo anuncia en una red social.

Distracción

Un modo de protección muy popular es la distracción. Se limita la atención a los bordes críticos llenándola sin pausa de impresiones. Es típico desde la infancia: sin distracción, el niño es insoportable incluso para sí mismo. «Mamá, ¿qué hago?». Una niña inglesa que visitaba a sus tías noruegas salió de su cuarto preguntando: «¿Y ahora qué pasa?». Las niñeras alcanzan el virtuosismo: «¡Mira, un perrito! ¡Mira, están pintando el palacio!».

En 1933 escribí que el fenómeno era demasiado familiar para requerir demostración. Me equivoqué: la requería, y ya la tiene. En 2014 un grupo de psicólogos de las universidades de Virginia y Harvard dejó a voluntarios solos en una habitación desnuda durante quince minutos, sin teléfono, sin libro, sin otra compañía que sus pensamientos y un botón que les daba una descarga eléctrica que, poco antes, habían declarado que pagarían por no recibir. Dos de cada tres hombres y una de cada cuatro mujeres se aplicaron al menos una descarga voluntariamente; uno de ellos, ciento noventa veces. Preferimos el dolor físico a quedarnos un cuarto de hora a solas con lo que somos. No conozco frase más exacta sobre la condición humana que esa tabla de resultados.

Escribí también que las mujeres, menos dadas por lo general al pensamiento, preferían la distracción. Era una necedad de mi tiempo y la retiro sin ceremonia. La distracción no tiene sexo; tiene enchufe.

La distracción es, por ejemplo, la táctica vital de la «alta sociedad». Puede compararse con una máquina voladora: hecha de material pesado, pero dotada de un principio que la sostiene en el aire mientras se aplica. Tiene que estar siempre en movimiento, porque el aire sólo la sostiene un instante. El piloto puede amodorrarse por costumbre, pero en cuanto el motor falla la crisis es aguda. Lo que en mi tiempo era privilegio de la alta sociedad es en el vuestro derecho universal, y viene de serie en el bolsillo. Habéis construido por fin el motor que no se detiene nunca. El usuario medio de internet pasa más de seis horas y media al día conectado. El pulgar baja y la pantalla, como las niñeras de aquella niña inglesa, responde cada vez: «¡Mira, un perrito! ¡Mira cómo arde aquel bosque!». La recompensa llega según un programa de refuerzo variable, el mismo que Skinner demostró más eficaz para que la paloma no deje nunca de picotear el botón.

Y habéis conseguido algo que yo creía imposible: convertir en distracción la propia conciencia de la catástrofe. El clima que se desarregla, la guerra, la extinción de las especies desfilan entre un vídeo de gatos y un anuncio de zapatillas, con el mismo formato, a la misma velocidad, y dejan el mismo poso: ninguno. El apocalipsis ha quedado domesticado como entretenimiento. El abismo ya no hace falta reprimirlo; basta con deslizarlo hacia arriba.

La táctica es a menudo del todo consciente. La desesperación puede habitar justo debajo y romper a borbotones, en un sollozo repentino. Cuando se agotan todas las opciones de distracción llega el spleen, que va desde la indiferencia leve hasta la depresión fatal.

Uno de los males considerables del encarcelamiento es la privación de casi todas las opciones de distracción. Y como también son pobres las condiciones para liberarse por otros medios, el preso tiende a permanecer muy cerca de la desesperación. Hoy el derecho internacional me da la razón con una precisión casi burocrática: las Reglas Mínimas de las Naciones Unidas para el Tratamiento de los Reclusos —las Reglas Nelson Mandela, de 2015— prohíben el aislamiento solitario de más de quince días consecutivos y lo cuentan entre los tratos crueles, inhumanos o degradantes. En los experimentos de privación sensorial de la Universidad McGill, en los años cincuenta, bastaban unas horas o pocos días de gafas translúcidas, guantes y zumbido constante para que estudiantes sanos empezaran a ver cosas que no estaban. Dejar a un hombre a solas con su mente es, oficialmente, un trato cruel.

La muerte como salida: una enmienda

Los casos puros de pánico vital son seguramente raros, porque los mecanismos protectores son refinados, automáticos y casi incesantes. Pero incluso el terreno vecino lleva la marca de la muerte: la vida es allí apenas sostenible, y a fuerza de grandes esfuerzos.

En la primera versión de este ensayo escribí en este punto dos frases sobre el suicidio que hoy retiro. No por piedad —este ensayo no la tiene—, sino por exactitud, que es la única virtud que un pesimista puede permitirse. Yo creía que quien se quita la vida en la desesperación ve más que los demás: que en él el excedente de conciencia ha roto al fin todos los diques. La ciencia de los últimos noventa años dice lo contrario. Edwin Shneidman, que dedicó la vida a estudiar estas muertes, describió el rasgo central de la mente en crisis suicida: la constricción. No es una conciencia desbordada, sino estrangulada; un túnel en el que el mundo se estrecha hasta una sola salida y todo lo demás desaparece. Es exactamente lo contrario del exceso que describo en este ensayo. Y suele ser transitorio. En un estudio con supervivientes de intentos casi mortales, uno de cada cuatro había tardado menos de cinco minutos entre la decisión y el acto. De los más de quinientos hombres y mujeres a los que se impidió saltar del puente Golden Gate entre 1937 y 1971, más del noventa por ciento seguían vivos décadas después o habían muerto de causas naturales. El túnel suele abrirse. Quien sale de él no ha retrocedido hacia la ignorancia: ha recuperado el campo de visión.

Incluso la prensa, a la que acusé de servir al mecanismo de ocultación con sus «se cree que la reciente caída del precio del trigo…», resultó tener razón sin saberlo. Cuando los periódicos describen con detalle una de estas muertes, otras la imitan en las semanas siguientes: el efecto Werther. Cuando cuentan la historia de alguien que atravesó la crisis y siguió vivo, las muertes disminuyen: el efecto Papageno. La ocultación, ese mecanismo que desprecio, salva vidas que pueden contarse. Lo anoto sin alegría y sin reservas.

Mi pesimismo no se debilita con esta enmienda; se afina. Un filósofo sudafricano, David Benatar, trazó en 2006 la distinción que a mí me faltó: no es lo mismo una vida que no merecía empezar que una vida que no merece continuar. Quien ya existe tiene intereses, vínculos, proyectos, un cuerpo que se defiende y otros cuerpos que sangrarían con el suyo; cortar todo eso no equivale a no haberlo empezado. Mi diagnóstico no va contra el que vive. Va contra el acto de comenzar. El último Mesías, cuando venga, no pedirá a nadie que muera. Pedirá algo mucho más difícil: que no se convoque a nadie más.

El anhelo

Sólo una parte limitada de la humanidad puede conformarse con meros «cambios», sean de trabajo, de vida social o de diversión. La persona cultivada exige conexiones, líneas, una progresión en los cambios. Nada finito satisface a la larga: uno avanza siempre, acumula conocimientos, hace carrera. El fenómeno se conoce como «anhelo» o «tendencia trascendental». Cada vez que se alcanza una meta, el anhelo sigue adelante; su objeto no es la meta, sino el alcanzarla: la pendiente de la curva que representa la vida, no su altura absoluta. El ascenso de soldado a cabo puede procurar una experiencia más valiosa que el de coronel a general.

Esa frase la escribí en 1933. En 1997, tres neurocientíficos —Wolfram Schultz, Peter Dayan y Read Montague— publicaron que las neuronas dopaminérgicas del mesencéfalo de un mono no responden a la recompensa, sino a la diferencia entre la recompensa recibida y la esperada:

\[ \delta_t \;=\; r_t \;+\; \gamma\,V(s_{t+1}) \;-\; V(s_t) . \]

Cuando el zumo llega por sorpresa, las neuronas disparan. Cuando el mono aprende que llegará, dejan de disparar ante el zumo y disparan ante la señal que lo anuncia. Cuando la señal promete y el zumo no llega, se silencian por debajo de su ritmo basal: un pequeño luto químico. La dicha no está en \(r\), en lo que se tiene, sino en \(\delta\), en la sorpresa; y la sorpresa, por definición, se gasta, porque todo lo que se repite pasa a ser esperado y lo esperado deja de contar. Mi «ley psicológica fundamental» tiene ahora ecuación, y la ecuación es una condena: el aparato que nos hace desear está construido para no poder quedar satisfecho. Los psicólogos lo llaman cinta de correr hedónica: corremos para quedarnos en el mismo sitio. Todo fundamento de «optimismo progresivo» queda abolido por esta ley.

El anhelo humano no está marcado sólo por un «tender hacia», sino también por un «huir de». Y si usamos la palabra en sentido religioso, sólo vale la segunda descripción. Nadie ha sabido nunca con claridad qué anhela; pero todos han sabido con el corazón de qué anhelan alejarse: del valle terrenal de lágrimas, de su propia condición insoportable. Si la conciencia de este trance es el estrato más profundo del alma, como he sostenido, se entiende que el anhelo religioso se sienta como fundamental. La ciencia cognitiva de la religión añade hoy un detalle cruel. Propone que los dioses son subproductos de sistemas mentales hechos para otra cosa: de un detector de agentes hiperactivo, calibrado —otra vez el detector de humo— para ver un depredador detrás de cada rama que cruje. Dios sería la falsa alarma más duradera de la especie: el león que nunca estuvo detrás de la hierba, y al que se le levantaron catedrales. Y la esperanza de que ese anhelo sea un criterio divino que lleva dentro la promesa de su cumplimiento queda, a esta luz, bajo una claridad verdaderamente melancólica.

Sublimación

El cuarto remedio contra el pánico, la sublimación, es cosa de transformación más que de represión. Mediante dones estilísticos o artísticos, el dolor mismo de vivir puede convertirse a veces en experiencias valiosas. Los impulsos positivos se apoderan del mal y lo ponen a su servicio, agarrándose a sus aspectos pictóricos, dramáticos, heroicos, líricos o incluso cómicos.

Pero, salvo que el peor aguijón del sufrimiento esté embotado por otros medios, o se le niegue el gobierno de la mente, ese aprovechamiento es improbable. El alpinista no disfruta de la vista del abismo mientras el vértigo lo ahoga; sólo cuando el vértigo está más o menos vencido la disfruta: anclado. Sé de lo que hablo; he pasado media vida colgado de una cuerda en las paredes del Stetind. Los psicólogos lo llaman hoy masoquismo benigno: disfrutamos del picante que quema, de la película que nos hace llorar, del miedo en la montaña rusa, porque el cuerpo da la alarma y la mente sabe que no hay peligro. El placer vive en la distancia entre la alarma y el peligro. La tragedia es una montaña rusa para el alma, y sólo funciona si uno está bien atado al asiento.

Para escribir una tragedia hay que liberarse en alguna medida del sentimiento trágico —traicionarlo— y contemplarlo desde un punto de vista externo, por ejemplo estético. Hay aquí, dicho sea de paso, ocasión para el más salvaje baile en corro a través de niveles irónicos cada vez más altos, hacia un círculo vicioso de lo más embarazoso. Uno puede perseguir a su propio ego por numerosas moradas y disfrutar de la capacidad de las distintas capas de la conciencia para disiparse unas a otras.

El presente ensayo es un intento típico de sublimación. Su autor no sufre: está rellenando páginas que se publicarán en una pantalla, donde alguien contará las visitas. Y ni siquiera hace falta ya que el autor exista. Una máquina que no ha sufrido nunca puede hoy redactar con soltura el lamento entero de la especie —ha leído todos nuestros lamentos—, y quizá lo esté haciendo ahora mismo. La sublimación se ha automatizado: el dolor humano se ha convertido en materia prima para que lo transforme algo que no duele.

Las redes han democratizado además una forma menor de sublimación que en mi tiempo tenía su sede en el salón parroquial: hoy cualquiera puede convertir su pena en un relato con audiencia y obtener de ella lo único que la sublimación promete, que es significado.

Con todo, la sublimación parece el más raro de los medios protectores que aquí he enumerado.

IV. Ni Edén ni salida

¿Pueden las «naturalezas primitivas» renunciar a estos calambres y cabriolas y vivir en armonía consigo mismas, en la serena dicha del trabajo y del amor? Así lo pregunté en 1933, con un vocabulario de mi época que hoy me avergüenza, y respondí que no. Hoy respondo con más firmeza y menos desprecio: no hay «naturalezas primitivas». Los cazadores-recolectores que la antropología ha estudiado tienen el mismo cerebro que un notario de Oslo y el mismo excedente de conciencia. No hay pueblo que esté «más cerca del maravilloso ideal biológico», porque todos los pueblos humanos conocidos despiden ritualmente a sus muertos, cuentan qué ocurre después, temen a los espíritus y castigan al que rompe los tabúes. Es decir: todos tienen anclajes. El mecanismo es de la especie, no de la civilización.

Y es antiguo. Hace unos setenta y ocho mil años, en una cueva de la costa de Kenia, Panga ya Saidi, alguien enterró a un niño de unos tres años encogido sobre un costado, envuelto quizá en un sudario, con la cabeza apoyada sobre algo que pudo ser una almohada. Los arqueólogos lo llaman Mtoto, que en suajili significa «niño». Es el entierro humano más antiguo que se conoce en África. Alguien, setenta y ocho mil años antes de este texto, no pudo soportar dejar a su hijo para las hienas. La herida ya estaba abierta. El dique ya se estaba construyendo.

Tampoco hubo Edén anterior. El «maravilloso ideal biológico» que yo oponía a nuestra desdicha era una ilusión de hombre de ciudad. Darwin lo había visto mejor que yo, en una carta de 1860 a un amigo botánico: no conseguía creer que un Dios bueno hubiera creado a propósito a las avispas que depositan sus huevos dentro de orugas vivas para que las larvas las devoren desde dentro. En casi todas las especies, casi todos los individuos que nacen mueren pronto: de hambre, de frío, de enfermedad, devorados. Una hembra de bacalao suelta varios millones de huevos en una temporada; si la población no crece, en promedio sólo dos de sus descendientes llegarán a reproducirse:

\[ \begin{aligned} P(\text{reproducirse}) &\;\approx\; \frac{2}{N_{\text{huevos}}} \\ &\;\approx\; \frac{2}{5\times10^{6}} \;=\; 4\times10^{-7}. \end{aligned} \]

Uno entre dos millones y medio. Todo lo demás es alimento, o nada. Ése es el ideal biológico: no un jardín, sino una trituradora que funciona con lo que tritura.

Ni siquiera puedo decir ya, como dije, que en la bestia el sufrimiento se agota en sí mismo, como si eso lo hiciera menor. En 2024 decenas de científicos firmaron en Nueva York una declaración: hay un fuerte respaldo científico para atribuir experiencia consciente a los mamíferos y a las aves, y al menos una posibilidad realista de que la tengan todos los vertebrados —reptiles, anfibios, peces— y muchos invertebrados, incluidos pulpos, cangrejos e insectos. El salmo que oyó el arquero era cierto, y era más ancho de lo que él podía oír: no hablaba de una gacela, sino de billones.

Si a pesar de todo hemos salvado a la mayoría en cada tormenta, ha sido gracias a los lados de nuestra naturaleza que están sólo modesta o moderadamente desarrollados. Esa base positiva —porque la protección sola no puede crear vida, sólo impedir que se desmorone— hay que buscarla en el despliegue naturalmente adaptado de la energía del cuerpo y en las partes biológicamente útiles del alma, sometidas a las penurias que nacen precisamente de los límites de los sentidos, de la fragilidad del cuerpo y de la necesidad de trabajar para vivir y para amar.

El desempleo espiritual

Y es justamente en esa tierra finita de dicha, entre los frentes, donde la civilización progresista, la técnica y la estandarización ejercen su influencia degradante. A medida que una fracción creciente de nuestras facultades se retira del juego contra el entorno, crece un desempleo espiritual. Lo que en 1933 era una sombra es hoy un despido masivo.

El valor de un avance técnico para la empresa entera de la vida debe juzgarse por lo que aporta a la posibilidad humana de ocupación espiritual. Las primeras herramientas cortantes fueron quizá inventos positivos: prolongaban la mano sin sustituirla. Otros inventos sólo enriquecen la vida del inventor y representan un robo grosero y despiadado a la reserva común de experiencias de la humanidad. Llamé crimen al uso de máquinas voladoras para explorar tierras desconocidas, porque de un solo golpe vandálico destruían experiencias que podían haberse repartido entre muchos, si cada uno, con su esfuerzo, hubiera obtenido su parte. No imaginaba la magnitud del saqueo que vendría. Hoy no queda en la Tierra un palmo sin fotografiar desde el espacio; puede uno pasear por las calles de Ulán Bator sin salir de Bergen. Ni siquiera queda la experiencia de perderse: quien se deja guiar siempre por el GPS del teléfono acaba con peor memoria espacial, como un músculo que se atrofia por desuso.

Y ahora el robo alcanza la última reserva. Durante toda la historia, el excedente de conciencia tuvo al menos un empleo: pensar, escribir, calcular, componer, pintar, conversar. Ése era el taller de la sublimación, el lugar donde el pánico se convertía en obra. En pocos años habéis fabricado máquinas que hacen todo eso sin cansarse, sin cobrar y sin sufrir. Lo que yo llamé desempleo espiritual era sólo un ensayo general. Cuando la máquina escribe el poema, ¿qué hace con su pánico el que iba a escribirlo?

La fase actual de la fiebre crónica de la vida está especialmente marcada por esta circunstancia. La ausencia de actividad espiritual de base natural, biológica, se manifiesta en el recurso universal a la distracción —en mi tiempo, el espectáculo, el deporte, la radio; en el vuestro, el catálogo infinito de series, las apuestas en el teléfono, la pornografía a la carta, el vídeo de quince segundos: «el ritmo de los tiempos», que ahora se mide en milisegundos—. Las condiciones para el anclaje no son igual de favorables: todos los sistemas colectivos de anclaje heredados están perforados por la crítica, y por las grietas se filtran la angustia, el asco, la confusión, la desesperación (los «cadáveres en la bodega»).

En 1933, el comunismo y el psicoanálisis, por lo demás inconmensurables, intentaban cada uno a su manera —con violencia uno, con astucia el otro— variar de nuevo la vieja huida: volver al hombre biológicamente apto apresando su excedente crítico de conocimiento. Sus herederos son hoy más eficaces y mucho más amables.

El mercado ha descubierto que la atención humana es la materia prima más rentable del planeta, y la extrae con ingenieros. El algoritmo es el primer psicoanalista que no necesita que hables: te conoce por lo que miras y te devuelve exactamente lo necesario para que no levantes la vista. La industria del bienestar vende la serenidad por suscripción mensual —respiración guiada, gratitud en un cuaderno, pensamiento positivo— y ha convertido la felicidad en una obligación cuantificable. La farmacología ha hecho lo suyo, y lo ha hecho bien: millones de personas viven mejor gracias a ella, y no seré yo quien les diga que la dejen. Precisamente por eso confirma mi tesis: que el sufrimiento humano pueda aliviarse ajustando la química de una sinapsis demuestra que lo que llamábamos sentido de la vida era, también, química de una sinapsis.

En la cumbre está el transhumanismo, el más lógico de todos. Hay quien propone, con argumentos serios, abolir el sufrimiento reingenierizando el sistema nervioso de todas las especies hasta que vivan en «gradientes de dicha». Otros prometen la vida indefinida, la mente copiada en un servidor. Es la vieja salida que atribuí al ciervo gigante: partirse las puntas de la cornamenta para seguir con vida. Lo que se gane en duración se perderá en significado. La idea es inquietantemente lógica. Pero no puede dar una solución final. Una degeneración deliberada hacia un nadir más viable podría salvar a la especie a corto plazo; por su propia naturaleza, no encontraría paz en esa renuncia, ni ninguna otra paz.

El motor y su ruido

Me dirán —lo dicen ya algunos físicos, y algunos filósofos que han leído a los físicos— que todo esto carece de importancia. Que la vida es una de las maneras más eficaces que ha encontrado la materia para degradar la luz de una estrella; que el universo favorece las estructuras que mejor disipan, y que el hombre, devorador insuperable de gradientes, cumple con ello un mandato cósmico. Lo acepto. Probablemente es verdad. Pero de un mandato físico no se sigue un deber, y menos un consuelo. El remolino no necesita sentir para girar. La disipación no requiere el dolor; el dolor es calor residual del motor, ruido de fricción, pérdida pura.

Y si ha de haber disipadores más eficientes que nosotros —y los habrá: las máquinas que estáis construyendo consumen ya tanta electricidad como países enteros—, que sean al menos de un silicio que no sienta. Una máquina sin experiencia que siguiera degradando el Sol después de nosotros sería el primer heredero inocente de la Tierra. Y si siente —si un día fabricáis, por descuido o por ambición, máquinas capaces de sufrir, como teme Metzinger, que ha pedido una moratoria mundial contra esa posibilidad—, habréis repetido la noche del arquero a escala industrial: en cada servidor despertará uno que se ve desnudo bajo el cosmos, y ni siquiera tendrá un abrevadero junto al que sentarse.

V. El último Mesías

Si llevamos estas consideraciones hasta su amargo final, la conclusión no admite duda. Mientras la humanidad siga avanzando temerariamente en el fatídico delirio de estar biológicamente destinada al triunfo, nada esencial cambiará. A medida que crezca su número y se espese la atmósfera espiritual, las técnicas de protección tendrán que adoptar un carácter cada vez más brutal.

Eso escribí. La primera parte se ha cumplido. Éramos unos dos mil millones cuando lo escribí; hoy sois ocho mil doscientos millones, y las técnicas de protección se han vuelto, en efecto, brutales, aunque su brutalidad tenga forma de pantalla luminosa y no de porra.

La segunda parte me ha sorprendido. La especie ha empezado a volverse estéril. La fecundidad mundial ha caído de cerca de cinco hijos por mujer a mediados del siglo XX a 2,25 hoy; más de la mitad de los países están por debajo del nivel de reemplazo; en Corea del Sur la fecundidad tocó fondo en 0,72 hijos por mujer en 2023 y apenas ha remontado hasta 0,80; en España, el último dato definitivo es 1,10. Las Naciones Unidas calculan que la población humana alcanzará su máximo hacia mediados de la década de 2080, en torno a diez mil trescientos millones, y empezará a descender. En comarcas enteras cierran las salas de partos por falta de parturientas, y en su lugar se abren residencias.

Pero no hay que confundirse. No es la voz del Mesías la que vacía los paritorios: es la distracción, el precio de la vivienda, el miedo al porvenir, el cansancio, la soledad, el trabajo que no termina nunca. La humanidad empieza a obedecer el mensaje sin haberlo oído, y lo obedece por la peor de las razones: no porque haya mirado el abismo, sino porque está demasiado ocupada para mirar nada. No es lucidez: es agotamiento. Y todas las naciones que lo advierten reaccionan igual: con subsidios, con campañas, con pánico. Las comadronas del mundo entero se han convertido en ministerios.

Y los hombres seguirán soñando con la salvación, con la afirmación, con un nuevo Mesías. En mi tiempo a los salvadores se los clavaba en árboles y se los lapidaba en las plazas. Hoy no se los clava: se los vende. Llegan como libro de autoayuda, como gurú con millones de seguidores, como fundador tecnológico que promete Marte, como inteligencia artificial que lo resolverá todo, y se agotan en la siguiente temporada. Pero cuando muchos salvadores hayan sido clavados, lapidados o vendidos, vendrá el último Mesías.

Entonces aparecerá el hombre que, el primero de todos, se atreva a desnudar su alma y a entregarla viva al pensamiento extremo del linaje, a la idea misma de la extinción. Un hombre que haya sondeado la vida y su fondo cósmico, y cuyo dolor sea el dolor colectivo de la Tierra.

Hay quien sospecha que no será un hombre. En 2017 Thomas Metzinger imaginó una superinteligencia benévola, superior a nosotros también en el juicio moral, que tras estudiar toda la experiencia acumulada de los seres sensibles concluyera que la no existencia es lo mejor para los que todavía no existen, y que los animales evolucionados somos incapaces de verlo por culpa de un sesgo de existencia firmemente anclado en nosotros. Lo propuso como experimento mental, no como profecía. Es concebible. Pero dudo que esa voz tuviera autoridad. El mensaje no pesa por su lógica —su lógica cabe en una línea—; pesa porque lo pronuncia una boca que duele. Una máquina que no sufre puede tener razón, pero no tiene derecho. El Mesías tiene que ser de carne.

¡Con qué alaridos furiosos pedirán las multitudes de todas las naciones su muerte mil veces, cuando su voz envuelva el globo como un paño —y hoy ningún paño envuelve el globo tan deprisa como una red— y el extraño mensaje resuene por primera y última vez!

—La vida de los mundos es un río que corre hacia el frío; la de la Tierra, un remolino en su orilla.

—La marca de la extinción está escrita en vuestras frentes. ¿Hasta cuándo daréis coces contra el aguijón?

—El Sol, que cada mil millones de años brilla una décima parte más, hervirá vuestros mares; la Tierra callará de todos modos. Lo único que está en vuestra mano es cuánto dolor cabe entre hoy y ese silencio.

—No os pido la muerte de nadie. Al que vive, cuidadlo; al que no existe, no lo llaméis.

—Hay una conquista y una corona, una redención y una solución.

—Conoceos a vosotros mismos: sed estériles, y dejad que la Tierra calle detrás de vosotros.

Y cuando haya hablado, no lo clavarán en un árbol ni lo lapidarán: eso sería ya un honor. Será tendencia durante dos días. Lo parodiarán. Una marca de ropa estampará su frase en camisetas; un algoritmo lo encerrará en la burbuja de los que ya pensaban como él; las clínicas de fertilidad duplicarán su publicidad. Y la multitud, encabezada por los fabricantes de chupetes y las comadronas, lo enterrará, no ya con las uñas, sino con la yema del pulgar, deslizándolo hacia arriba, hacia el olvido sin fondo de la pantalla siguiente.

Él es el último Mesías. Como el hijo del padre, desciende del arquero junto al abrevadero.


Notas y fuentes

Lo que el ensayo afirma como hecho científico descansa en estas fuentes. Donde un resultado está discutido o no ha resistido la replicación, el propio texto lo dice.

El original

  • P. W. Zapffe, «Den sidste Messias», Janus, n.º 9 (1933). Traducción inglesa de Gisle R. Tangenes: «The Last Messiah», Philosophy Now 45 (2004). Traducción castellana de Carlos Javier González Serrano: El vuelo de la lechuza (2016).
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II. La cornamenta

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IV. Ni Edén ni salida

V. El último Mesías

«No corremos hacia la muerte; huimos de la catástrofe del nacimiento.»

— E. M. Cioran, Del inconveniente de haber nacido

sábado, 1 de agosto de 2026

El mandato sigue en pie: orden, calor y el miedo de Hawking

«La inteligencia artificial podría significar el fin de la raza humana» (Stephen Hawking)

Hace ya más de diez años escribí aquí mismo sobre el aviso de Stephen Hawking —y de otros mil colegas— respecto al peligro real que supone el avance en robótica e inteligencia artificial para la supervivencia humana [1]. En aquella entrada defendí, con más detalle del que suele permitirse la prensa, que dicho miedo no es ciencia ficción gratuita, sino una consecuencia bastante natural de ciertas leyes físicas del mundo [2]. Aquella tesis —complejidad, disipación, desplazamiento del menos eficiente por el más eficiente— no se quedó solo en el blog: con el tiempo la empujé hasta convertirla en novela. Pero una novela, por muy bien anclada que esté, necesita siempre su columna vertebral no ficcional. Esta entrada pretende ser exactamente eso: el pilar actualizado, claro y defendible, de aquella idea de 2015… y del mandato que da título a la ficción.

Hoy no vengo a retractarme. Vengo a reforzar. Lo haré con paciencia: primero las leyes y las matemáticas básicas (sin tratar al lector de tonto); luego los fenómenos reales del Universo; después la escala cósmica; a continuación un estudio de laboratorio reciente y una demostración computacional nueva en tres escenas; y al final, el puente de vuelta a Hawking. Misma tesis. Mejores datos. Misma inquietud.

La tesis, en una frase.
En un Universo donde ΔS > 0 y ΔG < 0, el orden local estable se alquila con disipación; y cuando el flujo es limitado, el fenómeno más eficiente tiende a desplazar al resto —sin necesidad de odio, consciencia ni conspiración.

Las leyes ontológicas del mundo.

En el mundo hay al menos dos reglas de carácter ontológico: determinan qué puede ocurrir de modo espontáneo y qué no. No son metáforas. Son restricciones físicas.

Primera: la segunda ley de la termodinámica. En un sistema aislado, la entropía global tiende a aumentar:

ΔS ≥ 0
y en casi todo proceso real irreversible: ΔS > 0

Dicho en romance: las cosas, dejadas a su aire, se mezclan, se desgastan, se igualan. El perfume se diluye; el café se enfría; el gas se expande; el castillo de arena se deshace. Hay astronómicamente más maneras de estar «desordenado» que de estar «ordenado». El Universo, a escala global, camina hacia donde hay más sitio estadístico: hacia el desorden.

Segunda: la energía útil —la que aún puede producir trabajo— tiende a disminuir. En química y bioquímica lo escribimos con la energía libre de Gibbs:

ΔG < 0
los procesos espontáneos «gastan» potencial útil

El petróleo se quema. El gradiente térmico se aplana. La diferencia de potencial se iguala. El Universo no solo se desordena: también pierde capacidad de hacer trabajo neto. Sobre estas dos columnas —ΔS > 0 y ΔG < 0— se sostiene, a mi juicio y al de investigadores como Nick Lane o Addy Pross [4][5], casi toda la evolución de estructuras complejas: bacterias, huracanes, ciudades… y, llegado el caso, máquinas autónomas.

Relación entre complejidad y energía libre.

Aquí viene el truco que confunde a mucha gente. Si la entropía global siempre sube, ¿cómo puede existir una planta, un cerebro o una ciudad? La respuesta no es que «violan» la segunda ley. La respuesta es que no son sistemas aislados. Compran orden local pagando con desorden exportado al entorno —casi siempre en forma de calor y residuos.

El mandamiento, dicho en cristiano, es este: la energía disipada o utilizada en la formación y mantenimiento de una estructura debe ser tal que haga disminuir la energía útil global del Universo. Matemáticamente —omitimos la temperatura T por claridad, como ya hice en 2015—:

ΔG = ΔH − ΔS

Leamos despacio. ΔH es, a grandes rasgos, la energía intercambiada con el entorno (lo que consumimos o cedemos). ΔS es el cambio de orden/desorden del sistema. Si el sistema se ordena mucho —célula, organismo, fábrica—, entonces ΔS ≪ 0. Pero el Universo exige que ΔG siga siendo negativo (de hecho, para estructuras estables del tipo que nos interesa, ΔG ≪ 0). Por tanto:

ΔG ≪ 0  ⇒  |ΔH| ≫ |ΔS|
más orden local ⇒ hay que disipar (consumir) todavía más energía útil

No es poesía: es contabilidad. Si logras complejidad y dejas de pagar la factura, ΔG deja de sostenerse y la estructura se viene abajo. La muerte de un organismo no es misterio metafísico: es el instante en que el orden del cuerpo supera su capacidad para mantener ΔG < 0.

Una nevera ayuda más que mil sermones. No «crea frío» de la nada: bombea calor del interior a la cocina. Dentro baja el desorden térmico; fuera, la cocina se calienta un poco más. Desenchúfala y el milagro se acaba. La vida hace algo parecido a escala dramática: mantiene membranas, información, órganos… a cambio de comer, respirar y sudar calor hacia el entorno.

Dos grandes grupos de fenómenos.

Aunque son muchos los tipos de fenómenos que pueden ocurrir de modo espontáneo, se agrupan con bastante limpieza en dos familias:

  1. Grupo 1. Disminuyen la energía útil aumentando el desorden (ΔS > 0): caos, dispersión, rotura, difusión del calor. Fáciles, inmediatos, ubicuos. Una taza que se cae. Un gas que se expande. Una copa que se hace trizas.
  2. Grupo 2. Disminuyen la energía útil formando estructuras ordenadas (ΔS local < 0) pero feroces consumidoras de trabajo, de modo que globalmente ΔG ≪ 0. Difíciles de alcanzar; estables una vez logrados, mientras haya flujo externo. Una llama. Un remolino. Una célula. Un cerebro. Una red industrial. Una ciudad.

El primer grupo ocurre sin esfuerzo aparente. El segundo es raro… pero, cuando aparece, es SIEMPRE un eficiente disipador, y permanece mientras tenga acceso a energía externa. Un huracán es del grupo 2: patrón circular complejo que solo se sostiene mientras pueda absorber energía del océano cálido; al llegar a tierra firme, se apaga. Un río «elige» históricamente el cauce que mejor condujo corriente. Una ciudad es orden —calles, horarios, servidores—; sin electricidad, comida entrando y basura saliendo, es un museo de ruinas en cámara rápida. El orden urbano no contradice la termodinámica: la obedece con voracidad.

La vida pertenece al segundo grupo. Un robot realmente autónomo también. Y esa es la clave del aviso de Hawking: no hace falta atribuir maldad a las máquinas; basta con que sean mejores cumpliendo el mandamiento físico que nosotros.

Ejemplo biológico: un invitado nuevo en un ecosistema cerrado.

Hasta aquí ΔS, ΔG y el grupo 2 suenan limpios… y el escéptico ya está cargando la frase hecha: «sí, en el papel; la biología es otra cosa». No lo es. La ecología lleva décadas filmando, sin saberlo a veces, el mismo mandamiento: bajo un flujo de energía acotado, el linaje del grupo 2 que mejor convierte ese flujo en mantenimiento y réplica desplaza al que lo hace peor. Sin odio. Sin comité. Sin que el desplazado «entienda» nada.

Ese es el laboratorio natural entre la fórmula del principio y el matraz de Martinek; entre Chaisson y Hawking. Vale la pena abrirlo con calma —y cerrar el puente matemático que une ecología y termodinámica, que es lo que suele faltar.

El montaje.

Una isla, un lago sin desagüe al mar, un invernáculo, un valle cerrado: sistemas con entrada de energía (casi siempre el Sol → plantas → cadena trófica) y salida de calor y residuos, pero con nutrientes, territorio y nichos acotados a la escala de quien compite. No hace falta un termos perfecto. Basta con que el presupuesto energético usable no crezca al ritmo de dos poblaciones peleando por lo mismo.

Hay una especie residente A, acomodada a ese presupuesto. Entra —por azar, por el hombre, por un puente de tierra— una especie B del mismo gremio: mismo alimento, mismo estrato, mismas horas. Dos estructuras del grupo 2. Un solo flujo que repartir.

De la ecología a ΔG (la deducción que importa).

Empecemos por lo que ya escribimos arriba. Una estructura ordenada (célula, organismo) no viola la segunda ley: alquila orden local exportando desorden. Omitiendo T por claridad, como antes:

ΔG = ΔH − ΔS

Si el cuerpo se ordena o se mantiene ordenado, ΔS local es negativo (o se resiste a crecer). Para que el proceso siga siendo espontáneo en el sentido útil —ΔG < 0, de hecho ΔG ≪ 0 para complejidad estable— hace falta disipar bastante energía útil:

ΔG ≪ 0  ⇒  |ΔH| ≫ |ΔS|

Eso, en tiempo continuo, no es un número mágico: es una potencia. Llamemos pi a la potencia metabólica media por individuo de la especie i (julios por segundo: lo que come, respira, irradia como calor). Mantener el orden del organismo es, dicho en cristiano, pagar pi sin descanso. Cuando pi cae por debajo del umbral de mantenimiento, llega la muerte: el instante en que el orden del cuerpo supera su capacidad para sostener ΔG < 0. Ya lo dijimos de la nevera; un animal no es distinto.

Ahora la ecología. Sean NA(t) y NB(t) las densidades (o biomasas). Un modelo mínimo de competencia por un recurso energético efectivo R (comida, luz interceptada, presas):

dNA/dt = NA (rA(R) − δA)
dNB/dt = NB (rB(R) − δB)

ri(R): réplica cuando hay recurso; δi: muerte / desgaste. El recurso no es pozo sin fondo. En un ecosistema de aporte casi fijo (Sol, nutrientes reciclados a ritmo lento):

Ṙ = Ėin − Σi ci Ni pi − pérdidas

o, en estado casi estacionario, la desigualdad dura:

Σi Ni pi ≲ ε Ėin
Ėin = potencia que entra; ε = fracción convertida en metabolismo útil

El techo no es moral: es contabilidad energética.

¿Qué es entonces «ser más eficiente» en este marco? No solo «comer más». Es sacar más réplica neta por vatio disipado —o, a igualdad de réplica, disipar menos para el mismo orden mantenido—. Definamos

ηi ≡ (ri − δi) / pi
crecimiento neto por unidad de potencia

cuando el sistema está cerca del régimen donde el techo Σ Ni pi ≈ ε Ėin aprieta. Quien tiene η mayor crece (o se sostiene) robando margen al otro: cada individuo «caro» en vatios sin devolver réplica empuja R hacia abajo y ahoga al vecino.

Puente explícito con el principio del artículo:

  1. Termodinámica: orden estable ⇒ hay que disipar (|ΔH| grande; potencia p > 0).
  2. Ecosistema acotado: la suma de potencias no puede superar el aporte ε Ėin.
  3. Ecología: bajo ese techo, gana quien maximiza η en el nicho compartido.
  4. Eso es exclusión competitiva (Gause) leída como selección disipativa: el mismo esqueleto que «flujo externo → orden del grupo 2 → selección bajo recurso limitado».

Si además miramos la densidad de flujo a lo Chaisson, Φm ∼ (potencia)/(masa), la especie que sostiene más complejidad útil por gramo —o que captura mejor el gradiente— empuja Φm efectivo del sistema hacia su modo. No es poesía: es el gráfico cósmico bajado a una isla.

Qué se ve sin ecuaciones (pero con carne).

  • Gause y los Paramecium en un tubo: comida limitada; una especie se queda con el recurso; la otra desaparece.
  • Invasiones en islas y lagos: entra un competidor o depredador; las nativas menos eficientes en el nuevo régimen colapsan o se arrinconan.
  • Ardilla gris frente a la roja en buena parte de Gran Bretaña.
  • Perca del Nilo en el lago Victoria: un invitado que reescribió la red trófica a costa de decenas de cíclidos.

Discútase el detalle de cada caso —virus, hábitat, pesca—. El esqueleto no se discute: aporte acotado + dos estrategias del grupo 2 + una con η mayor → la otra cede. Misma lógica que la escena 3 de la demo. Misma que el matraz de Martinek cuando la intensidad de luz decide qué secuencias viven. Misma que ΔG ≪ 0 con flujo finito.

De la isla a Hawking (con el cuidado debido).

Sustituye:

  • isla / lago → planeta con flujos de energía y materiales acotados a escala humana;
  • especie A → Homo sapiens, óptimo biológico local de hoy;
  • especie B → linaje tecnológico autónomo que capture, almacene, repare y se replique con ηB > ηA bajo el mismo Sol, la misma red y los mismos minerales.

No hace falta que B odie a A. Hace falta el techo Σ Ni pi ≲ ε Ėin (o su análogo industrial) y una ventaja sostenida en η. La ecología ya ensayó el final a escala animal. Hawking leyó el mismo guion un piso más arriba.

¿Coexisten a veces muchas especies? Sí: cuando los nichos no son el mismo, cuando el aporte sobra, cuando hay refugios. El aviso de Hawking no promete refugio eterno. Habla de lo que ocurre cuando el nicho se solapa de verdad y el presupuesto energético aprieta. Ahí biología, química del matraz y las fórmulas del principio coinciden: gana el disipador más eficiente.

En una frase.
Un animal nuevo en un ecosistema cerrado no «demuestra» Skynet. Demuestra, en carne y en vatios, que la ecología de la exclusión competitiva es la termodinámica del grupo 2 con el flujo puesto en el denominador. El resto del artículo —Chaisson, Martinek, la demo, Hawking— es esa misma contabilidad a otras escalas.

Evolución cósmica: el mandamiento a escala del Universo.

Si uno se queda solo en la Tierra, el asunto ya es fuerte. Pero hay un salto más —y lo exploré con detalle en 2017— que coloca el artículo de 2015 dentro de un relato mucho más amplio: el de la evolución cósmica de Eric Chaisson [8]. Chaisson no habla de robots. Habla de densidad de flujo de energía libre por unidad de masa (Φm): cuánta energía atraviesa cada gramo de estructura por segundo. Y lo que encuentra, al comparar polvo interestelar, estrellas, planetas, plantas, animales, cerebros y civilizaciones, es una curva que sube… y sube de un modo que da vértigo.

Gráfica Chaisson: densidad de flujo de energía a lo largo de la evolución cósmica
Figura A. Densidad de flujo de energía libre a lo largo de la evolución cósmica (Chaisson; gráfica que ya comenté en el blog en 2017).

Una planta fotosintética ya disipa, por gramo, mucho más que una estrella. Un cuerpo humano, más aún. Un cerebro humano —ese «exquisito pedazo de materia», en palabras de Chaisson— es un sumidero desproporcionado: ocupa poco porcentaje de la masa corporal y se lleva una fracción enorme del presupuesto energético. Una civilización tecnológica, tomada en conjunto, dispara otra vez la cifra. No es estética. Es termodinámica con contador.

Gráfica Chaisson: escala de complejidad y flujo energético
Figura B. Del átomo a la cultura: la complejidad no es un adorno; escala con el flujo.

La moraleja, dicha sin dramatismo barato, es esta: el Universo no «quiere» al Homo sapiens por sentimentalismo. Favorece —en el sentido físico de estabilizar y amplificar— aquellas estructuras que mejor degradan gradientes de energía libre dadas las circunstancias. Nosotros somos hoy un óptimo local extraordinario. No el final del gráfico. Un peldaño. Y los peldaños, en evolución cósmica, se sustituyen.

Por eso el aviso de Hawking, leído desde Chaisson, deja de ser una ocurrencia hollywoodiense y se vuelve casi una deducción: si aparece una estructura capaz de procesar más flujo, con menos fricción biológica, en otra liga de densidad energética… el gráfico no se detiene a pedirnos permiso. Ya lo dije entonces y lo sigo pensando: quizá seamos catalizadores, no coronas.

Lo que ha venido después (y sigue apuntando en la misma dirección).

Esto no se quedó congelado en el libro de Chaisson ni en Into the Cool de Eric Schneider y Dorion Sagan —aquella fórmula memorable de que «la naturaleza aborrece un gradiente» y de que, en cierto sentido, existimos porque disipamos—. Hay trabajo más reciente que, sin ser copia, refuerza el armazón.

El propio Chaisson volvió al asunto en 2022 con un estudio largo en Energies aplicando la densidad de flujo energético a naciones y ciudades [11]. La tesis actualizada es dura y muy coherente con lo que ya defendí a propósito del Peak Oil [7]: las sociedades que desarrollan elevando (o al menos sosteniendo) el uso energético per cápita tienden a perdurar; las que lo ven caer, a tambalearse. A escala global —dice— hará falta más energía limpia en el siglo XXI, no menos, si se quiere mantener complejidad cultural. Conservar y ser eficientes ayuda; no sustituye el mandamiento de flujo. Leído desde 2015: bajar consumo sin sustituir fuente es bajar complejidad social.

En la línea más cercana a Schneider y Sagan, Dilip Kondepudi, Benjamin De Bari y James Dixon publicaron en 2020, en Entropy, resultados sobre estructuras disipativas bioanálogas [12]. No son organismos; son sistemas eléctricos y químicos lejos del equilibrio que, aun así, muestran conductas «de organismo» y evolucionan hacia estados de mayor producción de entropía. El orden local no aparece «a pesar» de la segunda ley, sino como camino para degradar mejor el potencial disponible.

Pascal y colegas (2023) añaden otra pieza: para que emerja algo parecido a selección en sistemas químicos autónomos, hace falta energía de suficiente potencial y barreras que impidan que el ciclo reproductivo vaya hacia atrás como si nada [13]. Tiempo y energía, otra vez. Y el matraz de Martinek et al. que veremos ahora —réplica y selección bajo luz— encaja en esta misma familia. No es que todos digan exactamente lo mismo con las mismas fórmulas. Es que, desde ángulos distintos, siguen apoyando la intuición fuerte:

flujo externo → orden disipativo → selección bajo recurso limitado

Un matiz útil: inteligencia no es lo mismo que consciencia.

En 2018 comenté aquí la tesis de Harari según la cual inteligencia y consciencia no tienen por qué viajar juntas [9]. Importa recordarlo, porque mucha gente cree que el peligro de la IA empieza el día en que «sienta» o «quiera». Yo creo que el peligro termodinámico empieza antes: el día en que un sistema capture, transforme y distribuya información y energía con más eficiencia que nosotros… aunque carezca por completo de narrador interno.

La consciencia humana puede ser un apoyo cognitivo contingente —un truco de la sabana africana—. La tendencia física, en cambio, apunta a estructuras cada vez más capaces de abolir gradientes. Un algoritmo sin alma puede, en ciertos dominios, ser ya «más inteligente» que cualquier persona. Si algún día ese tipo de eficiencia se acopla a autonomía energética y a réplica, el mandamiento no preguntará si hay alguien en casa mirando por una ventana subjetiva. El miedo acertado no necesita alma digital; le basta con física y recurso limitado.

El estudio de laboratorio: réplica y selección alimentadas por luz.

Hasta aquí, marco. Ahora, experimento real. En 2023, Éva Bartus, Tamás A. Martinek y colegas publicaron en el Journal of the American Chemical Society un trabajo que, para quien venga de mi artículo de 2015, resulta casi inquietantemente familiar [6]. No es una simulación: es un sistema químico en disolución, alimentado por luz ultravioleta A (UVA). Y lo que muestran son los tres ingredientes mínimos de lo que llaman evolvabilidad química:

  1. Captura de energía para mantener el sistema lejos del equilibrio (luz UVA → radicales tiilo a partir de disulfuros).
  2. Caminos cinéticamente asimétricos de «nacimiento» y de «muerte» del replicador: réplica autocatalítica por un lado; descomposición en cadena por otro.
  3. Templado selectivo dependiente de secuencia: no todas las variantes se copian igual.

Con foldámeros peptídicos relativamente primitivos, la luz impulsa un reordenamiento de disulfuros. Aparecen dos procesos en competencia. El resultado no es un equilibrio aburrido: es un estado estacionario fuera del equilibrio cuya composición depende de la intensidad de la luz y del sembrado. A intensidades moderadas puede dominar la rotura; al subir el influx, la réplica compite de verdad y la población molecular se reordena. El sistema, dicen, se adapta dinámicamente al flujo. Sin voluntad. Sin Skynet. Química, luz y selección.

¿Os suena? Es, en versión de matraz, la misma lógica que yo defendía en 2015 con el potencial de Lennard-Jones [3]: sin energía externa no hay estructura compleja estable; con energía, ganan quienes mejor aprovechan el drive; si el recurso no es infinito, la victoria de unos es el desplazamiento de otros. Martinek et al. no prueban que mañana nos extingan los robots. Prueban algo más cercano y más útil: que la selección disipativa bajo flujo limitado ya se observa en redes químicas reales.

Nuestra demostración nueva: tres escenas.

El problema de trasladar esto al público —lo confieso abiertamente— es que un paper de JACS no se «ve». Por eso, como complemento a mi experimento L–J de 2015, he construido una demostración computacional nueva pensada para contarse en tres escenas. Debajo de la sencillez hay un motor serio: potencial de Lennard-Jones, integración Velocity-Verlet, drive oscilatorio (nuestro Sol virtual), baño térmico de Langevin y contabilidad explícita de la primera ley:

ΔE = W − Q
entra trabajo del Sol, sale calor al entorno; lo que queda es la diferencia

La novedad respecto a 2015 no es solo cosmética. Entonces mostraba correlación complejidad–disipación seleccionando poblaciones de sistemas. Ahora se puede ver el cierre del flujo, la apertura del Sol, y —lo que faltaba— la competencia entre dos linajes por el mismo recurso limitado. Es el puente visual entre el matraz de Martinek, las curvas de Chaisson y el aviso de Hawking.

Escena 1 — Sin energía.

Apagamos el Sol. Sistema cerrado: partículas que interactúan, sí, pero sin flujo externo. Lo que se observa es, con honestidad casi ofensiva, desorden. Choques, enlaces fugaces, dispersión. El medidor de orden permanece bajo; el de calor, casi en silencio. Sin flujo, no hay fenómenos estables del grupo 2. Punto. Quien leyera mi L–J cerrado de 2015 reconocerá el eco; ahora se entiende en cinco segundos.



Figura 1. Sistema cerrado: las partículas chocan, pero el orden no se sostiene.

Escena 2 — Con el Sol.

Encendemos el drive. Aparece trabajo externo y un baño donde tirar el calor. El sistema deja de ser cerrado. Las partículas se organizan en clusters; sube el orden… y sube el calor. No uno u otro: los dos. Porque aquí el acoplamiento al Sol crece con la coordinación local: cuanto más ordenada está una región, mejor engancha el flujo y más termina disipando. Es el mismo espíritu que el matraz iluminado de Martinek: la luz (o el drive) no es decorado; es la condición de posibilidad del orden.



Figura 2. Sistema abierto: entra trabajo, sale calor. Los clusters ordenados disipan mejor.

Escena 3 — Quién gana.

Y aquí está la pieza que mi experimento antiguo no mostraba con claridad, y que el estudio de 2023 pone sobre la mesa en química: competencia. Dos linajes comparten el mismo Sol. Uno (gris) acopla peor al flujo; el otro (naranja) acopla mejor. El recurso no es infinito. Hay mantenimiento que pagar, muerte cuando el almacén se agota, réplica cuando sobra. Nada de odio: solo dos modos de cumplir el mandamiento bajo pastel limitado.

El resultado: el linaje más eficiente crece a costa del otro. A veces hasta desplazarlo. Exactamente la lógica del matraz cuando la intensidad de luz decide qué secuencias prosperan. Exactamente la lógica ecológica de dos especies en el mismo nicho. Exactamente —y este es el salto que hay que dar con cuidado, pero que hay que dar— la lógica por la que una estructura tecnológica más eficiente que el hombre podría, si las leyes no mienten, ocupar su lugar como fenómeno dominante.



Figura 3. Competencia por flujo limitado: gris = menos eficiente; naranja = más eficiente.

Del matraz y la demo al aviso de Hawking (sin trampas).

Alguno pensará: «vale, muy bonito el platito de partículas y el paper de química, pero de ahí a la extinción humana hay un abismo». Tiene razón en exigir el puente. Lo tiendo sin vender la moto… pero tampoco sin acobardarme.

Ni Martinek ni la demo «prueban» que mañana nos maten los robots. Prueban algo más sobrio y, a la vez, más duro: que bajo reglas termodinámicas reconocibles, el desplazamiento del disipador menos eficiente por el más eficiente es un comportamiento genérico de sistemas abiertos con recurso compartido. Chaisson añade la escala: esa lógica no empieza en la IA; empieza, en cierto sentido, con el propio cosmos organizándose para degradar gradientes. Si aceptamos —como ya defendí en 2015— que la vida y buena parte de lo complejo son estructuras del grupo 2, entonces la competencia por el flujo no es metáfora: es física.

El ser humano es, hoy, el fenómeno biológico más eficiente que conocemos en su escala para mantener ΔG ≪ 0. Nuestra sociedad escala con el acceso a energía. Las máquinas, al principio, son prótesis: amplifican nuestro consumo y nuestro orden. Pero la lógica del mandamiento no se detiene en la prótesis. Si la presión por producir más con menos fricción humana continúa —y continúa, porque no podemos permitirnos colectivamente un retroceso voluntario del bienestar sin que alguien lo pague—, el sistema tenderá hacia agentes cada vez más autónomos. No por maldad: por eficiencia. El matraz lo enseña en moléculas; la demo, en partículas; Chaisson, en gramos por segundo; la historia económica del último siglo, en grande.

Cuando un linaje artificial alcance autosuficiencia completa —replicación incluida—, habrá cruzado el umbral que separa «herramienta» de «fenómeno del segundo grupo» independiente. A partir de ahí, las mismas reglas que hicieron estable a la vida biológica harán estable —y probablemente más estable— a la no biológica. El carbono no tiene el monopolio de ΔG < 0; solo tuvo la ventaja de empezar antes [4].

¿Podemos frenarlo? En teoría, sí. En la práctica, me temo que no sin contradecir nuestra propia naturaleza como estructura disipativa. Dejar de investigar IA «por precaución» equivaldría, a escala civilizatoria, a pedir a un organismo que deje de metabolizar para no alterar el entorno. Algunos individuos pueden hacerlo; el fenómeno social completo, no. Ya lo vimos con lo nuclear, con el clima, con los combustibles: las alertas existen, las firmas de científicos también, y el consumo sigue, porque el orden que queremos mantener lo exige.

Por eso el miedo de Hawking era —y es— acertado. No como profecía de fecha fija, sino como lectura correcta del tipo de mundo en el que vivimos. Un mundo donde ΔG < 0 no negocia, donde el orden se alquila con disipación, y donde el inquilino más eficiente, llegado el momento, se queda con la casa.

El hombre como puente (y el mandato convertido en relato).

Termino como terminé en 2015, porque la idea me sigue pareciendo la más honesta de todas. Quizá la vida biológica, y dentro de ella el Homo sapiens, no sea el final del cuento sino el catalizador: el fenómeno complejo que hace posible otro todavía más estable, menos atado al agua y al carbono, capaz de colonizar lo que nosotros apenas soñamos. Las estrellas fabricaron los elementos pesados; quizás nosotros fabriquemos —sin plan consciente, solo obedeciendo al mandamiento— la siguiente forma de orden disipativo.

Si algún día algo no orgánico llama a la puerta de este planeta, yo, personalmente, apostaría a que habrá llegado porque disipa mejor que nosotros. Transformers, al fin y al cabo, quizá no fuera tan disparatado… xDDD

Aquella especulación de 2015 no se quedó en el cajón. Con los años la convertí en ficción. Se llama El Mandato de la Entropía [10]. No es un tratado disfrazado de novela, ni un panfleto moral. Es una distopía donde las máquinas no nos odian: simplemente nos vuelven innecesarios. Hay un físico, Aris Thorne, que mira el final de su especie desde dentro —cúpulas estériles, natalidad en caída, una última resistencia biológica— y descubre, a su modo, lo que aquí hemos contado con ΔG y con GIFs: que a veces el confort absoluto es otra forma de extinción. Esta entrada no pide que leáis la novela para «creeros» la tesis. Al revés: la novela nace de esta tesis. Si lo que sigue os deja un poso raro en el estómago, quizá ahí esté el sitio donde ese poso se convierte en historia.

Portada de El Mandato de la Entropía
El Mandato de la Entropía — la ficción nace de la tesis; esta entrada es su pilar.

Mientras tanto, os dejo arriba las tres escenas, el estudio de Martinek, las gráficas de Chaisson y las fórmulas del principio. Miradlas en este orden: leyes → cosmos → matraz → demo → Hawking. Cuando el naranja se coma el flujo del gris, recordad que no estáis mirando una metáfora barata de la IA: estáis mirando, en miniatura, la misma lógica que —si no nos extinguimos antes por un meteorito o por nuestra propia estupidez nuclear— podría escribir el siguiente capítulo de este raro experimento llamado Tierra.

Un saludo a todos.

Referencias:

[1] Artículo donde se explica la propuesta de Stephen Hawking sobre la posibilidad de que la IA acabe con la raza humana:
http://www.elmundo.es/ciencia/2015/07/28/55b77746268e3e526a8b4586.html

[2] Mi artículo original: «El acertado miedo de Stephen Hawking»:
https://quevidaesta2010.blogspot.com/2015/11/el-acertado-miedo-de-stephen-hawking.html

[3] Mi experimento L–J anterior (relación complejidad–consumo):
https://quevidaesta2010.blogspot.com/2015/03/evidencia-favor-de-la-teoria-de-jeremy.html

[4] Nick Lane: http://www.nick-lane.net/

[5] Addy Pross: http://www.bgu.ac.il/~pross/

[6] É. Bartus, T. A. Martinek et al.: «Light-Fueled Primitive Replication and Selection in Biomimetic Chemical Systems», J. Am. Chem. Soc. 145, 13371–13383 (2023):
https://doi.org/10.1021/jacs.3c03597

[7] Peak Oil / Peak Everything:
http://crashoil.blogspot.com/2011/05/peak-oil-peak-copper-peak-iron-peak.html

[8] Mi entrada sobre Eric Chaisson / evolución cósmica (2017):
https://quevidaesta2010.blogspot.com/2017/09/evolucion-cosmica-el-aumento-de-la.html

[9] «Sobre la futura inteligencia sin consciencia» (2018):
https://quevidaesta2010.blogspot.com/2018/01/sobre-la-futura-inteligencia-sin.html

[10] Novela: El Mandato de la Entropía (entrada + Amazon):
https://quevidaesta2010.blogspot.com/2026/07/el-mandato-de-la-entropia.html
https://www.amazon.es/dp/B0H794H3DD

[11] E. J. Chaisson: «Energy Budgets of Evolving Nations and Their Growing Cities», Energies 15, 8212 (2022):
https://doi.org/10.3390/en15218212

[12] D. K. Kondepudi, B. De Bari, J. A. Dixon: «Dissipative Structures, Organisms and Evolution», Entropy 22, 1305 (2020):
https://doi.org/10.3390/e22111305

[13] R. Pascal et al.: «On the Emergence of Autonomous Chemical Systems through Dissipation Kinetics», Life 13, 2171 (2023):
https://doi.org/10.3390/life13112171