sábado, 20 de junio de 2015

David Hume y la demarcación del conocimiento

«No tenemos otra noción de causa y efecto, excepto que ciertos objetos siempre han coincidido, y que en sus apariciones pasadas se han mostrado inseparables. No podemos penetrar en la razón de la conjunción. Sólo observamos la cosa en sí misma, y siempre se da que la constante conjunción de los objetos adquiere la unión en la imaginación» (Hume, 1740: 93)

Introducción.

David Hume (Edimburgo, 7 de mayo de 1711 – ibídem, 25 de agosto de 1776) es sin duda la figura más importante de la filosofía occidental. Tanto es así, que bien puede decirse, aunque suene pretencioso, que poco más ha avanzado en filosofía desde su obra. Trabajó sobre todos los problemas filosóficos tradicionales, y; lo más importante, delimitó perfectamente la capacidad de conocimiento del hombre. Así pues, a pesar de que su obra es originaria del siglo XVIII, su trabajo sigue siendo totalmente relevante en la actualidad.

No pretendo tratar en esta entrada sobre toda la prolífica aportación al conocimiento de este gran maestro de la filosofía, sino que me voy a ceñir a una muy pequeña porción: la que constituye la base de toda su filosofía, y sus consecuencias más inmediatas.

Hume parte del hecho de que toda la realidad del hombre se relaciona con sus percepciones. De modo tal, que incluso podemos decir que todo ese conjunto de percepciones subjetivas son lo único que constituyen su realidad. Puede, por ejemplo; que haya algo parecido a una realidad objetiva independiente a mis subjetivas percepciones, pero dicha realidad, en cualquier caso, no está a mi alcance más que, precisamente, a través de alguna percepción mía. Es un hecho innegable: mi yo, mi mundo, y mi ser; lo constituyen un constante transcurrir de ideas que se me aparecen, y que son más o menos complejas, y más o menos vívidas. Mis percepciones son la realidad, y de nada más dispongo para conocer, a parte de ellas.

Y esto es así: todo lo experimentado a diario por mí; desde la puesta de Sol, hasta el libro de física cuántica que tengo en la mesita de noche, no es más que una serie continua de imágenes, sonidos, pensamientos, reflexiones y otras sensaciones que surgen ante mí. Si nos fijamos, todo son percepciones subjetivas que, aun siendo de distingo grado y categoría, comparten el hecho de que están todas sujetas a lo que constituye mi ser como sujeto. Este ordenador en el que tecleo ahora mismo, puede que sea algo más que una percepción personal mía, quizás sea un objeto independiente a mi propia percepción de él; pero NO tengo modo de saberlo con certeza, puesto que de lo único que yo dispongo para conocer, son precisamente mis diversas percepciones subjetivas: aun atendiendo a una larga reflexión científica, donde se me explique el origen evolutivo de mi cerebro, el cual es causante de mis percepciones de un mundo externo objetivo en el que el proceso evolutivo tuvo lugar; aun así, sigo sin disponer más que de una extensa serie de complejas percepciones relacionadas entre sí en mi imaginación. Se me enseñarán libros de biología, cuyo contenido un profesor me explicará, se me mostraran pruebas fósiles y multitud de otras evidencias experimentales, pero todo eso sigue sin NO ser más que nuevas percepciones que se aparecen ante mi ser subjetivo.

Es decir; que yo leo libros, veo fósiles, estudio una constatación morfológica y embriológica, escucho las teorías evolutivas del profesor, y más tarde, todo ese conjunto de percepciones subjetivas que yo he sentido y experimentado, da lugar a una nueva percepción que se me aparece en la forma de una idea compleja que dice: "yo debo ser un objeto evolutivo común más, dentro de una realidad objetiva externa a mis percepciones". Pero comprobamos en seguida, que lo único que ha ocurrido es que una gran serie de percepciones subjetivas mías, al relacionarse entre sí, han dado lugar a otra percepción...pero en ningún momento hemos dejado de percibir como sujeto. Como vemos, todo el proceso argumental por el que pretendo conocer el mundo, se basa  siempre en último término en percepciones subjetivas cuyo origen esencial desconozco.

Es sin duda algo pragmático el hecho de otorgar realidad objetiva a parte de todas nuestras percepciones subjetivas; nadie va a reprochar el acto de fe que supone creer que el contenido de nuestro percibir conforma una realidad externa a nuestra propia percepción...pero no hay justificación formal para tal acto.

La existencia de tales percepciones subjetivas son, de hecho, el único juicio del que puedo estar seguro de su certeza. ¿Cómo alcanza Hume esta conclusión? Veámoslo:

Impresiones e ideas.

Como hemos visto, el filósofo parte de la propuesta de que toda la realidad del hombre se relaciona con sus percepciones subjetivas, las cuales aparecen y se suceden continuamente, y cuya experiencia constante constituye la consciencia de la persona. Por otra parte, no todas las percepciones parecen ser exactamente iguales, cosa que lleva Hume a estudiar y catalogar al conjunto de percepciones subjetivas en dos grandes categorías diferenciadas: impresiones e ideas. En palabras del autor:

«Con el término impresión me refiero a nuestras más vívidas percepciones, cuando oímos, o vemos, o sentimos, o amamos, u odiamos, o deseamos. Y las impresiones se distinguen de las ideas, en que estas son impresiones menos vívidas de las que somos conscientes cuando reflexionamos sobre alguna de las sensaciones anteriormente mencionadas»

Es decir; que tras un minucioso examen, podemos diferenciar el conjunto de nuestras percepciones según sea su vivacidad y su claridad. Algunas percepciones martillean en la conciencia con fuerza, mientras que otras parecen vagas ensoñaciones. No posee, por ejemplo, la misma vivacidad la sensación de ver el ordenador en el que escribo, que cerrar los ojos y percibir ese mismo ordenador en la imaginación. A la primera percepción, por ser más vívida, se la denominará impresión, y  a la segunda, la llamaremos idea. Otra diferencia añadida entre las percepciones, la constituye su complejidad o simplicidad:

Ciertamente, hay impresiones más simples: como la impresión del color rojo de una manzana, la figura un poco redondeada de ésta, su sabor, su olor, etc.; y hay impresiones complejas: como es la percepción de la propia manzana como un todo dentro de un frutero en una habitación. Las impresiones complejas se pueden dividir en las impresiones simples que la constituyen: la impresión compleja que se nos aparece cuando miramos una manzana en un frutero, se divide en la impresión simple de figura, color, olor, etc. de la propia fruta.

La misma división entre simples y complejas ocurre con las ideas (percepciones menos vívidas). Cuando yo pienso (estando en la calle) en el anterior frutero de mi cocina, puedo igualmente dividir esa idea compleja (la de la fruta como un todo) en ideas simples: la idea de la figura de la fruta, la idea de su color, la idea de su olor y sabor, etc.

Es decir; que cuando pienso en el frutero (idea) y cuando veo el frutero (impresión), en mi conciencia aparecen percepciones idénticas en todo salvo en su vivacidad y claridad; dándose el caso de que siempre hay una impresión aparejada con cada idea y una idea aparejada a cada impresión. Las ideas pueden ser, entonces, copias de las impresiones, o quizás sean las impresiones copias de las ideas. En su estudio, Hume determina que la precedencia en nuestro percibir va siempre de las impresiones hacia las ideas, siendo por tanto nuestras ideas (percepciones vagas e imprecisas) copias de impresiones (percepciones vivaces y claras) previas. En palabras del autor:

«Una proposición que no parece admitir muchas disputas es que todas nuestras ideas no son nada excepto copias de nuestras impresiones, o, en otras palabras, que nos resulta imposible pensar en nada que no hayamos sentido con anterioridad, mediante nuestros sentidos externos o internos»

Si puedes, por lo tanto, hacerte la idea de un unicornio con alas volando por el cielo, es porque previamente has obtenido la impresión de caballo (has visto un caballo), la impresión de lo que es un cuerno, la impresión de lo que son alas, la impresión de animales con alas que vuelan (por ejemplo, al ver una gaviota), etc.; de modo que es la relación en la imaginación de todas esas impresiones previas las que hacen posible que puedas pensar sobre la idea compleja del unicornio. Si alguna de tales impresiones anteriores te faltase, la idea de unicornio tal y como la entendemos tradicionalmente no podría aparecer en tu percibir. Por otra parte, es evidente que una persona que de nacimiento sea incapaz de distinguir los colores (monocromatismo), no podrá jamás formarse la idea compleja de manzana roja en un frutero, puesto que la impresión simple de color rojo no está a su alcance sensible.

Recapitulando.

Mi conciencia, mi realidad y mi yo; es una constante sucesión de percepciones que se aparecen ante mí. Estas percepciones subjetivas, y su interrelación, son todo lo que tenemos a nuestro alcance para emitir juicios. Sin embargo, y esto es importante, nada podemos asegurar sobre el origen o esencia de tales percepciones (pese a la moderna neurociencia, como veremos más tarde en detalle).

También hemos dividido estas percepciones en cuatro categorías: las impresiones simples y complejas, que son percepciones sensibles muy vívidas y claras; y las ideas simples y complejas, que son copias tenues e imprecisas de las anteriores, y las cuales se aparecen en la imaginación.

Pues bien, a partir de toda esta base argumental, a la cual pocas pegas se pueden poner, podemos ya pasar a preguntarnos sobre nuestra capacidad de conocimiento. La cuestión es clara: si todo lo que tenemos a nuestro alcance para conocer la realidad son nuestras percepciones subjetivas, y si las ideas complejas que aparecen en nuestro imaginar son conjunciones e interrelaciones de multitud de impresiones previas, es evidente que el conocimiento debe provenir siempre de las impresiones sensibles primigenias, y la relación de las mismas entre sí y con otras ideas.

El problema de la causalidad.

Aparece enseguida el problema de la causalidad: el conocimiento (ideas complejas) hemos visto que depende de las impresiones y sus diversas relaciones, pero no tenemos modo de demostrar el origen o esencia de esas propias uniones entre impresiones e ideas. No es posible idear un argumento que justifique la relación, por ejemplo, de causa y efecto ente impresiones, porque no tenemos una impresión de tal conjunción, y debido a que toda idea se basa siempre en último término en impresiones sensibles: por lo tanto, al no existir una percepción directa de la relación de causalidad, no es posible justificar la propia idea de causa y efecto más allá del hábito subjetivo de experimentar continuamente que ciertas percepciones son normalmente seguidas por otras.

En realidad es muy sencillo: si introduces un bolígrafo en el cajón de una mesa y cierras el cajón, sin duda esperas que si vuelves a abrir el cajón enseguida, el bolígrafo seguirá ahí...pero no hay nada que justifique formalmente la certeza de tal suceso. Realmente sólo disponemos del recuerdo de innumerables impresiones que se han aparecido iguales una y otra vez, y donde no percibimos que las cosas desaparezcan por las buenas; pero en verdad no disponemos de una impresión que justifique que ese suceso siempre ocurrirá de ese modo: es decir; que NO tenemos modo de asegurar con certeza que las impresiones seguirán comportándose de ese modo en el futuro. Podemos ver que nuestra "seguridad" en que el bolígrafo seguirá estando ahí, es tan solo una creencia basada en el hábito de percibir constantemente que los objetos no se desvanecen por sí solos cuando se los deja de mirar un segundo, pero no podemos demostrar que se trata de un hecho objetivo y necesario. En palabras de Hume:

«No tenemos otra noción de causa y efecto, excepto que ciertos objetos siempre han coincidido, y que en sus apariciones pasadas se han mostrado inseparables. No podemos penetrar en la razón de la conjunción. Sólo observamos la cosa en sí misma, y siempre se da que la constante conjunción de los objetos adquiere la unión en la imaginación»

Aquí veo oportuno aclarar que, esta afirmación de Hume que nos dice que no podemos penetrar en la razón esencial de la conjunción, sigue siendo válida pese a toda la moderna biología y neurociencia. Y esto es así porque todas estas ciencias basan sus postulados en impresiones empíricas directas, y en la interrelación de las mismas (incluida la relación de causa y efecto); llegándose por tanto a un círculo vicioso donde se usa como premisa válida e injustificada, aquello mismo que se quiere demostrar. No es congruente partir de afirmaciones científicas que basan su fuerza explicativa precisamente en la propia (y aún injustificada) relación objetiva entre causa y efecto, para pretender justificar más tarde la propia relación de causa y efecto entre percepciones como algo objetivo y necesario. El argumento se vuelve circular.

Vamos a ver la dificultad de un modo más práctico:

La neurociencia y la teoría de la evolución vienen a decir que nuestras percepciones sensibles (impresiones), son causadas por órganos sensitivos fisiológicos (ojos, oídos, etc.) y que todas las ideas, e impresiones de reflexión, son causadas por el funcionamiento físico de otro órgano llamado cerebro. Esa supuesta fisiología sería en este sentido objetiva, siendo su funcionamiento la causa de nuestro yo subjetivo. Este mismo cerebro evolutivo sería el encargado también de dar forma objetiva a las conjunciones o relaciones entre nuestras percepciones. Todo parece atado y bien atado...pero se trata de una ilusión:

Como ya comentamos antes, sin duda yo puedo percibir mil impresiones empíricas de registros paleontológicos, pruebas embriológicas, genéticas, etc.; y puedo percibir imágenes de experimentos neuronales de mil formas distintas: electroencefalogramas, escáneres cerebrales, operaciones de cerebro en vivo, modificación de la conducta por la toma de medicamentos o drogas; se me pueden presentar millones de impresiones que más tarde parecen relacionarse para conformar una fuerte idea compleja que me dice que mi mente que percibe es sólo resultado de órganos evolutivos en funcionamiento físico...pero sigue siendo todo una creencia infundada. No puedo estar seguro con certeza de que realmente esa idea compleja mía sea objetiva y cierta, porque no puedo justificar, para empezar, una razón esencial tras la conjunción de mis percepciones sin hacer uso de la propia e injustificada relación entre percepciones que dan lugar a mis ideas complejas. Es decir; que la ciencia es producto de un salto de fe que otorga seguridad infinita (certeza), al hábito de percibir subjetivamente un número muy grande, pero finito, de casos favorables a un ideal propuesto. Este salto de fe científico, que no es más que una creencia muy contrastada empíricamente, no puede servir de base luego para justificar certeza en nada, mucho menos para demostrar fuera de toda duda cual es el origen o causa objetiva de nuestras percepciones.

Esto puede parecer un detalle de poca importancia, pero no lo es. Si yo no puedo pretender aprehender el origen o la razón esencial de mis percepciones, más que a través de mis propias percepciones, no tengo modo de asegurar un conocimiento objetivo y necesario del contenido de las mismas, por muy congruente y respaldado que esté mi argumento por percepciones previas. La idea compleja que conforma mi percepción subjetiva de la teoría de la evolución biológica, se respalda por la confrontación favorable de impresiones previas mías muy regulares y habituales, y por lo tanto, veo factible creer en ella como si fuese un hecho cierto y objetivo...¡pero no lo es!, debo ser consciente de que es una mera creencia mía basada en la relación de un gran número de impresiones sensibles previas (incluidas las percepciones sensibles que me muestran que muchas otras personas creen exactamente lo mismo). En ningún momento he salido, ni de hecho, puedo salir, de mi percibir subjetivo, por lo que nada puedo asegurar con certeza sobre el contenido de mis sucesivas y finitas percepciones, pese a basar mis creencias en el método científico y su inducción.

El problema es que necesitaría una metapercepción (una percepción directa del origen de mis percepciones) para poder asegurar con fundamento un conocimiento objetivo del contenido de mi percepción. Yo puedo creer en el origen evolutivo de un cerebro objetivo, el cual sea responsable de mi subjetiva percepción, pero no puedo justificar fuera de toda duda que esto sea realmente así; a pesar de todo el andamiaje experimental que se monte sobre habituales impresiones: todo puede apuntar en una dirección, pero la supuesta realidad objetiva no tiene por qué ir en esa dirección. Quizás todas mis percepciones sean fruto de las ensoñaciones del diablillo que proponía Descartes, el cual monta por capricho o diversión las impresiones del modo que le parezca (llevándonos deliberadamente a engaño). Si este fuera el caso; aunque todas mis impresiones apunten hacia un origen natural objetivo como causa de mis percepciones (un cerebro objetivo que generaría mi percibir como sujeto), la realidad no sería esa. El objeto causante de mi percibir subjetivo sería el Diablillo y su ensoñación, y mi línea argumental inductiva que me hacía creer con fuerza en un origen natural para mi percepción, sería un simple engaño preparado por ese diablejo trascendente.

Un ejemplo más actualizado de esta idea, es la propuesta de Matrix. Nuestras percepciones podrían tener como origen esencial la computación de un ordenador, el cual haría aparecer ante nosotros todas nuestras impresiones, que estarían así determinadas según el código fuente de la máquina trascendente, y no por un órgano natural objetivo (el cerebro). Esta hipótesis de Matrix (que es perfectamente válida), es un claro ejemplo de nuestra incapacidad para asegurar un conocimiento objetivo más allá de toda duda. Pese a la regularidad y la constancia en nuestras impresiones, sólo podemos formarnos creencias subjetivas más o menos fuertes del contenido de las mismas. Un conocimiento objetivo requeriría trascender nuestras propias percepciones sensibles (metapercepciones), para poder aprehender así el origen esencial de las mimas y de sus conjunciones; pero eso es imposible, puesto que ya hemos visto que lo único que tenemos para trabajar son precisamente estas percepciones subjetivas.

Kant al rescate.

Es un hecho de sobra conocido, que fue el empirismo de David Hume el que motivo la filosofía de Immanuel Kant. De hecho, toda la base de su filosofía la dedica precisamente a intentar solventar el problema anteriormente propuesto. Kant cree decididamente en la posibilidad de un conocimiento objetivo y certero en el hombre (del cual la ciencia sería claro ejemplo), y se propone, por lo tanto, la meta de solventar el problema que acabamos de describir en el punto anterior.

Si se pretende trascender el subjetivismo de nuestras impresiones sensibles y sus interrelaciones, hemos visto que se necesitamos algo más que percepciones con lo que trabajar, y ni corto ni perezoso, Kant se saca de la manga, a modo de premisa y sin justificación alguna, un nuevo tipo de percepciones que él denomina intuiciones puras, y que no son más que supuestas percepciones subjetivas, pero independientes de la experiencia (anteriores a ella: el famoso a priori). Luego afirma que estas supuestas percepciones subjetivas intuidas a priori tendrían también la capacidad para generar ideas complejas mediante distintos tipos de conjunciones (que Kant denomina categorías); pero dichas ideas complejas, al estar ahora basadas en supuestas impresiones independientes de la experiencia empírica subjetiva, ya sí que nos valdrían para justificar dichas ideas como algo más que meras creencias (esas intuiciones puras serían así las metapercepciones que precisamente vimos hacían falta para resolver el problema).

Así pues, todo el idealismo trascendental de Kant, que presuntamente parece capaz de trascender el subjetivismo de las impresiones, en realidad lo consigue sólo mediante un añadido ad hoc e injustificado de una especie de metapercepción (una percepción de supuesto origen independiente y anterior a las impresiones sensibles empíricas). El filósofo no se molesta en ningún momento en pretender explicar el origen y causa de tales metapercepciones, dejándolo todo en la obligada creencia de sus premisas. Por poner un pequeño ejemplo, Kant nos dice que la percepción de tiempo es una intuición pura a priori (y no sólo una idea basada en impresiones sensibles), siendo dicha intuición pura la responsable de justificar la universalidad y necesidad de las propuestas matemáticas. No se molesta en justificar por qué la percepción de tiempo tiene esa peculiaridad tan especial que propone, simplemente lo deja como premisa que debemos creer, si queremos que todo su andamiaje filosófico llegue a buen fin.

Evidentemente, esa no es forma de resolver el problema que saca a relucir Hume, y por lo tanto, no se puede decir que la filosofía de Kant consiga demostrar la trascendencia pretendida. Las intuiciones puras sirven únicamente como palancas con las que pretender justificar el acto inductivo, otorgando universalidad y necesidad a las ideas complejas que surgen de la experiencia sensible, ¡pero es todo pura triquiñuela lógica!

Escepticismo.

La filosofía de David Hume lleva, irremediablemente, al escepticismo más radical. No hay modo de trascender las impresiones, porque no disponemos nada más que de un conjunto regular de impresiones sensibles de las que ocuparse. Cuando alguien propone que nuestras impresiones surgen de la computación neuronal de un cerebro material objetivo, es algo que está muy bien como idea, y las impresiones sensibles apuntan de momento en esa dirección; pero no tenemos modo de trascender dicha propuesta más allá de la creencia; no hay manera de asegurar que ese juicio sobre nuestro origen mental, no sea otra cosa más que una creencia fruto del hábito de relacionar cientos de miles de impresiones regulares previas de origen esencial desconocido.

Existe una corriente religiosa que suele defender sus ideas contrarias a la experiencia, proponiendo que fue su Dios quien colocó premeditadamente las cosas tal y como son, para probar así la fe de su creación. En concreto, esta postura la toman algunos cristianos que defienden el creacionismo frente a la evolución, indicando que Dios colocó ahí todos esos restos fósiles y todas esas otras supuestas evidencias para engañarnos, y probar de ese modo nuestra fe ciega. Esta propuesta puede sonar poco creíble (y sin duda lo es), pero NADIE puede asegurar que sea falsa. No se puede justificar más allá de toda duda que la teoría de la evolución sea cierta, y que la postura del engaño divino sea falsa porque: ¿cómo justificar tal cosa si sólo disponemos de impresiones sensibles con las que trabajar? Para poder negar con fundamento la postura del engaño, tendríamos que conocer el origen esencial de nuestras impresiones, y hemos visto que eso es imposible.

Como corolario, podemos decir que el certero conocimiento objetivo es imposible, y que lo más que podemos hacer, es realizar un acto de fe inductivo a favor de aquellas creencias basadas en las ideas complejas con mayor apoyo empírico (las habitualmente mejor contrastadas por las impresiones sensibles), y las que más congruentemente se relacionen con nuestras percepciones subjetivas en general.

La ciencia como método descriptivo del hábito.

Las teorías científicas son, de lejos, las creencias más aceptadas hoy día por las personas. Esa facultad de aglutinar creyentes, se basa precisamente en el eficiente método utilizado para describir y comunicar aquellas impresiones que más regularmente parecen recibir constatación empírica. Y no sólo se trata de anotar regularidades, sino que la ciencia se encarga de hacer surgir también, de un modo muy eficaz mediante su método, aquellas ideas complejas que mejor y más lógicamente se relacionan con todas esas impresiones sensibles y con el resto de nuestras percepciones subjetivas en general.

La clave, sin embargo, se encuentra en calcular la fuerza o probabilidad de una creencia según sea el hábito empírico descrito. Es un instinto natural el que nos hace creer con más facilidad en aquello que vemos repetirse constantemente, otorgándole de un modo espontáneo, pero injustificado, a ese juicio más valor que a otro que no se repita tanto, que a veces no sea respaldado por le experiencia, o que ni siquiera haya sido observado. Sin embargo, la cuestión es que, tan posible es una idea compleja que parta del respaldo de impresiones que se han repetido un billón de veces, como una idea que a veces no sea respaldada, o que ni siquiera tiene base empírica. TODO son creencias, y el acto de otorgar mayor cercanía objetiva a algunas ideas subjetivas nuestras sobre otras, es un acto espontáneo natural basado en la injustificada fuerza de la inducción. Esa es la base del escepticismo de Hume.

Conclusión.

Vamos a concluir con una propuesta práctica que dé cuenta de todo lo expuesto:

Digamos que yo os cuento ahora la idea más ridícula que podamos imaginar. Por ejemplo, que cuando nadie observa, la luna es cuadrada. ¡Absurdo!, diréis. Sin duda, os digo yo, pero os reto a intentar justificar vuestra opinión en contra de mi afirmación sin hacer uso de la (injustificada) inducción. ¡No es posible! Todas nuestras ideas complejas se basan mayormente en relaciones de causa y efecto que no tienen más soporte que la injustificada inducción generalizadora del continuo (pero finito) hábito subjetivamente percibido:

Si me dices que la afirmación es falsa porque cada vez que miras la luna, o cada vez que se la fotografía o se la filma, no se la ve cuadrada, te estás basando en la constatación regular de numerosas impresiones contrarias a la afirmación pero, ¿quién te dice que llegado el momento no saldrá cuadrada en una de las fotos o en uno de los vistazos? No puedes demostrar que las impresiones sensibles serán siempre iguales en el futuro, ni que hayan sido siempre así en el pasado. El hecho de pretender una universalidad y necesidad a partir de un número finito de percepciones favorables, es precisamente el acto de fe inductivo natural que todos hacemos en cada momento, que hemos visto ya en muchas ocasiones que no dispone de justificación formal, y el cual da lugar a todas y cada una de nuestras creencias más profundas.

Es más, dado que la afirmación original que hemos hecho dice que la luna es cuadrada cuando NO se la observa, no es válido criticar su veracidad por el simple hecho de no disponerse de impresiones favorables que la avalen, puesto que la afirmación se basa en la premisa de que nadie observa la luna de ningún modo cuando es cuadrada. Se puede argumentar, por otra parte, con otros efectos colaterales que una luna cuadrada tendría sobre el resto de la realidad. Por ejemplo, los efectos gravitacionales serían evidentes aunque nadie mirase la luna si esta cambiase de forma, pero como NO se conoce la razón esencial tras la relación de causa y efecto, bien se podría realizar un añadido ad hoc, que afirme que aunque la luna cambie de forma, sus efectos gravitacionales no cambian o no son detectables. Puede sonar de nuevo ridículo, porque es habitual observar que un cambio de forma conlleva un cambio en el centro de masas, con el consiguiente cambio en el potencial gravitatorio, pero de nuevo eso es sólo una creencia avalada por millones de impresiones favorables: ¡no podemos asegurar que eso deba ser necesariamente así (la inducción no está justificada)! Nadie puede asegurar que esta regularidad empírica se mantendrá en el futuro, ni que deba haber sido siempre así en el pasado.

Por último, pero no menos importante, normalmente ante cuestiones de este tipo se suele argumentar que es el que afirma el que debe aportar la evidencia que sustente la idea propuesta. Yo evidentemente no tengo ahora mismo ninguna evidencia empírica a favor de que la luna pueda a veces ser cuadrada, pero ¡ojo!, eres tú el que también afirma indirectamente, al tachar mi propuesta como absurda, la afirmación contraria: la afirmación de que que la luna nunca es cuadrada ni siquiera cuando nadie la observa. Ante esta afirmación que haces, yo te pido la misma carga de pruebas que me has pedido tú ya antes a mí. Evidentemente, como ya hemos comentado, no vas a poder más que apoyar tu postura en una fuerte creencia basada en la injustificada inducción de hechos pasados y finitos. Nuestras posturas son, por tanto, equivalentes en todo salvo en el número finito de constataciones empíricas que les sirve de apoyo. En ese sentido, la creencia de que la luna no puede cambiar de forma a pesar de que nadie la mire, es una creencia más apta para el modo en que funciona naturalmente nuestro pensamiento, el cual tiende a creer en el proceso inductivo como un acto justificado (cuando no lo es), pero realmente, y siendo honestos, tan posible es cualquier postura o afirmación, como su contraria.

Es de notar, una vez más, que el hecho de otorgar una mayor probabilidad (o mayor credibilidad) a una idea según sea el número de regulares y habituales constataciones empíricas que la apoyen, es en sí un acto injustificado e instintivo. Todos actuamos así, pero no podemos justificar formalmente el porqué. Cualquier intento de justificar lógicamente por qué debe ser más creíble lo que se respalda empíricamente de un modo regular que aquello que tienen menor respaldo, terminará en un círculo vicioso que hará uso de prejuicios basados precisamente en lo que se quiere demostrar: ideas que se proponen como más creíbles por estar basadas en un acto de fe inductivo.

Ciertamente no es práctica, útil, ni aconsejable la duda escéptica tan radical a la que lleva irremediablemente el problema aún no resuelto al que nos llevó David Hume. La tecnología, por ejemplo; no habría avanzado si no hubiésemos tomado por norma la inducción como acto generador de certeza; pero tampoco creo que se deba despreciar e ignorar la cuestión como se suele hacer, más aún hoy día desde la ciencia. Está muy bien el hecho de anotar y describir regularidades, y también dejarse llevar por el acto natural de otorgar mayor valor a aquellos sucesos e ideas que se basan en experiencias que se repiten regularmente; pero no deberíamos perder de vista el hecho de que, por mucho que se repita una experiencia, las ideas que se puedan sacar de ella van a ser siempre una mera creencia; una creencia que estará más o menos respaldada empíricamente, pero que no deja de ser una creencia al fin y al cabo.

El hombre no podrá jamás alcanzar el más mínimo conocimiento certero libre de toda duda.