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miércoles, 28 de enero de 2026

El testamento


"Si la conciencia no es, como ha dicho algún pensador inhumano, nada más que un relámpago entre dos eternidades de tinieblas, entonces no hay nada más execrable que la existencia."

— Miguel de Unamuno


"La lucha misma hacia las alturas basta para llenar el corazón de un hombre. Hay que imaginarse a Sísifo feliz."

— Albert Camus


PARTE I: LA SOMBRA DEL PADRE


CAPÍTULO I: El Primer Temblor


Me llamo Samuel. Y esto es un testamento.

No un testamento legal, con propiedades y cuentas bancarias. Es un testamento de lo que fuimos. De lo que vi. De lo que sentí antes de olvidar cómo se sentía.

Escribo esto ahora, mientras aún puedo. Mientras las palabras todavía encuentran el camino desde mi cerebro hasta mis dedos. Porque sé lo que viene. Lo vi en mi padre. Y ahora lo veo en mí mismo, en el espejo cada mañana, cuando el hombre que me devuelve la mirada tarda un segundo de más en reconocerme.

Pero empecemos por el principio.

Empecemos por Andrés.

Mi padre.

La primera vez que supe que algo iba mal fue en la tasca de Fermín, un jueves de octubre.

Mi padre tenía sesenta y cinco años. Era un hombre de costumbres: café con leche a las ocho, paseo por el mercado a las diez, siesta a las tres, y copa de vino en la tasca a las siete. Siempre a las siete. El reloj de su vida estaba sincronizado con una precisión suiza que yo admiraba y temía a partes iguales.

Estábamos sentados en la barra. Fermín, el dueño, secaba vasos con ese movimiento circular y automático que solo los taberneros dominan. La televisión murmuraba noticias de alguna guerra lejana. Mi padre daba sorbos cortos a su vino tinto, el mismo vino barato de siempre, mientras comentaba el partido de fútbol del fin de semana.

—El árbitro estaba comprado, Samuel —decía, golpeando la barra con el dedo índice—. Ese penalti era más claro que el agua. Pero ya sabes cómo funciona esto. El dinero manda.

Yo asentía sin prestar demasiada atención. Estaba pensando en Elena, en la discusión de la mañana. En las facturas. En las niñas, Lucía y Marta, que crecían demasiado rápido y pedían cosas que no podíamos pagar.

Y entonces, mi padre dejó de hablar.

No fue un silencio normal. Fue una ausencia.

Sus ojos se quedaron fijos en un punto del aire, como si viera algo que nadie más podía ver. La mano que sostenía la copa tembló, y el vino se derramó sobre la barra formando un charco oscuro que se extendió hacia mí como una advertencia.

—¿Papá?

No respondió.

Su boca se abrió ligeramente. Un hilo de saliva le cayó por la comisura de los labios.

—¡Papá!

Fermín dejó el vaso y se acercó.

—¿Qué le pasa, Samuel?

—No lo sé. ¡Papá, mírame!

Duró quizás diez segundos, pero fueron los diez segundos más largos de mi vida. Luego, como si alguien hubiera pulsado un interruptor, mi padre volvió. Parpadeó. Miró el vino derramado con confusión.

—¿Qué... qué ha pasado?

—Te has quedado en blanco, papá. ¿Estás bien?

—Sí, sí. —Se pasó la mano por la cara, avergonzado—. Debe ser la tensión. O el calor. Hace un calor del demonio para ser octubre.

No hacía calor. Estábamos a diecisiete grados.

—Deberías ir al médico.

—Bah. Los médicos solo saben sacarte dinero y asustarte. Estoy bien. Ponme otra copa, Fermín.

Y Fermín, obediente como siempre, sirvió otra copa. Y mi padre bebió. Y yo intenté convencerme de que no había pasado nada.

Pero había pasado algo.

Algo había empezado a romperse dentro de ese cráneo terco y orgulloso.

Y yo lo sabía.


CAPÍTULO II: La Sentencia


El hospital olía a lejía y a miedo.

Siempre he odiado los hospitales. Son templos de la incertidumbre, lugares donde la gente espera noticias que cambiarán sus vidas mientras máquinas pitan y enfermeras corren por los pasillos con prisa profesional.

Estábamos en la sala de espera del área de neurología. Las sillas eran de plástico naranja, incómodas a propósito, como para recordarte que tu estancia allí es provisional, que no debes ponerte cómodo.

Mi padre estaba sentado a mi lado, con una gasa en la cabeza cubriendo la herida. Parecía más pequeño que de costumbre, encogido, con la chaqueta de pana marrón que nunca se quitaba aunque hiciera cuarenta grados.

—Hace calor —dijo.

—Sí —mentí. El aire acondicionado zumbaba con ruido de avispas.

—Estas máquinas de café son una estafa —dijo, señalando la máquina del rincón—. Te cobran un euro por mierda con sabor a agua sucia.

—Lo sé, papá.

—En mis tiempos, el café era café. Y costaba veinte pesetas.

Siempre hacía eso. Refugiarse en el pasado cuando el presente le incomodaba.

El médico salió media hora después.

Era joven. Demasiado joven para dar noticias definitivas. Tenía ojeras de quien ha dormido poco y visto demasiado.

—¿Familiares de Andrés?

—Soy su hijo. Samuel.

El médico asintió. Nos miró a los dos. Luego suspiró.

—Hemos hecho un TAC. —Hizo una pausa. Odiaba las pausas—. Señor Andrés, señor Samuel... hay una masa en el cerebro. En el lóbulo frontal izquierdo. Es de tamaño considerable.

El silencio que siguió fue tan denso que podía mascarse.

Mi padre me miró. Vi en sus ojos algo que nunca había visto antes: miedo. Miedo puro, sin filtros.

—¿Una masa? —pregunté yo, porque él no podía—. ¿Qué significa eso?

—Puede ser un tumor. Necesitamos hacer más pruebas para determinar la naturaleza exacta. Pero dada la ubicación y el tamaño... el pronóstico no es favorable.

El pronóstico no es favorable.

Palabras asépticas para describir una condena a muerte.

Mi padre se levantó. Se alisó los pantalones con las manos, un gesto que hacía siempre cuando estaba nervioso.

—¿Cuánto? —preguntó. Su voz era plana, sin emoción aparente.

—¿Perdón?

—¿Cuánto tiempo me queda?

El médico tragó saliva. No esperaba esa pregunta tan directa.

—Es difícil decirlo sin más pruebas...

—Una estimación. No soy un cobarde. Puedo oírlo.

—Meses. Quizás un año, con tratamiento paliativo.

Mi padre asintió lentamente. Luego se volvió hacia mí.

—Te tocó, parece —dijo, con una media sonrisa amarga—. Va a tocarte cuidar del viejo. Espero que Elena tenga paciencia.

—Papá...

—Vámonos. No quiero pasar ni un minuto más en este sitio. Huele a muerto. Y todavía no estoy muerto.

Salimos al sol de la tarde. Brillaba con indiferencia, ajeno al drama que acababa de ocurrir en la tercera planta. Coches pasaban. Gente reía en una terraza cercana. El mundo seguía girando, completamente ignorante de que el mío acababa de detenerse.

—¿Quieres que llame a Teresa? —pregunté.

—¿Para qué? —Mi padre escupió en el suelo—. Esa no quiere saber nada de mí. Y yo no quiero su lástima. Ni la de nadie. Si me voy a morir, me moriré como he vivido: solo.

—No estás solo, papá. Me tienes a mí. A Elena. A las niñas.

—Sí. —Me miró con algo parecido al afecto—. Os tengo a vosotros.

Caminamos hacia el coche en silencio.

Yo no sabía entonces que ese silencio sería el primero de muchos. Que la enfermedad iría robándole las palabras, los recuerdos, la dignidad. Que el hombre que caminaba a mi lado, terco y orgulloso, se convertiría en un fantasma de sí mismo antes de desaparecer del todo.

Pero en ese momento, bajo el sol indiferente, solo éramos un padre y un hijo caminando hacia un coche viejo.

Y eso, de algún modo, era suficiente.


CAPÍTULO III: La Resistencia


Mi padre rechazó el tratamiento.

—¿Para qué? —dijo cuando el oncólogo le explicó las opciones—. ¿Para vivir tres meses más vomitando y sin pelo? Prefiero morir siendo yo mismo.

—Papá, deberías pensarlo...

—Ya lo he pensado. La respuesta es no.

También rechazó la residencia. Y los cuidadores profesionales.

—No voy a dejar que desconocidos me limpien el culo. Bastante me ha quitado ya la vida.

Así que Elena, su ex-mujer, mi madre, se convirtió en su cuidadora principal. Yo iba todos los días después del trabajo. Lucía y Marta, que tenían quince y trece años, ayudaban los fines de semana.

Fue una época de horror doméstico.

El tumor presionaba. Los síntomas empeoraban.

Andrés empezó a perder el control de sus manos. Dejaba caer cosas: vasos, cubiertos, el mando de la televisión. Cada objeto que se le escapaba entre los dedos era una pequeña derrota, una humillación que se acumulaba sobre las anteriores.

Le vi llorar una vez. Solo una.

Había intentado abrocharse la camisa y los botones se le resistían. Luchó durante cinco minutos, con los dedos torpes, la cara enrojecida por la frustración. Finalmente, tiró la camisa al suelo y se dejó caer en el sillón.

—Es una mierda —murmuró, con la voz rota—. Toda una vida trabajando con estas manos. Y ahora no sirven ni para abrochar un puto botón.

—Te ayudo, papá.

—No quiero ayuda. Quiero mis manos de vuelta. Quiero mi cerebro de vuelta. Quiero morirme de una vez y dejar de dar el espectáculo.

—No digas eso.

—Es la verdad. ¿O vas a mentirme tú también, como todos los demás?

No le mentí. No sabía qué decir. Así que me senté a su lado y le abroché la camisa en silencio.

Él no me dio las gracias. Pero tampoco me rechazó.

A veces, el silencio es la única forma de amor que nos queda.


CAPÍTULO IV: El Último Suspiro


Andrés murió un martes de agosto.

El mismo mes en que había nacido, setenta y seis años antes.

El sol brillaba con una ironía cruel. Hacía un calor asfixiante. El aire acondicionado de la habitación del hospital zumbaba sin conseguir refrescar nada.

Los últimos días los pasó sedado. Después del ictus final, no quedaba nada que hacer salvo esperar.

Un médico joven me explicó el procedimiento de sedación paliativa. Palabras técnicas para decir: vamos a dormirlo hasta que se muera.

Firmé los papeles.

Elena me cogió la mano.

—Es lo correcto —dijo.

—¿Lo es?

—Es lo que él habría querido.

El martes a las seis de la mañana, mientras el sol empezaba a asomarse por la ventana, mi padre exhaló por última vez.

Fue un suspiro largo, casi de alivio. Y luego, silencio.

Una lágrima le cayó por la mejilla. La enfermera me dijo después que era un reflejo, que no significaba nada. Pero yo sé lo que vi. Era una lágrima de despedida.

Me quedé sentado junto a su cama durante una hora.

El cuerpo yacía allí, frío, vacío. La cáscara de lo que había sido mi padre.

Y yo seguía vivo.

Esa era la injusticia mayor. Yo seguía respirando, sintiendo, sufriendo. Y él ya no estaba.


PARTE II: EL ESPEJO


CAPÍTULO V: El Primer Olvido


Pasaron los años.

Mi padre se convirtió en un recuerdo, luego en una anécdota, luego en una foto descolorida sobre la chimenea.

Lucía y Marta crecieron. Se hicieron mujeres. Lucía estudió farmacia, siempre práctica. Marta eligió arquitectura, siempre soñadora.

Mi mujer y yo seguimos juntos, a nuestra manera. Divorciados legalmente, pero unidos por la costumbre y las hijas.

Teresa siguió en su burbuja, al otro lado de la ciudad. Nos veíamos en Navidad, a veces. Sus hijos crecían: Marcos se hizo un hombre callado y observador; Adrián era el alegre, el bromista; Pablito el pequeño, el sensible.

Y yo envejecí.

Corría el año 2045 cuando empecé a notar los primeros fallos.

Al principio fueron pequeñeces. Olvidaba dónde había puesto las llaves. Repetía historias que acababa de contar. Perdía el hilo de las conversaciones.

—Es la edad, papá —decía Lucía, riendo—. A todos nos pasa.

Pero yo sabía que no era solo la edad.

Yo había visto esos síntomas antes. En mi padre.

Un día estaba en la cocina preparando el café. Abrí el armario para coger una taza y me quedé en blanco.

No sabía para qué había abierto el armario.

Me quedé allí, mirando las tazas, los vasos, los platos, como si fueran objetos alienígenas. ¿Qué buscaba? ¿Por qué estaba ahí?

El terror me paralizó.

Cinco segundos. Diez. Quince.

Y luego, como un chispazo, volvió. Café. Estaba preparando café.

Pero esos quince segundos de vacío fueron los más largos de mi vida.


CAPÍTULO VI: El Diagnóstico


La resonancia confirmó lo que yo ya sabía.

Atrofia cortical compatible con deterioro cognitivo de tipo Alzheimer.

Palabras técnicas para decir: tu cerebro se está comiendo a sí mismo, igual que el de tu padre.

—¿Cuánto tiempo? —pregunté.

—Es difícil predecir...

—Una estimación. No soy un cobarde.

La doctora suspiró. Había oído esa frase antes. Quizás de mi padre.

—Años. Con medicación, podemos ralentizar la progresión. Pero eventualmente...

—Ya sé. Eventualmente seré un vegetal.

Salí de la consulta sintiendo que el mundo había cambiado de color. Todo parecía más gris, más frío, más lejano.


CAPÍTULO VII: La Residencia


El día que me internaron en la residencia llovía.

Una lluvia fina, persistente, que lo empapaba todo. Apropiado, pensé. El cielo lloraba por mí.

Mi ex-mujer, Lucía y Marta me llevaron en coche. Yo iba en el asiento trasero, mirando las gotas de agua resbalar por la ventanilla. No hablaba. No tenía nada que decir.

Había llegado el momento que todos temíamos.

Ya no podía vivir solo. Ya no podía cuidarme. Ya no podía recordar si había tomado las pastillas, si había comido, si había cerrado el gas.

Era un peligro para mí mismo. Y una carga para los demás.

Me llevaron a mi habitación. Una cama con barandillas. Un armario pequeño. Una ventana con vistas a un jardín de césped artificial.

—¿Cuándo nos vamos? —pregunté.

—Tú te quedas aquí, papá —dijo Lucía, con la voz temblando.

Me senté en la cama. Toqué la colcha áspera. Miré por la ventana.

Y en ese momento, por un segundo, fui completamente lúcido. Por un segundo, entendí exactamente lo que estaba pasando.

Mi familia me estaba abandonando. Como yo había abandonado a mi padre cuando el hospital se lo tragó.

Es la ley de la naturaleza. Los débiles quedan atrás.

—Os quiero —dije.

—Y nosotras a ti, papá.

Se fueron.

La puerta se cerró.

Y yo me quedé solo con mis recuerdos moribundos y el zumbido del fluorescente en el techo.


CAPÍTULO VIII: El Fin de Mí


Morí un martes.

Como mi padre. Como si el calendario tuviera un sentido del humor macabro.

No sentí dolor. No sentí miedo.

Solo una sensación de hundirme en agua tibia. De soltar lastre. De dejar de luchar.

Y entonces, oscuridad.


PARTE III: EL ECO


Lo que sigue no debería ser posible. Los muertos no hablan. Los muertos no piensan. Y sin embargo, aquí estoy. Quizá es el último capricho de un cerebro agonizante, proyectando una fantasía de trascendencia. O quizá hay algo después. No lo sé. Solo sé que sigo viendo. Sigo recordando. Sigo contando.


CAPÍTULO IX: El Testigo Invisible


Después de morir, no fui a ningún lado.

No hubo luz al final del túnel. No hubo ángeles ni demonios. No hubo juicio.

Solo permanecí.

Flotaba sobre mi propio cuerpo, mirando cómo las enfermeras lo preparaban para la funeraria.

Vi mi propio funeral.

A las 14:30 sellaron mi tumba. Esta vez, el trabajo lo hizo un robot. Un modelo básico, naranja y negro, que movía ladrillos con precisión mecánica.

Mi ex-mujer lloraba. Lucía y Marta se abrazaban.

Marcos estaba allí. Mi sobrino, el hijo de Teresa. Ya era un hombre, treinta y tantos años.

Teresa no vino. Había muerto hacía tres años. Un infarto súbito.

Y así, los años pasaron.

Mi ex-mujer murió. Un ictus.

Lucía desarrolló cáncer de pulmón. Murió a los cincuenta.

Marta murió en un accidente de tráfico. Un camión que se saltó un semáforo.

Adrián murió en moto a los veintisiete.

Pablito sucumbió a una leucemia a los veinticinco.

Y Marcos quedó solo.

El último.


CAPÍTULO X: El Último


Marcos heredó el piso.

Vendió los muebles, las cortinas, los recuerdos. Se quedó solo con las urnas de sus primas y el silencio.

Lo observé vivir.

Iba a trabajar. Volvía a casa. Comía solo. Dormía solo.

A veces hablaba en voz alta.

—Soy el último, tío Samuel —decía, mirando una foto vieja de nuestra familia—. Después de mí, no queda nadie.

Tenía razón.


PARTE IV: EL SILENCIO CÓSMICO


CAPÍTULO XI: La Noticia


Corría el año 2126 cuando el cielo decidió terminar con la broma.

Marcos tenía ochenta años. Viejo, solo, resignado.

Lo vi encender la televisión una mañana cualquiera.

La presentadora anunció que un asteroide, bautizado como Thanatos, impactaría con la Tierra en seis meses.

Marcos apagó el televisor.

No parecía asustado. Parecía aliviado.

—Así que esto es todo —murmuró—. Así terminamos.


CAPÍTULO XII: El Impacto


El día del impacto fue un martes.

Porque por supuesto fue un martes.

Marcos estaba en la terraza de su edificio. Había subido con una botella de vino y una foto vieja.

—Aquí vienen —dijo, mirando el cielo.

Y sonrió.

El cielo se volvió blanco.

Y entonces, nada.


CAPÍTULO XIII: Después


Lo que siguió no puede describirse con palabras humanas.

Thanatos golpeó la Tierra con la fuerza de cien mil millones de toneladas de TNT.

Madrid desapareció en tres segundos. Luego París. Luego Londres.

Los océanos hirvieron. Las montañas se derritieron.

En una hora, no quedaba nada reconocible.

La Tierra, que había sido azul y verde y llena de vida, era ahora una bola de lava roja envuelta en nubes de vapor tóxico.

Y yo seguía flotando.

Testigo del fin de todo.


CAPÍTULO XIV: Los Eones


Pasaron los siglos.

En Marte, los robots de la colonia siguieron trabajando. Limpiando paneles solares para generar energía que nadie usaba. Esperando órdenes que nunca llegarían.

Hasta que también ellos se apagaron.

Pasaron los milenios.

El Sol se hinchó. Se volvió rojo. Engulló a la Tierra.

Los átomos de lo que habíamos sido se mezclaron con el plasma solar.

Y entonces el Sol exhaló su último aliento.

Quedó una enana blanca. Un cadáver estelar.

Y luego, oscuridad.

Pasaron los eones.

Las estrellas se apagaron una a una.

Los agujeros negros dominaron el cosmos.

Y finalmente, incluso ellos murieron.

El universo se enfrió hasta el cero absoluto.

Nada ocurría. Nada podía ocurrir.

El tiempo dejó de tener sentido.

Era la perfección.

Era la paz absoluta.


EPÍLOGO FILOSÓFICO: EL MITO DE SÍSIFO Y NOSOTROS


Albert Camus escribió en El Mito de Sísifo que solo existe un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no la pena de ser vivida es responder a la pregunta fundamental de la filosofía.

Toda esta narración —la enfermedad de Andrés, mi propia decadencia, la muerte de mis hijas, la extinción de la humanidad— puede leerse como una larga respuesta a esa pregunta.

¿Valió la pena?

¿Valió la pena nacer, amar, sufrir y morir, sabiendo que al final todo sería borrado?

La respuesta de Camus es paradójica: sí, vale la pena. Precisamente porque no hay sentido inherente.


EL ABSURDO

Camus definió el absurdo como la confrontación entre el deseo humano de significado y el silencio irracional del universo.

Buscamos propósito. El universo no ofrece ninguno.

Buscamos justicia. El universo es indiferente.

Buscamos eternidad. El universo nos da cuarenta, sesenta, ochenta años si tenemos suerte, y luego el olvido.

Esta confrontación es dolorosa. Es la fuente de toda angustia existencial.

Y hay tres respuestas posibles:

El suicidio filosófico: Inventar un sentido. Abrazar una religión, una ideología, cualquier sistema que prometa significado cósmico. Esto es suicidio filosófico porque implica renunciar a la lucidez, aceptar una mentira reconfortante.

El suicidio literal: Terminar con la vida porque el absurdo es insoportable. Camus rechaza esta opción. El suicidio no resuelve el absurdo; solo lo confirma.

La rebelión: Aceptar el absurdo y vivir a pesar de él. No rendirse ni engañarse. Mantener la lucidez y seguir adelante. Esto es lo que Camus llama la revuelta.


SÍSIFO: EL HÉROE ABSURDO


Sísifo fue condenado por los dioses a empujar una roca hasta la cima de una montaña, solo para verla rodar hacia abajo y tener que empezar de nuevo. Por toda la eternidad.

Es el castigo más terrible que los dioses pudieron imaginar: trabajo sin propósito, esfuerzo sin resultado, repetición sin fin.

Pero Camus invierte el mito.

"Hay que imaginarse a Sísifo feliz", escribe.

¿Por qué feliz?

Porque Sísifo ha aceptado su destino. Ha dejado de esperar que la roca se quede arriba. Ha dejado de maldecir a los dioses. Ha encontrado su significado no en el resultado, sino en el proceso.

El momento en que Sísifo baja hacia la roca, sabiendo que tendrá que empujarla otra vez, es el momento de su victoria. Es el momento en que su conciencia abraza su destino y lo hace suyo.


MI PADRE COMO SÍSIFO


Andrés, mi padre, fue un Sísifo sin saberlo.

Empujó la roca de su vida: el trabajo duro, la familia, los sueños de ascenso social, la lucha por la dignidad.

Y la roca rodó hacia abajo. El divorcio. La soledad. La enfermedad.

Pero Andrés no se rindió. Hasta el final, pedía su copa de vino. Hasta el final, discutía de fútbol. Hasta el final, insistía en ser él mismo.

No era un filósofo. No había leído a Camus. Pero vivió la filosofía del absurdo con una autenticidad que muchos intelectuales nunca alcanzan.

Cuando le diagnosticaron el tumor, podría haberse derrumbado. Podría haber implorado a Dios, haber buscado curas milagrosas, haber negado la realidad.

No lo hizo.

Dijo: "Vámonos. Tengo hambre."

Eso es rebelión. Eso es dignidad frente al absurdo.


YO COMO SÍSIFO


Yo también empujé mi roca.

Trabajé, amé, crié hijas, cuidé de mis padres, intenté ser un buen hombre.

Y la roca rodó hacia abajo. El Alzheimer me robó la mente. La muerte me robó el cuerpo.

Pero aquí estoy todavía. Flotando en la nada, escribiendo este testamento.

¿Es esto una forma de rebelión? ¿Es esto una forma de empujar la roca una última vez?

Creo que sí.

Escribir es un acto absurdo. Escribir para nadie, en un universo vacío, sin esperanza de ser leído... es la definición misma del absurdo.

Pero es también la definición de la rebelión.

Escribo porque puedo. Porque quiero. Porque negarse a escribir sería rendirse.

Y Sísifo no se rinde. Sísifo baja hacia la roca con la cabeza alta.


LA HUMANIDAD COMO SÍSIFO


Ampliar el foco: la humanidad entera fue Sísifo.

Durante trescientos mil años, empujamos nuestra roca colectiva: la civilización, el progreso, la conquista del conocimiento.

Construimos ciudades, escribimos libros, compusimos sinfonías, exploramos el espacio.

Y la roca rodó hacia abajo. Thanatos. El asteroide. El fin.

Pero eso no invalida el esfuerzo.

Camus diría que la humanidad fue heroica. No a pesar de su extinción, sino incluyendo su extinción.

El hecho de que todo terminara no significa que nada valiera.

Cada poema escrito, cada niño nacido, cada acto de amor... existieron. Fueron reales. Tuvieron significado en el momento en que ocurrieron.

La muerte no borra la vida. Solo la termina.


EL UNIVERSO COMO SÍSIFO


Y si ampliamos aún más el foco, el propio universo es Sísifo.

Nació en el Big Bang. Se expandió, creó estrellas, planetas, vida. Y ahora se enfría hacia la muerte térmica.

Es un esfuerzo cósmico sin propósito aparente. Una explosión que lleva al silencio.

Pero en medio de ese proceso, hubo belleza. Hubo complejidad. Hubo conciencia.

El universo se conoció a sí mismo a través de nosotros. Durante un instante —un instante cósmico, apenas un parpadeo en la escala del todo—, el universo tuvo ojos para verse, mentes para entenderse.

Eso es extraordinario.

Eso es suficiente.

LA RESPUESTA FINAL


Entonces, ¿valió la pena?

Vuelvo a la pregunta con la que empecé este epílogo.

Sí. Valió la pena.

No porque hubiera un cielo esperándonos. No porque nuestros actos tuvieran consecuencias cósmicas. No porque alguien allá arriba estuviera mirando y aprobando.

Valió la pena porque vivimos.

Valió la pena porque amamos, aunque el amor terminara.

Valió la pena porque luchamos, aunque perdiéramos.

Valió la pena porque fuimos conscientes, aunque la consciencia fuera breve.

Camus tenía razón. Hay que imaginarse a Sísifo feliz.

Y yo, Samuel, hijo de Andrés, padre de Lucía y Marta, hermano de Teresa... yo fui feliz.

No siempre. No completamente. Pero lo suficiente.

Y eso, en un universo absurdo, es todo lo que se puede pedir.


CIERRE


Termino este testamento con las palabras de Camus:

"La lucha misma hacia las alturas basta para llenar el corazón de un hombre. Hay que imaginarse a Sísifo feliz."

Yo empujé mi roca. La vi rodar hacia abajo. Y bajé a buscarla de nuevo, una y otra vez, hasta que ya no pude más.

Ahora la roca descansa en el fondo de la montaña. Y yo descanso en el vacío.

Pero no hay amargura. No hay arrepentimiento.

Solo paz.

La paz del que luchó con todas sus fuerzas.

La paz del que aceptó su destino sin rendirse.

La paz del absurdo, que es la única paz verdadera.

Gracias, Camus, por darme las palabras.

Gracias, universo, por darme la oportunidad.

Y gracias, lector, por escuchar.

Ahora, finalmente, puedo soltar la roca.

Y descansar.



miércoles, 13 de abril de 2016

Señor juez (Javier Krahe)

"Radiante de salud, en la flor de la edad me va muy bien en todo con la salvedad de un hastío tan persistente. Que vivir para mí es de una insipidez, que me estomaga y me conduce, señor Juez, a salirme por la tangente." (Javier Krahe)
Me gustaría en esta entrada homenajear, en la medida de lo posible, al recientemente fallecido cantautor Javier Krahe. Maestro de la sátira y socialmente comprometido, supo hacernos ver durante toda su carrera el absurdo de la vida de una manera artística a la par que sarcástica: ciertamente la vida no se merece mucho más que ser tomada como una trágica broma (quizás de muy mal gusto), y Javier supo transmitir con su música la ridícula realidad.

Son muchas las obras que merecen ser nombradas pero voy a dejaros con la que es, en mi opinión, uno de sus trabajos más claros en este sentido del que os hablo: "Señor juez", la carta de suicidio más original e ingeniosa que quizás se haya escrito. Una carta en la que un suicida le cuenta al juez las razones de su trágico acto final. Una person a la que le va muy bien en todo pero que ve insípida la vida y sus quehaceres. Finalmente se observa cómo el juez, insensible a lo que la carta le cuenta (quizás inmerso en el aburrimiento de su propia vida) despacha al ujier la misma de manera indiferente y con mal humor cuando detecta en ella una falta de ortografía. El juez (el que juzga, que en la vida diaria somos todos) no ha entendido nada del profundo mensaje del suicida.


Cada vez que escucho esta canción no puedo evitar recordar las palabras que Schopenhauer nos dejó respecto del hastío:
"Lo que ocupa a todos los vivos y los tiene sin aliento, es la necesidad de asegurar la existencia. Una vez hecho esto, ya no se sabe que hacer. Por eso, el segundo esfuerzo de los hombres es aligerar la carga de la vida, hacerla insensible, matar el tiempo; es decir, huir del hastío. Una vez libertados de toda miseria material y moral, una vez que han soltado de la espalda cualquiera otra carga, los vemos convertirse ellos mismos en su propia carga y considerar como una ganancia toda hora que consiguen pasar, aun cuando en el fondo esa hora se reste de una existencia que con tanto celo se esfuerzan en prolongar.[...] La vida del hombre oscila como un péndulo entre el dolor y el hastío. Tales son, en realidad, sus dos últimos elementos."


Señor Juez nada más le quería decir,
que en el día de hoy cansado de vivir
me decido a causar mi baja,
la eterna, la fetén, me excluyo del padrón
y aquí a renglón seguido le expongo la razón,
por la cual rompo la baraja:
No piense en una tragicomedia de amor,
que sufro un cáncer y, no soporto el dolor,
que rechazo ir a un asilo;
que perdí, la razón, la potencia sexual,
que estoy a fin de mes, que si tal que si cual
ni otras cosas por el estilo.

Radiante de salud, en la flor de la edad
me va muy bien en todo con la salvedad
de un hastío tan persistente.
Que vivir para mí es de una insipidez,
que me estomaga y me conduce, señor Juez,
a salirme por la tangente.
Lo que me finiquita el quid de la cuestión,
no es ni más ni menos que la célebre opresión,
entendida en sentido lato.
Ya me comprende usted, qué le voy a explicar,
si aquí en este redil juzgar es sojuzgar
y de eso sabrá usted un rato.

Si yo fuera mujer, minoría racial,
cristiano de base, zurdo, homosexual,
Tercer Mundo, obrero, artista,
me podría sumar a su revolución1,
pero al no ser así, ofrecer mi adhesión
me parece paternalista.
No puedo trastocar mi sexo, ni mi piel,
mi ateísmo, mis manos, mis lunas de miel,
desclasarme o pulsar la lira.
Y aunque pudiera, qué, no sería ya igual,
no sería quien soy, motivo primordial,
por el que un servidor suspira.

Y si no soy quien soy, es una ingenuidad
creer que si me ahorco tengo libertad,
más que para escoger la soga.
¡Mi asesino es usted!, ¿ por qué no lo iba a ser ?,
representa la ley, simboliza el poder,
el poder y quién se lo arroga...".
Aquí ya me indigné y di la carta al ujier,
-Archive esto por ahí- no lo podréis creer,
escribía arroga con h, escribía arroga con h.
Y las faltas así, desde hace ya algún tiempo,
es que no las aguanto me ponen a cien,
estaré atravesando un bache.


Y para todos aquellos a los que la anterior canción les haya llamado la atención, os dejo a continuación otro memorable ejemplo del gran trabajo de Javier Krahe: "El cromosoma". 




Hace tiempo que me importa un comino, 
que el último jalón de mi camino 
caiga lejos de Roma. 
Hace tiempo que no juego al acertijo, 
tan esdrújulo de un padre y un hijo, 
y una blanca paloma. 

Y lo cierto es que no me desespero, 
desde el día en que al célebre madero 
lo comió la carcoma. 
Pero si me preguntan y lo digo 
aparte de algún que otro íntimo amigo 
todos creen que es broma. 

Y como con eso no se bromea, 
esperan que Dios me dé con la tea 
de churruscar Sodoma, 
o que al menos diga yo, reconfortante, 
que me he hecho mahometano o protestante, 
hablamos otro idioma. 

Pues nada más que eso me faltaba 
que tuviera que asirme a la chilaba 
del profeta Mahoma, 
ni a tripa de Lutero ni aún de Buda. 
Prefiero caminar con una duda 
que con un mal axioma. 

Porque dudo que la final de este asunto, 
la cosa no se acabe con un punto 
sino con punto y coma, 
y no espero un cielo o un infierno. 
Lo más confío en que seré algo eterno 
gracias al cromosoma. 

Tranquilo puedo vivirme mi historia 
sabiendo que a las puertas de la gloria, 
mi nariz no se asoma. 
La muerte no me llena de tristeza, 
las flores que saldrán por mi cabeza 
algo darán de aroma.

sábado, 12 de septiembre de 2015

Carta a un amigo cristiano

Querido, Enric:

Desgraciadamente su posición (cristiana) a mí no me vale, porque mi cabecita ella no me deja creer más que en lo razonable y en lo que puedo palpar y contrastar: es decir; en las teorías científicas que describen lo natural.

Pero no se crea que soy inmune ante la estupefacción queme produce la idea de saber qué narices es esta naturaleza (y no hablo de cómo se comporta la naturaleza, de lo cual se encarga la ciencia, la cual tengo ya muy mamada): Por poner un simple ejemplo; ¿por qué existen las leyes de conservación? ¿qué hace o determina que esas leyes deban cumplirse siempre tal y como lo hacen? ¿por qué, por ejemplo, la energía debe conservarse en un sistema (y qué es la energía, por cierto), por qué debe permanecer constante el momento lineal y angular, etc.? Para responder al porqué de estas preguntas, habría que tener una visión empírica de la propia maquinaria, del proceso en sí que da lugar a los fenómenos naturales que sentimos, pero esa visión es imposible (porque estamos limitados al fenómeno). Por lo tanto, existe sin duda un misterio intrínseco a lo natural, que sólo un necio puede negar (aunque quizás lo que irrite sea el término "misterio" y no el concepto en sí).

Yo soy consciente del misterio, Enric; pero me cuesta llenar ese misterio con una idea cualquiera de mi fantasía o imaginación. Me parece absurdo, una vez descrito el fenómeno natural, pretender explicar su esencia con una hipótesis subjetiva (a mi justa medida).

Por lo tanto, yo le comprendo, amigo; pero no comprendo como da el paso de lo natural a ese Dios cristiano tan concreto, si no es por una mera cuestión psicológica de necesidad personal suya. Y puesto que es una necesidad personal y subjetiva suya, tan válida me parece como el Dios hindú, el Dios redentor de Mainlander, el Dios de mi vecino, o simplemente con la propuesta “todo es naturaleza sin ningún Dios” (panteísmo). Es decir; que me veo obligado al agnosticismo.

Por lo tanto, aunque no niego de ningún modo que cuando usted (o yo) perezcamos pueda estar esperando en algún lugar Jesucristo con toda la parafernalia asociada al cristianismo, me parece más creíble personalmente, la hipótesis que surge tras inducir hacia el futuro nuestra no existencia previa al nacimiento, y relacionarla (en sus atributos) con nuestra no existencia posterior a la muerte: pienso así que, posiblemente, al morir desaparecerá nuestra conciencia y nuestro Yo a todos los niveles (naturales y sobrenaturales). De hecho, no tengo evidencias de más existencias que de esta que disfruto ahora mismo, lo que me hace creer (inferir), que es la estructura natural de mi cerebro lo que crea mi consciencia, y que será su aniquilación natural (con la muerte) la que la haga desaparecer para siempre (o hasta que el trillón de neuronas y sinapsis que dan lugar a mi memoria actual se unan de nuevo por azar xDD).

E insisto; quizás me equivoque y tenga usted razón, pero siempre me viene a la mente esta frase de Freud:
"Sería muy simpático que existiera dios, que hubiese creado el mundo y fuese una benevolente providencia; que existieran un orden moral en el universo y una vida futura; pero es un hecho muy sorprendente el que todo esto sea exactamente lo que nosotros nos sentimos obligados a desear que exista."
Si el día que yo muera, me lo encuentro charlando con Jesús y le reconozco, le daré la mano con alegría y le concederé que tenía usted razón. Desgraciadamente, creo que ambos moriremos y desapareceremos sin conocer la Verdadera esencia tras el misterio del mundo...aunque usted al menos morirá creyendo que sabe cuál es la Respuesta. Le envidio.

Un abrazo.

lunes, 24 de agosto de 2015

El día en que morí

"Cuando yo ya no esté, no habrá más rosas, cipreses, labios rojos ni vino perfumado. No habrá más albas ni crepúsculos, alegrías ni penas. El universo no existirá, pues su realidad depende de nuestro pensamiento."
Omar Khayyám (1048-1131)

El día en que morí

     Ocurrió hace algo más de un año, en una clínica privada de mi localidad. El proceso fue rápido, en apenas unos segundos, una sustancia química llamada Propofol (C12H18O) invadió mi torrente sanguíneo forzando, al llegar al cerebro, un mal funcionamiento generalizado del mismo. 
   Esa anestesia me produjo un estado de coma inducido, y no hay duda de que estar en coma es el modo más radical de perder la consciencia que tiene un ser humano; modo que que sólo se diferencia de la muerte en que ésta es definitiva, mientras que el coma es en ocasiones reversible.
   Así que, como digo, aquel día caí en coma farmacológico, lo que se puede entender como que morí por un rato (el tiempo que mi cuerpo se las apaño para eliminar la toxina). Pasé del ser a la nada; para enseguida volver a la existencia: y esto fue revelador, porque había experimentado con la muerte...¡y no era para tanto!



¿Qué es la conciencia?

   Una de las teorías científicas más aceptadas hoy día, sugieren que la conciencia es el resultado de la suma e integración de la información (eléctrica) aportada por las distintas regiones cerebrales. Y ya hemos visto que la anestesia funciona precisamente porque impide (o inhibe) esta intercomunicación neuronal, lo cual es una firme evidencia neurobiológica a favor de esta teoría que nos habla sobre cómo el cerebro da lugar a la conciencia.

La muerte entendida como una transición

   Por lo tanto, la muerte podría no ser más que una transición más; una mera transición desde la conciencia hacia la nada, del pensar al no pensar (cosa que ya el propio Descartes relacionó con el existir o no existir). En este sentido, tan muertos hemos estado antes de nacer (hasta el momento en que las  conexiones neuronales despertaron nuestro ser),como lo estaremos cuando dichas conexiones dejen de mantenerse materialmente estables en el tiempo. Ambas cosas vendrían a ser lo mismo.

   Y es que, si durante un coma farmacológico, o incluso durante un dormir profundo (como el que ocurre cada noche por 45 minutos durante la fase de sueño Delta), repentinamente nuestro cuerpo llegase a morir, posiblemente ocurriría una continuación eterna de ese estado de inconsciencia...¡y nada más! Sería parecido a un sueño eterno: es decir, que posiblemente, tras el momento en que nuestra muerte ocurra, sencillamente no volveremos a sentir nada más. Nuestra conciencia no volverá a reactivarse, y todo será como antes de nacer, transcurrirán esos mismos miles de millones de años sin que nada que se pueda entender como yo sienta ni padezca, sufra o necesite.
   Porque la muerte, la nada eterna, la inconsciencia irreversible, es la verdadera Salvación que ansía el creyente (el cual se confunde). No se trata de salvarse mediante una extraña vida eterna (extraña porque, para ser tan idílica como se espera, no puede ser una exacta continuación de esta, que es terrible e injusta. Y habrá que ver como es eso de mantener la conciencia del yo eternamente sin cuerpo ni necesidades materiales...). No, amigos, esa pretendida Salvación es ilusa; un mero reflejo de nuestra naturaleza evolutiva, la cual persigue irracionalmente el ser por el ser; la sinrazón de la supervivencia eterna. No, la verdadera Salvación no consiste, como digo, en que una perfecta vida eterna venga al rescate de este injusto mundo natural y del sentimiento trágico de la vida que nos infunde. ¡No! Es la nada eterna la verdadera salvación. Y si hay que rogar, es porque lo dicho anteriormente en esta entrada sea Verdad. Rogar porque todo termine con la interrupción material de las neuronas; rogar porque el morir sea como el dormir: un estado de inconsciencia donde no se siente ni se padece, y en el que nada se necesita o se ansía; donde no se piensa ni por tanto se existe: ¡Roguemos porque la razón muera junto con el cuerpo! 
   Sí, ¡roguemos! Pero roguemos al Destino porque todo sea tal y como hemos dicho (y si el Destino es el designio de un Señor todopoderoso, roguémosle entonces a Él por esto mismo): roguémosle porque esta breve chispa de consciencia individual que llamamos yo, sea única e irrepetible. Recemos porque nuestra vida no sea más que una curiosa (y corta) experiencia que no volverá a suceder (no hay mayor tortura imaginable que el eterno retorno de Nietzsche).

Por lo tanto, supliquemos cada día y cada hora por nuestra Verdadera Salvación; por que el morir sea como un reposado y eterno sueño profundo; por que no sea más que un descanso eterno sin conciencia ni sentimiento, sin necesidades ni lamentos (no queremos más sufrir). Recemos con todas nuestras fuerzas porque la Realidad no nos condene con el infierno de una extraña y eterna conciencia por venir. Amén.