viernes, 28 de agosto de 2015

De lágrimas y de santos (E. M. Cioran)

De lágrimas y de santos, de Emil Cioran (si queréis saber sobre el autor, entrar aquí).

A continuación voy a compartir algunos de los aforismos más interesantes de la obra: De lágrimas y de santos. Podéis descargar la obra completa en formato PDF desde el siguiente enlace: (http://crimideia.com.br/blog/wp-content/uploads/2010/02/emil-cioran-de-lc3a1grimas-y-santos28193729.pdf):





¿Sería para nosotros la existencia un exilio y la nada una patria?

Los hombres sólo se reconciliaron con la muerte para evitar el miedo que ella les inspira; sin embargo, sin ese miedo morir no tiene el mínimo interés. Pues la muerte existe únicamente en él y a través de él. La sabiduría nacida del acuerdo con la muerte es, frente a las postrimerías, la actitud más superficial que existe. El propio Montaigne fue infectado por ella, sin lo cual sería incomprensible que haya podido vanagloriarse de aceptar lo inevitable. Quien ha superado el miedo puede creerse inmortal; quien no lo conoce, lo es. Es probable que en el paraíso las criaturas desaparezcan también, pero no conociendo el miedo de morir, no morirían, en suma, nunca. El miedo es una muerte de cada instante. 

Me apegué a las apariencias cuando comprendí que sólo había algo absoluto en la renuncia.

El cristianismo entero no es más que una crisis de lágrimas, de la que sólo nos queda un regusto amargo. 

Con el Renacimiento comienza el eclipse de la resignación. De ahí la aureola trágica del hombre moderno. Los antiguos aceptaban su destino. Ningún moderno se ha rebajado a esa concesión. El desprecio del destino nos es igualmente ajeno, dado que carecemos demasiado de sabiduría para no amarlo con una pasión dolorosa.  

El vino ha hecho más por acercar los hombres a Dios que la teología. Hace tiempo que los borrachos tristes -¿y los hay que no lo sean?- han superado a los eremitas. (Este aforismo me ha recordado a mi triste padre)

Hay quien se pregunta aún si la vida tiene o no un sentido. Lo cual equivale a preguntarse si es o no soportable. Ahí acaban los problemas y comienzan las resoluciones.

Nuestra ausencia de orgullo compromete a la muerte. Ha sido probablemente el cristianismo lo que nos ha enseñado a cerrar los ojos -a bajar la mirada- para que la muerte nos halle sosegados y sumisos. Dos mil años de educación nos han acostumbrado a una muerte sensata y comedida. ¡Morimos postrados, atraídos hacia abajo, nos extinguimos escondidos por nuestros párpados, en lugar de morir con los músculos tensos como un corredor que espera la señal dispuesto a desafiar al espacio y a vencer a la muerte en pleno orgullo e ilusión de su fuerza! Sueño con frecuencia con una muerte indiscreta, cómplice de las vastedades...

Si Dios creó el mundo, fue por temor de la soledad; ésa es la única explicación de la Creación. Nuestra razón de ser, la de sus criaturas, consiste únicamente en distraer al Creador. Pobres bufones, olvidamos que vivimos dramas para divertir a un espectador cuyos aplausos todavía nadie ha oído sobre la tierra... Y si Dios ha inventado a los santos -como pretexto de diálogo- ha sido para aliviar aún más el peso de su aislamiento. Por lo que a mí respecta, mi dignidad exige que Le oponga otras soledades, sin las cuales yo sólo sería un payaso más.

Dios se instala en los vacíos del alma. Se le van los ojos tras los desiertos interiores, pues al igual que la enfermedad, se arrellana en los puntos de menor resistencia. Una criatura armoniosa no puede creer en El. Fueron los enfermos y los pobres quienes le dieron a conocer, para uso de atormentados y desesperados.

Hay momentos en que, sintiendo bullir en mí un odio asesino por todos los «agentes» del otro mundo, les infligiría suplicios inauditos. ¿Qué convicción es esta que me dice que si viviera entre los santos me armaría de un puñal? ¿Por qué no confesar que una masacre de ángeles me colmaría? A todos esos fanáticos de la deserción les colgaría de la lengua y les dejaría caer sobre un lecho de lis. ¿Es posible que no tengamos la prudencia elemental de cortar inmediatamente de raíz toda vocación sobrenatural? ¿Cómo no detestar a toda esa ralea del paraíso que provoca y alimenta esta sed mórbida de sombras y de luces procedentes de otro lugar, de consolaciones y tentaciones transcendentales?

Si la verdad no fuera tan aburrida, la ciencia habría eliminado rápidamente a Dios. Pero al igual que los santos, Dios es una ocasión de escapar a la abrumadora trivialidad de lo verdadero. Lo que me interesa en la santidad, quizá sea el delirio de grandeza que esconde detrás de sus delicadezas, los apetitos inmensos disfrazados de humildad, la insatisfacción que oculta su caridad. Pues los santos han sabido explotar sus debilidades con una ciencia propiamente sobrenatural. Sin embargo, su megalomanía es indefinible, extraña, turbadora. ¿De dónde proviene, a pesar de todo, nuestra compasión inconfesable por ellos? Creer en ellos apenas es ya posible. Admiramos sus ilusiones, simplemente. De ahí esa compasión... (Este aforismo me ha recordado a usted Enric, que sé que está ahí leyendo)

La mística oscila entre la pasión del éxtasis y el horror del vacío. No se puede conocer la primera sin haber conocido el segundo. Ambos suponen una ardua voluntad de «tabla rasa», un esfuerzo hacia una vaciedad psíquica... El alma, una vez madura para una vacuidad duradera y fecunda, se eleva hasta la desaparición total. La conciencia se dilata más allá de los límites cósmicos. La condición indispensable del estado de éxtasis y de la existencia del vacío es una conciencia privada de todas las imágenes. No se ve ya nada fuera de la nada, y esa nada es todo. El éxtasis es una presencia total sin objeto, un vacío lleno. Un estremecimiento atraviesa la nada, una invasión de ser en la ausencia absoluta. El vacío es la condición del éxtasis, como el éxtasis es la condición del vacío. 

Todos los nihilistas tuvieron problemas con Dios. Una prueba más de la vecindad con la nada de la divinidad. Habiéndolo profanado todo, no nos queda ya más que destruir esa última reserva de la nada.

La religión es una sonrisa que planea sobre un sin sentido general, como un perfume final sobre una onda de nada. De ahí que, sin argumentos ya, la religión se vuelva hacia las lágrimas. Sólo ellas quedan para asegurar, aunque sea escasamente, el equilibrio del universo y la existencia de Dios. Una vez agotadas las lágrimas, el deseo de Dios desaparecerá también. 

Hay instantes en los que quisiéramos deponer las armas y excavar nuestra tumba al lado de la de Dios. O si no, revivir petrificados la desesperación del asceta que descubre al final de su vida la inutilidad del renunciamiento.

 En el fondo, no hay más que El y yo. Pero su silencio nos anula a los dos. Es posible que nada haya existido nunca. Puedo morir con la conciencia tranquila, pues no espero ya nada de El. Nuestro encuentro nos ha aislado aún más. Toda existencia es una prueba suplementaria de la nada divina. 

Un día el mundo, esta vieja chabola, acabará por derrumbarse de una vez. Nadie puede saber de qué manera, pero ello no tiene la menor importancia, pues desde el momento en que todo carece de substancia y la vida no es más que una pirueta en el vacío, ni el comienzo ni el final prueban nada.

 En el fondo, la historia humana es un drama divino. Pues no sólo Dios se inmiscuye en ella, sino que padece, paralelamente y con una intensidad infinitamente incrementada, el proceso de creación y de devastación que define la vida. Una desgracia compartida que, habida cuenta de su posición, le consumirá quizás antes que a nosotros. Nuestra solidaridad en la maldición explica por qué toda ironía dirigida contra El se vuelve contra nosotros y se reduce a una auto-ironía. ¿Quién, más que nosotros, mortales, ha sufrido por no ser El lo que debería haber sido? Dios es a veces tan fácil de descifrar que nos basta para ello examinar con una mínima atención la menor de nuestras reacciones interiores. ¿Cómo explicar la impresión de familiaridad y la ausencia de misterio que se instaura en esos raros momentos en que lo divino se vuelve accesible fuera de toda experiencia extática? 

¡Imposible amar a Dios de otra manera que odiándolo! Si probáramos su inexistencia en un atestado sin precedentes, nada podría nunca suprimir la rabia -mezcla de lucidez y de demencia- de quien necesita a Dios para aplacar su sed de amor y con más frecuencia de odio. ¿Qué es El si no un instante en el umbral de nuestra destrucción? ¿Qué importa que exista o no si a través de El nuestra lucidez y nuestra locura se equilibran y nos calmamos abrazándole con una pasión mortífera? 

El único argumento contra la inmortalidad es el aburrimiento. De ahí proceden, de hecho, todas nuestras negaciones.

 «El sufrimiento es la única causa de la conciencia» (Dostoievski). Los hombres se dividen en dos categorías: los que han comprendido eso y los demás.

Cualquiera que sea nuestro grado de cultura, si no reflexionamos intensamente sobre la muerte, no seremos más que nulidades. Un gran sabio que no sea más que eso es muy inferior a un analfabeto obsesionado por los grandes interrogantes. En general, la ciencia embrutece los espíritus reduciendo su conciencia metafísica.

 Cuando busco una palabra que me agrade y entristezca a la vez, sólo encuentro una: olvido. No acordarse ya de nada, mirar sin recordar, dormir con los ojos abiertos sobre el Incomprendido...