domingo, 6 de agosto de 2017

Sobre lo inútil del debate social

"A ninguno de nosotros le gusta el pensamiento de que lo que hacemos depende de procesos que no conocemos; preferimos atribuir nuestras elecciones a la voluntad, el libre albedrío, el autocontrol…Quizás sería más honesto decir: “Mi decisión fue determinada por fuerzas internas que desconozco“ 
(Marvin Minsky)

"El centro de placer del cerebro evolucionó para guiar nuestras acciones y motivaciones, recompensándonos cuando lo hacemos bien" (Robert G. Heath)



El debate social es algo que está a la orden del día. Los científicos o demás especialistas descubren o alertan sobre algo, y al instante comienza una discusión sobre el asunto gracias a la rápida dispersión de la información que los medios de comunicación favorecen. Y se da por hecho que este proceso de "descubrimiento (alerta)-dispersión social de la información-debate sobre el asunto" finalmente dará como resultado la toma de una decisión racional y global a gran escala pero, ¿es realmente esto cierto? ¿Es cierto que el fruto de tanta información y discusión es la toma final de una resolución o un acuerdo colectivo? Pues probablemente, y pese a nuestra reticencia a creerlo, no sea el caso.

En realidad (y a la vista de la historia -y la prehistoria- del ser humano) es más que probable que el hombre a nivel comunal se mueva, aunque no nos agrade la idea, no de manera racional siguiendo un supuesto "libre albedrío" social, sino mediante una mecánica autosuficiente que, a gran escala, finalmente la decide (estadísticamente) los intereses personales instintivos (evolutivos) de los individuos.

Y ante este hecho, si se confirma (y tiene pinta de ser así), resulta que NO sería viable (ni siquiera en teoría) que la humanidad pudiera NUNCA decidir qué hacer o qué no hacer (de manera exclusivamente racional) en cuanto a nuestro interés general o global como especie, ya que posiblemente se siga como decimos a nivel de grandes masas en realidad un devenir autónomo (estadístico) mucho más espontáneo de lo que podamos imaginar.

Es cierto que es ésta una afirmación pesimista en lo relativo a la humanidad, y esto hace que muchos las repudien sin apenas prestarle atención, pero el hecho de que algo sea desagradable para nuestros intereses como personas no debería de servir a modo de prejuicio: muy probablemente tengamos un grado de libertad (a nivel social) muy similar al de una simple cepa de bacterias en una placa de Petri.

Ya muchos, llegado a este punto, tendrán recelo de todo lo dicho hasta ahora, pero es este recelo fruto de una ilusión cognitiva. Se presupone (a modo de prejuicio) que como sociedad (como colectivo) poseemos una gran libertad de decisión ("racional"); pero bien pensado y con honestidad, esta afirmación se trata simplemente de eso: de un prejuicio injustificado sin base formal.

Es decir; que nuestra predisposición a creer (sin pruebas) que la mecánica del mundo humano la mueve una especie de "raciocinio colectivo" (fruto del debate y el acuerdo global) es una mera ilusión resultado del sesgo que supone que como individuos pretendamos poseer un alto grado de libertad para decidir qué hacer en cada momento. Se da por hecho que, como cada individuo posee esa razón que le otorga una tan amplia libertad de acción, la humanidad como conjunto con más ganas debe poseer una "razón social" aún más grande capaz de hacerle actuar a gran escala de la manera que le plazca: pero insisto en que esto no tiene necesariamente que ser así. Todo este razonamiento se basa en una alegre extrapolación injustificada, y probablemente sea finalmente un argumento falaz.

Y es un argumento falaz porque se olvida apuntar que la libertad de acción que nos otorga la razón como individuos está supeditada a nuestros intereses instintivos evolutivos. El hombre como persona puede en cada momento hacer lo que quiere (y la razón le ayuda a lograr hacer efectivo este deseado acto), pero aún así ¡no puede decidir de ninguna manera qué es lo que quiere en cada momento!: es decir, que ciertamente hace siempre lo que quiere, pero el conjunto de cosas "que quiere" viene acotado e impuesto (grabado en nuestra red neuronal) a priori de manera evolutiva.

Es fácil distinguir en este contexto que el que realmente determina nuestro actos como personas no es entonces ese abstracto y casi inefable concepto que denominamos "razón", sino el sistema neuroendocrino. Cada vez que hacemos (razón mediante) "lo que queremos", el sistema neuroendocrino suelta un chorro de neurotransmisores que hacen las veces de moduladores de la consciencia sensible. Según sea la carga del neurotransmisor emitido, una idea de "agrado", "placer", "disgusto", "dolor", "amor", etc., copará nuestra mente. Y la regla que ata los cabos es simple: el ser humano está programado evolutivamente para querer hacer (desear) siempre aquello que le produce un flujo de neurotransmisores lo más "placentero" posible dada las circunstancias.

Es decir, que aunque la razón nos ayude (con mucha eficiencia por cierto) en conseguir poder realizar aquello que queremos, el dictado de lo que queremos o no queremos hacer viene impuesto mediante la dinámica de esos chorros de neurotransmisores cerebrales (junto con la regla de maximizar las sensaciones "placenteras"). Pero debe quedar muy claro que el cuando, el cómo y la manera en que esos neurotransmisores se sueltan en nuestra cabeza (y su relación con los conceptos psicológicos abstractos que asignamos a cada combinación de estos neurotransmisores) es algo que viene determinado por el instinto genético (es algo a priori y no racional en ningún sentido de la palabra, a menos que se entienda que el proceso evolutivo "racionalmente" programó nuestro cerebro con el paso de los años).

De esta manera, y al extrapolar ahora sí con fundamento el comportamiento del individuo al de una gran muestra de población, nuestra dinámica natural (el devenir de la humanidad) será ahora estadístico, y surgiría espontáneamente al entrar en juego una especie de reducción "matemática" sobre la suma (la media, mejor dicho) del conjunto de intereses personales (instintivos) de los individuos de los grupos implicados en cada asunto social determinado.

Merece la pena insistir en que como hemos dicho no es la razón (cuya función es simplemente la de ayudarnos a conseguir en cada momento los mayores flujos positivos de neurotransmisores en nuestro cerebro) sino el instinto evolutivo (la estructura de nuestra red neuronal y la química de los neurotransmisores implicados) lo que realmente mueve al individuo. Y a nivel social ocurre exactamente igual: NO es un "raciocinio colectivo" como tal el que determina el devenir del hombre en su conjunto, sino una suerte de media estadística en la suma de los flujos positivos de todos los individuos de cierto conjunto de la población (es decir, en el interés personal de cada individuo al más bajo nivel). 

Como corolario de todo lo dicho podemos concluir que a nivel global no importará jamás lo que sea "racionalmente" mejor para el futuro al largo plazo de la humanidad en su conjunto, y tampoco importará cuánto se debata o se discuta (o se alerte) sobre un asunto social cualquiera; finalmente se hará (casi de manera autónoma y espontánea mediante la interacción y el conflicto de intereses anidados) aquello que favorezca de media (al corto plazo) al mayor número posible de personas en cuanto a sus "deseos" instintivos. Así funciona nuestra esencia biológica y así lo demuestran ciencias tan serias como la biología, la neurología o la psicología evolucionista.

Valga un ejemplo práctico de lo que os cuento:

Hace décadas que racionalmente sabemos que el cambio climático va a arruinar el mundo (y a la humanidad) más pronto que tarde. Y conocemos también (racionalmente) las medidas que habría que tomar ya mismo...pero no las tomamos. De alguna manera siempre hay "excusas racionales" que parecen impedir un acuerdo. En realidad es todo una malinterpretación de los hechos:  no se trata de que se puedan tomar estas medidas pero "no se quiera" (y aquí cada cual según sus ideales rellenará la frase poniendo una excusa económica, política o psicológica que justifique el porqué no se toman las medidas oportunas), sino que por el contrario, muy probablemente se trata de que sencillamente NO se puede hacer nada (pese a que se quiera y a que se conozcan los riesgos al largo plazo). Es evidente que es el instinto (evolutivo) personal del conjunto de la población el que realmente guía (estadísticamente) la deriva mundial pese a que nuestro ego nos haga pensar prejuiciosamente lo contrario en favor de ese gran "don" que se supone que es la "razón" humana.

Así que piensa en ello con detenimiento y reflexiona: si con todo el empeño que le ponemos no logramos tomar las medidas climáticas que racionalmente sabemos que se deberían tomar sin dilación, quizás no sea por falta de más debate o información, sino sencillamente porque nuestra esencia biológica no nos lo permite.

Un saludo, compañeros.