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miércoles, 17 de enero de 2018

Extractos del libro Desgarradura, de Emil Cioran

Desgarradura, es una obra del escritor y filósofo rumano Émile Michel Cioran. Su título original es Ecartèlement y fue publicada en 1983. Es un libro de reflexiones filosóficas dividido en cuatro secciones escritas en aforismos. Sus temas principales son la edad, el tiempo, la divinidad, la religión y la muerte.


Si queréis saber más sobre Emil Cioran, podéis entrar aquí.

A continuación voy a compartir algunas de las reflexiones más interesantes, en mi opinión, de este libro. Si queréis leer el libro completo, lo podéis descargar en formato PDF desde: (http://cnqzu.com/library/Philosophy/neoreaction/_extra%20authors/Cioran,%20Emil/Cioran_E.M.%20-%20Desgarradura.pdf):



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Para frenar la expansión de ese animal tarado que es el hombre, la urgencia de calamidades artificiales que sustituyan con ventaja a las naturales se advierte cada vez más y seduce a todos en mayor o menor grado. El Final va ganando terreno. No podemos salir a la calle, mirar a la gente, intercambiar cuatro palabras, oír un gruñido cualquiera, sin decirnos que la hora se acerca, tanto si debe sonar dentro de un siglo como de diez.


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Conversación con un sub-hombre. Tres horas que hubieran podido convertirse en un suplicio si no me hubiera repetido sin cesar que no perdía el tiempo, que al menos tenía la oportunidad de contemplar un espécimen de lo que será la humanidad dentro de algunas generaciones...

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No se escribe porque se tenga algo que decir, sino porque se tienen ganas de decir algo.

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Pretender que el hombre no puede vivir sin dioses es un error. Primero, porque crea simulacros de ellos. Segundo, porque lo soporta todo y a todo se habitúa: no es lo bastante noble para perecer de decepción.


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La muerte es un estado de perfección, el único al alcance del mortal.

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Existir es un fenómeno colosal -que no tiene ningún sentido. Así definiría el aturdimiento en el que vivo día tras día.

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Padecemos, luchamos, nos sacrificamos, aparentemente por nosotros mismos, pero en realidad por cualquiera, por un enemigo futuro, por un enemigo desconocido. Y eso es más cierto aún de los pueblos que de los individuos. Heráclito se equivocó: no es el rayo, sino la ironía lo que rige el universo. Ella es la ley del mundo.

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Según una leyenda hindú, Shiva comenzará a danzar en un momento dado; lentamente al principio, cada vez más rápido después, y no se detendrá hasta haber impuesto al mundo una cadencia desenfrenada, completamente opuesta a la de la Creación.
Esta leyenda no necesita comentario alguno: la historia se ha encargado de ilustrar su pertinencia.

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¡Qué deshonor, la muerte! Convertirse de repente en objeto...

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Cuando veo a alguien luchar por una causa trato de saber lo que sucede en su cerebro y de dónde puede provenir tan evidente falta de madurez. Quizás rechazar la resignación sea un signo de "vida", pero nunca lo será de clarividencia, ni siquiera de reflexión. Un hombre sensato no se rebaja a protestar, apenas si consiente a indignarse. Tomar en serio las cosas humanas demuestra alguna secreta carencia.

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Mi misión es matar al tiempo, la suya matarme a mí. Se está perfectamente a gusto entre asesinos.

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Esa paz de ultratumba que experimentamos cuando nos abstraemos del mundo. De pronto, creí percibir una sonrisa envolviendo el espacio. ¿Quién sonreía?, ¿de quién emanaba esa gran dicha que inunda los rostros de las momias? Durante un instante estuve en el otro lado; al siguiente tuve que regresar, indigno de compartir más tiempo el secreto de los muertos.

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La plenitud como cúspide de la felicidad sólo es posible en esos instantes en los que poseemos una conciencia profunda de la irrealidad de la vida y de la muerte. Instantes raros en tanto que experiencias, aunque frecuentes en el ámbito de la reflexión, en el cual sólo existe lo que se siente. Ahora bien, sentir la irrealidad y trascenderla en un mismo acto es una hazaña que rivaliza con el éxtasis y, a veces, lo eclipsa.

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No, el aire no me falta, pero no sé qué hacer con él, no entiendo por qué debo respirar...

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No es el instinto de conservación, sino nuestra incapacidad para ver el porvenir, lo que nos permite seguir viviendo. O para imaginarlo solamente. Si supiéramos lo que nos espera, nadie se rebajaría a persistir. Pero como todo desastre futuro es abstracto, resulta difícil asimilarlo. Ni siquiera lo logramos cuando se abate sobre nosotros y nos sustituye.

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Quien se hace la menor ilusión acerca de los hombres, después de haberlos tratado, debería ser condenado a reencarnarse, para que aprendiera a observar, para que se pusiera al corriente de lo que sucede.


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¿La aparición de la vida? Una locura pasajera, una fantasía de los elementos, un capricho de la materia. Los únicos que tienen alguna razón de protestar son los seres individuales, víctimas compasibles de un antojo.


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El escéptico puede llegar a admitir que la verdad existe, pero deja para los inocentes la ilusión de creer que algún día podrá ser poseída. Por lo que a mí respecta, piensa él, me atengo a las apariencias, las constato y me adhiero a ellas en la medida en que, como ser vivo, no puedo hacer otra cosa. Actúo como los demás, ejecuto sus mismos actos, pero no me confundo ni con mis palabras ni con mis gestos. Me someto a las costumbres y a las leyes, hago como si compartiera las convicciones, es decir, las manías de mis conciudadanos, sabiendo que, en última instancia, soy tan poco real como ellos. ¿Qué es, entonces, el escéptico? Un fantasma... conformista.


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No  es  en  absoluto  desoladora  la  idea  de  que nadie recordará el  accidente que  hemos sido, de  que  no  subsistirá  la  menor  huella  de  ese  yo  anhelante de suplicios que ningún torturador se hubiera  atrevido  a  soñar  jamás.


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Todo  cuanto  ocurre  es  a  la  vez natural e  inconcebible. Conclusión  que  se  impone  tanto si  consideramos  los grandes acontecimientos  como los pequeños.


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Si  las olas reflexionaran,  creerían que avanzan, que tienen un objetivo, que progresan, que  trabajan  para  el bien del Mar,  y  llegarían  a  elaborar  una filosofía  tan necia como  su obstinación.


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Todo  lo  que  he  abordado, todo  aquello  sobre  lo que he escrito a lo largo de mi existencia,  es  indisociable de  lo  que he  vivido.  No he  inventado nada, he  sido  solamente el  secretario de  mis sensaciones.


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Cómo diferenciar  las  cosas  que dependen  de  nosotros  de  las  que no dependen? Yo  no  lo sé. A  veces  me  siento  responsable  de  todo  lo  que  hago, aunque  advierta, pensándolo bien, que he  seguido un impulso del que no  era  dueño; en  otras  ocasiones, me creo condicionado y  esclavizado sin  haber hecho otra  cosa que  actuar de acuerdo con un razonamiento  surgido fuera de  toda  coerción,  incluso...  racional. Imposible  saber cuándo y cómo se es  libre, cuándo y  cómo  manipulado. Si  nos interrogáramos continuamente  para identificar la  naturaleza  precisa  de  cada  acto, desembocaríamos en  el  vértigo  antes  que  en  una  conclusión. De  lo  cual  se  deduce  que,  si existiera una solución  al  problema  del  libre  albedrío,  la filosofía no  tendría  ninguna  razón de existir.


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Según Novalis, de nosotros depende que  el  mundo sea conforme a nuestra voluntad.  Eso  es  exactamente  lo  contrario de  lo que  se  puede pensar  y sentir  al  final de  una vida  y, con mayor  razón, al  final  de la  historia...


martes, 24 de noviembre de 2015

Algunos aforismos de Emil Cioran


Algunos aforismos de Emil Cioran (de su obra, El aciago Demiurgo):

Una vida plena no es, en el mejor de los casos, más que un equilibrio de inconvenientes.

Ya se trate del individuo o de la humanidad en su conjunto, no se debe confundir avanzar y progresar, a menos de admitir que ir hacia la muerte sea un progreso.


Todo el mundo vive en y del proyecto, consecuencia del no saber: obnubilación metafísica que alcanza las dimensiones de la especie. Para el que no está obnubilado, el futuro y, con mayor razón aún, todo acto que se inserte en él, no es más que engaño, espejismo generador de asco y de espanto.


El caído es un hombre como todos nosotros, con la diferencia de que no se ha dignado a jugar el juego. Le criticamos y le huimos, le guardamos rencor por haber revelado y expuesto nuestro secreto, le consideramos a justo título como un miserable y un traidor.


En este mismo momento, por todas partes, millares y millares están a punto de expirar, mientras que yo, aferrado a mi estilográfica, busco en vano una palabra para comentar su agonía.


El lugar que uno ocupa en el Universo: ¡un punto, y ni siquiera! ¿Por qué zarandearse cuando visiblemente se es tan poco? Hecha esta constatación se calma uno en seguida: en el futuro, no más preocupaciones, no más alocamientos metafísicos o de otra clase. Y, después, este punto se dilata, se hincha, sustituye al espacio. Y todo vuelve a empezar.

No hay más que un signo que testimonie que se ha comprendido todo: llorar sin motivo.

No hay que tomarse nada a pecho -se repite quien se enoja consigo mismo cada vez que sufre y no pierde ninguna ocasión de sufrir.


Frívolo y disperso, aficionado en todos los campos, no habré conocido a fondo más que el inconveniente de haber nacido.


Habría que decirse y repetirse que todo lo que nos alegra o nos aflige no corresponde a nada, que todo es perfectamente irrisorio y vano. ...Pues bien, me lo digo y me lo repito cada día y no por ello dejo de alegrarme o afligirme.


viernes, 28 de agosto de 2015

De lágrimas y de santos (E. M. Cioran)

De lágrimas y de santos, de Emil Cioran (si queréis saber sobre el autor, entrar aquí).

A continuación voy a compartir algunos de los aforismos más interesantes de la obra: De lágrimas y de santos. Podéis descargar la obra completa en formato PDF desde el siguiente enlace: (http://crimideia.com.br/blog/wp-content/uploads/2010/02/emil-cioran-de-lc3a1grimas-y-santos28193729.pdf):





¿Sería para nosotros la existencia un exilio y la nada una patria?

Los hombres sólo se reconciliaron con la muerte para evitar el miedo que ella les inspira; sin embargo, sin ese miedo morir no tiene el mínimo interés. Pues la muerte existe únicamente en él y a través de él. La sabiduría nacida del acuerdo con la muerte es, frente a las postrimerías, la actitud más superficial que existe. El propio Montaigne fue infectado por ella, sin lo cual sería incomprensible que haya podido vanagloriarse de aceptar lo inevitable. Quien ha superado el miedo puede creerse inmortal; quien no lo conoce, lo es. Es probable que en el paraíso las criaturas desaparezcan también, pero no conociendo el miedo de morir, no morirían, en suma, nunca. El miedo es una muerte de cada instante. 

Me apegué a las apariencias cuando comprendí que sólo había algo absoluto en la renuncia.

El cristianismo entero no es más que una crisis de lágrimas, de la que sólo nos queda un regusto amargo. 

Con el Renacimiento comienza el eclipse de la resignación. De ahí la aureola trágica del hombre moderno. Los antiguos aceptaban su destino. Ningún moderno se ha rebajado a esa concesión. El desprecio del destino nos es igualmente ajeno, dado que carecemos demasiado de sabiduría para no amarlo con una pasión dolorosa.  

El vino ha hecho más por acercar los hombres a Dios que la teología. Hace tiempo que los borrachos tristes -¿y los hay que no lo sean?- han superado a los eremitas. (Este aforismo me ha recordado a mi triste padre)

Hay quien se pregunta aún si la vida tiene o no un sentido. Lo cual equivale a preguntarse si es o no soportable. Ahí acaban los problemas y comienzan las resoluciones.

Nuestra ausencia de orgullo compromete a la muerte. Ha sido probablemente el cristianismo lo que nos ha enseñado a cerrar los ojos -a bajar la mirada- para que la muerte nos halle sosegados y sumisos. Dos mil años de educación nos han acostumbrado a una muerte sensata y comedida. ¡Morimos postrados, atraídos hacia abajo, nos extinguimos escondidos por nuestros párpados, en lugar de morir con los músculos tensos como un corredor que espera la señal dispuesto a desafiar al espacio y a vencer a la muerte en pleno orgullo e ilusión de su fuerza! Sueño con frecuencia con una muerte indiscreta, cómplice de las vastedades...

Si Dios creó el mundo, fue por temor de la soledad; ésa es la única explicación de la Creación. Nuestra razón de ser, la de sus criaturas, consiste únicamente en distraer al Creador. Pobres bufones, olvidamos que vivimos dramas para divertir a un espectador cuyos aplausos todavía nadie ha oído sobre la tierra... Y si Dios ha inventado a los santos -como pretexto de diálogo- ha sido para aliviar aún más el peso de su aislamiento. Por lo que a mí respecta, mi dignidad exige que Le oponga otras soledades, sin las cuales yo sólo sería un payaso más.

Dios se instala en los vacíos del alma. Se le van los ojos tras los desiertos interiores, pues al igual que la enfermedad, se arrellana en los puntos de menor resistencia. Una criatura armoniosa no puede creer en El. Fueron los enfermos y los pobres quienes le dieron a conocer, para uso de atormentados y desesperados.

Hay momentos en que, sintiendo bullir en mí un odio asesino por todos los «agentes» del otro mundo, les infligiría suplicios inauditos. ¿Qué convicción es esta que me dice que si viviera entre los santos me armaría de un puñal? ¿Por qué no confesar que una masacre de ángeles me colmaría? A todos esos fanáticos de la deserción les colgaría de la lengua y les dejaría caer sobre un lecho de lis. ¿Es posible que no tengamos la prudencia elemental de cortar inmediatamente de raíz toda vocación sobrenatural? ¿Cómo no detestar a toda esa ralea del paraíso que provoca y alimenta esta sed mórbida de sombras y de luces procedentes de otro lugar, de consolaciones y tentaciones transcendentales?

Si la verdad no fuera tan aburrida, la ciencia habría eliminado rápidamente a Dios. Pero al igual que los santos, Dios es una ocasión de escapar a la abrumadora trivialidad de lo verdadero. Lo que me interesa en la santidad, quizá sea el delirio de grandeza que esconde detrás de sus delicadezas, los apetitos inmensos disfrazados de humildad, la insatisfacción que oculta su caridad. Pues los santos han sabido explotar sus debilidades con una ciencia propiamente sobrenatural. Sin embargo, su megalomanía es indefinible, extraña, turbadora. ¿De dónde proviene, a pesar de todo, nuestra compasión inconfesable por ellos? Creer en ellos apenas es ya posible. Admiramos sus ilusiones, simplemente. De ahí esa compasión... (Este aforismo me ha recordado a usted Enric, que sé que está ahí leyendo)

La mística oscila entre la pasión del éxtasis y el horror del vacío. No se puede conocer la primera sin haber conocido el segundo. Ambos suponen una ardua voluntad de «tabla rasa», un esfuerzo hacia una vaciedad psíquica... El alma, una vez madura para una vacuidad duradera y fecunda, se eleva hasta la desaparición total. La conciencia se dilata más allá de los límites cósmicos. La condición indispensable del estado de éxtasis y de la existencia del vacío es una conciencia privada de todas las imágenes. No se ve ya nada fuera de la nada, y esa nada es todo. El éxtasis es una presencia total sin objeto, un vacío lleno. Un estremecimiento atraviesa la nada, una invasión de ser en la ausencia absoluta. El vacío es la condición del éxtasis, como el éxtasis es la condición del vacío. 

Todos los nihilistas tuvieron problemas con Dios. Una prueba más de la vecindad con la nada de la divinidad. Habiéndolo profanado todo, no nos queda ya más que destruir esa última reserva de la nada.

La religión es una sonrisa que planea sobre un sin sentido general, como un perfume final sobre una onda de nada. De ahí que, sin argumentos ya, la religión se vuelva hacia las lágrimas. Sólo ellas quedan para asegurar, aunque sea escasamente, el equilibrio del universo y la existencia de Dios. Una vez agotadas las lágrimas, el deseo de Dios desaparecerá también. 

Hay instantes en los que quisiéramos deponer las armas y excavar nuestra tumba al lado de la de Dios. O si no, revivir petrificados la desesperación del asceta que descubre al final de su vida la inutilidad del renunciamiento.

 En el fondo, no hay más que El y yo. Pero su silencio nos anula a los dos. Es posible que nada haya existido nunca. Puedo morir con la conciencia tranquila, pues no espero ya nada de El. Nuestro encuentro nos ha aislado aún más. Toda existencia es una prueba suplementaria de la nada divina. 

Un día el mundo, esta vieja chabola, acabará por derrumbarse de una vez. Nadie puede saber de qué manera, pero ello no tiene la menor importancia, pues desde el momento en que todo carece de substancia y la vida no es más que una pirueta en el vacío, ni el comienzo ni el final prueban nada.

 En el fondo, la historia humana es un drama divino. Pues no sólo Dios se inmiscuye en ella, sino que padece, paralelamente y con una intensidad infinitamente incrementada, el proceso de creación y de devastación que define la vida. Una desgracia compartida que, habida cuenta de su posición, le consumirá quizás antes que a nosotros. Nuestra solidaridad en la maldición explica por qué toda ironía dirigida contra El se vuelve contra nosotros y se reduce a una auto-ironía. ¿Quién, más que nosotros, mortales, ha sufrido por no ser El lo que debería haber sido? Dios es a veces tan fácil de descifrar que nos basta para ello examinar con una mínima atención la menor de nuestras reacciones interiores. ¿Cómo explicar la impresión de familiaridad y la ausencia de misterio que se instaura en esos raros momentos en que lo divino se vuelve accesible fuera de toda experiencia extática? 

¡Imposible amar a Dios de otra manera que odiándolo! Si probáramos su inexistencia en un atestado sin precedentes, nada podría nunca suprimir la rabia -mezcla de lucidez y de demencia- de quien necesita a Dios para aplacar su sed de amor y con más frecuencia de odio. ¿Qué es El si no un instante en el umbral de nuestra destrucción? ¿Qué importa que exista o no si a través de El nuestra lucidez y nuestra locura se equilibran y nos calmamos abrazándole con una pasión mortífera? 

El único argumento contra la inmortalidad es el aburrimiento. De ahí proceden, de hecho, todas nuestras negaciones.

 «El sufrimiento es la única causa de la conciencia» (Dostoievski). Los hombres se dividen en dos categorías: los que han comprendido eso y los demás.

Cualquiera que sea nuestro grado de cultura, si no reflexionamos intensamente sobre la muerte, no seremos más que nulidades. Un gran sabio que no sea más que eso es muy inferior a un analfabeto obsesionado por los grandes interrogantes. En general, la ciencia embrutece los espíritus reduciendo su conciencia metafísica.

 Cuando busco una palabra que me agrade y entristezca a la vez, sólo encuentro una: olvido. No acordarse ya de nada, mirar sin recordar, dormir con los ojos abiertos sobre el Incomprendido... 

lunes, 2 de marzo de 2015

Del inconveniente de haber nacido (E. M. Cioran)


Del inconveniente  de haber nacido, de Emil Cioran (si queréis saber sobre el autor, entrar aquí).

A continuación voy a compartir algunos de los aforismos más interesantes de la obra: Del inconveniente de haber nacido. Podéis descargar la obra completa en formato PDF desde el siguiente enlace: (http://crimideia.com.br/blog/wp-content/uploads/2010/02/em-cioran-del-incoveniente-de-haber-nacido.pdf):




Hay un conocimiento que quita peso y alcance a lo que uno hace; para él todo, fuera de él mismo, carece de fundamento. Puro, hasta aborrecer incluso la idea de objeto, expresa aquel saber extremo según el cual es igual cometer o no cometer un acto, a la vez que implica una satisfacción también extrema: la de poder repetir, en cada encuentro, que nada de cuanto se haga merece la pena, que nada está realzado por rastro alguno de sustancia, que la «realidad» se inscribe en el campo de la insensatez. Tal conocimiento merecería ser llamado póstumo, ya que se presenta como si el que conoce estuviera vivo y no vivo, ser y reminiscencia de ser. «Es cosa pasada», dice de todo lo que realiza en el instante mismo del acto, el cual, de esa manera, queda para siempre desprovisto de presente.
No corremos hacia la muerte; huimos de la catástrofe del nacimiento. Nos debatimos como sobrevivientes que tratan de olvidarlo. El miedo a la muerte no es sino la proyección hacia el futuro de otro miedo que se remonta a nuestro primer momento.Nos repugna, es verdad, considerar al nacimiento una calamidad: ¿acaso no nos han inculcado que se trata del supremo bien y que lo peor se sitúa al final, y no al principio,de nuestra carrera? Sin embargo, el mal, el verdadero mal, está detrás, y no delante de nosotros. Lo que a Cristo se le escapó, Buda lo ha comprendido: «Si tres cosas no existieran en el mundo, oh discípulos, lo Perfecto no aparecería en el mundo…». Y antes que la vejez y que la muerte, sitúa el nacimiento, fuente de todas las desgracias y de todos los desastres.
Sé que mi nacimiento es una casualidad, un accidente risible,y, no obstante, apenas me descuido me comporto como si se tratara de un acontecimiento capital, indispensable para la marcha y el equilibrio del mundo.
 Me desligo de las apariencias y, no obstante, me enredo enellas; mejor dicho: estoy a medio camino entre esas aparienciasy eso que las invalida, eso que no tiene ni nombreni contenido, eso que no es nada y que es todo. Nunca daréel paso decisivo fuera de ellas. Mi naturaleza me obliga aflotar, a eternizarme en el equívoco, y si tratara de decidirme,fuera en un sentido o en otro, perecería por salvarme.
La única, la verdadera mala suerte: nacer. Se remonta a la agresividad, al principio de expansión y de rabia aposentado en los orígenes, en el impulso hacia lo peor.
Me atrae la filosofía hindú, cuyo propósito esencial es el de superar el yo; y todo lo que hago y todo lo que pienso no es más que yo y desgracias del yo. 
Después de siglos y siglos de morir, lo viviente se ha acostumbrado a estar vivo: de otra forma no se explicaría uno cómo un insecto o un roedor, el hombre inclusive, llegan, con algunos remilgos, a reventar tan dignamente. 
Algunos tienen desgracias; otros, obsesiones. ¿Quiénes son más dignos de lástima?
Hay en el hecho de nacer una ausencia tal de necesidad, que cuando se piensa en ello con un poco más de detenimiento, a falta de saber cómo reaccionar, uno se queda con la boca abierta.
Si, antaño, frente a un muerto me preguntaba: «¿De qué le sirvió nacer?», hoy me pregunto lo mismo ante cualquiera que esté vivo.
Durante bastante tiempo viví con la idea de ser el hombre más normal del mundo. Esta idea me proporcionaba la afición, o mejor, la pasión por la improductividad: ¿qué sentido tiene sobresalir en un mundo de locos, hundido en la estupidez o el delirio? ¿Para quién prodigarse y con qué fin? Queda por saber si me he liberado enteramente de esta certeza, salvadora en el absoluto, ruinosa en lo inmediato.
Un pulgón consciente tendría que desafiar exactamente las mismas dificultades, el mismo género de insolubles que el hombre. 
Vale más ser animal que hombre, insecto que animal, planta que insecto, y así sucesivamente. La fuerza explosiva de la menor mortificación. Todo deseo vencido da fuerza. 
Mientras más se aleja uno de este mundo sin adherirse a él, mejor se le domina. La renuncia confiere un poder infinito.
Este instante ha desaparecido para siempre, se ha perdido en la masa anónima de lo irrevocable. No volverá nunca. Sufro por ello, y no sufro. Todo es único —e insignificante.
Sin la facultad de olvidar, nuestro pasado tendría un peso tal sobre nuestro presente, que no soportaríamos abordar un solo instante más, y mucho menos entrar en él. La vida sola le resulta soportable a los caracteres triviales, a aquellos que, precisamente, no recuerdan.
Cuando ocurre que estoy ocupado, ni por un instante pienso en el «sentido» de nada, y, mucho menos, en el de lo que estoy haciendo. Prueba de que el secreto de todo reside en el acto y no en la abstención, causa funesta de la conciencia.
La conciencia es algo más que la espina, es el puñal en la carne.
Todo gira alrededor del dolor; lo demás es accesorio, inexistente, puesto que sólo recordamos lo que hace daño. Las sensaciones dolorosas son las únicas reales; es casi inútil experimentar otras.
Siento que soy libre, pero sé que no lo soy. 
Existir sería una empresa absolutamente impracticable si dejáramos de darle importancia a lo que no la tiene.
La desgracia de ser incapaz de alcanzar estados neutros no siendo mediante la reflexión y un gran esfuerzo. Lo que un idiota alcanza de entrada, a uno le cuesta luchar día y noche para conseguirlo, y aun así, por ráfagas.
Mi misión es sufrir por todos aquellos que sufren sin saberlo. Tengo que pagar por ellos, expiar su inconsciencia, la suerte de ignorar hasta qué punto son desgraciados.
El hombre acepta la muerte pero no la hora de su muerte. Morir cuando sea, salvo cuando haya que morir.
Lo único que debería enseñársele a los jóvenes es que no hay nada; o casi nada, que esperar de la vida. Pienso en un Cuadro de Desengaños colocado en las escuelas y en el que estarían representadas todas las decepciones reservadas a cada cual.
No es posible prescindir de la idea de progreso, y, sin embargo, no merece la pena. Es como el «sentido» de la vida. Es necesario que la vida tenga uno. ¿Acaso existe uno solo que, examinado, no se revele irrisorio?
Si a pesar de todo logramos durar, es porque nuestros padecimientos son tantos y tan contradictorios que se anulan mutuamente.
Nuestras miserias fisiológicas nos ayudan a enfrentar el futuro con confianza: nos dispensan de preocuparnos demasiado, hacen lo mejor para que ninguno de nuestros proyectos a largo plazo tenga el tiempo de gastar todas nuestras reservas de energía.
«Sólo al insensato le parece un bien la vida», decía hace veintitrés siglos Hegesías, filósofo cirenaico del que casi sólo queda esta frase... La suya es una obra que me gustaría reinventar.
Nada merece la pena ser deshecho, sin duda porque nada merecía la pena ser hecho. Así se desliga uno de todo, tanto de lo inicial como de lo póstumo, del advenimiento como del final de los tiempos.
Sólo se tiene posibilidad de entrever sobre qué locura se funda toda existencia, en la medida en que, a cada instante, se restriega uno contra la muerte.
No nacer es sin duda la mejor fórmula que hay. Desgraciadamente no está al alcance de nadie.
Nadie ha amado este mundo tanto como yo, y, no obstante, aunque me lo hubiesen ofrecido en una bandeja de plata, de niño incluso, hubiera exclamado: «Demasiado tarde, demasiado tarde.»
Nacimiento y cadena son sinónimos. Ver la luz: ver los grilletes... 
¿Qué le ocurre hombre, pero qué le ocurre? Nada, no me ocurre nada, es sólo que he dado un salto fuera de mi destino, y ahora ya no sé hacia dónde dirigirme, hacia qué correr...

jueves, 27 de noviembre de 2014

El pretexto del Paraíso religioso


Leyendo el libro Silogismos de la amargura de Emil Cioran, me ha llamado mucho la atención este fragmento de la obra:
"Una naturaleza religiosa se define menos por sus convicciones que por la necesidad de prolongar sus sufrimientos más allá de la muerte."
Cuánta verdad tiene aquí Cioran. La persona religiosa, es el mayor representante de ese deseo irracional y ciego que a todos nos empuja a diario a querer; a querer ser, por el simple hecho de ser.

Y todo eso del paraíso no es más que una burda excusa: lo que el religioso quiere es vivir...sobrevivir. Quieren seguir cumpliendo, como buenos chicos, esa tarea que la naturaleza les ha encomendado. Quieren vivir más, y a ser posible mejor...pero no es necesario que sea mucho mejor: lo importante es seguir existiendo a toda costa, no importa el dolor o el sufrimiento, no se concibe el no-ser, la biología dicta el deseo de vivir, y el religioso lleva este dictamen hasta sus últimas consecuencias: ¡desde su lecho de muerte, piden más!

Valga de ejemplo este artículo que publica hoy el diario El Mundo:
http://www.elmundo.es/espana/2014/11/27/54763b2dca4741d96b8b457c.html

En él, se relata una serie de entrevistas que le hacen a una persona con cáncer terminal, días antes de su muerte. Este hombre, tras una vida de lucha, termina sus días con un doloroso y asfixiante cáncer de pulmón...sin embargo, pide más. En un momento de la entrevista dice:
"Hay que hacerme de todo. Pelarme la fruta, asearme, sacarme a pasear, llevarme al baño... En sólo una semana he notado que la curva va hacia abajo rápidamente. Pero por alguna extraña circunstancia me lo estoy tomando con deportividad. A mí me ayuda muchísimo la fe: estoy muy esperanzado con que, cuando esto acabe, me voy a encontrar con algo plenamente satisfactorio.[...]"
Nadie puede soportar la no-existencia. Esta persona, soporta el sufrimiento y el dolor, y soporta la angustia, porque realmente cree que va a seguir existiendo. Ahí reside el anhelo del creyente; ese es su verdadero y codiciado paraíso, la prolongación de la vida; lo demás son pretextos.

Sin embargo, no saben lo que piden. Prolongar una vida consciente durante una eternidad...eso es, sin ninguna duda, el infierno más atroz que el ser humano pueda imaginar. Lo que ocurre es que, simplemente, se dejan llevar por sus instintos naturales: ¡quieren sobrevivir!

Extractos de Silogismos de la amargura, de Emil Cioran


Silogismos de la amargura, de Emil Cioran (si queréis saber sobre el autor, entrar aquí).

A continuación voy a compartir algunas de las reflexiones más interesantes, en mi opinión, del libro Sologismos de la amargura. Si queréis leer el libro completo, lo podéis descargar en formato PDF desde: (http://www.thule-italia.net/Sitospagnolo/Cioran/Cioran,%20E.%20M.%20-%20Silogismos%20de%20la%20amargura%281%29.pdf):


Si creemos tan ingenuamente en las ideas es porque olvidamos que han sido concebidas por mamíferos. 
La planta padece ligeramente; el animal se las ingenia para enfermar; en el hombre se exaspera la anomalía de todo lo que respira. La Vida, combinación de química y estupor... ¿Acabaremos refugiándonos en el equilibrio del mineral? ¿Franquearemos retrocediendo el reino que de él nos separa para imitar a la piedra normal?
Objeción contra la ciencia: este mundo no merece la pena ser conocido.
No contento con los sufrimientos reales, el ansioso se imponeimaginarios; es un ser para quien la irrealidad existe, debe existir; sinello, ¿dónde encontraría la ración de tormentos que le exige su naturaleza?
Sufrimos: el mundo exterior comienza a existir...; sufrimos demasiado: desaparece. El dolor lo suscita únicamente para desenmascarar su irrealidad. 
Nos repugna llevar hasta sus últimas consecuencias un pensamiento deprimente, aunque sea inatacable; lo soportamos hasta el momento en que nos afecta las entrañas, en que comienza a ser malestar, verdad y desastre de la carne. —Nunca he leído un sermón de Buda o una página de Schopenhauer sin verlo todo de color rosa...
Se acerca el momento en que el escéptico, tras haberlo cuestionado todo, no tendrá ya de qué dudar; será entonces cuando realmente suprimirá su juicio. ¿Qué le quedará? Divertirse o dormitar —la frivolidad o la animalidad.
Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera: sin la idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado.
El deseo de morir fue mi única preocupación; renuncié a todo por él, incluso a la muerte.
Cualquier sumisión, aunque sea al deseo de morir, desenmascara nuestra fidelidad a la impostura del «yo».
Sólo se suicidan los optimistas, los optimistas que ya no logran serlo. Los demás, no teniendo ninguna razón para vivir, ¿por qué la tendrían para morir?
Quien vive sin memoria no ha salido aún del Paraíso: las plantas continúan deleitándose en él. Ellas no fueron condenadas al Pecado, a esa imposibilidad de olvidar.: pero nosotros, remordimientos ambulantes, etc., etc. (¡Echar de menos al Paraíso! —Imposible estar más pasado de moda, exagerar más la pasión por lo caduco o el provincialismo.)
El gran crimen del Dolor es haber organizado el Caos, haberlo convertido en universo.
En las fronteras del ser: «Nadie sabrá nunca todo lo que he sufrido y sufro, ni siquiera yo mismo».
En la búsqueda del tormento, en la obstinación de sufrir únicamente el celoso puede competir con el mártir. Sin embargo, se canoniza a uno y se ridiculiza al otro.
¿Quién abusaría de la sexualidad sin la esperanza de perder en ella la razón algo más de un segundo, para el resto de sus días?
En la voluptuosidad, lo mismo que en el pánico, regresamos a nuestros orígenes; el chimpancé, injustamente relegado, alcanza al fin la gloria —mientras dura un grito.
Dos víctimas atareadas, maravilladas de su suplicio, de su sudor sonoro. ¡A qué ceremonial nos obligan la gravedad de los sentidos y la seriedad del cuerpo!
Si los impotentes supieran lo maternal que ha sido con ellos la naturaleza, bendecirían el sueño de sus glándulas y se vanagloriarían de él por las calles.
El universo sonoro: onomatopeya de lo inefable, enigma desplegado, infinito percibido e inaccesible... Cuando se sufre su seducción, ya sólo se concibe el proyecto de hacerse embalsamar en un suspiro.
Si Noé hubiera poseído el don de adivinar el futuro, habría sin duda naufragado.
Para pasar de las cavernas a los salones, hemos necesitado un tiempo considerable; ¿necesitaremos otro tanto para recorrer el camino inverso o quemaremos las etapas? —Pregunta inútil para quienes no presienten la prehistoria...
Creo en la salvación de la humanidad, en el porvenir del cianuro.
Sin actuar, sentís la fiebre de las hazañas; sin enemigo, libráis un combate agotador... Es la tensión gratuita de la neurosis, que daría hasta a un tendero escalofríos de general derrotado.
¡Cuánta concentración, cuánto trabajo y tacto hacen falta para destruir nuestra razón de ser.!
En los sueños se manifiesta el loco que hay en cada uno de nosotros; tras haber regido nuestras noches, se duerme en las profundidades del ser, en el seno de la Especie; a veces, sin embargo, le oímos roncar en nuestros pensamientos.
Cada día es un Rubicón en el que anhelo ahogarme.
Una naturaleza religiosa se define menos por sus convicciones que por la necesidad de prolongar sus sufrimientos más allá de la muerte.
«Cuando me afeito», me decía un medio loco, «¿quién, si no Dios, impide que me corte la garganta?» —La fe no sería, a fin de cuentas, más que una artimaña del instinto de conservación. Biología por todas partes...
Es imposible saber si el hombre se servirá aún durante mucho tiempo de la palabra o si recobrará poco a poco el uso del aullido.
Un espermatozoide es un bandido en estado puro.
En pleno hastío, nos deslizamos hacia el punto más bajo del alma y del espacio, hacia las antípodas del éxtasis, hacia las raíces del Vacío.
Apenas adolescente, la perspectiva de la muerte me horrorizaba; para huir de ella corría al burdel o invocaba a los ángeles. Pero con la edad nos acostumbramos a nuestros propios terrores, no hacemos nada por quitárnoslos de encima, nos aburguesamos en el Abismo. —Y si hubo un tiempo en que envidiaba a esos monjes de Egipto que cavaban sus tumbas para llorar sobre ellas, si cavara ahora yo la mía, sería para no arrojar más que colillas.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Mis aforismos de andar por casa


Inspirado por la entrada que escribí ayer sobre Emil Cioran, os voy a dejar hoy algunos aforismos que he escrito personalmente. Es muy probable que sean malos, aunque sinceramente, espero que alguno merezca algo la pena. Se agradecen comentarios y/o críticas ;).

Somos presos de nuestra mente. Pero unos presos agradecidos; de esos que son capaces de vender a cualquiera por unos minutos de satisfacción. 
La vida es extraña. Cada domingo, hablo con una anciana que siempre me responde al saludo con una sonrisa y diciendo: "aquí estoy, Samuel; sigo viva", como si su única meta hubiese sido sobrevivir una semana más. Y realmente creo que es así: vive por vivir.
¿Te crees libre? Intenta no pensar en nada durante el día de hoy.
Qué simpático me parece el credo cristiano: ¡ruegan por vivir una eternidad! Pobres idiotas, no saben que lo que en realidad están anhelando es el infierno.
 Quiero, quiero, quiero, quiero...pero, Dios mío, ¡¿para qué quiero?!
Capitalismo, comunismo, socialismo, izquierdas y derechas...¡palabras! Lo único que existe en realidad, es el interés personal maquillado por un poco de marketing.
La Nada. Bendita palabra. La sentí durante millones de años, y la deseo para toda la eternidad.
 A veces pienso que el hombre no ha hecho jamás nada que merezca la pena de admiración: y entonces recuerdo la música. El único legado de valor que dejaremos al Universo.
 BEETHOVEN, Concierto para Piano nº5 "Emperor"
No hay nada más descorazonador, que observar, tras el orgasmo; cómo hemos sido vilmente manipulados por la naturaleza. Ésta nos embauca y nos engatusa regalándonos un poquito de placer; y nosotros, como buenas ovejas, aceptamos con gusto las órdenes de nuestro pastor. Apenas podemos pararnos a pensar en la mamarrachada que nuestro amo nos hace hacer: meter una protuberancia en un orificio para escupir luego un viscoso líquido.
- ¡Come niño! estudia, aprende, y crece sano. Consigue un buen trabajo, forma una familia y ¡dame nietos! 
- Pero, ¿para qué quieres que haga todo eso mamá? 

- .....

Bueno. Lo dejo aquí porque no sé si estoy haciendo el mamarracho xDD, o si he escrito algo que merezca la pena al menos de leer. Ya me iréis contando si os parece interesante.

¡Un saludo!

jueves, 13 de noviembre de 2014

Extractos del libro Ese maldito yo, de Emil Cioran


Ese maldito yo, es una obra del escritor y filósofo rumano Émile Michel Cioran. Su título original es Aveux et anathèmes y fue publicada en 1986. Es un libro de reflexiones filosóficas dividido en seis secciones escritas en aforismos. Sus temas principales son la edad, el tiempo, la divinidad, la religión y la muerte.


Si queréis saber más sobre Emil Cioran, podéis entrar aquí.

A continuación voy a compartir algunas de las reflexiones más interesantes, en mi opinión, de este libro. Si queréis leer el libro completo, lo podéis descargar en formato PDF desde: (http://crimideia.com.br/blog/wp-content/uploads/2010/02/emil-cioran-ese-maldito-yo28198729.pdf):




Mientras me exponía sus proyectos, le escuchaba sin poder olvidar que no le quedaban más que unos días de vida. Qué locura la suya de hablar de futuro, de su futuro. Pero, ya en la calle, ¿cómo no pensar que a fin de cuentas la diferencia no es tan grande entre un mortal y un moribundo? Lo absurdo de hacer proyectos es sólo un poco más evidente en el segundo caso.
El hecho de que la vida no tenga ningún sentido es una razón para vivir, la única en realidad.
Muy injustamente, se otorga al tedio un estatuto menor que a la angustia. En realidad es más virulento que ella, pero le repelen las demostraciones que tanto le gustan a aquélla. Más modesto y sin embargo más devastador, puede surgir en cualquier momento, mientras que la angustia, distante, se reserva para las grandes ocasiones.
No habiendo sabido nunca lo que busco en este mundo, sigo esperando a quien pueda decirme lo que busca él.
Para engañar a la melancolía hay que moverse sin tregua. En cuanto nos detenemos, ella se despierta, si es que alguna vez se adormeció realmente.
Toda victoria es más o menos una falacia. Sólo nos afecta en la superficie, mientras que las derrotas, por muy pequelas que sean, nos hieren en lo más profundo de nuestro ser, donde procurarán no hacerse olvidar, de manera que, suceda lo que suceda, podemos contar con su compañía.
No sé qué sed diabólica me impide romper mi pacto con mi aliento.
En cuanto salgo a la calle, pienso: «¡Qué perfección en la parodia del Infierno!».
Lo que aún me apega a las cosas es una sed heredada de antepasados que llevaron la curiosidad de existir hasta la ignominia.
El orgasmo es un paroxismo; la desesperación, otro. El primero dura un instante; el segundo una vida.
¿Para qué nos agitamos tanto? Para volver a ser lo que éramos antes de ser.
Habiendo vivido día tras día en compañía del Suicidio, sería injusto e ingrato que lo denigrara ahora. ¿Existe algo más sano, más natural? Lo que no lo es, es el apetito rabioso de existir, tara grave, tara por excelencia, mi tara...
Existe, es evidente, una melancolía sobre la que a veces actúan los fármacos; existe otra, subyacente a nuestras explosiones de alegría, que nos acompaña constantemente, sin dejarnos solos ni un instante. De esa maléfica presencia nada nos permite librarnos: ella es nuestro «yo» frente a sí mismo para siempre.
El medio más seguro de no perder la razón inmediatamente: recordar que todo es irreal que lo seguirá siendo...
Intento en vano imaginar el cosmos sin... mí. Afortunadamente, la muerte se apresurará a remediar la insuficiencia de mi imaginación.
Muriendo nos convertimos en los dueños del mundo.
Abro una antología de textos religiosos y caigo de entrada sobre esta frase de Buda: «Ningún objeto merece ser deseado». -Cierro inmediatamente el libro, pues tras eso, ¿qué leer?
Si un gobierno decretara en pleno verano que las vacaciones son prolongadas indefinidamente y que, so pena de muerte, nadie debe abandonar el paraíso en que se encuentra, se producirían suicidios en masa y masacres sin precedentes.
Confiaba en poder asistir en vida a la desaparición de nuestra especie. Pero los dioses no me han sido favorables.
Nadie tanto como él tenía el sentido de la irrealidad de todo. Cada vez que le hablaba de ello me citaba, con una sonrisa cómplice, la palabra sánscrita lila, que significa gratuidad absoluta según el Vedanta, creación del mundo por diversión divina. ¡Cuánto reímos juntos de todo! Y ahora él, el más jovial de los desengañados, se encuentra bajo tierra por culpa suya, por haberse dignado tomar por una vez la nada en serio.
La ansiedad, lejos de proceder de un desequilibrio nervioso, se apoya en la constitución misma de este mundo, y no vemos por qué no estaríamos ansiosos en cada instante, dado que el tiempo mismo no es más que ansiedad en plena expansión, una ansiedad de la que no distinguimos el comienzo ni el final, una ansiedad eternamente conquistadora.
Cuanto más se ha sufrido, menos se reivindica. Protestar es una prueba de que no se ha atravesado ningún infierno.
El sueño, mucho más que el tiempo, es el antídoto ideal contra las congojas. El insomnio, por el contrario, amplificando la mínima contrariedad y convirtiéndola en tragedia, vela sobre nuestras heridas, impidiendo que se marchiten.
En lugar de observar el rostro de los transeúntes, me fijé en sus pies, y todos aquellos agitados se redujeron a pasos que se precipitaban -¿hacia qué? Y me pareció evidente que nuestra misión era rozar el polvo en busca de un misterio carente de seriedad.
¿Cómo explicar que el hecho de no haber sido, que la ausencia colosal que precede al nacimiento no parezca incomodar a nadie, y que aquel a quien le perturba no le perturbe demasiado?
Las nubes pasaban. En el silencio de la noche, hubiera podido oírse el ruido que hacían apresurándose. ¿Por qué nos hallamos aquí, qué sentido puede tener nuestra presencia ínfima? Pregunta sin respuesta a la cual, sin embargo, respondí espontáneamente, sin la menor reflexión, y sin sonrojarme por haber proferido una insigne trivialidad: «Estamos aquí para torturarnos, y únicamente para eso».
Aunque aparecidos tardíamente, seremos envidiados por nuestros inmediatos sucesores, y aún más por nuestros sucesores lejanos. Para ellos seremos privilegiados, y con razón, pues más nos vale estar lo más lejos posible del futuro.
Ningún pensamiento más corrosivo ni más tranquilizador que el pensamiento de la muerte. Si lo rumiamos hasta el punto de no poder prescindir de él es sin duda a causa de esa doble cualidad. Qué suerte encontrar dentro de un mismo instante un veneno y un remedio, una revelación que nos mata y que nos hace vivir, un tóxico fortificante.
Un cráneo expuesto en una vitrina es ya un desafío; un esqueleto entero, un escándalo. ¿Cómo el pobre transeúnte, aunque sólo le eche una mirada furtiva, se dedicará luego a sus tareas? ¿Y con qué ánimo irá el enamorado a su cita? Con mayor motivo, una observación prolongada de nuestra última metamorfosis no podrá más que disuadir deseos y delirios. ...De ahí que, alejándome de aquel escaparate, no pudiera sino maldecir semejante horror vertical y su sarcástica sonrisa ininterrumpida.
Parecerse a un corredor que se detiene en plena carrera para intentar comprender qué sentido tiene correr. Meditar es un signo de sofoco.
«Lo que es transitorio es dolor; lo que es dolor es no-yo. Lo que es no-yo no es mío, yo no soy ello, ello no soy yo» (Samyutta Nikaya). Lo que es dolor es no yo. Difícil, imposible estar de acuerdo con el budismo sobre este punto, capital sin embargo. El dolor es lo que más somos nosotros mismos, lo más yo. Extraña religión: ve dolor por todas partes y al mismo tiempo lo declara irreal.
Se necesita una inmensa humildad para morir. Lo raro es que todo el mundo la posea.
Toda forma de progreso es una perversión, en el sentido de que el ser es una perversión del no-ser.
La prueba de que un acto generoso es un acto contra natura, es que suscita unas veces inmediatamente, otras meses o años después, un malestar que no nos atrevemos a confesar a nadie, ni siquiera a nosotros mismos.
En aquel funeral no se hablaba más que de sombra y de sueño y de polvo que vuelve al polvo. Luego, sin transición, se prometió al muerto alegría eterna, etc., etc. Tanta inconsecuencia me exasperó y me hizo abandonar tanto al pope como al difunto. Ya en la calle, no pude dejar de pensar que no era yo el más indicado para protestar contra quienes se contradicen tan ostensiblemente.
Se insiste sobre las enfermedades de la voluntad y se olvida que la voluntad como tal es sospechosa, y que no es normal desear.
El padecimiento que supone cada nueva estación... La naturaleza cambia y se renueva únicamente para golpearnos.
¿Para qué sirve nuestro cuerpo sino para hacernos comprender lo que la palabra torturador significa?
Este transeúnte, ¿qué busca, por qué vive? ¿Y ese niño, y su madre, y ese viejo? Todo el mundo me exasperó durante aquel maldito paseo. Al final entré en una carnicería donde había colgada más o menos la mitad de una vaca. Ante semejante espectáculo estuve a punto de sufrir una crisis de llanto.
Siempre hay alguien por encima de uno: más allá del propio Dios se eleva la Nada.
¿Qué son los atormentados sino mártires agriados por ignorar en nombre de quién inmolarse?
En todas las épocas de la existencia descubrimos que la vida es un error. Sin embargó, a los quince años se trata de una revelación en la que entra un estremecimiento de terror y una pizca de magia. Con el tiempo, esa revelación, degenerada, se convierte en una perogrullada, y es así como echamos de menos la época en que era fuente de sorpresas. En la primavera de 1937, paseando por el parque del hospital psiquiátrico de Sibiu, en Transilvania, fui abordado por un «huésped». Intercambiamos algunas palabras y luego le dije: «Se está bien aquí». -«Es cierto. Merece la pena estar loco», me respondió. «Pero está usted, a pesar de todo, en una especie de prisión.» -«Si usted quiere, pero aquí se vive sin la menor preocupación. Además, la guerra se acerca, usted lo sabe tan bien como yo, y este lugar es seguro. No se nos moviliza y no se bombardea un manicomio. Si yo fuera usted, me haría internar inmediatamente.» Turbado y maravillado, le dejé e intenté informarme sobre él. Se me aseguró que estaba realmente loco. Loco o no, nunca nadie me ha dado un consejo más razonable.
Dejar de existir no significa nada, no puede significar nada. ¿Para qué ocuparse de lo que sobrevive a una irrealidad, de una apariencia que sucede a otra apariencia? La muerte no es efectivamente nada, o todo lo más un simulacro de misterio, como la propia vida. Propaganda antimetafísica de los cementerios...
Si se me pidiese que resumiera lo más brevemente posible mi visión de las cosas, que la redujese a su mínima expresión, en lugar de palabras escribiría un signo de exclamación un ! definitivo.
Asombrosa falta de necesidad: la Vida, improvisación, fantasía de la materia, química efímera...
A un viejo amigo que me anuncia su decisión de acabar con su vida, le respondo que no hay que darse demasiada prisa, que la última parte del juego no carece totalmente de atractivo, que puede uno avenirse hasta con lo Intolerable, a condición de no olvidar jamás que todo es bluff, bluff generador de suplicios...
Sólo la planta se acerca a la «sabiduría»; el animal es incapaz de alcanzarla. En cuanto al hombre... La Naturaleza debería haberse limitado al vegetal, en lugar de descalificarse por gusto de lo insólito.
Nada comparable a la emergencia del hastío en el momento de despertarse. Ella nos hace remontar miles de millones de años hacia atrás, hasta los primeros signos, hasta los pródromos del ser, de hecho hasta el comienzo mismo del hastío.
Lo maravilloso de esta vida es que cada día nos aporta una nueva razón de desaparecer.
La existencia podría justificarse si todo el mundo se comportase como si fuese el último ser vivo.
Habría que estar tan poco al corriente de todo como un ángel o un subnormal para creer que la calaverada humana puede acabar bien.
Sobre un planeta gangrenado deberíamos abstenernos de hacer proyectos, pero seguimos haciéndolos, dado que el optimismo es, como se sabe, un tic de agonizante.
Mientras quede un solo dios de pie la tarea del hombre no se habrá acabado.
Después de todo, yo tampoco he perdido el tiempo, yo también me he zangoloteado como todo hijo de vecino en este universo descabellado.
-Usted dijo alguna vez que sólo se suicidan los optimistas... -Lo dije ante mi imposibilidad de superar la dialéctica que es la forma más elemental del pensamiento, la infancia de la reflexión. De esta manera, si nada valoramos de la vida, ¿qué podríamos valorar de la muerte?
El tedio es una forma de ansiedad, pero de una ansiedad depurada de miedo. Cuando nos aburrimos no tememos, en efecto, nada, salvo el aburrimiento mismo.
Tras tantos años, tras toda una vida, volví a verla. «¿Por qué lloras?», le pregunté de entrada. «No lloro», me respondió. Y en efecto no lloraba, me sonreía, pero habiendo la edad deformado sus rasgos la alegría no podía ya acceder a su rostro, en el que se hubiera podido leer: «Quien no muera joven, se arrepentirá tarde o temprano».
Aunque aparecidos tardíamente, seremos envidiados por nuestros inmediatos sucesores, y aún más por nuestros sucesores lejanos. Para ellos seremos privilegiados, y con razón, pues más nos vale estar lo más lejos posible del futuro.